El punto de partida
Todo comenzó durante la Edad del Bronce, una era en la que los humanos ya habían aprendido a vivir en comunidades estables. Sus vidas giraban en torno al trabajo cotidiano: cultivaban la tierra, criaban animales, forjaban herramientas de metal con fuego y esfuerzo, construían casas sólidas, almacenaban alimentos y comerciaban con vecinos cercanos y lejanos. Era un mundo de rutina, de hábitos que daban forma a la vida diaria, pero estaba a punto de cambiar para siempre.
En aquellos tiempos, cayó un meteorito en el planeta. No era un simple fragmento de roca: su llegada alteró la composición energética de la Tierra. En este mundo existían dos fuerzas naturales, opuestas y complementarias: la luz y la sombra. Siempre se equilibraba, creando la normalidad que los mortales aceptaban sin cuestionar. Pero el meteorito liberó algo distinto, algo incontrolable: el Fulgor.
El Fulgor no tardó en desencadenar el caos. Al entrar en contacto con el aire y la tierra, se produjo una explosión titánica que arrasó kilómetros a la redonda. El cielo se tornó iridiscente con destellos de energía salvaje, mientras el suelo se deformaba y calcinaba bajo la fuerza desatada. Fue un espectáculo de destrucción, y luego, tan repentinamente como comenzó, el estallido se disipó, dejando tras de sí un paisaje irreconocible: un cráter enorme, lleno de fulgor de sangre que se extendia por toda su superficie y la desbordaba.
Gran parte del fulgor se concentró en un solo punto y tomó forma: una singularidad, consciente de sí misma. Esta singularidad absorbió la energía indómita, estabilizándola parcialmente, y de su núcleo emergió el primer ser del nuevo mundo: Ghör.
Ghör no despertó con una mente clara ni con propósito. Al principio ni siquiera tenía un cuerpo fisico. Le tomó un largo tiempo comprender su existencia. Para desarrollarse, comenzó a absorber los pensamientos de las criaturas que habitaban el planeta, especialmente los humanos, cuyas mentes eran complejas y sofisticadas. Durante meses escuchó sus conversaciones, sus risas, sus miedos, sus decisiones; observó las reacciones de los animales y la manera en que los humanos interactúan con el mundo y entre sí. Poco a poco, Ghör adoptó una consciencia humana, imitando su razonamiento y emociones.
El cráter donde nació estaba al principio lleno del Fulgor de Sangre, un líquido viviente y palpitante que parecía respirar con su propia voluntad. Con el tiempo, esta sustancia se filtró en el suelo, dando paso a un paisaje surrealista y fantasioso: fauna nunca vista, flora que brillaba con luz propia, lagos de cristal líquido y bosques que parecían danzar con el viento.
Explorando su cráter, Ghör descubrió que la explosión había esculpido un laberinto de cámaras y recintos naturales, espacios vastos y profundos que se extendían más de seis kilómetros bajo la superficie. Algunos animales habían entrado desde el exterior y, al absorber el Fulgor de Sangre, se transformaron en criaturas extraordinarias, guardianas y señoras de este nuevo mundo. El cráter se convirtió en un ecosistema autónomo, un universo en miniatura donde la fantasía era ley.
Con el tiempo, Ghör comprendió que la explosión había dejado un esqueleto natural que mantenía las cavernas firmes y unidas, formando las cámaras y pasadizos que sustentaban su reino subterráneo.
Además, este esqueleto era capaz de absorber y repartir energía. Filtraba la energía solar procedente de la superficie, amplificándola o disipándola para distribuirla al resto de regiones del inframundo.
Este proceso permitió la creación de ecosistemas que recordaban a los de la superficie, aunque florecían ocultos en las profundidades.
Observando a los humanos desde lejos, se dio cuenta de que deseaba recrear algo semejante: su propia versión de la humanidad, pero evitando el contacto directo con los humanos naturales. Así nació la idea de poblar el pequeño mundo donde nació con seres creados por su voluntad, reflejos de la humanidad pero moldeados por el Fulgor, su sangre y su imaginación.
