En aquest apartat anirem informant sobre diferents aspectes de la història que estiguin relacionats amb aquest itinerari.
1. Guies de muntanya, durant la guerra espanyola (1936-1939), i dels anys posteriors (1939-1950)
2. Expedició de sant Josepmaria Escrivà
En aquest apartat informarem sobre l’expedició de la tardor de l’any 1937. Podreu trobar informació històrica sobre aquesta expedició en els apartats: Llibres i Vídeos
3. Altres expedicions
En aquest apartat publicarem Cròniques d’altres expedicions que ens puguin donar més informació sobre aquests itineraris cap a Andorra. Les cròniques històriques vindran firmades per l’autor.
Història de la Rosa del Nord. Capítol 1
La ruta “Rosa del Nord” (22 Km i 1.600 m +) és l’última etapa d’un itinerari més llarg que s’anomena “Camí d’Andorra” o bé “Pallerols-Andorra”, que comença al Pont de Peramola, a la sortida d’Oliana, i que transcorre paral·lel al riu Segre pel seu marge dret. El recorregut total d’aquesta ruta és de 101 Km, amb un desnivell positiu de 6.400 m i negatiu de 5.900 m.
És una ruta del tipus “Camins de Llibertat” que recorda expedicions de fugitius perseguits per ideologies totalitàries durant la Guerra Civil espanyola de 1936-1939 i la 2ª Guerra mundial 1939-1945.
L'"Associació d'Amics del Camí de Pallerols de Rialb a Andorra" promou aquesta ruta des de fa 12 anys, amb el suport tècnic de VSL Sports. Col·labora amb altres entitat locals, en la recuperació d'aquest camí de fugitius i la seva història amb l'objectiu que aquest record dugui a respectar la llibertat de tots i a fomentar la pau i la convivència entre les persones, per damunt de diferències de ideologia, raça, religió, llengua, país i tradicions.
Per documentar aquest itinerari s'han consultat escrits sobre vàries expedicions cap a Andorra i s'ha parlat amb bastant de gent que varen fer aquest camí. Han sigut d'especial interès uns Diaris i altres escrits molt complerts d’alguns components d’una expedició que va seguir aquesta ruta a finals de novembre de l’any 1937.
Podeu tenir àmplia informació del "Camí d'Andorra" entrant a l'apartat de Rutes de la web pallerols-andorra.org:
https://www.pallerols-andorra.org/la-caminada-total/
Cada setmana publicarem un resum històric d’aquesta ruta, extret del llibre “Camino de Liberación”, de Jordi Piferrer. Un llibre de 408 pàgines, il·lustrat amb mapes i fotos, que descriu 16 expedicions d’evasió cap a Andorra. A l’inici i/o al final de la cursa “Rosa del Nord” podreu aconseguir aquest llibre. La seva lectura us permetrà reviure més intensament el que foren aquestes expedicions d’evasió.
Capítol -1/3
-Com a primer tast, publiquem un relat d’una expedició d’evasió recollida al llibre “Camino de Liberación” (pàgina 82):
“Y comenzó la bajada con mucho silencio y extremando las precauciones para no hacer nada que pudiera descubrirnos. La pendiente era muy fuerte, y no hacíamos más que resbalar.
La vigilancia a lo largo de la carretera era una grave dificultad. Se ve que el paso tenía su técnica. Había que esperar a cubierto el momento más oportuno. Los guías, cuando se habían dado cuenta de que los de la vigilancia iban en una dirección, calculaban bien el tiempo que podían tardar en aparecer de nuevo. Tenían experiencia. Y éste era el momento de cruzar la carretera. Quedaba poco margen para retrasarse.
