Este breve análisis está centrado en una visión general de varias décadas de transformación social y económica fruto de la adopción de ideologías neoliberales aplicadas a finales de los años 70 en diferentes ámbitos de la toma de decisiones.
Por un lado, pone de manifiesto la radicalidad de las doctrinas actuales, que no tienen otra salida lógica que apostar por el crecimiento continuo a pesar de observarse el paralelo aumento de la desigualdad y la degradación del medioambiente.
Por otro, evidencia la fragilidad de los sistemas democráticos cuando las instituciones de producción, de comercio y de comunicación no obedecen las normas de participación.
Por último, hace una reflexión de las consecuencias a largo plazo de todos estos factores para la elaboración del conjunto de propuestas presentadas en el ensayo.
En esencia, se puede determinar que a principios del siglo XXI la humanidad ha llegado a una situación social y económica que deja cada vez menos espacio para la reforma de la lógica del capital.
La desigualdad no tiene precedentes. Observándola detalladamente, vemos que proviene de un sector ínfimo de la población, una fracción del 1 % es rica y, más concretamente, menos de un 0,1 % de la población mundial es lo que se podría calificar como de súper rica.
Como explica Noam Chomsky (Estados fallidos. El abuso de poder y el ataque a la democracia), esto provoca una serie de consecuencias nefastas en la sociedad:
La desigualdad, por si sola, ya tiene un efecto nocivo y corrosivo.
El peso de la opinión pública sobre las democracias ya no es efectiva.
En una democracia, la opinión pública ha de tener influencia en la política para que el gobierno lleve a cabo las acciones promovidas por la población. La esencia fundamental de la democracia es precisamente esto.
Por otro lado, es importante entender que a los sectores privilegiados y poderosos no les ha gustado nunca la democracia por unas razones muy claras. La democracia les quita el poder y lo pone en manos de la población en general.
En la historia de la humanidad más reciente, ha habido un choque continuado entre la presión para tener más libertad y más democracia, proveniente de los más desfavorecidos, y los esfuerzos para tener más control y más dominio, proveniente de los más privilegiados, de las élites.
Sin embargo, los legisladores siempre han diseñado el sistema para que esté en manos y sea más accesible para las élites, puesto que, tradicionalmente, se las ha considerado más responsables.
En las últimas décadas, y atendiendo a esta ventaja organizativa, los mecanismos para la concentración de riqueza y poder han seguido una serie de principios que han secuestrado las democracias hasta casi el inmovilismo. Esta dinámica se ha interpretado como una contraofensiva a las movilizaciones sociales producidas en los años 60 en diversas partes del mundo, generando un clima de tensión social que provocaron mucho miedo y una profunda conciencia de clase en las élites empresariales.
La concentración de riqueza genera concentración de poder. Acceder al poder electo en las democracias requiere de financiación, esa dependencia va creando un poder político subyugado a intereses financieros que, a su vez, se traducen en un sistema legal modelado para favorecer la concentración de más riqueza, mediante nuevas regulaciones, leyes fiscales y tributarias, normas de gestión corporativa, etc., formando un círculo vicioso cada vez más cerrado y legalmente complejo a medida que la dinámica se repite.
De manera que se ha ido pervirtiendo el ciclo democrático, mediante el control y la transformación paulatina de sus propias herramientas, para conseguir desplegar dinámicas sociales regresivas que generan desempleo, precariedad laboral, polarización social y destrucción medioambiental.
Más concretamente, desde que se empiezan a poner en práctica las teorías neoliberales a finales de los años 70, este pensamiento ha ido endureciendo los argumentos del capitalismo clásico que, en síntesis, proponen que la mejor forma de conseguir el bienestar humano es a través de la liberación de las competencias empresariales y de las libertades individuales dentro de un marco institucional caracterizado por fuertes derechos de propiedad privada, de libre mercado y de libre comercio.
Esta ideología está basada en la economía de la competitividad, que se interpreta como el principal factor que conduce al crecimiento y los niveles de ingresos. Y los niveles de ingresos están relacionados estrechamente con la interpretación del bienestar humano. Por lo que las leyes y regulaciones de los distintos estados se han interpretado como deficiencias del mercado para el intercambio comercial y una competencia más justa, conceptos que redundan, precisamente, en el principio de concentración de riqueza y poder anhelado por los más privilegiados.
Por lo tanto, el objetivo concreto ha sido planificar el debilitamiento de la democracia aumentando la desigualdad, en contraposición a reducirla para fortalecerla, tal y como defendía Aristóteles en su obra Política, que ante el temor de la apropiación de las riquezas y las propiedades por parte de los más pobres por la instauración de un sistema de estas características, proponía reducir las desigualdades y aumentar el bienestar del conjunto de la población en busca de un consenso de mutua necesidad, definiendo así lo que entendemos hoy por estado del bienestar.
