La primera lectura nos presenta una figura sorprendente: Ciro, rey de Persia. No pertenece al pueblo de Israel, ni siquiera conoce al Señor, y, sin embargo, Dios lo llama por su nombre y se sirve de él para liberar a su pueblo. «Te llamé por tu nombre... aunque no me conocías». Es una enseñanza que rompe muchos de nuestros esquemas. Solemos pensar que Dios actúa únicamente por los caminos que nosotros consideramos religiosos. Sin embargo, Él puede servirse de personas, acontecimientos e incluso circunstancias que parecen completamente ajenas a la fe para abrir horizontes nuevos.
La carta a los Tesalonicenses comienza precisamente dando gracias. Pablo recuerda «la actividad de vuestra fe, el esfuerzo de vuestro amor y la firmeza de vuestra esperanza». Habla de tres actitudes que sostienen toda existencia cristiana: la fe que confía, el amor que se entrega y la esperanza que persevera. Nuestro tiempo nos empuja con facilidad hacia el desánimo. Nos acostumbramos a mirar la Iglesia, el mundo o incluso nuestra propia vida desde lo que falta. Pablo propone otro punto de partida: la gratitud. Solo quien agradece descubre que Dios sigue actuando.
El evangelio comienza con una trampa cuidadosamente preparada. Fariseos y herodianos, que habitualmente eran adversarios, se unen para comprometer a Jesús. La pregunta parece política, pero en realidad pretende destruirlo. Jesús no cae en la provocación. Jesús no está repartiendo la vida en dos compartimentos estancos, uno religioso y otro político. Tampoco está despreciando las responsabilidades civiles. Reconoce que existen realidades propias de la convivencia humana que debemos asumir responsablemente. Pero recuerda algo decisivo: ningún poder humano puede reclamar aquello que pertenece únicamente a Dios. Ninguna ideología, ningún partido, ningún proyecto económico o cultural merece una adhesión absoluta. Solo Dios puede ocupar el centro del corazón.
Por eso el verdadero interrogante no es cuánto damos al César. La pregunta realmente incómoda es otra: ¿estamos dando a Dios lo que le pertenece? ¿Reconozco la acción de Dios incluso cuando camino por senderos inesperados?
Suyo en Cristo Jesús, Fr. Francisco Quiroz