Dos veces pasaron los carabineros. Llevaban un perro que no paraba de ladrar. El pánico nos paralizaba. Amontonados para defendernos mejor del frío enloquecedor, y en el más absoluto silencio, esperábamos a Pedro que había bajado al río buscando el punto más fácil para vadearlo, y calculando el momento. Volvió dando órdenes terminantes. Nos descalzamos rápidamente y nos metimos en el agua apoyándonos como podíamos en el bastón. El caudal era fuerte, y la corriente nos arrastraba. El promedio del fondo era casi de un metro. Cruzaron primero dos guías seguidos por todos nosotros. Otros dos guías quedaron a la expectativa hasta que se metió en el agua el último de la fila. Cuando ya habían pasado más de la mitad, uno de los aviadores y otro que no recuerdo fueron arrastrados por la corriente unos cincuenta metros. Pudimos recogerles, pero no pudimos evitar que el frío los matara. Nada más sacarlos del río, la ropa se convirtió en un bloque de hielo. Estaban sin conocimiento. Habían caído en aquel sopor —ya teníamos experiencia de otros— que era la inminencia de la muerte. No había nada que hacer.
Cuando nos convencimos de que estaban muertos, los guías, otra vez dando órdenes angustiosas como si quisieran gritar sin romper el silencio.
—Corriendo. Monte arriba. Corriendo.
Me esforzaba por andar cuesta arriba lo más rápido que permitía la nieve, como quien hace un alarde de valor porque cree que se está jugando la vida a la última carta. La actitud de los guías que iban en cabeza no presagiaba nada bueno. A punto de amanecer, andábamos con la sensación de que a corta distancia podrían estar ya siguiéndonos los carabineros. Pero confiábamos en que a la altura que habíamos alcanzado ya al cabo de una hora de marcha —como de unos 200 metros sobre la carretera—, a los guías y a los que fuéramos capaces de seguirlos ya no nos podrían cazar”.
-Mentre camineu, si heu llegit abans els següents textos us poden ajudar a comprendre el que fou l’expedició del novembre de 1937, en el tram que va des del Golf d’Aravell fins al riu de Civís.
-Antoni Dalmases, un dels expedicionaris de l’any 1937, escriu:
“Acá y allá se ven los fuegos que hacen los carabineros para no helarse. Llega un momento peligrosísimo. Nos hemos acercado tanto al pueblo (Noves deSegre) que parece que vamos a entrar en él, pero torcemos a la derecha y llegamos al río (riu de la Guàrdia). En silencio nos descalzamos y lo vadeamos. El señor viejo, que está desecho, no puede más y, para pasar, tengo yo que llevarlo abrazado, cogidos los dos andando poquito a poco, pues pesa mucho y es difícil apoyar los pies en las piedras del río. Es algo serio, muy serio, oír como gime de dolor el pobre señor. La corriente es muy fuerte y el agua nos llega hasta las rodillas; y con tanto follón pierdo mis calcetines y otras cosas que el agua se lleva, pues casi no puedo con tanta carga. Llegamos de milagro, pero, gracias a Dios, llegamos los dos. Sin perder tiempo nos calzamos otra vez y atravesamos la carretera (la que va aNoves de Segre). Pronto se estrecha el valle y no deja sitio más que para que pase el río que lo surca (riu d’Aravell); de modo que pasamos de lado a lado cruzando el río muchas veces, y andando con alpargatas dentro del agua. Será malo después, pero de momento es más fácil: creo que descalzo no habría podido más. Esto hace muy penosa la marcha. Por esto nos alegramos al dejar el valle y subir por la montaña. Pero pronto divisamos en nuestro camino un puesto de vigilancia. Tenemos que mandar exploradores para ver por donde podemos pasar. Así nos quedamos cosa de una hora, muertos de frío, tendidos entre unos arbustos. Luego, variando un poco la ruta prevista, ascendemos por una montaña no muy escarpada, pero llena de piedras que hacen pesadísimo el camino. Además, ahora casi no descansamos, pues es sitio de peligro y hay que forzar la marcha para que el día no nos sorprenda en sitio descubierto. La sed nos tortura: es cuando la sentí más fuerte. Casi insoportable. La ascensión, cada vez más dura, sigue hasta el amanecer. Estamos en un monte (les Roques de la Caubella) sobre un pueblo que se divisa perfectamente (La Seu d’Urgell). Se nos ordena formar grupos de tres o cuatro y acampar entre los matorrales, con el fin de pasar el día debajo de ellos, con la orden de no levantarnos ni movernos más que para mantener contacto con los otros grupos, y no hablar alto. Todo el día estuvimos oyendo las cornetas de los carabineros de los pueblos vecinos, y esto logró que no nos moviéramos de nuestro sitio durante todo el tiempo que allí permanecimos.
