Los nombres de las esquinas de Mérida constituyen una tradición mucho más antigua que las placas que hoy las representan. Es fundamental distinguir ambos fenómenos: los nombres existían desde siglos antes; las placas, tal como las conocemos, aparecieron mucho después. Algunas denominaciones se remontan a los primeros años de la ciudad, como aquella asociada a la iglesia de Santa Lucía, considerada la primera en concluirse. Otras surgieron conforme la ciudad crecía, los barrios se consolidaban y la vida cotidiana producía nuevas anécdotas, referentes y símbolos.
Los documentos más antiguos que mencionan estas esquinas aparecen en dos fuentes destacables:
...un anuncio de venta de esclavo publicado en El Constitucionalista en 1821, y el Reglamento para el Gobierno del Cuerpo de Serenos de la década de 1860.
Ambas referencias evidencian que, ya en el siglo XIX, las esquinas funcionaban como un sistema informal pero totalmente operativo para orientar a habitantes, viajeros, comerciantes, mensajeros e incluso peregrinaciones religiosas.
Antes de que Mérida adoptara un sistema formal de numeración, estos nombres podían señalar rutas gremiales o describir con precisión un barrio sin necesidad de números.
Su eficacia descansaba en la memoria colectiva, no en la infraestructura urbana.
Tal como recuerda Montejo Baqueiro en Mérida en los años 20’s, los nombres se han perdido y reinventado con el paso del tiempo. Algunas esquinas aludían a elementos visibles del paisaje urbano; otras funcionaban como marcadores de arquitectura desaparecida. Muchas registraron, sin proponérselo, la transformación del entorno: lo que existió, lo que cambió y lo que la memoria terminó por borrar.
Sin embargo, no todos los nombres eran literales. Algunos eran metáforas, apodos vecinales, deformaciones del habla popular o referencias chuscas que solo tenían sentido para quienes vivían ahí. Con el tiempo, esas capas de significado se simplificaron o distorsionaron, y la explicación original se perdió.
Este sistema resultó tan pintoresco que llamó la atención de visitantes extranjeros. Autores como Miss Norton (1928) y Jack McDonald (1970) dedicaron textos a analizar este fenómeno urbano y su singularidad cultural.
Aunque existe una creencia popular que afirma que las placas fueron colocadas “en los años 80” por el Alcalde Herbé R. Abraham, no hay ninguna documentación oficial que respalde esta afirmación. Los archivos municipales no registran una obra pública que explique su instalación, su financiamiento, su colocación ni su diseño.
Algunas versiones atribuyen el estilo de las placas al artista Emilio Vera Granados, pero la hipótesis más sólida apunta
al artesano progreseño Ramón Cáseres, conocido como Cauich. Aun así, la certeza es escasa: lo que hoy sabemos se sostiene principalmente en tradición oral.
A pesar de su importancia cultural, la ciudad cuenta con muy pocas recopilaciones formales de las esquinas.
El primer esfuerzo significativo apareció en 1986 con Mérida en los años 20 de Montejo Baqueiro. Aunque no es un libro dedicado al tema, incluye un capítulo invaluable que lista 546 nombres, muchos de ellos ya desaparecidos para entonces. Paradójicamente, esa lista —un fragmento dentro de otra obra— ha sido desde entonces la referencia más reutilizada.
Resulta llamativo que, ya en ese momento, el propio autor advirtiera que no existía un registro oficial, y que buena parte del conocimiento dependía de la memoria de los habitantes mayores.
En las décadas posteriores surgieron recopilaciones fotográficas como la de Bruce Edminson, por mucho tiempo la más completa. En años recientes, el acervo más actualizado lo ha construido el proyecto Loving Mérida. Incluso Wikipedia, con todas sus limitaciones, suele ser más detallada que los archivos institucionales.
Aun así, las lagunas son enormes: no existe censo, inventario ni registro público confiable.
La ciudad desconoce la magnitud exacta del patrimonio que ha perdido.