La creacion de un nuevo mundo
Entonces fue cuando comenzó a gestarse la semilla que habría de germinar en el nuevo mundo y dar origen al primer reino de aquel cráter. Ghör diseñó carcasas similares a las humanas, aunque vacías, recipientes perfectos concebidos para albergar una singularidad.
Por desgracia, Ghör nunca logró replicar la reproducción humana mediante aquellas vasijas, pues la luz de sus creaciones no podía dividirse para concebir un nuevo ser.
Ante ese límite, dividió la energía infinita de su propia singularidad y creó once luces: singularidades destinadas a volverse cada vez más poderosas con el paso del tiempo y la evolución de la vasija que las portara.
Cuando una vasija obtenía una luz, ésta consumía su energía para replicar un físico humano completo, con todas las funciones vitales y los innumerables detalles que lo definían.
Junto a las noventa y nueve luces, Ghör creó noventa y nueve luces vasijas y les otorgó un nombre:
Ahuh’Ra, Ahun’Kel, Ahu’Thir, Arah’Un, Rahu’Zen, Ahra’Mol, Uhra’Kai, Aho’Reth, Arah’Sil, Aesh’Nara, Aeshel’Va, Nara’Qim, Ash’Lun, Aesh’Tor, Naresh’Il, Asha’Vey, Enar’Ash, Aesh’Kora, Eruzh, Eruzha’Nal, Ur’Zhek, Erun’Kai, Zhur’Ela, Eru’Moth, Zharel’Un, Er’Zai, Ruzhen’Tor,Rêb’Naia, Reva’Nai, Nae’Rith, Rêb’Thala, Nai’Zer, Reban’Ul, Naia’Kesh, Rêl’Noma, Nair’Vael,Nashira, Nashi’Kor, Shira’Thun, Nas’Rel, Ashir’Dai, Nara’Shiv, Shir’Vaen, Nashel’Un, Ira’Nash,Nah’Zhar, Zhar’Nul, Nahrek’Tor, Zha’Rim, Nahr’Kesh, Zar’Uneth, Ha’Zhor, Zharim’Nal, Nar’Zhek,Hra’Kosh, Kosh’Reth, Hrak’Unai, Kor’Hash, Hravel’Tor, Koshira’Nal, Har’Koth, Khor’Vaen, Hra’Zek, Anan’Daya, Daya’Kesh, An’Valir, Nanda’Roth, Aya’Thren, Anir’Sol, Deyan’Ul, An’Korae, Dayel’Var,Indra’Zul, Zul’Indar, In’Zarek, Drav’Zuln, Zular’Kai, Indrel’Thor, Zun’Rai, Dar’Zelith, Inza’Mor, Sham’Ira, Iram’Vesh, Sha’Korin, Mir’Thal, Asham’Un, Irel’Noth, Shav’Rai, Imra’Kesh, Sha’Vorel,Ishtar’Ra, Rael’Isen, Iska’Thor, Tira’Vash, Rha’Isun, Ishel’Kora, Tar’Raieth, Sha’Ismor, Reth’Iskai
Tras ello, Ghör las liberó en el campo abierto de aquel inmenso cráter y les explicó su situación. Les dio la bienvenida a la existencia, al despertar de la conciencia y a aquel nuevo mundo que se abría ante sus ojos por primera vez.
Había diseñado las vasijas para que no pudieran crecer mucho más allá de la edad que les había sido otorgada. Les concedió alrededor de doce años, una etapa preadolescente que, en su opinión, representaba la forma humana más óptima y estable: cuerpos ágiles, mentes moldeables y una curiosidad aún intacta.
Sin embargo, tras la explicación, las vasijas no comprendían del todo qué debían hacer ni cuál era su propósito. A su alrededor no había otros seres como ellas, ni señales claras de un camino a seguir. El vasto cráter, silencioso y abierto, parecía observarlas con la misma expectación que ellas sentían.
Al percibir su desconcierto, Ghör decidió darles un impulso inicial. Trajo al cráter bestias de todo tipo, tanto naturales como del cráter: criaturas de colmillos y garras, de plumas, escamas y piel gruesa, animales nacidos de la superficie y de las profundidades, formando una fauna amplia y diversa que llenó el lugar de movimiento y sonidos primigenios.
