La primera lectura destaca precisamente esta actitud divina. Aunque Dios es todopoderoso, no utiliza su poder para imponer su voluntad ni para castigar a quienes se equivocan. La grandeza de Dios se manifiesta, por el contrario, en la paciencia y la misericordia. Él concede a sus hijos tiempo para arrepentirse, ofrece nuevas oportunidades y, como un buen padre, acompaña pacientemente en nuestros procesos de crecimiento. Esta forma de actuar revela que la justicia de Dios siempre va acompañada de amor. Con frecuencia, las relaciones humanas se ven marcadas por la tendencia a etiquetar o condenar a quienes han cometido errores. Más aún en nuestras sociedades, donde cada vez se fomenta la expulsión de lo distinto, no siempre se favorecen virtudes como la comprensión, la compasión o la posibilidad de empezar de nuevo. Frente a esta realidad, el autor del Libro de la Sabiduría nos recuerda e invita a adoptar una mirada capaz de reconocer que toda persona, independientemente de sus errores, pecados o pasado, posee una dignidad que nunca pierde y una posibilidad de conversión que nunca debe ignorarse.
Pablo afronta, en dos versos preciosos, una de las experiencias más grandes del ser humano: la interiorización de la oración. El Espíritu, que conoce nuestra debilidad, que sabe hasta dónde podemos llegar y hasta dónde no, vive dentro de nosotros para que accedamos a la intimidad de Dios y le pidamos, roguemos y le expongamos nuestras cosas, nuestras necesidades y nuestros anhelos. El Espíritu no está en nosotros para pronunciar palabras irreconocibles o imposibles, sino que es un "paráclito", protector y acompañante divino, que se hace humano en nuestra debilidad para impulsarnos hacia Dios y la felicidad. En el evangelio, Jesús nos presenta a Dios como el sembrador que esparce buena semilla en su campo. Sin embargo, Jesús también señala que, junto a esta buena semilla, crece la cizaña. Esta es una manera de reconocer con realismo la presencia del mal en el mundo. El dueño no minimiza la gravedad del mal ni su respuesta es una invitación a la indiferencia. Más bien, transmite la misma idea que ya encontramos en la primera lectura: Dios actúa con paciencia, conoce la profundidad del corazón humano y no deja de ofrecer oportunidades para que el bien crezca y dé fruto. Con esta respuesta, Jesús nos enseña que la misión principal del discípulo no es dedicar sus energías a arrancar la cizaña ni obsesionarse con señalar el mal del mundo, sino cuidar el crecimiento del trigo y procurar que produzca frutos abundantes, incluso en medio de las dificultades. ¿De qué manera la paciencia de Dios me inspira a tener una mirada más esperanzada hacia las personas y las situaciones de la vida cotidiana? ¿Qué actitudes favorecen el crecimiento del buen trigo que Dios sigue sembrando en el mundo?
Suyo en Cristo Jesús, Fr. Francisco Quiroz