De este proceso se pueden sintetizar dos grandes líneas de actuación paralelas que ponen en evidencia la fragilidad del sistema democrático frente a la sencillez de la lógica capitalista en un entramado capaz de construir alternativas globales al orden establecido y que ponen en entredicho el ideal moderno de autogobierno ciudadano.
Por un lado, modificando las reglas de la economía mundial en dos aspectos cruciales:
Ampliando el papel de las instituciones financieras (bancos, empresas de inversión, compañías de seguros, etc.) y diseñando políticas para acentuar la inseguridad laboral de los trabajadores.
Estos dos conceptos de la primera línea de actuación, sintetizados en la financiarizacción y la deslocalización, son los dos grandes protagonistas de toda una sucesión de políticas encaminadas a favorecer el contexto de la lógica del mercado vigente que, frente a la evolución de sus efectos, no tiene otra salida que apostar por el crecimiento continuo.
Muy a menudo la historia de las reglamentaciones la empieza los mismos poderes económicos que han de ser regulados. En la práctica y debido a ese poder político subyugado, el negocio que debe ser regulado controla a los reguladores y, tradicionalmente, las leyes de regulación financiera las han redactado los lobbies bancarios desde la invención del capitalismo corporativista a principios del siglo XX.
A esto hay que añadir que en las últimas décadas se ha ido instaurando una nueva cultura empresarial, surgida de una remodelada escuela de negocios, que ha tendido a sobrevalorar y recompensar las políticas de una nueva generación de directivos y administradores que, sobretodo, se han dedicado a buscar la optimización máxima de los beneficios del accionariado en detrimento del concepto tradicional del mundo de la empresa y su relación con la sociedad, promoviendo la externalización de las manufacturas fuera del marco institucional que ampara la actividad empresarial e invirtiendo en la paulatina implementación de procesos de automatización en los sectores más importantes.
En Wikipedia, una de las mejores iniciativas de colaboración para compartir el conocimiento, podemos encontrar que la definición de financiarización es un término utilizado en discusiones sobre el capitalismo financiero que se ha desarrollado durante las últimas décadas, en el cual el apalancamiento (la relación entre el crédito y el capital propio invertido en una operación financiera) ha tendido a sobrepasar el capital y, en consecuencia, los mercados financieros han tendido a dominar sobre la economía industrial y agrícola tradicionales.
La financiarización es un término que describe un sistema o proceso económico que intenta reducir todo el valor intercambiado (tanto tangible como intangible, tanto promesas futuras como presentes, etc.) a un instrumento financiero o a un instrumento financiero derivado. Para explicarlo de un modo simple, el propósito original de la financiarización es lograr reducir cualquier producto del trabajo o servicio en un instrumento financiero intercambiable, como una divisa, y así hacer que sea más sencillo para las personas comercializar estos instrumentos financieros.
La consecuencia es que la manufactura de bienes y la prestación de servicios quedan secuestrados dentro de un mercado abstracto y complejo de intereses financieros. Las fábricas, los bienes y los servicios, pasan a ser herramientas o productos del sistema financiero, con un valor de mercado que puede llegar a ser ficticio, tanto por sobrestiamación como por subestimación, dándose el caso en el que empresas rentables y viables tengan que cerrar al quedar descapitalizadas de la noche a la mañana.
Además, esta dinámica provoca que el productor quede separado del comprador por un control casi absoluto de los instrumentos usados por el mediador que, a su vez, financia directa o indirectamente a ambas partes para aumentar la competitividad por un lado, y el acceso al abanico de ofertas por otro.
Para comprender este proceso es importante saber que actualmente las empresas se centran en la producción compartida, en lo que producen mejor y de forma más eficiente, y comercian con todo lo demás. Es decir, son productores y compradores al mismo tiempo y dependen de una red global de productores, independiente e interconectada, para fabricar sus productos. De hecho, la red está tan interconectada que resulta casi imposible desmantelarla y producir productos completos en sólo un lugar.
La producción compartida permite manufacturar productos de mayor calidad a precios más bajos. Permite sacar más provecho de las limitaciones en recursos y conocimientos de un lugar y, al mismo tiempo, beneficiarse de precios más bajos. Es muy importante recordar que para que sea efectiva, tiene que basarse en un comercio transfronterizo de materias primas, componentes y productos finales que dependen de los acuerdos comerciales suscritos por los diferentes países en donde operan dichas empresas y entidades financieras.
Es en este contexto donde la financiarización ha conseguido simplificar todos los mecanismos del proceso productivo para facilitar el control del mercado, utilizando a una serie de actores (bolsa de valores, mercado de valores, mercado secundario de valores, mercado de futuros, etc.) que reducen los valores intercambiados a instrumentos financieros o a instrumentos financieros derivados. Lo que también ha permitido la transformación del mundo de la distribución, que usando esos productos financieros, se ha ido concentrando en enormes grupos de gestión que permiten el abaratamiento y optimización del constante crecimiento del transporte de mercancías, llegando a fletar barcos enteros a diario (la práctica totalidad del transporte de mercancías del mundo se hace por mar) capaces de, por ejemplo, desplazar las cosechas de toda una región del planeta, cultivadas por varios productores y donde, paradójicamente, se pueden dar incluso situaciones de hambruna, a cualquier lugar del mundo en cuestión de días para conseguir competir con el precio de la producción local.