Y la baixada cap al riu de Civís la descriu així Francisco Botella, un dels expedicionaris:
"Se resbala bastante, y el Padre se cae muchas veces, porque, aunque ha podido superar el agarrotamiento que teníamos, el cansancio se acentúa y las fuerzas se debilitan. Al final de este camino, hemos bajado bastante; los árboles y vegetación nos acompañan un rato, y recuerdo que nos sirvieron para frenar el descenso por la ladera, muy inclinada: lo que no se consigue con los pies, mal calzados, porque las alpargatas no protegen de los golpes al resbalar y saltar en pendiente, lo completan las manos asiéndose a las ramas de aquellos arbustos. Estamos delante de un río (el riu de Civís). Juan se retrasa porque camina con los pies destrozados y le sangran, y no puede seguir sin cambiar de alpargatas. Entonces pasan el río, sobre un tronco de árbol que hacía de puente, el guía y el resto de la expedición, con los de las mochilas.-
I un altre expedicionari, Juan Jiménez Vargas, descriu la baixada cap al riude Civís d’aquesta manera:
“A las cuatro y media de la tarde, aproximadamente, nos disponemos a envolvernos bien en las mantas, para soportar mejor el frío. Pero vino un guia avisando que nos preparáramos. No sé cómo será el camino del infierno, pero cuesta trabajo imaginarlo algo peor que eso. Cuanto más denso, los árboles mas altos. Los matorrales más tupidos, que se interponen en el camino, aumentan por momentos; y hay que atravesarlos por las buenas o por las malas, sin reparar en los jirones de la ropa o de piel que se empeñan en guardarse entre sus espinas. Hasta que llega un momento en que, más que andar, puede decirse que nadábamos entre el ramaje, sin poder precisar si la masa compacta que divisábamos delante de nosotros era el tronco de un árbol o el compañero que nos precedía en la marcha. Las caídas de los días anteriores son cosa de broma, comparadas con las de hoy. Paco va delante del Padre ayudándole como puede. A ratos se ayudan mutuamente a caer. Yo, que voy detrás algunos momentos, le sujeto por laropa. Otras veces, bastante hago si consigo frenarme, apoyando fuertemente el bastón con las manos, para no rodar empujándolos a ellos”.
Notes.-
1. Aquestes descripcions corresponen a una expedició de finals del novembre
de l’any 1937, en la que hi anava un sacerdot Josepmaria Escrivà de Balaguer.
Quan diuen el Padre es refereixen a aquest sacerdot.
2. Podeu veure més informació sobre aquest tram del Golf d’Aravell fins al
riu de Civís, al llibre “Camino de Liberación”, pàgines 227 a 246.
Història Rosa del Nord. Capítol 3
A continuació adjuntem alguns relats d’una expedició del novembre de 1937.
Del Riu de Civís fins a Sant Julià de Lòria
Francisco Botella escriu:
Al final de este camino hemos bajado bastante, los árboles y vegetación nos acompañan un rato, y recuerdo que nos sirvieron para frenar el descenso por la ladera, muy inclinada [baixada pel Bosc de Cogoll i el Serrat del Vaquer]: lo que no se consigue con los pies, mal calzados, porque las alpargatas no protegen de los golpes al resbalar y saltar en pendiente, lo completan las manos asiéndose a las ramas de aquellos arbustos. Estamos delante de un río [el Riu de Civís].
Juan se retrasa porque camina con los pies destrozados y le sangran, y no puede seguir sin cambiar de alpargatas.
Entonces pasan el río, sobre un tronco de árbol que hacía de puente, el guía y el resto de la expedición, con los de las mochilas.
Juan Jiménez Vargas:
Llegamos al río de Civís hacia las nueve menos cuarto de la noche; nos paramos. Nos envolvemos en las mantas, porque el frío y la humedad se sienten con más intensidad que nunca. Para resistirlo mejor, todos hacen esfuerzos para no dormirse; pero es tal el sueño que muchos no pueden permanecer despiertos. Apenas me siento, me quedo dormido. Cuando me despierto, ha pasado más de una hora y tengo los pies anestesiados por el frío, esto es una ventaja, porque me permite andar sin que me moleste la contusión del dedo. Al Padre lo tenemos comprimido entre Paco y yo, y aún así tiembla continuamente.
