No hay dudas que el fútbol es pasión de multitudes. El deporte más popular por excelencia. Uruguay no es la excepción, aunque con una diferencia sustancial el futbol ayudó a forjar nuestra nacionalidad.
Este aspecto quedó muy claro cuando la selección celeste conquistó la Olimpiada de Colombes (Francia) en 1924 cuando todo el pueblo uruguayo se unió en los festejos más allá de cualquier diferencia social, ideológica, de clase o de raza.
Es en esta Olimpiada de Colombes donde la figura de José Leandro Andrade adquiriría ribetes casi míticos. No se trató sólo de la exquisitez de su juego - tenía una especialidad: una especie de tijera de gran plasticidad para despejar la pelota al ras del suelo y con gran limpieza -sino también de su apostura física y sus dotes de bailarín de tango. Las mujeres de París se rindieron a sus pies- Lo bautizaron la “Merville Noire” (la “Maravilla Negra”) y llegó a convivir con una Condesa.
Además de coronarse campeón en Colombes, Andrade ganó la Olimpiada de Amsterdam (1928) y en la Primer Copa del Mundo que se disputó en Montevideo (1930). Todo eso lo convirtió en un divo, acentuando una difícil personalidad, entre la arrogancia y la desidia, con una relación tirante con el propio colectivo negro uruguayo que lo acusó de dejar plantados a los comensales en un banquete que se hizo en su honor. Murió a la edad de 57 años, solo, enfermo y pobre.
Todos estos detalles históricos son los que me impulsaron a escribir la novela Gloria y Tormento -que recibió en el 2003 el Premio Nacional de Literatura- y también a realizar la adaptación musical de la misma donde a través del canto, la danza y la actuación se recrean los momentos más importantes de la vida de Andrade Reivindicándolo no sólo como deportista sino como un hombre de carne y hueso, con virtudes y debilidades, con su permanente esfuerzo para convivir con al peor de las amantes: la gloria.
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Nunca está de más recordar que las condiciones políticas del Uruguay hacia fines del siglo XIX, a pesar de los indicios de modernización, estaban lejos de ser óptimas. Al terminar en 1872 la "Revolución de las Lanzas", la primera guerra civil donde no participaron partidos o gobiernos extranjeros, se logró un difícil equilibrio institucional. El país tenía graves problemas pendientes por resolver. La situación política no permitía proyectos innovadores. La cuestión más acuciante era el peligro de una revolución-
Pero luego de la guerra civil de 1904 el gobierno logró desembarazarse del lastre que significaban, para las finanzas públicas, las guerras civiles. Al no existir urgencias financieras derivadas de la situación bélica, se presentó un escenario propicio para poder equilibrar y aún hacer superávitarios los resultados financieros del gobierno. Esto posibilitó una imagen "seria" del país en el exterior. Se obtuvo, así, el financiamiento necesario para desarrollar una muy importante obra de infraestructura. Hasta 1913 - pese a algunas fluctuaciones - los superávit se dan en el marco de políticas expansivas del gasto público.
Más allá de la recesión provocada por la Gran Guerra, el país continuó por la senda del crecimiento. la sociedad del Novecientos asistió a revoluciones tecnológicas donde se destacaron los automóviles, los tranvías eléctricos, el teléfono, los diarios de difusión masiva (gracias a la alfabetización) y la aparición de grandes espectáculos, donde los ciudadanos se volvieron espectadores anónimos, como el cine y los deportes. . Nació el “sportman”, junto a las “sociedades recreativas”, los clubes de remeros, las caminatas y las plazas de deportes estatales.
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En 1891 unos pocos ingleses habían fundado la Football Association, que pasaría a llamarse de inmediato Club Albión. Otros ingleses, obreros del Ferrocarril Central, fundan el Central Uruguay Railway Cricket Club. Un nombre que, dadas las dimensiones y el idioma, los criollos prefirieron llamarlo Club Peñarol. Los primeros tiempos fueron pobres. Los partidos eran entre ellos o con la marinería de algún barco inglés llegado a puerto. Pero el fútbol estaba destinado a crecer exponencialmente. ¿La razón? Muy sencilla. No se necesitaban muchos implementos para jugarlo. Sólo alcanzaba una pelota y un espacio libre. Era muy barato y también, muy democrático, porque cualquiera, independientemente de su condición social, podía jugarlo. Mientras la “jeunesse doréé” montevideana se refugiaba en el tenis, la natación o las regatas, en las barriadas pobres el inmigrante –el “gringo”, el criollo y el negro, igualados por la marginalidad– corrían tras la pelota
Los años ’10 serán el marco del ascenso del fútbol y el surgimiento de una primera generación de notables jugadores: el escocés John Harley, uno de los primeros maestros de fútbol que tuvo Uruguay; José Benincasa, “Pepito”, que siendo casi un niño formó parte de la imbatible selección celeste del año 1912 que ganó cuatro copas rioplatenses; los hermanos Amílcar, Bolívar y Carlos Céspedes, “Los Tres Mosqueteros” que integraron el 13 de setiembre de 1903 el equipo del Club Nacional de Fútbol que consiguió el primer triunfo internacional del fútbol uruguayo; y al legendario José Piendibene, “el hombre que le puso el mango a la pelota”. Y un detalle nada menor la ausencia, en términos relativos, de racismo o discriminación racial : ya en el Primer Campeonato Sudamericano no oficial, jugado en 1916 en Buenos Aires para celebrar el centenario de la independencia argentina, la selección celeste alineó a los negros Juan Delgado e Isabelino Gradín.
En 1923 la Asociación Uruguaya de Fútbol, que estaba presidida por el médico de niños Atilio Narancio y dedicó sus energías a consolidarse, organizando el Campeonato Sudamericano a disputarse en Montevideo. En ese momento surge una segunda camada de futbolistas brillantes: José Nasazzi, Andrés Mazali, Pedro Petrone, Pedro Cea, Ángel Romano, Héctor Scarone y por supuesto, José Leandro Andrade. La selección celeste se coronó campeón sudamericana y como la AUF había iniciado las gestiones internacionales para que Uruguay se afiliara a la Federación Internacional de Fútbol Asociado (FIFA), concurriría a la Olimpíada de Colombes, en Francia.
Ese fue el comienzo de un serie de conquistas a nivel internacional (1928 en Amsterdam, 1930 en Montevideo) que se constituyeron la Edad Dorada del fútbol uruguayo.