Creencias religiosas y filosóficas: algunos grupos son reacios a usarlas por considerar que van en contra de sus convicciones espirituales o éticas. Estas creencias pueden estar relacionadas con la percepción de que la vacunación interfiere con procesos naturales o divinos.
Falta de eficacia, miedo a efectos adversos y desinformación: preocupación por efectos secundarios, cuestión que viene de la mano de información errónea. Además, se cree que la disminución de enfermedades se debe a aspectos socioeconómicos, no relacionados con la vacunación. Son quienes afirman que la pandemia por coronavirus fue falsa.
Negocio económico y gubernamental: se basa en la sospecha hacia las instituciones que promueven las campañas de inmunización. Se intensifica en contextos donde las decisiones políticas son percibidas como impuestas. Además, se sostiene que hay intereses económicos con la industria farmacéutica, lo que lleva a producir vacunas innecesarias.
¿Qué impulsa la desconfianza en la ciencia?
Siempre ha habido resistencia ante los conocimientos que desafían las concepciones fruto del sentido común. La introducción de las vacunas a nivel global, con la vacuna de la viruela a principios del siglo XIX, tuvo un recibimiento variado. Hubo quienes la vieron como un milagro, otros cuestionaron su efectividad y se refugiaron en la religión. En su artículo “Un momento de reflexión acerca de las vacunas”, Cáceres Bermejo señala que, “con el tiempo los resultados aplacaron el miedo y la inmunización mediante vacunas se convirtió en una de las grandes conquistas de la Salud Pública”. Nuestro país se consideró un caso de éxito, así lo anunciaban las noticias en su momento, habiendo eliminado el virus del sarampión en el año 2000, puesto que no se presentaban casos autóctonos. A pesar de los logros, los grupos antivacunas han persistido en su existencia.
En 1998, el médico Andrew Wakefield publicó un estudio en el que afirmaba una posible conexión entre la vacuna triple viral (sarampión, parotiditis y rubéola) y el autismo, así como con trastornos intestinales. Esta publicación, luego desacreditada y retirada, tuvo un impacto en la opinión pública y dio un gran impulso al movimiento antivacunas moderno. A pesar de probarse falsa, muchos padres la citan como prueba de una supuesta conspiración, afirmando que fue silenciado por decir “la verdad”.
Las redes sociales permiten la rápida propagación de este tipo de teorías conspirativas. La creencia de que la inoculación provoca autismo se ha propagado no solo entre grupos aislados, sino que se ha metido en la mente de personas que antes no dudaban en vacunar a sus hijos.
El caso de Andrew Wakefield, con sus declaraciones erróneas sobre efectos secundarios, ejemplifica cómo en la era de la posverdad las emociones y las creencias personales pueden pesar más que los hechos comprobados. Las noticias falsas generan mayor impacto y difusión que la rectificación, dejando una huella en la opinión pública.
Aunque la desinformación no es un fenómeno exclusivo de la actualidad y ha estado siempre presente en los procesos de comunicación, en los últimos años su impacto y presencia han aumentado de forma considerable. Indudablemente, ver o escuchar con frecuencia mensajes sobre vacunas en los medios o en la comunidad influye mucho en cómo las personas las perciben. Y esa influencia tiene consecuencias muy reales, tanto positivas como negativas. En el artículo de Erwin Hernández Rincón, Francisco Lemus, Diana Quijano, Karen Alarcón, Juan Segura y Luisa Moreno “Resistencia de la población hacia la vacunación en época de epidemias: a propósito de la COVID-19”, se señala que en países como Bangladesh, India y Nigeria, esto ayudó a que más gente se vacunara. En cambio, en lugares como Canadá y Taiwán, tuvo el efecto contrario.
Ante el miedo y la incertidumbre, los grupos antivacunas encontraron un momento
y lugar ideales para desplegar y difundir sus opiniones y teorías.
Durante la pandemia, la población se vio en un contexto que la obligaba a ponerse cara a cara con los procedimientos científicos. Figuras políticas, famosos e incluso profesionales de la salud utilizaron las redes sociales para difundir información sin base científica, lo que ha tenido consecuencias negativas para la salud pública global. El uso masivo de las redes sociales favoreció la expansión de estos mensajes y permitió que tanto quienes rechazaban la ciencia como quienes apoyaban los estipulados científicos compartieran debates. Y así, los líderes políticos y de opinión han influido en las creencias y actitudes de la población en torno a la confianza en la ciencia.