A estas criaturas las unió al fulgor, humanizándolas. Les otorgó pensamiento, lenguaje y la capacidad de razonar, transformándolas en seres capaces de comprender, comunicarse y aprender.
Finalmente, Ghör aconsejó a las vasijas que se unieran a estas nuevas criaturas, que convivieran con ellas y, juntas, alzaran una civilización en el cráter. Allí podrían forjar un hogar, compartir conocimiento y aspirar a una vida larga y tranquila bajo la luz filtrada de aquel mundo naciente.
Las vasijas se encontraban aún presas del temor. Vestían una ropa básica formada por su propia luz, una envoltura tenue y etérea que las cubría sin protegerlas del todo. El entorno que las rodeaba era salvaje, primitivo y peligroso, y cada rincón del cráter parecía latir con una amenaza silenciosa.
Aunque no eran humanas, compartían con ellas una fragilidad esencial: si sufrían una herida letal, tal como le ocurriría a un humano, morían, y su luz se disipaba lentamente en el ambiente hasta extinguirse. La certeza de ese final posible las mantenía contenidas, temerosas de avanzar sin comprender aún su lugar en aquel mundo.
Al percibir su vacilación, Ghör les ofreció consejo. Les indicó que se acompañaran de las criaturas del cráter, que aprendieran junto a ellas y aprovecharan sus capacidades. Debían fabricar equipamiento, cazar para sobrevivir e investigar el territorio. Levantar un asentamiento, habitarlo y repetir el ciclo.
Con el tiempo, dominarían la superficie. El conocimiento acumulado y el poder forjado les permitirían enfrentar las dificultades que antes las paralizaban, transformando aquel miedo inicial en el cimiento de su fortaleza.
Inicio de la supervivencia
Quedaban 99 vasijas. Ghör no quiso intervenir directamente en su supervivencia. Sabía que era un acto algo cruel dejarlas a su suerte, pero entendía que sin un desafío real nunca podrían forjar una civilización genuina. Con un suspiro silencioso, les deseó suerte y se retiró, aunque físicamente abandonó el lugar solo para observar desde la distancia, desde las profundidades de su hogar invisible. Cada movimiento, cada pequeño gesto, quedaba bajo su mirada atenta.
Al principio, las vasijas permanecieron inmóviles, evaluando el terreno y las criaturas que deambulaban a su alrededor. Algunas se acercaban con cautela, curiosas; otras mostraban desconfianza, gruñendo suavemente o avanzando con pasos medidos sobre la tierra agrietada. Poco a poco, empezaron a moverse. Exploraron la hierba húmeda, tocaron los troncos caídos, palpando la textura de la tierra con dedos que aún no conocían la torpeza de la experiencia. Rápidamente comprendieron que, aunque no eran humanas, su vulnerabilidad exigía precaución: un error podía costarles la vida y dispersar su luz, un precio demasiado alto.
Desde su escondite, Ghör las observaba, consciente de que ninguna palabra podría enseñarles lo que la experiencia les enseñaría.
Las vasijas comenzaron a organizarse de manera instintiva. Las más ágiles exploraban los alrededores, mientras las más fuertes movían troncos y piedras para improvisar refugios. Las más sociables estrechaban lazos con las bestias humanizadas que podían protegerlas o ayudarles a recolectar recursos. Las más inteligentes comenzaron a planear el futuro, compartiendo ideas con las líderes, que las consolidaban en acciones concretas.
El tiempo trajo progreso. Primero aprendieron a depender de las bestias para cazar; luego, con herramientas rudimentarias moldeadas de rocas y madera, empezaron a participar activamente en la caza y la defensa. Sus primeras presas eran pequeñas: aves y roedores. Pero cada éxito aumentaba su confianza, su comprensión del mundo, y su sentido de comunidad.
El cráter empezó a transformarse. Donde antes solo había tierra y piedra, surgieron claros, senderos y pequeños refugios. La luz de las vasijas se mezclaba con la de las criaturas, iluminando un espacio que ya no parecía completamente salvaje. Lo que había comenzado como un lugar de miedo y desconfianza empezaba a sentirse como un hogar.