Por lo que la financiarización ha sido un factor que, a través de la influencia cada vez mayor de las personas jurídicas que representan a productores, distribuidores y, sobretodo, instituciones financieras, ha provocado la modificación de leyes y regulaciones que permiten la fluidez de este engranaje económico, que hemos llamado globalización, y que ha ido minando las bases de los derechos fundamentales de las democracias para asegurar que el control de estos mecanismos estén libres de interferencias sociales.
Los estados han pasado de ser los garantes de un sistema de calidad de vida a ser los garantes de la trama económica del sistema financiero, en donde el bienestar de la población regional ha quedado subordinado al bienestar de la economía mundial.
Esto ha significado, a su vez, un cambio de paradigma en los llamados ciclos económicos que han pasado a ser, fundamentalmente, financieros.
Un ciclo económico, en esencia, no deja de ser un eufemismo para justificar la obsolescencia programada. Un sinsentido que promueve la programación de la vida de un producto para impedir la saturación de un mercado y garantizar el consumo de forma continuada, evitando el colapso de la industria, que si bien se consigue en parte y junto a otras medidas, en la actualidad no impide la purga necesaria que debe producirse en el nuevo ciclo financiero que lo sustenta y, en mayor o menor medida, controla.
El ciclo financiero hace referencia, por tanto, a la reinterpretación del ciclo económico o de negocios que, tal y como explica Karl Marx en su obra El Capital, es una consecuencia del enorme poder inherente al sistema de fabricación y su dependencia de los mercados, que necesariamente lleva a un incremento de la producción que los satura, disminuyendo los precios y produciendo la paralización de la producción, en una repetición de periodos de actividad moderada, prosperidad, superproducción, crisis y estancamiento.
Al margen de toda una amalgama de teorías para explicar, medir, predecir y solventar estos procesos, lo paradójico es que, en los últimos ciclos, las causas de saturación y crisis no se han debido realmente al sistema de producción de bienes y servicios, sino a la avaricia que se ha adueñado del sistema financiero, que ha asumido casi todos los parámetros que controlan la dinámica económica mundial y que ejecuta los procesos para desencadenar las crisis según se convenga desde las élites que lo controlan. Es una nueva realidad que aún está en proceso de análisis y que, fundamentalmente, es una consecuencia de los procesos de financiarización progresiva de los mercados, lo que ha permitido simplificar el proceso de control para aumentar la concentración de riquezas en un sector ínfimo de la población mundial.
Una de las salvaguardas que queda ante este panorama es el sistema de cooperativas que, si quiere subsistir, debe operar a nivel local y con una producción limitada generalmente al sector de la alimentación, restringiendo los beneficios a los de una economía tradicional o a los de una economía colaborativa que, por otro lado, cada vez está siendo más regulada por los estados a tenor de los efectos contraproducentes que genera para una competencia más justa.
El otro gran concepto es la deslocalización (o colocalización) económica que, según podemos leer, es la transferencia, a iniciativa de una sociedad o institución internacional, de actividades, capitales y empleos, entre diferentes países o diferentes regiones, para obtener algún tipo de ventaja competitiva o estratégica:
Sea por costes más bajos (en mano de obra, en transporte, en energía, en fiscalidad, en seguros y vigilancia, en acceso a insumos y recursos naturales, en reglamentaciones sociales y de seguridad laboral, también en cuanto a reglamentaciones ambientales, etc.).
Sea por la existencia en la localización objetivo de un polo tecnológico, o al menos de personal más calificado y especializado.
Sea por la existencia de mejores y más adaptadas infraestructuras (en comunicaciones, en transporte, en logística, en seguridad jurídica, etc.), y/o de un medio ambiente natural y humano más atrayente.
Sea por algún otro tipo de ventaja estratégica, o de facilidad de acceso a mercados, y/o por una combinación de las ventajas anteriormente planteadas.
El efecto de esta dinámica es el refuerzo en la transformación de los mecanismos que controlan el mercado laboral y, por extensión, del conjunto de la sociedad, hacia una dinámica de precariedad e inestabilidad que diluya los núcleos sociales estables, fomentando el pensamiento individualista en detrimento del pensamiento solidario tradicional de los movimientos obreros surgidos a mediados del siglo XIX y que dio lugar a la formación de los grandes movimientos sindicales del siglo XX.
