11/11. Una fecha cualquiera que resuena por la similitud de sus cuatro cifras.
Ayer mi novia me vio desprevenido y atacó. – Hoy es 11 del 11, hay que manifestar- Me dijo como si fuese una noche de garbage day y yo no hubiera sacado la basura a tiempo. -También podés rezar- Agregó por lo bajo. Sus disidencias con la religión son, aunque quizás infundadas, el retrato de una época en donde la fe amaina su poder no necesariamente por falta de autoridad sino por falta de tiempo. Ella creé en sus manifestaciones; su forma de espiritualidad tiene que ver con la provisión que el universo hace a quienes forjan su propio destino. La fe está, aunque a mí me confunda.
En los últimos años ya, mi comprensión de la fe empezó a mutar. Hubo un sábado en particular, una mañana, en la que sentí adentro mío la presencia de mi abuela Susana. Ella era una mujer muy religiosa. Quizás por falta de pruebas es verdad, la educación que había recibido no permitía que fuera de otra manera. Yo no sé si de eso se trata la fe y de hecho mucho lo dudo, pero si sé que ella condensaba la esperanza como nadie más.
Mi abuela fue una gran mujer. No. Acabo de mentir. Mi abuela fue una gran abuela. Sus virtudes como mujer las desconozco y sospecho que tampoco ella las tenía muy claras. Al final, ¿Cuáles son las virtudes de una mujer? Abrir esa puerta desde mi fálico y privilegiado punto de vista sería imprudente y tal vez errado.
Mi abuela era más abuela los fines de semana cuando venía a la Zona Norte, donde tenía una casa grande con pileta. La casa era un cúmulo de pasillos y habitaciones. Había zócalos donde no debería haberlos, muebles tejidos de mimbre y bambú, colchones que por algún motivo extraño tenían arena (la casa se encontraba a 400 kilómetros del mar) y mesas pequeñas cuya única labor era sostener teléfonos fijos e imágenes de la virgen y el niño Jesús. Pero no crean que de eso va este texto.
La casa tenía dos alas distintas y ella estaba recluida en la más antigua. Las habitaciones se apiñaban unas con otras y parecían no terminar nunca. Los cuartos estaban asignados. Cuartos de primos, cuartos de parejas de tíos y el cuarto de la abuela. De un lado - digamos el lado sur- Había dos cuartos con sus baños. El ala sur estaba reservada para la familia de uno de mis tíos la que, por su constante y religiosa presencia de viernes a domingo, podía parecer que era una parte más del mobiliario. Supongo que eso les otorgaba el honor de tener su propia ala en la casa, con sus propios cuartos, su decodificador y -si no recuerdo injustamente- hasta una puerta que los separaba del resto de la casa. Del otro lado – Digamos el lado norte- había tres cuartos y dos baños. El cuarto de mi abuela era el más pequeño. No quiero cometer errores y atribuirle a Susana una capacidad de olvidarse de su protagonismo y ceder absolutamente todo lo que la rodeaba a sus hijos y nietos. Sería poco prudente de mi parte y me vería obligado a trazar paralelismos (que no quiero trazar) con las generaciones que aún siguen su ejemplo, aunque lo hacen sin hijos, sin nietos, y sin -tanta- iconografia católica.
Enfrente de la habitación de Susana había otra más grande, casi vacía de presencia, con una cama de bambú atornillada en el medio (por algún motivo todo ahí era de bambú). Ese cuarto era de uno de mis tíos, que, por motivos que sospecho, visitaba la casa de manera intermitente. Había meses enteros que sumaban años en los que él no parecía disfrutar de la casa quinta con pileta y rara vez se lo veía aparecer por ahí, trayendo consigo la alegría que irradiaba en contra de su voluntad. A mí me sacaba las ganas de ir, no voy a disimularlo, no solo porque mi tío malhumorado era - quizás premonitoriamente- mi tío favorito, sino también porque traía consigo a los cuatro primos que hacían de la casa de Susana la casa de una abuela. No quiero con esto despojar del merecido cariño a mis familiares que sí aparecían religiosamente todos los fines de semana en aquella casa; quizás de haber sido al revés, mi entusiasmo hubiese virado hacía ellos.
