por Alejandro Kosak
publicado el 28/04/23
Cuento
Marcelo y Luis cargaron la camioneta. Dos cajas de cervezas, una de vino, la conservadora con hielo, otra con la carne y el tupper con aderezos y los inventos culinarios de alguno. Ese sábado tenían pactado una juntada al margen del río para celebrar la vida. Por su parte todo estaba preparado y sería acaso el otro grupo el encargado de llevar lo que faltase. No mucho más tarde salieron.
Morón fue quedándose atrás y hacia el horizonte se dibujaba de a poco la cintura del río y las cosas que le son propias, a saber: el agua, las plantas, los bichos, la gente, el cielo, la tierra, todo. En su manejar, mirando a través del espejo retrovisor, a Luis lo turbó la presencia de una caja que no había notado entre todas las cosas. A Marcelo, además, se lo veía notoriamente incómodo, intranquilo, indescifrable. Lagrimones de transpiración gobernaban su cara.
Tac, tac, tac sonaba contra el plástico de los asientos, bajo el ritmo de los dedos.
Las mañas del tránsito no le permitieron a Luis desencantar al amigo en lo que duraron los eventos de esta ficción. La caja, sin embargo, no abandonaba la imaginación del chofer.
Alcanzado el mediodía, el agua poblaba con amplitud los alrededores. La represa ejercía a lo lejos su quietud, y el río, durmiendo con costumbre milenaria, se dejaba mecer en las costas. Marcelo, con sutil violencia, se aferró al asiento y al hombro de su amigo, exhortándolo:
- pará acá, por favor.
Con la camioneta detenida, el nervioso bajó con fluidez explosiva del vehículo y se llevó la caja a las manos. Luis lo siguió con la mirada y decidió que ya era tiempo de respuestas. Se bajó también. Marcelo avanzó firme hacia el río con el conductor siguiéndolo, pero lo ignoró hasta pasado el último segundo.
- ¡Marcelo! ¡Ey! - se escuchó.
Y entonces tiró la caja al cuerpo acuoso.
Cuando Luis pudo alcanzarlo, vio al amigo dejarse la vida en cada bocanada de aire, como en esas veces en las que la hostilidad del sol no permite nada. Un horror vago tenía el poder sobre sus ojos, y el chofer, abyecto de todo lo que pasaba, quiso interrogar:
-¿Qué carajo hiciste? - preguntó.
Le envió un sueño al agua. El río, profundo en su dormir, recordó imágenes de otros tiempos en los que alguna vez le hizo frente a la cólera de los héroes, en los que obligó a los dioses a detenerlo. Y engolosado por esas imágenes de lo que una vez fue, sin salir de su trance, estalló.
Los hombres cayeron de espaldas al piso, detonados y ahora húmedos, Luis estándolo además de incertidumbre, que no tardó en colmar con su sentido del olfato.
La granada, por suerte, no lastimó a nadie.
Estudiante de letras y proyecto de escritor. Es parte del colectivo de escritores Letras&Poesía, integrante del comité editorial de la Revista Rabiosa y miembro del Centro de Estudios Teórico Literarios (CEDINTEL). A veces se olvida de respirar.
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