En Argentina, la mayoría de los usuarios combina múltiples redes sociales, un 94% de los argentinos utiliza más de una plataforma digital, según el informe “Datos clave sobre consumo de redes sociales y uso de Internet en Argentina” de UFasta (2025). Esto significa que un mismo joven revisa WhatsApp para organizar su día, Instagram para compartir fotos, TikTok para entretenerse y YouTube para informarse o estudiar. La vida cotidiana transcurre en simultáneo en varios escenarios digitales.
El acceso es casi universal en los hogares con jóvenes: un 96% de niños, niñas y adolescentes tiene Internet en su casa y un 88% usa el celular todos los días para conectarse, de acuerdo al informe Kids Online Argentina 2025 de UNICEF. Estos datos muestran que la digitalización no es una característica minoritaria, sino una condición estructural de las nuevas generaciones.
Los investigadores Zaffaroni, Moyano y Sanz, en “Los vínculos interpersonales en las redes sociales. Nuevos modos de comunicación en el marco de la Universidad Nacional de San Luis (UNSL), Argentina”, afirman que los estudiantes universitarios integran las redes sociales a su vida cotidiana “para sostener vínculos de amistad, organizarse en lo académico y socializar”. En este contexto, la universidad deja de ser únicamente un espacio físico y se expande hacia entornos virtuales, donde los grupos de WhatsApp y las páginas de Facebook funcionan como “aulas paralelas”.
El fenómeno también se observa en la región: la CEPAL informó que más del 90% de los adolescentes latinoamericanos usa Internet diariamente, lo que confirma que la hiperconexión es un rasgo compartido a escala regional. Argentina, en este sentido, no es una excepción, sino parte de un proceso global.
Las redes prometen acercar a las personas. Sin embargo, no siempre cumplen esa expectativa. “La comunicación se transforma en interacciones breves, mediadas por imágenes o emoticones, lo que limita la riqueza de los intercambios”, advierten Guillén Cadena y Reyes García en su estudio “Redes Sociales: transformando la comunicación en las relaciones interpersonales”.
Este tipo de vínculos rápidos puede resultar útil para coordinar actividades o mantener un contacto constante pero también está vinculado a la dificultad de transmitir emociones profundas o matices que, en la conversación cara a cara, son inmediatos. La falta de gestos, tonos de voz o miradas obliga a reinterpretar símbolos digitales, lo que en algunos casos generan malentendidos.
Un ejemplo claro es TikTok, una red que gana terreno entre los más jóvenes. Allí la comunicación se concentra en videos breves que priorizan lo visual sobre lo verbal. Esto permite creatividad y dinamismo, pero también reduce la posibilidad de argumentar o desarrollar ideas más complejas. La inmediatez es la prioridad: lo que no capta atención en segundos se pierde en el flujo infinito de publicaciones.
De este modo, las redes sociales democratizan la posibilidad de expresarse, pero al mismo tiempo fragmentan los intercambios. La paradoja está a la vista, nunca hubo tantas oportunidades para hablar y sin embargo muchas veces se siente que nadie escucha de verdad.
El crecimiento de las redes no siempre implica bienestar. Diversos estudios advierten que el uso excesivo puede generar consecuencias emocionales negativas. De acuerdo a Ámbito, en España, por ejemplo, se detectó que el 11,3% de jóvenes entre 15 y 24 años está en riesgo elevado de uso compulsivo de servicios digitales; ese riesgo aumenta hasta el 33% en adolescentes de 12 a 16 años.
En Argentina, UNICEF advierte que la mitad de los adolescentes percibe tener un uso problemático de internet, celulares o videojuegos. Esto se traduce en cansancio, dificultades para dormir y menor tiempo destinado a actividades presenciales.
Del Prete y Rendón en “Redes sociales y nuestra presencia en ellas: diálogo con Byung-Chul Han y experiencia pedagógica”, recuperan las ideas del filósofo, quien sostiene que “la hipercomunicación digital no siempre garantiza comunidad, sino que puede derivar en soledad y ansiedad”. Su planteo conecta directamente con las cifras mencionadas ya que no basta con medir cuántas horas pasamos en línea, sino que es necesario evaluar cómo esas interacciones afectan el bienestar emocional.
Más allá del presente, pensar el futuro de la comunicación digital es clave. La incorporación de inteligencia artificial en las redes sociales plantea nuevos desafíos: desde algoritmos que deciden qué contenidos vemos hasta sistemas de recomendación que moldean nuestras conversaciones. La interacción ya no depende solo de los usuarios sino también de máquinas que filtran, priorizan y silencian información.
La UNESCO advirtió que la falta de transparencia en los algoritmos puede reforzar burbujas informativas y polarización social. No todos los usuarios reciben la misma información, lo que afecta la posibilidad de construir un debate público compartido.
Para los jóvenes, esto significa que su socialización digital está atravesada por variables invisibles que condicionan sus vínculos. No se trata únicamente de hablar con amigos en Instagram o WhatsApp, sino de cómo las plataformas intervienen en la manera en que esas interacciones se producen y circulan.
El debate sobre redes sociales no se reduce a un dilema entre lo “bueno” y lo “malo”. Los trabajos académicos revisados coinciden en que estas plataformas ofrecen oportunidades únicas de interacción, pero también riesgos si no se reflexiona sobre sus usos. La clave, según especialistas, es aprender a equilibrar: aprovechar la conectividad sin perder el valor del encuentro presencial. En un mundo donde la inmediatez y la visibilidad parecen ser la norma, rescatar el tiempo de la conversación cara a cara es un desafío urgente.
Las universidades, como señala el estudio de la UNSL, tienen un rol fundamental en esta tarea. No se trata solo de usar redes como herramienta de estudio, sino de enseñar a usarlas críticamente. La alfabetización digital entendida como la capacidad de interpretar, evaluar y producir contenidos en entornos virtuales, es una competencia que debe fortalecerse en la formación académica.
La paradoja de las redes sociales está lejos de resolverse. Mientras ofrecen escenarios inéditos de conexión y creatividad, también generan riesgos de fragmentación y soledad. Reconocer estas ambivalencias no implica rechazar la tecnología, sino aprender a convivir con ella de manera consciente. El futuro de la comunicación dependerá, en gran medida, de la capacidad de los jóvenes para usar las redes como puente, y no como muro, en sus relaciones sociales.