A las once y media se reanuda la marcha. Pronto llegamos al río.
Al salir el río, se empezaba a escalar una montaña [el Barranc de la Cabra Morta]. […] Unos veinte minutos después descansamos.
Francisco Botella comenta:
A la una de la madrugada nos dieron órdenes terminantes: tumbarnos en el suelo, no movernos, no hablar y esperar. Nos dejaron solos, los guías desaparecieron y también los portadores de las grandes mochilas con su carabina.
Pasó un cuarto de hora. Con voz muy baja no hace falta más, porque estamos muy juntos nos comunicamos que el guía y los demás auxiliares, habían salido de descubierta para investigar las posibles entradas a Andorra.
Pronto dejamos de pensar en todo eso. El Padre se quedaba no dormido sino con sopor, sin hablar y empezó a temblar de frío. Juan se puso muy serio y nos dimos cuenta de que la situación era crítica. Le tomó el pulso y dijo que nos quitásemos la ropa y se la pusiéramos encima al Padre y que nos apretásemos a él para darle calor. Pero seguía tiritando. Había un poco de luz por la luna y vimos que el Padre tenía el rostro estirado y la boca sin expresión. Respiraba con mucha suavidad, demasiada.
Lo que hacía más angustiosa la situación es que no volvían los guías y había pasado una hora. ¿Los habrían cogido? No se había oído ningún disparo. Otra hora más, que tardó muchísimo en pasar. El Padre estaba rígido, y con los brazos y piernas como anquilosados. No sabíamos qué hacer ni qué pensar: Juan insistía en que rezáramos moviendo los labios. Pensábamos que ya era prácticamente imposible que el Padre pudiera seguir andando y ni siquiera ponerse de pie.
A las dos horas y media, aparecieron por distintas direcciones. El guía traía una actitud tensa, como de quien ha tomado una resolución arriesgada. Y así lo comprobamos luego, porque era seguro que al ver que estaban vigiladas las entradas a Andorra más alejadas de los puestos fijos de carabineros, decidió que pasáramos junto a un puesto fijo habitual de observación: la casa que ocupaban los de este sector de la frontera. Dijo que nos pusiéramos en pie y que había que seguir. Serían las tres y media de la madrugada.
Momento de susto por el Padre: le ayudamos a ponerse en pie. Costó mucho y empezó a andar con cara de dolor, pero con decisión, sin titubear ni un instante, con fe en que va a salir adelante. Y ¡gracias a Dios!, a los pocos pasos se movía sin rigidez, sin que se notara anquilosamiento alguno.
Antoni Dalmases escriu:
Tras esta montaña, está la frontera. Es el momento cumbre. Para pasarla hay que esperar a las primeras horas de la mañana que son las mejores. Por eso nos tendemos en el suelo a esperar las dos o tres horas que faltan. ¡Qué frío pasé, Dios mío! Estábamos sobre el suelo mojado, apretados unos contra otros, con las mantas encima y temblando desesperadamente. El silencio era total y cada uno se sentía solo ante Dios como si fuera a morir. A pesar de todo llegué a adormecerme y por supuesto soñé disparates.
Además, estaban los carabineros rondando cerca de nosotros. Fueron unos momentos horribles que me parecieron siglos y que recordaré mientras viva. Cuando nos hacen marchar, casi no podemos ni movernos y jamás había temblado como ahora. Frotándome me reanimo un poco y al cabo de un rato de andar estábamos restablecidos.
La pujada al Barranc de la Cabra Morta
El mateix any 1937, Antoni Dalmases ho explicava així:
Atravesamos descalzos otro río [el Riu de Civís] y empezamos la ascensión más fuerte del viaje [la del Barranc de la Cabra Morta]. Al principio con mucha dificultad se podía andar de pie, descansando todos cada cuarto de hora, luego ya es una escalada con todas las de la ley y pasamos de roca en roca agarrados al suelo frío y mojado cada vez más alto. La subida es tan alta que el que me sigue siempre queda bajo mis pies. Aquí se agotó el coñac y todo lo que llevábamos para beber. Seguramente que de día no nos atreveríamos a pasar por este sitio. El vértigo no nos dejaría pero, como ahora sólo se ve a unos metros, no nos damos más que una ligera cuenta del precipicio que tenemos a nuestros pies.