Sin embargo, los efectos son más psicológicos que reales, puesto que, en el sector de la manufactura tradicional de bienes, la mayoría de empleos se han perdido por la automatización, no por los procesos de deslocalización. Pero su lógica es aplastante para ir permitiendo la modificación de unos parámetros legales que han favorecido un cambio de mentalidad en el conjunto de la sociedad desde una óptica abstracta de necesidad del mercado, que hace difícil la coherencia en la movilización obrera ante una circunstancia que no depende sólo de las políticas locales del gobierno o las empresas, sino de un contexto global que escapa al control de la ciudadanía.
Los estados han sucumbido a la adopción de toda una serie de medidas que, a pesar de ir en contra de su esencia fundacional, se han entendido como un factor de progreso y estabilidad para el conjunto de la sociedad y que, en la práctica, se están demostrando contraproducentes para contrarrestar la desigualdad e inestabilidad social. Como dice David Michael Kotz (The rise and fall of neoliberal capitalism), se han caracterizado por las siguientes acciones:
La progresiva desregulación de los negocios y las finanzas, tanto en un ámbito local como global, permitiendo una mayor liberalización del mercado para lograr la libre movilidad del capital:
La desaparición de toda barrera a los movimientos de capital es un fenómeno nuevo y se ha justificado con la promesa de consecuencias positivas para el crecimiento económico pero, aparte de que esta premisa sea muy discutible, también ha permitido la consiguiente capacidad de los mercados para sancionar o limitar las políticas de los estados.
Como ya se ha comentado, este proceso también ha permitido que la toma de control del mercado financiero haya pasado a manos de las entidades financieras privadas (bancos, empresas de inversión, compañías de seguros, etc.), y que los estados hayan quedado relegados y casi inmovilizados en el papel de meros garantes de su legitimidad.
La privatización de empresas públicas que previamente venían gestionadas por dirigentes del estado y funcionarios públicos:
La privatización no deja de ser una forma elegante de robar lo que ha sido costeado y mantenido con los impuestos del conjunto de la ciudadanía. Si la norma fuera justa desde una perspectiva ética, los ciudadanos tendrían que ser, automáticamente, una parte del accionariado al iniciarse este proceso. El problema es que, en un sentido tradicional de economía de estado, las empresas públicas son entidades a pérdida, es decir, que no suelen tener rentabilidad y, por lo tanto, consideradas como un lastre para esta dinámica de libre competencia y libre mercado en las que este tipo de economía no tiene cabida.
La relajación en la política monetaria por parte de las autoridades y, en la medida en que se interviene, mayor atención a la inflación que al desempleo:
Lo que significa un cambio de paradigma en el papel de los estados para controlar y mantener la estabilidad económica, que pasa de un control público tradicional a un control en donde intervienen varias autoridades monetarias que operan desde una perspectiva global. El estado pasa a ser una entidad más dentro de los actores que intervienen en el mercado financiero, emitiendo sus productos de deuda, letras, bonos, etc. pero sin poder actuar libremente para no distorsionar las dinámicas de libre competencia en beneficio propio.
Esta perversidad se ve agravada por otro conjunto de medidas paralelas y complementarias que debilitan su función, y el de las democracias en general, justificadas como una necesidad para respaldar su permanencia en dichos mercados, pero que buscan modificar la ideología reprimiendo los grupos de interés, los llamados efectos civilizadores que, fundamentalmente, se han caracterizado por reclamar una política más ajustada a una ética universal de los derechos esenciales de la humanidad (derechos de las minorías, derechos de igualdad ante la ley, defensa del medioambiente, defensa de la paz, aumento de la solidaridad, etc.) generando un dimorfismo ideológico o democrático, es decir, alterar la esencia fundamental del poder de la democracia para diluirlo en un abanico de intereses aislados que debiliten la acción ciudadana unitaria ante la degradación paulatina del estado del bienestar.
Lo que nos lleva finalmente a la otra gran línea de actuación que, visto en perspectiva y continuando con los argumentos de David Michael Kotz, ha significado la paulatina transformación de la cultura de masas, que ha pasado de una consciencia colectiva empática y solidaria al refuerzo de la actitud individualista y la desconfianza en las instituciones:
Las reducciones en el gasto público, que se justifican sobretodo cuando se producen fallos del mercado y que en sectores como la sanidad o la educación son especialmente perjudiciales para el desarrollo sostenible de un sistema solidario y eficaz. Descapitalizar los sistemas básicos provoca su mal funcionamiento y la consiguiente búsqueda de alternativas en el ámbito privado, lo que acentúa la actitud individualista e instaura la desconfianza en las instituciones.
La reducción de impuestos a las grandes fortunas y a las empresas, que se justifican como medidas para fomentar la inversión pero que en la práctica supone que la masa asalariada asuma casi la totalidad del sistema de tributos, con lo que la carga de mantener la sociedad ha pasado a ser exclusivamente del proletariado.