La cuestión es que la casa, de lunes a viernes, esperaba estática por la llegada de la vida. Se sentía en el mobiliario, en las lajas de la galería y en los portigones verdes que impedían a las ventanas cumplir con su tarea. Y así como la casa esperaba, mi abuela también lo hacía. Esperaba casi premonitoriamente la llegada de las gentes del ala sur, que llenaban la heladera de sus comidas y las tardes de sonidos vivos: La familia. Y así como Susana esperaba estática, a través de ella esperaban también aquellos cuartos del ala Norte, con su inclemente espacio retorciéndose durante cada tramo del año en el que mi otro tío decidía no venir. Esta espera que describo no se vivía con pena. Yo la vivía fuertemente, quizas porque me tocaba vivir entre semana en ese barrio que era fantasma hasta que llegaban los fines de semana y, con algo suerte, mi abuela y la mayoria de mis primos.
Había cierta magia en saber que en cualquier momento la casa estaría completa. Quizás este año la navidad se alargaría hasta fines de enero, o ambiciosamente hasta febrero. Quizás la parrilla que durmió placida todo el invierno se calentaría con una llama – a mi gusto muy fuerte- y dejaría de servir únicamente como escalón para trepar al techo a buscar pelotas. Y entonces el jardín se pintaría con flota-flotas y pileta y mostacillas y cocodrilos inflables. Se descubre algo indecible en que esto no haya sucedido corrientemente. Durante esos lapsos en que la casa dormía y los que la habitaban no sabían porque lo hacían; nosotros, sus actores, no podiamos corroborar fehacientemente que esa escena hubiere sucedido realmente y que esa casa pudo ser el escenario de tal coreografía. Pero nadie nunca dudaba que esto fuese real. La fe parecía ser moneda corriente en esa casa. Es verdad que yo y quizás mi abuela hubiéramos preferido contar, diaria o semanalmente, con la familia completa, pero no lo sufríamos. Nadie en esa casa, ni siquiera los muebles de bambú o la arena en los colchones, esperaba un destino diferente que el de una familia completa. No había otra opción que eso. Mas temprano que tarde llegaría.
Hoy no recuerdo la última vez que eso sucedió. Es verdad que los destrozos que hace la muerte no ayudan a juntar a los seres queridos y mucho menos la muerte de aquellos que actuaban como centro gravitacional de cuerpos que desesperadamente empujaban en opuestas direcciones. ‘Tis a fearful thing to love what death has touched.
Como esas parejas de años que no saben porque siguen juntos y sin embargo esperan, otra vez, la llegada del verano. O aquellos niños que recién comienzan a tener amistades y vuelven a la cena con las remeras manchadas pensando ¿Por qué Mamá querrá lavarla si mañana la voy a ensuciar de nuevo? No es un recuerdo ni una nostalgia lo que nos mantiene en vilo. La memoria es el durmiente donde se apoya la esperanza de que todo suceda de nuevo. Una mañana es energía potencial y por más de que en la noche la descubramos dilapidada, casi involuntariamente adentro nuestro sabremos que algún día, en algún momento, todo volverá a pasar.
Creer que lo que hoy relato haya realmente sucedido y no sea fruto de mi imaginación, y mejor aún, sospechar de alguna tímida manera que volverá a suceder es mi mayor acto de fe. A la insondable distancia entre el hoy y lo que alguna vez fue solo la puedo acercar con fe, como parece que siempre lo hemos hecho.
La cuestión es que era 11/11 y había que rezar. Y entonces yo recé. Entonces me di cuenta de que yo, autoproclamado ateo, siempre fui el mayor de los creyentes.
Le procuré a la imagen de mi abuela un pequeño altar en mi departamento de Manhattan Beach y yo sé que ella, silenciosamente, me espera aún en aquella mesa de mimbre. Mientras tanto yo, cada vez que paso por la puerta de una iglesia, por las dudas, me persigno. No sea cosa de dejarla plantada.