El pueblo de Israel, que se consideró el elegido por Dios para manifestar las maravillas de la salvación, siempre tuvo miedo a los extranjeros. Tal vez por su situación geográfica, por sus problemas reales con otros pueblos o por las maneras de entender la realidad, se fue encerrando en sí mismo. Hasta el punto de considerar todo lo que viniera de fuera como peligroso. “Los paganos”, quienes no tenían acceso a Dios, porque ellos mismos se lo negaban eran, siempre, “los enemigos”. Sin embargo, una de las experiencias históricas más dolorosas, el exilio a Babilonia, se convirtió en una oportunidad para intentar comprender a Dios de otra manera. Fue ciertamente una minoría la que empezó a cuestionar si tal vez los “no judíos” también podrían ser invitados al plan de salvación. Por encima de la procedencia, la cultura o la raza. Bastaba con vivir rectamente y buscar a Dios con sinceridad a través de la Ley y el cumplimiento del Sábado. La salvación que Él ofrece no es real ni tampoco completa cuando separa o excluye, sino cuando hermana, acerca y facilita el encuentro. ¡Seguimos buscando esa salvación para “todos”!
San Pablo expresa en este texto a los Romanos su propia confesión: su predicación misionera ha sido, en general, un fracaso entre los israelitas y ha recibido aceptación en los ambientes paganos. ¡Lo que él, judío de vocación y de educación, nunca hubiera imaginado! La salvación de Dios, su amor, su llamada a la vida plena, no se encierra en culturas, tradiciones o instituciones. Todos están llamados a alcanzar la misericordia. Porque la iniciativa de la gracia no viene de las personas o de nuestros planes humanos: es don del Señor; o mejor dicho, es el corazón de su proyecto, que todos se salven, que nadie se quede fuera… Nuestros grupos pueden crear barreras o separarse, tristemente. Pero Dios desborda lo que nosotros creamos y tiene el empeño de que su bondad alcance a todos. ¡Y no se detendrá hasta conseguirlo, incluso a pesar de nuestra propia cerrazón!
Es curioso el encuentro de Jesús con la mujer cananea que se acerca a él, gritando de dolor y pidiendo la curación de su hija. Estamos en territorio pagano, en la zona de Tiro y Sidón. Una mujer pagana, que pide salud para otra persona, grita y entra en un diálogo profundo con el Maestro. Jesús se niega a sanar a quien no sea de las “ovejas” de Israel; ese era el lenguaje tierno de los profetas para hablar del pueblo elegido. La mujer se reconoce como pagana y su respuesta fue sincera y sencilla. Esa simple frase se convierte en una enorme confesión de fe, de las más grandes que recogen los evangelios: Dios es para todos. Lo mismo que quien pone la mesa desea alimentar a todos los que se sientan en ella, y que sus sobras lleguen a los hambrientos, las cosas de Dios, por designio suyo, no son propiedad únicamente de un pueblo.
Su hija quedó curada, aunque eso fuese lo de menos. Su confesión de fe hizo de ella torrente, acequia, de la vida y sanación de Dios para su hija. Solo su palabra. Solo la certeza que había en su mente: Dios es para todos. Solo el amor movía su corazón. Y eso es lo importante del relato: hay muchos que tienen sed de Dios, de vida plena, de gracia y de salvación. Que lo sienten y anhelan, aunque no entiendan nuestras categorías religiosas a veces tan estrictas. Nadie con sed puede quedar seco junto a la fuente; nadie, hambriento, puede quedar sin alimentarse de la mesa que se pone para todos.
Suyo en Cristo Jesús, Fr. Francisco Quiroz