La primera lectura relata el asedio de Jerusalén por los babilonios y, posteriormente, ya destruida, el profeta promete un futuro mejor. Pero es el mismo profeta quien se convierte en centinela de esta situación y de esta llamada a la responsabilidad personal, con todas sus consecuencias. Ezequiel es un profeta que goza de esta notoriedad teológica al defender en su obra el principio de que ya no es todo el mundo responsable y culpable, sino que cada uno responde según sus obras y su actitud. La misión del profeta es la de ser el centinela de la fidelidad del pueblo de la alianza. Debe cumplir con firmeza y fe la misión de comunicar la palabra de Dios en su integridad; sea una palabra de esperanza o una palabra de juicio. Y el profeta, como cada uno de nosotros, es responsable de no haber anunciado a todos la palabra de Dios, de haber callado. Por eso es tan difícil que un verdadero profeta guarde silencio. Efectivamente, se pone el acento en la responsabilidad de quienes escuchan la palabra del profeta. La carta a los Romanos no es un texto doctrinal sino parenético.
El deber más importante que tiene todo cristiano es amar a Dios y al prójimo; en esto consiste la ley y los profetas; en esto se resuelven todos los mandamientos. Y esto se toma de uno de los decálogos del Antiguo Testamento. Y todos estos mandamientos se resumen en uno: amarás a tu prójimo, como te amas a ti mismo. Es muy posible que aquí se esté pensando en la complejidad de todos los preceptos de la ley mosaica, pero todo se reduce a amar a los demás, tal como nosotros queremos ser amados. El amor es la única virtud que integra a los enemigos. Esta es la norma de vida que San Pablo propone para todo cristiano y que debería ser la de todos los hombres. En esta breve síntesis, Pablo nos presenta toda la praxis de quienes han aprendido a ser cristianos al aceptar la gracia salvadora de Dios.
El Evangelio nos enseña la importancia de vivir la fe en comunidad, aprendiendo a relacionarnos con los demás desde el amor, la comprensión y el perdón. Jesús nos invita a practicar la corrección fraterna, no para juzgar o señalar, sino para ayudar al hermano a volver al buen camino. También nos recuerda el valor de orar juntos, porque la oración y el perdón adquieren una fuerza especial cuando los vivimos unidos como comunidad.
Suyo en Cristo Jesús, Fr. Francisco Quiroz