Walter Benjamin (Berlín, 1892 – Port Bou, 1940) es uno de los pensadores alemanes más importantes e influyentes del pasado siglo. Hijo de una asentada familia judía, pronto se vincularía a las corrientes de pensamiento de tradición marxista, siendo considerado una de las figuras destacadas de la Escuela de Frankfurt, junto con Adorno y con Horkheimer. Pensador brillante e independiente durante la República de Weimar, tuvo que emprender la vía del exilio, primero a París, y luego, tras la ocupación de Francia por los nazis, a Estados Unidos. Un viaje truncado, sin embargo: ante la inminente posibilidad de caer en manos de las autoridades alemanas, Benjamin acaba con su vida el 26 de septiembre de 1940.
Walter Benjamin expone en su ensayo de juventud denominado "Sobre el lenguaje en cuanto tal y sobre el lenguaje del hombre" (1916), los aspectos más importantes relativos a la teoría del lenguaje. El elemento abismal da lugar a una revelación o principio (arché) vinculado a la mística del lenguaje y alejado de la visión materialista. Expone en su ensayo los aspectos más importantes relativos a la teoría del lenguaje. La idea de lenguaje está fundamentada mediante el examen de los contenidos espirituales del hombre y su relación con el ser lingüístico. Esta distinción condiciona a la teoría a permanecer sobre el abismo que anida en el interior de la entidad espiritual del lenguaje. El elemento abismal da lugar a una revelación o principio (arché) vinculado a la mística del lenguaje.
La filosofía del lenguaje de Walter Benjamin representa una de las críticas más radicales a la concepción instrumental y burguesa de la comunicación. Para Benjamin, el lenguaje no es una herramienta externa al ser humano ni un sistema de signos arbitrarios destinados a la transmisión de información. Al contrario, el lenguaje es el lugar de la manifestación de la esencia espiritual. En su ensayo fundamental de 1916, Sobre el lenguaje en general y sobre el lenguaje de los seres humanos, sostiene que toda comunicación de contenidos espirituales se da en el lenguaje y no por medio de él. Esta distinción es crucial para la lingüística materialista, ya que devuelve al lenguaje su densidad y su realidad como hecho social y existencial previo a cualquier utilidad práctica.
Benjamin propone una ontología donde las cosas poseen un lenguaje mudo que el ser humano tiene la misión de traducir. Esta traducción se materializa en el Nombre. A diferencia del signo saussureano, el nombre en Benjamin está "motivado": es la comunión entre la mente humana y el lenguaje de las cosas. El nombre es el estrato donde el lenguaje humano todavía conserva su potencia creadora y mágica. Sin embargo, este estado de pureza se fractura con la "caída" del lenguaje hacia el conocimiento abstracto y el juicio. En este punto surge la sobredenominación, es decir, el nacimiento de la multiplicidad de palabras para una misma cosa, lo que da lugar a la arbitrariedad y convierte al lenguaje en un simple medio para un fin, degradándolo a lo que él denomina "charlatanería".
Esta preocupación por la esencia de la palabra se traslada a su teoría de la traducción. En La tarea del traductor (1923), Benjamin argumenta que traducir no consiste en trasvasar el "sentido" de un idioma a otro, sino en buscar la armonía entre las lenguas para vislumbrar la Lengua Pura (Reine Sprache). La traducción es una etapa de la "supervivencia" de la obra de arte, un acto material donde el traductor debe forzar los límites de su propio idioma para dejar que el eco del original resuene. Por ello, defiende una literalidad que sea "transparente", permitiendo que la estructura del lenguaje original modifique y enriquezca la lengua de llegada, evitando que el lenguaje se cierre sobre sí mismo como un código estático.
En sus obras de madurez de la década de 1930, como Sobre la facultad mimética, Benjamin aterriza estas ideas en una suerte de antropología lingüística. Sostiene que el ser humano posee una capacidad ancestral de percibir y producir semejanzas. Si bien en el pasado esta facultad era mágica (leer las estrellas o las entrañas), en la modernidad esa energía ha "emigrado" al lenguaje. Las palabras y la escritura constituyen así un archivo de semejanzas inmateriales: la relación entre lo dicho y lo significado no es un azar social, sino el resto de una antigua conexión mimética entre el cuerpo, la materia y el signo.