Excelente mérito artístico que se enmarca en un cuidado decorado de época, con un frente de 12 metros donde adquiere mayor importancia la representación de lo terrenal que la temática religiosa en sí, reflejando la opulencia del barroco italiano.
Fue Carlos III quien trajo este tipo de belén a España. El monarca comenzó la costumbre de montar su propio belén en palacio, dejando las puertas abiertas para todo aquel que quisiera visitarlo. Este hecho fue imitado por los aristócratas dando paso a la proliferación de dicha tradición, haciendo que notables imagineros se asentaran en Nápoles.
Cuenta con figuras originales napolitanas del siglo XVIII que comparten espacio con otras tantas realizadas por belenistas de nuestra ciudad. Son inconfundibles gracias a los materiales de los que están constituidas. Su cuerpo es de estopa natural con un esqueleto de alambre que permite jugar con la posición. La cabeza está modelada en terracota, y las extremidades son de madera (esto solo sucede en las originales). Visten ricas telas que dan clase y grandeza a dichas figuras con tejidos de época.
El portal está en el lateral derecho, ubicado en una ruina clásica que representa la caída del paganismo. Los Reyes Magos se postran ante él, adorando al Niño recién nacido. Hacia el lado derecho, un ángel anuncia a los pastores que el Niño Dios ha nacido.
En la zona central se acentúa la vida cotidiana en Nápoles con su vasto mercado al que no le falta detalle. Limonccelo, pescado, frutas, verduras, pan. Recoge una selección de alimentos propios del lugar. Al fondo, luce una grandiosa posada.
A continuación, un pintoresco edificio recoge a su alrededor diferentes oficios, mientras que a su lado un arco nos da vista a un grupo de demonios. Esta es una grandiosa contraposición, puesto que vemos que el Mal reina en la Tierra, pero el Bien está naciendo justo al otro lado.