El debilitamiento de los sindicatos y la modificación del mercado laboral, aumentando el poder del capital frente al del trabajo, que ha ido penalizando la adhesión sindical por la desigualdad de privilegios de los trabajadores sindicalizados frente a los autónomos e instaurando un sistema de despidos justificados ante las convocatorias de huelga.
El fomento de los trabajos temporales frente a los trabajos de larga duración, que se traduce en el aumento de la inseguridad laboral, la reducción de los ingresos salariales y el fomento de la competitividad entre los trabajadores en general, aspecto que también redunda en el debilitamiento de la acción sindical coordinada.
Estas acciones, por sí solas, no tienen una trascendencia irreversible si no van acompañados de una transformación más profunda de la forma de entender la vida en democracia. Durante décadas las industrias de la comunicación y el comercio han ido utilizando y promoviendo una actividad para ejercer el control de las creencias y las actitudes, haciendo una malsana plasmación de los ideales democráticos en el consumismo, fabricando un paralelismo de ideas para asociar la semántica ideológica a algo tangible en la vida de las personas: igualdad de acceso, libertad de acción y elección y justicia compensatoria o reparadora pero ante el consumo de los bienes y los servicios, en donde la industria de la producción es el principal protagonista para el buen funcionamiento de la economía y, en consecuencia, de los sistemas democráticos.
Las industrias de la publicidad y las relaciones públicas empezaron su andadura por el arte de la seducción, mostrando las formas de una vida ideal llena de bienes materiales y las fórmulas mágicas para la felicidad, desvirtuando un discurso que, teóricamente, debería haber sido meramente informativo, para convencer y fabricar el consentimiento emocional e irreflexivo del consumidor. Pero lo que era un juego creativo de ingenio ha evolucionado hasta una ciencia de la manipulación. Los departamentos creativos ahora están al servicio de los departamentos del estudio del comportamiento humano, con psicólogos y estadistas que elaboran la manera más efectiva de llegar al nicho objetivo, usando estrategias que, por otro lado, deberían estar absolutamente prohibidas en lo referente a la publicidad dirigida a niños y adolescentes y que ya se aplican indistintamente a todas las actividades del ámbito público (campañas electorales, campañas de movilización y/o ayuda humanitaria, selección de la actualidad informativa, de los deportes, de famosos, de tendencias estéticas, etc.), implantando una cultura del ocio basada en actos de consumo permanentes y de distinta índole que redundan en este cambio de mentalidad.
De igual modo, los medios informativos y en especial los grandes medios de masas, han quedado subordinados a este gran dinamizador económico, transformándose en grandes grupos mediáticos que han impuesto unas líneas de negocio que basan su actividad en el entretenimiento, no en la información, análisis y conclusión de las cosas, relegando esta función a la opinión personal de expertos invitados y así mantener una neutralidad o asepsia frente a la posible penalización de la principal fuente de ingresos en que se ha convertido la publicidad.
Y lo mismo está sucediendo en Internet, los grandes actores del mundo de los servicios en línea basan su negocio en los ingresos por publicidad, proporcionando cada vez más herramientas para crear sofisticados sistemas de análisis basados en la proliferación de los denominados algoritmos sesgados.
Un algoritmo es un conjunto de instrucciones ordenadas y finitas que permiten llevar a cabo una acción determinada, por lo que, en realidad y en este contexto, los algoritmos sesgados son opiniones, intenciones o directrices incrustadas en un código, es decir, con sesgos que eligen qué datos recolectar, no sólo de nuestras acciones, sino que también de la ingente cantidad de bases de datos existente y en permanente aumento, sin llevarse a cabo ningún tipo de auditoría de control pública.
Ahora los datos son un activo esencial. Millones de ciudadanos se informan, se relacionan con sus amigos y compran en Internet. Van dejando a su paso un reguero de información. Esta información personal permite elaborar perfiles individualizados gracias a estos algoritmos que son capaces de aprender, en minutos, patrones de comportamiento que a un ser humano le llevaría años discernir, lo que permite desplegar arquitecturas de persuasión a gran escala y manipular individuos, uno por uno, usando su personalidad, debilidades y vulnerabilidades.
Este nuevo escenario requiere de un análisis más detallado sobre la falta de transparencia creada por los algoritmos propietarios, el desafío estructural de la opacidad del aprendizaje automático y lo que significa proporcionar el acceso a todos estos datos indiscriminados que se recopilan sobre las personas.
Pero lo que ya se puede deducir es que sólo aquellos instrumentos con mayor contexto social serán capaces de instruir a las máquinas para que sean más justas e imparciales, por lo que sólo las personas cultas serán capaces de acabar con los algoritmos perniciosos para la consecución de los objetivos humanos y limitados a los valores humanos. Quizás ni siquiera se pueda llegar a un acuerdo sobre lo que significan esos términos y el camino sea realmente difícil, porque es imposible programar sin incrustar subjetividad, de la misma manera que es imposible crear un mundo totalmente nuevo sin tener referencias de algo anterior.
