Las preguntas le traban la lengua, pero Jaime Magaña Chinaski “para servir a usted porque nadie se parece a Bukowski como yo”, se apresura a esculcarse los bolsillos. Rápidamente, pues sé que la Delegación trae al tianguis entre ceja y ceja, aclaro: “fue cuando venía para acá, allá por Insurgentes y Londres, lejos de aquí. Le pedí aventón a un camión de la ruta Insurgentes–Indios Verdes que traía un enorme Cristo negro de madera junto al espejo y rosas rojas como ofrenda”. Chinaski me mira fijo y, finalmente, del pantalón beige de tiro bajo y valencianas arrugadas emergen relucientes una moneda y una bic negra. “Papel no tengo pero buena suerte”, desea con sonrisa de conejo asustado, preocupándose otra vez.
“Por aquí voy a andar”, replico, desapareciendo cuando un chavito con aspecto de charal –a lo mejor es sólo el ansia que lo encoge– pide al Chinaski el ejemplar de los vampiros, agotado según pude comprobar en el Tianguis Cultural donde los oscuros o darkies fueron conquistándose la peor de las famas desde 1981. La vez anterior pregunté a nuestro Chinaski chilango si las becas de Conaculta no traicionan el espíritu de su revista. “¿No le tienen que hacer la barba a nadie?”, dije, y Magaña respondió muy serio “si el Fonca censurara algo o diera línea, ¡olvídate!”.
De modo que aquí estoy: recién asaltada, jeans negros desgastados, camisa blanca, gafas de pasta negra, cabellos revueltos por la agitación de perseguir inútilmente mi bolsa robada en la gran ciudad chilanga: una dizque Luisa Lane sin Superman intentando almacenar imágenes y sonidos en el cerebro lleno de adrenalina y deseosa de apresar la esencia de lo que ahora llaman el Chopping. “¿No estaré haciendo puro turismo sociológico?”, me pregunto insegura mientras recuerdo cómo corrimos todos tras el adolescente talón: el señor atildado paseando por la avenida vacía, el vendedor ambulante, la dueña del perro que hacía sus necesidades frente a la Librería Buñuel, cerrada bajo el anuncio ya habitual en Insurgentes: “Se vende edificio completo”. Sí, la melancólica imagen de un local que vio sus mejores tiempos cuando la Zona Rosa florecía cosmopolita: los murales efímeros de Cuevas, los happenings contraculturales de Gurrola y Jodorowsky, el Kineret lleno de escritores melenudos, el cielo surcado por el helicóptero donde Vicente Leñero recopilaba información para escribir sus series sobre las ciudades de México....
CORAZÓN DE CERDO
Una multitud de ojos sigue con atención creciente los movimientos de un tipo flaco de greña larga, torso desnudo y pantalón agujerado. En el improvisado escenario del Tianguis se escucha música heavy-metalera mientras Antonio Sánchez abre una jaula plateada de dimensiones reducidas y saca un corazón de cerdo atravesado por una daga. Ustedes dirán qué mamada pero cuando Antonio arranca el cuchillo, con ese gesto absorto con el cual ha ejecutado desde el inicio su performance, 40 gargantas emiten un profundo ¡agh! Y cuando el performancero sabatino –entre semana se dedica a la mecánica– acerca la víscera a los espectadores, dos rudos darkies dan algunos temerosos pasos hacia atrás.
Uno–maquillaje blanco y cresta azul eléctrico coronando su look– pregunta con algo de falsete en la voz: ¿es un corazón humano?, “¿es un corazón de vaca?” Su chava, una punk con encajes negros y ojos violeta como de ópera china, susurra “no buey, es de cerdo” mientras los demás respiramos hondo al ver cómo Antonio coloca el corazón en el pecho hueco de la sinuosa maniquí de alambre y la entierra furiosamente bajo cientos de hojas secas salidas Dios sabrá de dónde, insistiendo en dar fin a este funeral acotado por dos versos: “Ausencia que se envuelve con el frío/ vacío que se cobija con la ausencia..."
(HISTORIA DE UN MINUTO de Magalí Tercero).