Sentado en la galería veía la lluvia, insistente pero inútil en sus esfuerzos de bajar la temperatura de esa tarde. Él rumiaba sus recuerdos como un búfalo. Nunca descendían a su estómago. Se quedaban en la boca, estáticos, en un vaivén de remordimientos. El pasado tenía esa maldita costumbre de atravesarle el corazón con el filo del cuerno de un venado.
—Voy a hacer las compras —. Del interior de la casa salió la mujer que lo ayudaba en las tareas domésticas.
—¿Con esta lluvia? — El viejo miró el agua acumulada en charcos burbujeantes.
—Es mejor así que con la calor, abuelo.
Odiaba que le dijera abuelo, pero no porque no lo fuera. Eso era algo que nunca iría a saber con certeza. Compartió la cama con tantas mujeres, que de seguro su semilla alguna vez habría germinado. Lo que él odiaba era que ella lo llamara abuelo, porque esa palabra sembraba distancia de ese cuerpo suculento. Suspiró al verla descender los dos escalones de madera. A los pocos metros de alejarse de la casa, la lluvia había vencido la resistencia del paraguas. La ropa mojada de la mujer se adhería a su cuerpo. La lluvia no la inmutaba. Caminaba con movimientos que a él le recordaron a un tigre. Se dio cuenta que nunca había visto uno de verdad, ni siquiera en un zoológico, sino a través de la pantalla de la televisión. ¿Cuánto tardaría en regresar del almacén? ¿Le daría tiempo para hacer lo que su cuerpo pedía? Con el dolor de sus huesos gritándole su edad, el viejo se levantó de la silla. Entró a la casa. En el living ronroneaba un ventilador escuálido. Se desplomó en el sillón, en el que ella se sentaba para mirar la telenovela. Buscó el control remoto y apretó los botones hasta encontrar el canal de los documentales. Una manada de hienas acechaba un rebaño de cebras en el Serengueti. El viejo sintió que el gusano que tenía entre las piernas recuperaba su condición de vertebrado. Se bajó el cierre. En la pantalla, una cebra sucumbía ante el ataque de la jauría.
Me entró por el olfato. Sentado en el asiento delante mío, solamente podía ver su nuca. Los detalles que me revelaba su presencia eran mínimos: un cabello prolijo, hasta casi se diría con un corte de pelo un poco anticuado, donde se colaban unas pocas canas impertinentes; un cuello de camisa impecable que se escapaba de la prisión del saco azul oscuro; dos orejas juguetonas que daban ganas de lamer; y un cuello largo al que la luz del colectivo a las nueve de la noche le daba un aire de palidez cadavérica. Era ese cuello el que exudaba el aroma que me emborrachó. El perfume importado intentaba cubrir la esencia de lo que era él. De lo que somos. Si hubiera sido un humano, habría clavado mis dientes en ese cuello, saciado mi sed milenaria, desgarrado la carne pulsante, saboreado los últimos latidos de un corazón vivo. Pero él era uno de los míos y también estaba de cacería. Se bajó en una plaza colmada de gente haciendo deporte. Yo seguí el recorrido del colectivo hasta desembocar en la puerta del cementerio.