EL ARTE DEL GOLF
(Paráfrasis de un artículo de Joaquín Vidal, el gran cronista taurino)
La suerte de embocar desde el búnker es según la enseñan mis amigos Raúl y Manolo: perfilarse en corto, bajar el palo para que la bola humille, herir la arena sin despegar el brazo y salir ligerito y limpiamente por el costillar del búnker. Golpes así merecen una oreja. Antaño se veían muchos y en cambio hogaño son un milagro. Hogaño, el jugador de golf suele ser un tío siniestro armado de un palo que blande pérfido para endiñarle a la bola por donde más le duele y menos se espera, que suele ser el lateral bajero. Estas artimañas golficidas son de tan frecuente uso que cuando un jugador va y ejecuta el approach tal cual mandan los cánones, casi ni parece que juega; casi parece que le está recitando a la bola una poesía de Campoamor.
Es lo que tiene el juego del golf en su conjunto y cada suerte golfista al detalle. El juego en su conjunto y algunas de sus suertes quebrantan al jugador, son cruentas, mas aúnan belleza y gallardía, porque aunque el jugador esté herido por la adversidad siempre tiene la opción de salir airoso, y si lo hace sin tomarse otras ventajas que la utilización estricta de la técnica y el reglamento, al final del torneo podrá sentirse orgulloso de una batalla librada en buena lid.
Si esto se entiende así, se entenderá también la razón de que los aficionados exijan el golf puro y estrictamente sujeto a la reglas del reglamento. Es una exigencia que jamás se hace por dogmatismo sino precisamente para que ese equilibrio entre las posibilidades instintivas del juego, con sus peligros, y los conocimientos del jugador (que todos los tienen también, en mayor o menor medida) se mantenga como basamento esencial del arte del golf.
Contemplada así la fiesta del golf, no siempre la vemos por esos campos de Dios. Pues nadie diría que jugar al golf consiste en dar un golpe aliviándose incorrectamente, o irse fuera de límites y jugar desde allí como si no hubiera pasado nada. Tampoco es jugar al golf tomarse toda suerte de precauciones merodeando sigilosamente alrededor de la bola, examinando el terreno al microscopio, y pasarse diez minutos de reloj en el asunto para acabar dando un putt entre mortecino y aborregado que ni siquiera acierta con el hoyo. No, eso tampoco es, en sentido estricto, jugar al golf.
Aquí queda planteado el eterno problema del golf: quién manda en el campo. En el golf no hay mando compartido: o manda la bola o manda el jugador. La faena es emocionante precisamente por esto, porque hay una lucha de poder a poder. La bola, que tiene trapío, prueba las embestidas del jugador, no se entrega jamás. El jugador ha de citarla en distintos terrenos, sin perderle nunca la cara. Sin precipitaciones, con aplomo, hay que acorralarla hasta que, ya en posición, se acierte con el swing definitivo, el golpe limpio y preciso, de manera que por fin se quiebre y se entregue, regalándonos el placer de un majestuoso vuelo hacia el green. En ese momento el que manda en el campo es el jugador y la bola, domada y sumisa, acaba posándose a veinte centímetros de la bandera.
Y entonces, sólo entonces, uno siente el arte del golf.
Alfredo (Freddy) - Septiembre de 2023