Juan Jiménez Vargas:
Pronto paramos en medio del bosque, y Cirera nos indicó que nos cubriéramos bien bajo los matorrales y el arbolado: “Uno debajo de cada árbol, sin moverse y mucho silencio”.
Alguien dijo que la mejor hora para el paso era de noche, poco antes de que empezase a clarear el día, y por eso estábamos esperando el momento crítico, jugando con el amanecer. No entendíamos nada. Estábamos en un sitio bien defendido, porque en la subida que acabábamos de seguir era imposible que se atreviesen a perseguimos de noche y monte arriba. Y en esa zona de bosque muy tupido, también parecía imposible que se arriesgaran a meterse de noche. Estábamos entre los matorrales después del paso de la Cabra Morta, y había que esperar.
Seguíamos inmóviles en aquel silencio impresionante, y con mucho frío. El ruido que se oía hacía suponer que la patrulla no andaba lejos. Se veía luz en una casa, y una hoguera. Y pensábamos que podría ser una casa de un pueblo próximo -no sabíamos entonces que ese pueblo era Argolell- o los milicianos. En medio del nerviosismo estábamos muy atentos, éramos todo oídos, pero desconcertados en la más absoluta desorientación. El guía, y sobre todo sus enlaces de la frontera eran los prácticos que dirigían la maniobra, sabían bien lo que pasaba.
Después de aquella espera interminable, que quizá no pasaría de media hora, pero se nos hizo un siglo, cuando se aseguraron de que podíamos seguir, comenzamos a bajar encorvados sin tocar el suelo con los bastones. Parecía imposible que treinta hombres en fila pudieran moverse así, pero el silencio era absoluto. Pasamos muy cerca de una casa, nuestra izquierda -la borda de Llusá-que tenía luz encendida, con el aspecto de una lámpara de carburo. Otra vez los endiablados perros -que sin duda estaban encerrados en la borda para guardar el ganado-, ladraban como locos, pero los guías no hacían ningún caso a los ladridos, seguros de que en el paso que teníamos que cruzar no había nadie. A muy poco distancia de la borda dejamos a nuestra izquierda la ermita de Santa María -no la vimos y no sabíamos que existiese-, y en unos quince minutos desde que empezamos a bajar cruzamos el arroyo de Argolell y atacamos una subida muy fuerte hacia Mas d’Alins, que es la primera casa de Andorra. La frontera está muy por encima del arroyo. Ya habríamos pasado la frontera cuando oímos unos disparos de fusil desde la parte de Argolell. Se habían dado cuenta tarde, quizá les parecía que todavía estábamos por la subida y querían batir la cola de la expedición, pero no estábamos a su alcance.
Antoni Dalmases:
Andábamos despacio sin el menor ruido: jamás hubiera creído que treinta hombres andando por el monte pudieran hacer tan poco ruido. La tensión de aquellos momentos era inaguantable: ¡cada vez estábamos más cerca de las casas! (. . .) Son los montes decisivos. Pasamos un riachuelo, un campo, luego otro arroyo, pero nadie piensa en mojarse. Estamos más cerca de la casa [la Borda de Lluçà] casi en la frontera, pero eso no significa nada. Subimos la montaña corriendo y dando gracias a Dios. Aunque nos descubran, quedan ya a nuestras espaldas y podemos escapar. Caigo y me lastimo una rodilla. Había de dolerme casi un mes luego, pero en aquel momento no me entretengo para nada. ¡No se para ya! A uno le sangran los pies, pero sigue. Ya no hay disciplina. Nuestra marcha es una carrera desenfrenada hacia la cumbre en la que ya pasamos la línea divisoria . . . ¡Estamos a salvo! Rendidos, pero a salvo. A pesar de todo no hay cantos ni gritos. Sólo una oración silenciosa y sincera. Aún hay peligro. Andamos pues alegres pero callados. Cuando se ha pasado esta zona y se ha encendido una hoguera, es entonces cuando bajamos hacia el pueblo [Sant Julià de Lòria].