Dominique Maingueneau (París, 1950) es uno de los lingüistas franceses más influyentes en el campo del análisis del discurso, profesor emérito de Sorbonne Université y ex‑miembro del Institut Universitaire de France. Su obra ha sido decisiva para consolidar un enfoque discursivo que articula pragmática, enunciación, interdiscursividad e instituciones sociales, situándolo como una figura central en los Discourse Studies contemporáneos.
Formado en la École Normale Supérieure de Saint‑Cloud, obtuvo la agrégation de lettres modernes en 1973 y posteriormente un doctorat de 3e cycle (1974) y un doctorat d’État (1979) en la Université Paris X–Nanterre, con investigaciones pioneras sobre semántica discursiva y polémica.
Fue profesor en la Université d’Amiens (1974–2000), luego en la Université Paris XII, y finalmente en la Sorbonne, donde enseñó entre 2012 y 2019 e integró el laboratorio STIH (Sens, Texte, Informatique, Histoire).
Su obra, traducida a más de una docena de idiomas, es referencia obligada en lingüística, literatura, comunicación y ciencias sociales.
En el desarrollo contemporáneo del análisis del discurso, la obra de Dominique Maingueneau ocupa un lugar central por haber articulado, de manera original, la tradición francesa de la enunciación con una concepción institucional y material del discurso. Su teoría se organiza alrededor de un conjunto de nociones que permiten comprender el discurso no como un simple texto, sino como una práctica social situada, atravesada por condiciones históricas, genéricas e institucionales. Entre estas nociones, la escena de enunciación constituye quizá su aporte más decisivo: Maingueneau sostiene que todo acto discursivo implica una puesta en escena que distribuye posiciones, roles, lugares de legitimidad y formas de autoridad. La enunciación no es un acto individual ni puramente lingüístico, sino un dispositivo que articula el texto con las condiciones sociales que lo hacen posible. Cada discurso, por tanto, se inscribe en una escena que lo autoriza, lo regula y lo orienta.
A esta concepción se suma la noción de ethos discursivo, que Maingueneau desarrolla como una imagen del enunciador construida en y por el discurso. A diferencia de las aproximaciones psicológicas, el ethos no remite a una interioridad subjetiva, sino a una forma de presencia discursiva que se sostiene en instituciones, géneros y expectativas sociales. El ethos es, en este sentido, una dimensión material del discurso: un modo de corporizar la autoridad, la credibilidad o la legitimidad del enunciador.
Otro concepto fundamental es el de paratopía, que designa la posición ambigua del productor discursivo respecto de la institución que lo acoge. En el caso de la literatura —uno de los campos privilegiados por Maingueneau— la paratopía expresa la tensión constitutiva entre pertenecer y no pertenecer: el escritor necesita de la institución literaria para existir como tal, pero al mismo tiempo debe situarse en un margen que le permita producir una obra singular. Esta condición paratópica no es un accidente, sino un rasgo estructural de los discursos que dependen de instituciones de legitimación.
La teoría se completa con la noción de discurso constituante, que designa aquellos discursos que no solo circulan en un espacio social, sino que contribuyen a instituirlo: discursos religiosos, filosóficos, científicos o literarios que, por su posición histórica, poseen la capacidad de fundar otros discursos y de establecer criterios de verdad, autoridad o legitimidad. Finalmente, la interdiscursividad ocupa un lugar central en su pensamiento: ningún discurso se produce en aislamiento, sino dentro de una red de discursos previos que lo condicionan, lo habilitan y lo limitan. El interdiscurso es, para Maingueneau, la memoria material del discurso, la sedimentación histórica que determina lo que puede decirse.
Estos conceptos se despliegan a lo largo de una obra extensa y rigurosa, que incluye títulos fundamentales como Initiation aux méthodes de l’analyse du discours (1976), Genèses du discours (1984), Nouvelles tendances en analyse du discours (1987), L’Analyse du discours (1991), Les termes clés de l’analyse du discours (1996), Analyser les textes de communication (1998), Le discours littéraire (2004), Discours et analyse du discours (2014) y el Dictionnaire d’analyse du discours (2002), este último en colaboración con Patrick Charaudeau. Estas obras han contribuido a consolidar el análisis del discurso como un campo interdisciplinario que integra lingüística, literatura, ciencias sociales y filosofía.
Aunque Maingueneau no se inscribe explícitamente en la tradición marxista ni utiliza el término “materialismo” como categoría programática, su teoría contiene una dimensión materialista profunda, reconocida por la crítica especializada y plenamente compatible con las corrientes materialistas del discurso (Pêcheux, Courtine, Angenot, Foucault, la semiótica social). Esta dimensión puede reconstruirse a partir de cuatro ejes fundamentales.
En primer lugar, Maingueneau concibe el discurso como una práctica institucional. Los discursos no existen en el vacío: dependen de instituciones concretas —la Iglesia, la literatura, la ciencia, la política, los medios— que los autorizan, los regulan y los legitiman. La institución no es un contexto externo, sino una condición material de posibilidad del discurso. Esta perspectiva lo acerca a un materialismo institucional que reconoce que el sentido se produce en estructuras históricas y sociales, no en la interioridad del sujeto.
En segundo lugar, su teoría insiste en la materialidad de los soportes y dispositivos. En obras como Analyser les textes de communication, Maingueneau muestra que el discurso está inseparablemente ligado a los soportes que lo vehiculan: el libro, el folleto, la pantalla, el púlpito, el aula. Cada soporte impone formas de circulación, modos de lectura y regímenes de autoridad. El discurso no es un texto abstracto: es una práctica material mediada por tecnologías, instituciones y dispositivos.
En tercer lugar, la noción de ethos introduce una materialidad corporal en el análisis del discurso. El ethos no es una imagen mental, sino una presencia corporal: gestos, voz, postura, modos de habitar la escena enunciativa. El cuerpo del enunciador —su modo de presentarse, de ocupar un espacio, de producir una voz— es parte constitutiva del discurso. Esta dimensión corporal rompe con la tradición idealista de la enunciación y sitúa el discurso en la materialidad de los cuerpos y de las prácticas sociales.
Finalmente, la materialidad del interdiscurso constituye un cuarto eje. El interdiscurso no es una abstracción teórica, sino una red histórica de discursos previos que condicionan lo que puede decirse. Es una memoria material sedimentada en instituciones, géneros, tradiciones y prácticas. El discurso, en esta perspectiva, es siempre un efecto de historia, un producto de relaciones sociales acumuladas.