Las 99 vasijas se dispersaron por la superficie del cráter, organizadas en grupos grandes de 10 a 15, o en pequeños de 3 o 4, según su afinidad y habilidades. Y mientras el sol descendía más allá de los bordes del cráter, Ghör sonrió, aunque nadie podía verlo. Sabía que el verdadero desafío aún no había comenzado. Estas primeras victorias eran apenas el primer paso hacia una civilización que, algún día, podría rivalizar con la superficie misma.
El renacer de la humanidad
Setecientos años después del cataclismo, la humanidad alcanzó un frágil equilibrio. La supervivencia seguía siendo un desafío, pero las necesidades básicas eran más accesibles y las tecnologías perdidas comenzaron a regresar lentamente. Fue durante esta era cuando, en una aldea modesta pero próspera, nació un niño llamado Apolo.
Desde temprana edad, Apolo mostró una inteligencia extraordinaria. Mientras otros niños jugaban en los prados, él se sumergía en libros de ciencia e historia, bombardeando a los ancianos con preguntas sobre antiguos descubrimientos. Su obsesión por aprender lo distinguía… y a menudo lo aislaba.
A pesar de su soledad, Apolo nunca flaqueó. Soñaba con explorar el universo y descubrir lo que él llamaba el “Punto Cardinal Central”, un lugar mítico en el núcleo de la Tierra donde los árboles brillaban y fenómenos inimaginables tenían lugar. Aunque su visión evolucionó con el tiempo, ese anhelo jamás se desvaneció.
El Árbol Eldén
En la aldea de Apolo se alzaba un árbol singular conocido como Eldén. Los aldeanos lo veneraban como la “Luz de Dios”, pues brillaba con un fulgor celestial a través de sus hojas doradas. Su tronco petrificado, más duro que la piedra, lo convertía en un monumento sagrado. Se depositaban ofrendas en sus raíces con la esperanza de obtener favor divino.
Apolo, respetuoso pero escéptico, ansiaba comprender a Eldén desde un punto de vista científico. ¿Cómo podía un árbol prosperar sin luz solar directa ni agua? ¿Por qué sus hojas contenían rastros de metales y carbono distintos a los de cualquier otra flora? ¿Y por qué nunca había producido una sola semilla?
Plantó otros brotes alrededor de Eldén, esparció su tierra en su propio jardín y elaboró infusiones nutritivas a partir de antiguos remedios del pueblo. Rebuscó en tomos polvorientos en busca de rituales o leyendas, incluso dibujó su silueta en el suelo con la esperanza de invocar su espíritu. Sin embargo, el secreto de Eldén permaneció sellado.
El científico solitario
Con el paso de los años, Apolo se convirtió en el inventor respetado de la aldea, creando dispositivos que mejoraban la vida cotidiana. Aun así, sentía un vacío. Aunque se enorgullecía de sus logros, sabía que existía algo más allá de su taller. El Punto Cardinal Central y el verdadero origen de Eldén lo llamaban.
En sus estudios, Apolo descubrió verdades imposibles: Eldén no necesitaba ni sol ni lluvia, su tronco era rico en minerales y, lo más desconcertante, no daba fruto alguno. Concluyó que debía existir otro árbol como ese en algún lugar y que, para encontrarlo, debía viajar al sitio misterioso que aparecía en sus sueños.
La decisión desesperada
Reuniendo pistas de descubrimientos similares en aldeas vecinas, Apolo tomó una medida drástica. Convenció a amigos de confianza de que Eldén estaba muriendo por una infección parasitaria y obtuvo el permiso del alcalde para realizar una excavación de rescate urgente. Aunque inquietos, lo siguieron.
Tras horas de excavación frenética, no encontraron nada destacable… hasta que Apolo cavó más profundo y halló un cristal en forma de diamante que contenía una semilla marchita. Más semillas yacían enterradas, una de ellas sorprendentemente intacta. La emoción estalló: Eldén no era un milagro divino, sino el producto de una semilla poderosa.
