La primera lectura presenta la imagen de la llave confiada a Eliaquín. Es un signo de autoridad puesta al servicio del pueblo. En el Evangelio, Jesús le confía a Pedro una misión semejante. Pero conviene recordar que la firmeza de Pedro no proviene de sus cualidades personales. Los Evangelios muestran sus debilidades, sus miedos e incluso sus negaciones. Lo que sostiene a Pedro es la fe en Cristo. La Iglesia no se construye sobre la perfección de los hombres, sino sobre la confesión de que Jesús es el Mesías y el Hijo de Dios. Esa es la roca que permanece firme a través de los siglos. No sobre nuestras seguridades, nuestros éxitos ni nuestras fuerzas, sino sobre Cristo.
La segunda lectura de la carta a los Romanos concluye con una admirada alabanza: «¡Qué abismo de riqueza, de sabiduría y de conocimiento el de Dios!». Después de escuchar la confesión de Pedro, podemos caer en la tentación de pensar que ya hemos comprendido a Jesús. Sin embargo, cuanto más nos acercamos a Él, más descubrimos que siempre nos supera. La fe no consiste en dominar el misterio de Dios, sino en dejarnos abrazar por él. Jesús, en el evangelio, comienza preguntando qué dice la gente sobre Él. Las respuestas son variadas, opiniones respetables, incluso elogiosas. Pero ninguna alcanza el núcleo de su identidad, porque son respuestas dadas por quien habla de oídas y desde la lejanía. Entonces llega la pregunta decisiva: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”. La diferencia es enorme. Ya no se trata de lo que dicen los demás. Ahora la respuesta es personal. La fe no puede sostenerse únicamente en tradiciones heredadas, costumbres familiares o ideas generales. No se puede decir quién es el Señor desde la lejanía. Cada discípulo está llamado a encontrarse personalmente con Cristo, y a confrontarse con esa pregunta.
También nosotros vivimos rodeados de opiniones sobre Jesús. Algunos lo consideran un gran maestro moral. Otros, un personaje histórico admirable. Otros lo reducen a un símbolo espiritual. La fe no consiste en dominar el misterio de Dios, sino en dejarnos abrazar por él. No es poseer todas las respuestas, sino caminar confiados detrás de Aquel que tiene palabras de vida eterna. Pero la pregunta sigue en pie: ¿quién es Jesús para mí? ¿Qué lugar ocupa realmente en mi vida?
Suyo en Cristo Jesús, Fr. Francisco Quiroz