Este abismo tecnológico, que se abre paso día a día, se está desarrollando en un mal contexto, en una lógica de mercado que no está favoreciendo el desarrollo de una sociedad preparada para entender y afrontar los retos del poder inmenso de estas nuevas tecnologías y sus consecuencias a corto, medio y largo plazo, no sólo ya en las democracias, sino en todos los ámbitos de la actividad humana.
Lo que nos lleva a otra de las salvaguardas ante esta exposición y que es una de las contradicciones esenciales de un sistema económico que, al tiempo que impulsa el continuo desarrollo científico-técnico, descapitaliza paulatinamente los pilares esenciales de cualquier civilización al promover las políticas de reducción del gasto público y de privatización de las empresas estatales.
Sin embargo, esta contradicción puede explicarse, en parte y de forma muy generalizada, por la propia naturaleza de estas actividades.
Por ejemplo, la denominada cibercultura no surge de una base civilizadora clásica, sino que se circunscribe a una dinámica abstracta de pensamiento desarrollado en el mundo de la computación, donde todos los pilares de construcción provienen de una matemática que sólo ha marcado unos principios que ya no son relevantes para su evolución y que, debido a las dinámicas del mercado, ha desembocado en toda una industria de consumo efímera y de obsolescencia extrema (smartphones, tablets, wearables, etc. y su consiguiente ecosistema de software para darle un sentido con múltiples propósitos).
Pero su dinámica, como muchas otras disciplinas del mundo científico, siguen un camino paralelo a la realidad social, trabajando en entornos asépticos, que buscan la experimentación en estado puro para llegar a los descubrimientos.
El mundo y la forma en que interactuamos con él, cambia con cada uno de estos avances de la ciencia y la tecnología. Pero ninguno de ellos está planeado, y el modo de vida que los precede se pierde en gran medida cuando tienen lugar. Todos estos avances tradicionalmente se han decantado a la razón predominante, sea para bien o para mal, sin un control ético determinado y en que lo único que ha predominado, por encima de todo, es su propio avance.
Por lo que, pese al impulso de estas disciplinas, se siguen dando unas condiciones que facilitan e incluso potencian el modelado social de la ideología y, a medida que la ciudadanía se siente más desamparada por aquello que ha sido un nexo de estabilidad y calidad de vida, más radicaliza su individualidad ante una adversidad compleja, transformando paulatinamente el sentido personalísimo de pueblo (nación) y, en última instancia, el de estado-nación. Puesto que el sentimiento de patria (tierra: medio natural, clima, idioma, cultura, alimentación), perversamente utilizado para movilizar a la población en otras épocas, está íntimamente relacionado con la formación y madurez del individuo, su manera de entender la vida y la organización comunal.
La degradación y dilución de estas emociones y sentimientos a medida que avanzan los efectos de la globalización, junto con la transformación de la visión social de la empatía y la solidaridad, generan desconfianza, miedo a la insignificancia y una cultura basada en la irracionalidad y la impulsividad que hacen al individuo frágil, con creencias dispares que a menudo sirven a una función social, ayudándolo a definir quién es y cómo debe encajar en el mundo, pero que lo apartan del sentido esencial de un estado democrático para organizarse dejando a un lado las emociones y esas creencias personales y formar una sociedad cohesionada, que reclame permanentemente los derechos básicos para imponer la ética universal consensuada internacionalmente.
Y ante la irresponsabilidad y la mediocridad de la política pública, sea de carácter conservador o liberal, que ha ido adoptando un discurso populista y anquilosado para evitar justificar unas medidas diametralmente opuestas al estado del bienestar, se ha alterado paulatinamente la relación de la ciudadanía y su actitud pública. La población ya no responde constructivamente a los grandes debates abiertos en el espacio público porque siente que no tiene manera de influir, las movilizaciones colectivas tienden a corromperse en un camino de autodestrucción, de ataques mutuos y objetivos vulnerables, lo que provoca frustración, indignación y una actitud de desprecio a las instituciones.
En resumen, la disgregación de las estructuras sociales y de los pilares civilizadores provocan, por un lado, la dilución de la ideología del sentido de estado y una mayor predisposición para la migración de los ciudadanos y, por otro, la polarización social y la autoafirmación en las creencias, que tiende a la formación de grupos sociales extremos en todos los ámbitos de la convivencia y la identidad humanas (político, étnico, religioso, etc.) reafirmando la vieja máxima romana: Dīvide et īmpera.
Pero los ricos de las élites no nacen como flores en un prado, son la consecuencia de otros tiempos, de otras realidades sociales que, para bien o para mal, han nutrido su devenir. Su pasado cultural es tan importante como el de cualquier otro contemporáneo para entender el contexto histórico y lo que conlleva en la realidad presente.
