por Alejandro Kosak
publicado el 27/02/23
Cuento
Intercambió algunas palabras olvidables con el patrón y se fue, el trabajo era suyo. Los que le conocieron le llamaron Simón Carbajal. Un hombre menudo, casi gigante, de piel oscura y castigada, habitado por cicatrices, y poseedor de un rostro geométrico indescifrable.
Este momento lo fechamos en algún intervalo hacia la década del 1890, quizá más, quizá menos. Carbajal vive en las cercanías de Antelo, Entre Ríos. Lo sabemos casado y padre de una hija con la que no sabe qué hacer. Contará unos cuarenta años vividos bajo la templanza del sol y la educación informal de las garras, varios fueron sus maestros. Fue activo rehuyente de las artes literarias, a excepción de una de sus manifestaciones. Tuvo también unos perros y, hasta donde conocemos, es hijo de unos padres de los que la historia no ha de acordarse. Con esa información nos basta para desarrollar su relato, pues intentar referir más sería innecesario y a la vez imposible porque Carbajal fue un hombre de enigmas y cuchillos, más entregado a los laberintos que a los testimonios.
Un 25 de octubre, día caluroso, los campos del patrón resonaron frente a los bramidos de una feroz criatura, ante los que Carbajal -como ahora mandaba el oficio- respondió inmediatamente. Aquel sería el primer enfrentamiento que se registraría de nuestro tigrero bajo la jurisdicción de su nuevo jefe, pero Simón sentía muy para sus adentros que ese era desde siempre el estado de las cosas. Calzó sus botas, alistó el cuchillo (primero lo probó, ceremonialmente), avispó a los canes y vistió el afamado poncho que él fantaseaba como hecho de acero. Salió no mucho más tarde al monte y buscó en el modo que lo haría quien sabe dónde encontrar.
Los dos bárbaros se cruzaron hacia la tarde. El tigre le miraba con sus ojos de esmeralda y en sus colmillos pretendió que el otro adivinara los ecos de sus victorias, mientras rugía con un único y violento propósito. Ese era un animal hermoso, pero Carbajal, dispuesto a mantener las costumbres, no se dejó interpretar. Alzó el poncho -su escudo- y tentó a la suerte, La fiera le entendió. Confiada, intentó un salto para destrozar a su adversario. Ladraron los perros. El tigrero le tundió el cuchillo en el vientre y el tigre sintió el mortal acero destruirle las entrañas. Lo mató, casi al instante.
La vida prosiguió igual desde entonces, porque a Antelo tampoco es que llegaran tantas bestias. Pero la segunda, le traería a nuestro tigrero indicios del desenlace de esta historia. Fue un 30 de noviembre. El tigre lo miró con sus ojos de esmeralda y le mostró la adivinanza de sus dientes. Los perros ladraban. Carbajal se inquietó un instante y tuvo la sensación de que ya había vivido ese momento, sin embargo, el ímpetu de la ocasión le obligó a concluir con el mismo resultado.
Y así siguió su labor, ningún cambio turbaba aquel duelo fatal. Entre ese 30 de noviembre y hasta el 13 de marzo del año siguiente cruzó camino con otros cinco tigres; con los 5, vivió la misma experiencia, palabra por palabra. El séptimo de sus labores lo encontró un primero de julio, y es aquí donde se originó lo que a veces damos por llamar un punto de inflexión: ese momento en el que el héroe despierta y consigue observar a su alrededor el panorama completo antes no observado; en el que el trabajador más común y ordinario cae en cuenta del aparato mecanizado del que es parte y logra mover las primeras piezas de la revolución; en el que alguien en algún lugar se plantea una pregunta capaz de voltear y deformar el orden del cosmos; todos esos momentos en los que, en definitiva, puede nacer la vida o acaso la literatura. Aquí, mientras le enterraba con rutinaria violencia su acero, el tigrero pudo intercambiar con la fiera una mirada. Carbajal entonces sintió un enigma resolviéndose en él.
En la esmeralda visión del tigre vislumbró la biblioteca en llamas de Alejandría, la orilla inacabable del río, el divino anillo que es uno y es ocho, la esfera eterna de los tiempos y los espacios, y más en lo profundo, el fondo mítico de una epopeya.
El tigrero conocía de memoria cada estrofa y cada verso del Martín Fierro, pero no sabía leer. Ello no le impidió conocer quién fue Aquiles, qué fue Troya, y más importante aún, quién fue Héctor, condenado a un perpetuo pelear y a un perpetuo morir. Vio también al arquetípico tigre, hecho de tigres, hecho de metáforas de tigres, que devoraba impiadosamente a su presa, que devoraba el pasto, que crecía de la tierra, que era un objeto del mundo, que era una parte del universo, contenido en la mirada del tigre.
La visión no duró demasiado, Carbajal la abandonó con facilidad, pero aquel momento le pareció inabarcable. La adivinanza de las fauces era clara: este tigre era el primer tigre, el segundo, el tercero, los siguientes, todos los de Antelo, los tigres del Asia, los del África, y los de esas escasas historias con las que lo criaron.
Sacó el cuchillo de la acabada bestia, lo comprendió todo. Comprendió que su destino era el eterno combatir y el eterno aniquilar de un mismo enemigo inmortal. Retrocedió después unos pasos, anonadado, quizá imaginándose muriendo un día mientras seguía allá afuera la singular víctima a la que, puñalada tras puñalada, sólo habría de cambiarle el pelaje. El tigre siguió un buen rato en el piso, pero Carbajal ya no se molestó en tratar el cadáver de su rival infinito.
En su camino de vuelta, muchas cosas podrían decirse que pensó. A mí me gusta creer que aceptó con templanza silenciosa su destino, que es el tuyo y es el mío. Más adelante, eso sí, sabemos que coincidió su rumbo con el del hijo del patrón. Lo juzgó muy jóven como para que este pudiese siquiera recordarlo en el porvenir y fingió no mirarlo. Se equivocaba, aunque jamás lo sabría, pues él también sería una metáfora de eternidad.
La noche se le venía encima. Agotado por la lectura de su inmortal futuro, Simón Carbajal siguió camino hacia la casa de su jefe, el señor Jorge Guillermo Borges.
Estudiante de letras y proyecto de escritor. Es parte del colectivo de escritores Letras&Poesía, integrante del comité editorial de la Revista Rabiosa y miembro del Centro de Estudios Teórico Literarios (CEDINTEL). A veces se olvida de respirar.
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