Antes de poder analizar su hallazgo, el amanecer reveló a una multitud furiosa de aldeanos frente a su árbol sagrado. Comprendiendo la magnitud de su traición, Apolo huyó a casa con sus muestras. Al explicarse ante sus padres horrorizados, observó su decepción, pero no sintió arrepentimiento. El descubrimiento le había dado un propósito.
Esa noche escapó por una ventana trasera hacia su laboratorio secreto. Al examinar la semilla bajo un microscopio primitivo, detectó residuos de excremento antiguo, prueba de que había sido dispersada por alguna criatura. Empacando su equipo, Apolo partió en su carruaje oculto, decidido a seguir el origen de la semilla.
El viaje
Al inicio de su travesía, Apolo fabricó un collar con la semilla perfecta, símbolo de su origen y de su destino. En el camino reclutó almas cansadas en busca de nuevos comienzos: adultos, huérfanos y cualquiera que anhelara esperanza.
Tras cuatro meses y más de mil kilómetros, llegaron a una montaña de la que se decía ofrecía el camino más claro hacia adelante. Por la noche, divisaron un resplandor peculiar en el horizonte: un remolino de luz que fluía más allá de una colosal muralla montañosa.
Los lugareños la llamaban la “Luz del Fin”, creyendo que era una trampa mortal para quienes seguían su llamado. Muchos lo habían intentado. Ninguno regresó.
Quince compañeros permanecieron junto a Apolo:
Apolo Serani
Eirikr Frostborn
Aelric Stornbade
Helmwulf Drachenfaust
Hoshiko Tatsuya
Nimue Moonshadow
Klaus Eisenhart
Netra Balhaven
Lysandra Kalander
Sigrún Flameheart
Akihiko Morikage
Rowena Elfmberfall
Fernir Felnya
Seraphina Nachtlied
Ashuhura Nazala
Aunque las provisiones escaseaban y el miedo crecía, Apolo siguió adelante. Abandonaron a tres que decidieron regresar: Hoshiko, Nimue y Klaus. El resto continuó a pie, atravesando un desierto árido, encontrando esqueletos blanqueados de exploradores anteriores y perdiendo sus caballos por agotamiento.
La gran muralla
Finalmente, se alzaron ante una inmensa barrera montañosa. Apolo teorizó que formaba un vasto anillo circular más que una simple cordillera. Eligiendo una grieta estrecha, ascendieron durante días, superando la primera muralla solo para encontrar otra más allá.
Agotados y con pocas provisiones, las tensiones estallaron. Algunos pedían retirarse, pero Apolo, que había comenzado a ayunar para conservar raciones, los convenció de continuar. Más allá de la segunda muralla, parches de hierba y nubes de tormenta girando insinuaban vida.
Dentro de una cueva rocosa, divisaron aves, prueba de que podría haber alimento más adelante. Con Apolo inconsciente por inanición, el grupo improvisó trampas para atraparlas. Tres días después, Apolo despertó ante una sopa nutritiva hecha con su caza, agradecido por vivir un día más.
Descansados y fortalecidos, afrontaron la última y más empinada muralla. Perdieron un lote de suministros y vieron sufrir a sus compañeros. Incluso debatieron abandonar a un cachorro callejero que Netra llevaba consigo. Apolo se negó. El perro se quedaba.
Finalmente, usando una enorme raíz como apoyo, se izaron hasta la cima de la última muralla y contemplaron el mundo que se extendía más allá…
El nuevo mundo
Tras atravesar la última gran muralla, encontraron el nuevo mundo. El Punto Cardinal Central que Apolo buscó durante tantos años. Un lugar repleto de colores hermosos, criaturas y plantas.
Entre toda la fauna, hallaron aquello que emitía la luz que se veía en el cielo nocturno. Eran unos pozos hermosos y brillantes que emanaban luces abrumadoras.
Todo el escuadrón fundador, observando aquel paisaje irrepetible, impresionados por aquella frontera que dividía la realidad y la fantasía, decidió dar un paso adelante y adentrarse en el Punto Cardinal Central.
Recogieron el equipo de escalada y comenzaron el descenso. Las fuerzas estaban casi agotadas, pero bajar fue mucho más sencillo que subir.
Rápidamente, todos alcanzaron el suelo de aquel lugar tan maravilloso. Finalmente habían llegado al centro de la superficie, al Punto Cardinal Central.