Como cualquier ser humano, está sometido al mismo ejercicio moral y ético ante la convivencia con todos los seres vivos del planeta y sus derechos universales inherentes. Su conciencia de clase es una condición adquirida, como la fe y las creencias. Es decir, la conciencia de clase, entendida como el conocimiento a pertenecer a una clase social y actuar de acuerdo a ese conocimiento, es un concepto formado y posteriormente acuñado por el efecto civilizador de la sociedad y sus inherentes conflictos de convivencia al organizarse pero, en el fondo, está íntimamente relacionado con uno de los diversos mecanismos primarios de supervivencia de la especie: el miedo a lo diferente o amenazador de un entorno estable para el individuo que, junto al paulatino control, dominio y transformación del medio natural, han consolidado una mentalidad de supremacía llena de prejuicios.
Esta mentalidad, a su vez, ha ido conformando sistemas organizativos egocéntricos, ya sean de carácter conservador o liberal, que han ido derivando hacia una visión más universal a medida que han avanzado las distintas disciplinas del conocimiento y el saber, pero que siguen manteniendo una ética anquilosada respecto a los derechos naturales de toda la biodiversidad del planeta.
La vida es frágil para todos y, si bien es legítimo como ser vivo garantizarse los mecanismos para sobrevivir, también lo es actuar consecuentemente cuando nuestra capacidad nos permite entender que esos mecanismos son nocivos, no sólo ya para algunos, sino para el conjunto de toda la vida en el planeta.
Toda esta exposición, extrapolada a largo plazo, dibuja una serie de escenarios que hacen difícil predecir el futuro de la civilización y el papel de la especie humana en la recuperación y preservación del medio natural que, hasta la fecha, es un axioma básico para la supervivencia de todas las formas de vida del planeta.
Esta dinámica tiende al control e inmovilización de los actores y factores que propician la génesis del pensamiento y el discurso ideológico, con consecuencias perniciosas para el conjunto de la civilización por diversos motivos.
Si se debilitan los sistemas educativos y sanitarios, se debilita la posibilidad de descubrir y potenciar el talento y la inventiva de forma sostenida, aspectos fundamentales para disponer de diferentes visiones a la hora de afrontar los problemas. Se pierden, además, las distintas formas de interpretar a los clásicos, de garantizar un caudal constante de discurso crítico, siempre incómodo, pero necesario para la formación de las futuras generaciones.
Por lo tanto, este empobrecimiento paulatino de pensamiento y de diversidad cultural, reduce drásticamente la proporción de población necesaria para que surjan individuos talentosos en cualquier disciplina humana. La pérdida de una masa crítica de debate y confrontación lleva a un pensamiento poco imaginativo, que puede bloquearse con facilidad cuando la estructura organizativa se desmorona por cualquier tipo de causa natural o accidental.
El estudio de los clásicos es la base de la cultura, y la cultura no es más que una expresión de lo mejor que hay en una sociedad: la filosofía, gobernar con honradez, la justicia, el arte, el idioma, la ciencia, etc. Si la herencia clásica ya no se valora lo suficiente porque se entiende como un factor de desaceleración de la economía, ¿cómo formar a seres humanos civilizados si ya no se cree en la misma civilización?
El escenario, que ya se ha dibujado en numerosas ocasiones, tiende a dos estados sociales: una minoría de ricos, ahora en su mayoría anónimos, que controla a una gran masa de individuos en múltiples situaciones de pobreza, no sólo en lo esencial para la vida o económica, también cultural, intelectual o en derechos civilizadores. Se están diluyendo los sistemas que dan esperanza, que representan la oportunidad de una vida mejor, restringiendo cada vez más el acceso a las herramientas y a las leyes que puedan llegar a perturbar las elaboradas dinámicas de control fraguadas desde una minoría tremendamente elitista y perfectamente jerarquizada.
En definitiva, estamos viviendo un nuevo y sofisticado feudalismo a escala planetaria, donde los oprimidos, ante el desamparo del estado, no saben contra qué o quién se deben revelar, no tienen un enemigo concreto, desbordados por sobrevivir muchos se desplazan, en la medida de lo posible, a zonas donde tengan mejores oportunidades. Otros se radicalizan, abrazando ideologías excluyentes y cerradas a un discurso crítico, en un abanico de convenciones dogmáticas que dan una respuesta simple y coherente al devenir de esta nueva realidad.
Pero una gran mayoría se somete. Como ya está sucediendo en muchas partes de Asia, en la base del sistema productivo hay una gran masa de trabajadores que están formados en una única labor específica y su insignificancia para el sistema es extrema.
