En la primera lectura de Isaías, la viña representa al pueblo de Dios. Dios la ha cuidado con amor, ha hecho todo por ella y espera buenos frutos. Sin embargo, la viña no responde como debería. El mensaje muestra que Dios ama profundamente a su pueblo, pero ese amor espera una respuesta concreta: justicia, fidelidad y buenas obras.
En la segunda lectura, San Pablo a los Filipenses, se explica cuáles deberían ser esos buenos frutos en una comunidad cristiana: confianza en Dios, oración, paz interior, alegría, verdad, justicia, limpieza de corazón y hacer el bien. En lugar de vivir dominados por la preocupación o el miedo, Pablo invita a poner nuestras necesidades en manos de Dios y vivir con una paz que se refleje en nuestra manera de tratar a los demás.
El evangelio nos propone la parábola de los viñadores homicidas y se inscribe en la continuidad con los textos del evangelio de Mateo que muestran las polémicas de Jesús con los dirigentes judíos antes de la pasión, y viene a poner el punto final a una polémica que comenzó en Galilea. Se identifica claramente a los viñadores como los jefes del pueblo. Los dirigentes religiosos del judaísmo, al rechazar a Jesús, han perdido su última oportunidad de dar a Dios lo que le correspondía y han arrastrado a todo el pueblo en su infidelidad, como se evidenciará claramente en el juicio ante Poncio Pilato. Esto es importante para entender esta parábola, no solamente porque los cristianos debemos rechazar todo antisemitismo, sino porque es verdad que la decisión final de condenar a Jesús estuvo en manos de "dirigentes" ciegos para ver e imposibilitados para acoger palabras proféticas como las de Jesús sobre Dios y sobre el Reino.
La religión que mata o permite guerras en nombre de Dios no es exactamente una "religión". Por eso esta es una parábola que debe leerse clara y contundentemente contra los fundamentalismos religiosos que amenazan tan frecuentemente a los pueblos y a las culturas. Y si Jesús fue eliminado, los dirigentes que daban gloria a su Dios se encontraron con que esa muerte se había convertido en la "piedra angular" de una religión nueva de amor y paz.
Suyo en Cristo Jesús, Fr. Francisco Quiroz