Exploraron con curiosidad la fauna del borde de este nuevo mundo, observando las hermosas criaturas que rondaban la zona. Habían llegado por la tarde, así que estaba anocheciendo y necesitaban encontrar refugio.
Montaron uno entre unos árboles y el equipo que aún quedaba descansó allí, consumiendo las reservas restantes para ponerse en marcha al día siguiente.
Contemplaron el hermoso cielo nocturno repleto de estrellas y el vapor brillante que emergía de un origen desconocido.
Decidieron que irían a por comida y, tras conseguir reservas, investigarían ese origen.
El primer día
Tras despertar, dividieron el grupo en dos y buscaron alimento y agua. Unos cazaron los animales de la zona y los demás buscaron agua limpia para consumir.
Ambos grupos lograron su objetivo. Aunque las criaturas eran completamente desconocidas, decidieron consumirlas de todos modos. Cocinaron las carnes de los pequeños animales que habitaban la zona y purificaron y filtraron el agua que caía desde la cima de la gran muralla que ahora los rodeaba.
Comieron el banquete preparado y recuperaron fuerzas.
Después, el grupo se tomó un tiempo para descansar y planificar.
Guardaron todo lo que sobró como reservas y se dirigieron hacia el origen de aquella luz.
De camino observaron las extrañas criaturas que rondaban la zona. Por suerte, todas parecían mayormente neutrales, pero avanzaron sin llamar la atención por precaución. Algunas eran mucho más grandes y amenazantes, haciéndoles replantearse si su estancia allí sería tan sencilla como esperaban.
Finalmente, al mediodía, llegaron al origen de la luz que los había llevado hasta allí.
Era como una especie de líquido brillante, pero no se comportaba como un líquido convencional.
Este líquido se encontraba dentro de una gran coraza negra, aparentemente indestructible. La coraza era como un cáliz que conservaba el líquido intacto y aislado del suelo exterior.
Un chico del escuadrón, mientras los demás observaban incrédulos, decidió tocar el líquido para verlo más de cerca, lo que provocó un suceso repentino que dejó a todos completamente impactados.
El chico, Fernir Felnya, de unos diez años, se transformó en una criatura completamente ajena al ámbito humano, obteniendo características que lo apartaban de este mundo. Le creció pelo por todo el cuerpo, recuperó su ojo herido y le surgió uno nuevo en la frente. Su cuerpo se deformó y se adaptó a una apariencia más animal.
Todos lo miraban sin saber qué decir. El suceso había sido tan repentino que solo quedó el silencio. Entonces le preguntaron cómo se encontraba, y parecía haber conservado su mente humana.
Esto despertó algo en Apolo, el líder del escuadrón. Se quedó atónito contemplando aquella hermosa transformación. No podían dejar pasar esa oportunidad, por lo que, en una postura optimista y casi obsesiva, gritó a los cuatro vientos que debían transformarse para abrazar por completo este nuevo mundo y la nueva vida que les aguardaba.
La transformación
Algunos dudaban. Fernir, tras la transformación, era físicamente distinto a su forma anterior y no parecía haber vuelta atrás. Decidir si abandonar su humanidad era una buena idea o si mantenerse en su forma original era mejor no fue nada fácil.
Al ver que la mayoría dudaba, Apolo dio un paso adelante y declaró:
“Yo os enseñaré… os mostraré mi renacer para que veáis que no es nada malo. Esta transformación es nuestro regalo de bienvenida a este nuevo mundo. Si queremos enfrentarlo, necesitaremos estos cuerpos evolucionados. Yo seré el siguiente. Estad tranquilos.”
Tras decir esto, hundió las manos en el líquido y rápidamente se lo llevó al rostro. En cuestión de segundos, se transformó en un ser enorme, rocoso y desconcertante.
Su cuerpo creció desmesuradamente, superando los dos metros de altura. Sus extremidades, antes delgadas, se volvieron gruesas como troncos y duras como el acero.
De su cintura emergió una enorme cola repleta de huecos, y de su cabeza brotaron numerosos cuernos rocosos donde antes estaba su cabello.