Ley de Cupo Femenino y el cuerpo como herramienta de lucha
Juan Ignacio Varano, en su artículo científico “Voces y cuerpos silenciados”, señala que la participación de las mujeres en los festivales de rock argentinos fue históricamente limitada y desigual. Para ilustrarlo, retoma una entrevista publicada por Diario Los Andes en 2019 al productor del Cosquín Rock, José Palazzo. Consultado sobre la escasa presencia femenina en sus escenarios, Palazzo declaró que, si tuviera que cumplir con el 30% exigido por la ley de cupo, “tal vez no lo podría llenar con artistas talentosas y tendría que llenarlo por cumplir ese cupo. Esas artistas no estarían a la altura del festival y tendría que dejar afuera otro tipo de talentos”. Además, sostuvo que “el rock nuestro es muy joven todavía y desgraciadamente la mujer ha tenido un papel distinto”.
Tales palabras invitan a preguntarse por qué la mayoría de los artistas que ocupan los escenarios de los grandes festivales son varones y cómo se construyen jerarquías que determinan quiénes son escuchadas y quiénes quedan relegadas. Según una investigación de Somos Ruidosa, en 2017 las mujeres representaron apenas el 13,2 % de los artistas en los principales festivales de Argentina -incluyendo solistas y bandas mixtas-, y sólo un 10,6 % de los números artísticos de la región fueron exclusivamente femeninos. Estos datos evidencian la persistencia de desigualdades estructurales en la industria musical y la reproducción de roles de género tradicionales que aún limitan la visibilidad de las mujeres en el rock.
Consecuentemente, con la sanción de la Ley de Cupo Femenino en 2019, se estableció que los eventos -tanto públicos como privados- que tengan como mínimo a tres artistas o agrupaciones deben garantizar un mínimo del 30% de participación femenina. En la edición 2020 del Cosquín Rock, este porcentaje se superó, con 53 de 133 artistas mujeres, muchas de ellas como voces principales. La programación incluyó nombres como Nathy Peluso, Sara Hebe, Mon Laferte, Julieta Rada y Cazzu, entre otros. En la edición 2025, también se observó un avance en la presencia femenina en los escenarios, con las participaciones de, por ejemplo, Javiera Mena, Hilda Lizarazu y Zoe Gotusso, entre otras. Sin embargo, la representación aún parece insuficiente frente a la predominancia masculina en estos espacios.
No obstante, este avance legislativo se da en un contexto de desigualdad estructural que atraviesa no solo la música, sino toda forma de organización social. Como plantea la antropóloga Rita Segato en la entrevista publicada en Revista Ñ (Clarín), las jerarquías de género constituyen una de las estructuras políticas más antiguas y persistentes de la humanidad, y se entrelazan con los sistemas de dominación racial y colonial que aún moldean nuestras sociedades. En este entramado, las mujeres continúan ocupando posiciones de menor reconocimiento y poder, incluso en los espacios culturales conquistados en los últimos años.
En este marco, la periodista y escritora Paula Peker, en su libro Putita Golosa, señala que el cuerpo se ha convertido en una herramienta política: muchas artistas utilizan su corporalidad para protestar y hacerse visibles, transformando la performance en un acto de rebeldía frente a la sexualización y los límites impuestos por la industria. Un ejemplo de ello es Marilina Bertoldi, quien en el Festival Futurock de septiembre de 2019, en Malvinas Argentinas, mostró sus pechos como forma de resistencia.