Prólogo
La del Alba sería, cuando se abrieron a mi paso las hojas de este poemario, iceberg ensimismado, de Miguel Ángel, hojas intensas, con sus versos tan bien hallados, con su justo tiempo trenzado en la solapa, y sin necesitar receso para el diminuto descanso de la vista, engolosinada ahora por sus adentros, los de este librito que se te pega a las manos, en el intenso calor de sus letras. Y quería seguir leyendo entonces, porque este libro de poemas se estaba convirtiendo en la selva grande, azul y hermosa que iba a ser mi casa durante los enteros siguientes días.
Y apareció el Amor, o la romántica melancolía de todos los segundos que hasta entonces se aprisionaban silentes en sus venas y que brillaban ahora como el poema a mi hijo, que no desfiguraba la estampa pero que sí contenía el deseo de un beso. Sí, todo un libro de poemas, abiertos a la marea, de todo un músico poeta, o un poeta musical, y musicado, que tanto monta o monta tanto. Sin sabor a despedida, como vestido de blanco, deseo abrazado al impulso de ese brote perenne, constante de sus primaveras. Y su ternura, ligero traje de resignación, alumbrando como faroles de gas todo su carácter, como ese verso que llega a puerto siempre antes de la hora anunciada, oda a la noche, noche de una acera a otra, como si no existieras, encerrando todas las lámparas como en tazones de alabastro para la oda a mi madre, o como los versos pompeyanos de toda la inmensidad de la mar, a orillas de la distancia, cuando duerme el pañuelo de bienvenida que asombra y entonces, ya eres tú, como un canto despeinado de fibras blancas, con un aire de actrices maquilladas que acuden a la llamada manriqueña, y luego bequeriana: esencia de mujer dentro de todo el desierto del océano, erotismo, como todo un ómnibus sensual en sus marismas del arte, y atrapado en el rumor, fabricado ahora con telarañas blancas y con tanta pasión, que romperían aquel silencio y paz conventuales, como al final resultaba ser, inesperadamente cierta, aquella noche.
Luego apareció frente a mí un doble chorro de luz azul y rojiza, que en alta mar irisa la blancura de la pequeña tortuga, palpitar de las aguas invisibles, reflexiones que son instantes, y antes de decir el adiós al calendario, un par de redondeles temblorosos que reflejan el palpitar de la madrugada. Luego, las sombras chinescas de la madrina, rellenas de acontecimientos para tu pequeña foto, que forman las ideas del camino, sí, son reflexiones sin rumbo, lo cotidiano, o pequeños versos y también, antiguas fantasías.
Y sigo leyendo, y procuro arreglar mi lectura, mis reflexiones trenzadas en la música de Miguel Ángel, metódicamente, como el administrador de los correos de Tagore, cumpliendo cuantos encargos animosos se le quieran confiar, curiosidad intelectual, cuando cruzo mi saludo con nuestros acantilados, ansioso de sabor, ecuánime de gustos y afectos, preludio inabarcable, porque parece recoger y guardar las espadas agrestes de algún díscolo lector.
Y quiero seguir leyendo entre sus poemas negros, que desembocan luego en los sonetos, sonata de otoño, porque se mueve ahora su escritura, quizá con curiosidad y cierta desconfianza, pero sin miedo, como con Edith Boero, Maribelilla la cuentista, mirada atrás o el escorpión. Porque hay quien abandona sus legajos y se dedica definitivamente a navegar por este mar de la poesía, en un P. D. Adiós, año.
O desde las sombras imaginar que hasta los sastres quisieron meterse a escribidores, quiero decir, según la primera acepción de la RAE, como una entelequia de año nuevo, todo un Mar del Sur sin última frustración. Porque aparece todo un barco de velas blancas, y flechas de hierba en este soneto a mi madre, viendo al fin la inmensidad del mar que se desea. Él sabe que esta metáfora en el asesino siempre estuvo ahí, tomando posesión de la eternidad de su pregunta, qué es poesía, como un nuevo paso interoceánico abrumado por la grandeza vital, mi pequeño, que es como todo lo opuesto a un violín olvidado. Todo parece hacedero, Loli Ausín, cuando acabada de cerrar la noche, suenan esas notas a mi padre, dentro de mil ramas enormes que se extienden como borrones de tinta, en esa lámina celeste acribillada de puntos de luz sobre su memoria, la soledad de este último trayecto con la esperanza subida a la elegancia de su escritura, para volver a preguntarse, qué es la música, tiempo garcilasiano, tiempo fugaz, el desamor, o mis abismos.
Caen ahora sobre el cristal las lágrimas de un paisaje, dentro de un cielo cerrado, casi en un lunes de ayer, cuando los oidores de la playa te dicen, te veo en el aire, libérame, tan así, suave y silenciosa. Ahora se que siempre fluye tu recuerdo cuando desapareces, y entonces, como en una mezcla fabulosa de arena y sal, llegas a mí, universo de poeta navegante imaginariamente perdido, todo un aparente desconcierto por entre las lunas llenas de la primavera, inmóvil y pensativa pérdida de Campoamor que vuelve a trenzar el papel, tal vez aquel, entre los arcos, muros y columnas, como hechos de pequeñitos trocitos de la espuma de aquel perfume.
Y entre las hojas de este libro, dos cartas, y cada carta un mensaje, y en cada pasaje un arcano, el arcano mayor número cuatro, el emperador y el ocho de oros, dos baluartes de esta escritura, dos acastillados presagios, dos incombustibles maneras de hablar de la sombra de sí mismo donde hace los encuentros más luminosos, y donde el artista elige su propia vida para ilustrar su camino mental y poético, musical y espiritual, porque ha de triunfar en la vida, en esa garantía ensimismada de que el fruto se engrandece siempre a fuerza de sus puñaditos de esfuerzo, talento y fantasía.
Por eso me parece ahora como si Miguel Ángel esculpiera con sus versos ideas y fantasías que fueran de cristal de roca, fortalezas de altos torreones, y grandes canastillas de artística composición, para después llenar con rimas y flores la cavidad de sus pensamientos antes de hacerlos volar muy alto, y todos llenos de fuego.
Y ahora, envuélvete por favor entre estas notas, las que él tanto saborea al compás de sus sones poéticos, porque pienso, en este preciso instante, que tengo que recordar pronto estas páginas de ahora, tan hermosas por su vegetación literaria, tan interesantes por sus recuerdos vitales, que sentiría remordimiento si no hubiera de volver a ellas muchas más veces.
Eduardo José Domínguez-Lobato Rubio
En Sanlúcar, a veintidós días del mes de febrero del año de dos mil y veinte