Terminada la celebración del tiempo pascual con la Solemnidad de Pentecostés, la Iglesia nos invita a celebrar este domingo, ya de nuevo dentro del tiempo ordinario, la Solemnidad de la Santísima Trinidad.
En la primera lectura, Moisés en una experiencia de tonos místicos, en un amanecer en el monte Sinaí, el monte de Dios, hace una alabanza de Yahvé, después de que el mismo Dios revelara quién era, cómo era, cómo se sentía y cómo actuaba. Dios se revela en el amanecer como un Dios tierno, lento a la cólera y rico en piedad. Es un texto sorprendente, porque quiere dar a entender que es Dios mismo quien habla, quien revela lo que significa su nombre. En la segunda lectura es la conclusión de esta carta de Pablo a la comunidad de Corinto. Es una doxología en la que se pone de manifiesto la actuación dinámica del mismo misterio trinitario de Dios. Como todo lo que se dice de una persona divina se aplica a las otras, entonces, la alabanza o doxología desea para la comunidad la gracia, el amor y la comunión que subsisten en Dios mismo.
En el diálogo que Jesús mantiene con Nicodemo, el rabino judío que vino de noche para hablar y dialogar a fondo con Jesús, se muestra, con rasgos insospechados, la razón de la encarnación, el que el “Verbo se hiciera carne” que resuena desde el aria del prólogo. Es lógico pensar que Jesús de Nazaret y Nicodemo no hablaran en estos mismos términos, sino en otros más simples y sencillos.
El evangelio de este domingo es la conclusión de la interesante conversación de Jesús con Nicodemo. En “la noche”, es decir, en medio de la oscuridad, pero en un contexto de serena intimidad, Nicodemo ha ido a encontrarse con Jesús para escudriñar su misterio. En una conversación intensa y profunda Jesús le ha desvelado la necesidad de “nacer de nuevo” para acoger su don y “entender” su misterio. Todo se revela al final de la conversación con esas preciosas palabras de Jesús que refiere el evangelio de hoy. Jesús es el Hijo de Dios, enviado por Él al mundo para salvarlo, porque Dios nos ama: “tanto amó Dios al mundo”. Del corazón de Dios brota un designio de salvación no de condenación. Jesucristo es la revelación del Dios verdadero y de su amor extremado por el mundo y la humanidad. El Dios Uno y Trino es un Dios salvador.
Suyo en Cristo Jesús, Fr. Francisco Quiroz