Esta visión obtusa de las élites en su planteamiento a largo plazo, obsesionados por el control de todos los instrumentos que mueven el mundo, responde a una condición humana también legítima pero moral y éticamente injusta, no sólo desde una óptica social, sino desde la óptica medioambiental que permite la vida en general en esta isla de Pascua que es el planeta. Pensar en que lo más efectivo es tener a una población inmóvil ideológicamente es pernicioso por los daños que produce en el conjunto de una civilización, pero es una situación reversible invirtiendo el proceso generación tras generación. Pero pensar que un sistema de capitalismo puro en un marco de libre mercado y libre competencia puede existir de forma sostenible es, cuando menos, estúpido. Porque funciona generando un desequilibrio cada vez más extremo lleno de contrasentidos que, de un modo u otro, precipitarán en nuevos enfoques alternativos, muchos alegales y otros ilegales, que tiendan a la compensación. Empezando por el aprovechamiento de las inercias tecnológicas que han tenido que desarrollarse por las cuestiones abiertas en torno a la sostenibilidad ambiental de las actividades humanas (el cambio climático, la crisis alimentaria o la explotación insostenible de recursos naturales como el agua o la pesca, que remite a la capacidad de los sistemas físicos y ecológicos para sostener dicha actividad), continuando por la adopción de nuevas estrategias para paliar el desamparo institucional de la población que hagan cada vez más irrelevante tener el control del mercado financiero (véase también People over capital: the co-operative alternative to capitalism) y terminando por el secuestro paulatino de unas tecnologías que, si bien se han ido impulsando para favorecer una dinámica económica basada en la competitividad, por su propia naturaleza, no podrán estar bajo un contexto de control absoluto (véase también Ciber-comunismo de Paul Cocksott y Maxi Nieto).
Por lo que este ciclo neoliberal también colapsará ante la casi imposibilidad de reformar la lógica ciega del capital y, seguramente, el disruptor no natural más relevante será tecnológico. Los ciclos ideológicos no están estructurados para predecir su ocaso, requieren de detonantes que provoquen su transformación o extinción. Hasta ahora, los grandes disruptores humanos han sido las guerras y las revoluciones sociales, pero estamos en una encrucijada que hace difícil que esto vuelva a suceder de esta forma y a gran escala. El estudio de estos factores corresponde a otro análisis que haga especial hincapié en el cambio de paradigma energético, sobretodo fruto de las tecnologías derivadas de la fusión de átomos de hidrógeno y que, hasta la fecha, permanecen en el ámbito público, incluso militar, de la colaboración entre diferentes países. Este factor, junto con la proliferación del concepto de una ciencia y una tecnología universales (criptomoneda, blockchain y big data, computación antrópica y cuántica, ingeniería genética y biotecnología, etc.), permitirá nuevos enfoques lo suficientemente significativos para provocar grandes cambios en la dinámica organizativa actual desde una perspectiva económica de lógica socialista, en donde los estados volverán a jugar un papel relevante, orientando el desarrollo de la sociedad hacia metas elegidas democráticamente y debido, seguramente, a la condición de ser los garantes de una ética universal que los legitima para gestionar una fuente de energía inagotable y sostenible.
Pero los problemas de fondo siguen y seguirán estando latentes.
Hasta que todas las instituciones de producción, de comercio y de comunicación no obedezcan las normas de participación democrática, no tendremos una sociedad democrática real y efectiva.
La democracia necesita una profunda revisión de las reglas de funcionamiento, hasta llegar a la revisión más conflictiva de la convivencia humana: la conciencia de clase.
La humanidad ya ha alcanzado unos puntos de partida éticos y moralmente sostenibles en todos los ámbitos, con amplios consensos acordados en asambleas internacionales, pero mientras exista una conciencia de clases sociales difícilmente se podrán ir desarrollando, porque el concepto lleva implícito la desigualdad.
Desafortunadamente esta conciencia no ha desaparecido ni siquiera con el comunismo que, desde un punto de vista teórico, se puede afirmar que no ha existido nunca.
Los sistemas sociales jerarquizados tienden a una forma de autoridad ilegítima, a la corrupción. La concentración de poder tiende al despotismo.
Las estructuras de autoridad, dominio y jerarquía no se justifican por sí mismas, aunque siempre tendrían que hacerlo para satisfacer el dominio de la igualdad, la libertad y la justicia, descartando las formas de autoridad ilegítima. Lo que reconocemos como progreso en este contexto es, precisamente, este proceso de justificación.
Pero esto conlleva una dinámica totalmente inversa a la actual. Que potencie los factores civilizadores de la sociedad orientando la educación y el sistema de salud para todos los individuos por igual. Lo que nos lleva a la adopción de una nueva cultura de masas, libre de condicionantes manipuladores promovidos por los instrumentos de una élite, en un marco organizativo que garantice la evolución paulatina de un estado del bienestar que vaya diluyendo las desigualdades en todos los ámbitos de la convivencia, generación tras generación.
Y mientras exista cualquier forma despótica del concepto de propiedad o riqueza, existirá algún tipo de conciencia de clase, sea en el marco organizativo que sea y que, en mi opinión, se postula como el último gran reto que debe superar la humanidad.