Toda gran transformación comienza con una historia, y la mía es el corazón del Método Ruan.
Desde niña, la espiritualidad fue mi lenguaje secreto. Crecí entre disciplina férrea —padre militar— y devoción —madre educada por monjas—.
La menor de seis. Para algunos, la mimada; para mí, la princesa destronada: Siendo tía con tan solo siete años... demasiado pronto, aprendí que en casa había muchos jueces y pocos abrazos.
No me enfrentaba solo a mis padres; mis hermanos también dictaban sentencia.
Mi padre amaba tener la razón. Mis hermanos, formados en valores rígidos, la sostenían. No diré que fueran “malos”, de hecho son lo que mas amo en mi vida, pero no siempre fueron sanos.
Yo no obedecía. Me rebelaba. Y con cada rebelión llegaban el juicio y la crítica.
A los 23, huí de los gritos, de las normas que no hablaban mi idioma. Me fui con mi primera relación estable que encontré.
Él —gran amigo y padre de mis hijos— fue la luz al final del túnel. Con él descubrí que mis “defectos” eran cualidades sin pulir. Y, aun así, tuve que admitir una verdad dura: no supe quererle como merecía; buscaba más aprobación y un padre que un compañero.
En 2013 murió mi madre. La noche se hizo larga.
Esa oscuridad fue un despertar abrupto.
En 2015 llegó el diagnóstico de autismo de mi hijo menor.
Sostuve una relación a distancia que muchos criticaron durante 4 años
En 2019, cuando por fin había paz —ya juntos en Madrid—, mi hija mayor se nombró varón. La vida me enseño a amar sin condiciones, también en el lenguaje, en los pronombre y en la identidad.
Creí que con todo eso bastaba. Que la vida, por fin, me concedería tregua.
Pero en enero de 2024 la tierra volvió a abrirse: mi hijo mayor rozó el borde del suicidio.
Ese instante lo cambió todo. La prioridad se volvió nítida: vida, presencia, amor. Comprendí que la espiritualidad debía encarnarse en lo cotidiano. Que no alcanzaba con títulos ni con teoría. Había que ordenar por dentro; no bastaba con el conocimiento. Había que integrarlo desde el alma.
De ese cruce de caminos, nació Método Ruan: un método vivo que une lo espiritual, lo emocional y lo cotidiano. No busca “arreglarte”; busca recordarte. Te acompaña a poner cada cosa en su lugar interno, desactivar juicios, honrar límites sanos y entrenar hábitos pequeños que sostengan lo que amas, incluso cuando la vida se pone del revés.
"La felicidad habita en los detalles que la oscuridad oculta; déjame acompañarte y aprenderás a iluminarlos desde dentro."