por Alejandro Kosak
publicado el 24/03/25
Inquisición
Este texto se produjo originalmente con motivo de los procesos judiciales en favor de la causa de Orlando Navarro, militante santafesino desaparecido en 1976 por la última dictadura cívico-militar. El escrito circuló en Santa Fe en conmemoraciones a su persona y legado así como en el marco de las reflexiones sobre el día por la Memoria, la Verdad y la Justicia. Con cambios mínimos, lo reproducimos íntegramente.
El carácter de la Argentina que hoy nos reúne es uno de enredos, por no decir que de contradicciones recurrentes. Mezcla de anacronismo y de permanente actualidad, hoy asistimos (para sorpresa ya de muy pocos), al retorno de una política económica de las más agresivas a la vez que las luchas por los espacios de construcción de la memoria y nuestro presente son más fuertes que nunca. Al mismo tiempo, las sombras del 2001, los 90´s y de las peores facetas de la dictadura conviven hoy con cosas como aulas copadas por la inteligencia artificial, la flagrante innovación médica, y un panorama internacional que se mantiene expectante de los hechos de la guerra; estamos ante un espacio, en definitiva, colmado tanto por viejos fantasmas, por fenómenos que no sabemos dónde nos van a llevar, como también por nuevas esperanzas dentro de un entorno local y nacional que invita hoy tanto al miedo como a la incertidumbre.
Las cosas por las que militar y pelear son, en definitiva, todavía muchas: bregamos por el respeto de nuestra soberanía nacional en múltiples niveles, reclamamos el reconocimiento y cuidado de nuestra naturaleza, defendemos la voz de nuestros movimientos de mujeres y disidencias, y nos convocamos -como siempre- hacia donde haya que estar en busca de visibilizar la vulnerabilidad de los trabajadores, los estudiantes, y de todos los miembros de nuestro país de cara a lo que vivimos y de lo que viviremos. Las deudas que todavía cargamos con nosotros, sin embargo, tampoco son cosas a pasar por alto.
Una de ellas es la movilización por la memoria, la verdad, y la justicia ante los horrores y los episodios de nuestra última dictadura cívico militar, así como también el permanente e inamovible compromiso para con el legado de nuestros compañeros y conciudadanos argentinos afectados por su política genocida. Hablamos de las víctimas no fatales y de los desaparecidos, por supuesto, y por ello nos reúne hoy recordar y homenajear a Orlando Navarro.
No voy a decir nada de su persona; no creo que me corresponda y tampoco es mi derecho, porque siento que hoy podría incurrir en el error de hablarlo, tanto tiempo después, y de profanar su vida y legado con palabras que no fueron suyas. Lo que sí puedo hacer es invitar a una reflexión que le sea digna. Navarro, como sabemos, adelantó casi proféticamente lo que se venía para el país con el avance secreto y progresivo de los militares sobre el poder y la organización política nacional. Un 10 de septiembre de 1976, estando apenas recibido de abogado y a sus veinticinco años, la policía lo desaparece, lo tortura, y lo asesina. La simplificación de esta reconstrucción, pese a todo, marca la tendencia total de aquellos años oscuros: la de las fuerzas de seguridad, en todos sus niveles, operando como máquina de matar y oprimir al servicio de unos pocos; de la absoluta minoría que con terror y un secretismo plenamente a la vista de todos dominó las riendas de este país y lo llevó a una de sus peores miserias históricas, sobre todo en el nivel humano.
Y por más demonios que estos sectores siempre han levantado en defensa de sus genocidios, de sus propios genocidas, o de los intereses superfluos que les valieron decidir sobre la vida o la muerte, e incluso por más tranquilidades que nuestros ahora dirigentes políticos quieran transmitirnos sobre el asunto, la realidad (sin temor a resultar repetitivo) es clara: no hubo guerras, no hubo excesos, no hubo defensa de valores; todo lo que hubo fue un poder crudamente violento que avanzó impunemente sobre Navarro y la Argentina toda, que a la manera de esa fuerza anónima e incomprensible que no describe Cortázar en Casa Tomada, se impuso sobre las vidas de 30.000 incontables argentinos.
Y si recupero a Cortázar es con toda la intención de hacerlo. Entre quienes frecuentamos su escritura, bien sabemos que al momento de producir un cuento como aquel el tipo no estaba precisamente del lado de los trabajadores y de las causas populares y que las lecturas que tradicionalmente se propusieron del mismo patean más bien para otro lado. Más allá de todo, creo fervienteme que de cara a lo que nos espera el único camino posible es trabajar y reafirmar nuestro derecho sobre nuestra historia y nuestro pasado esgrimiendo todas las armas que el arte, la ciencia y la cultura de hoy nos ponen en las manos. Frente a esta coyuntura inverosímil que nos obliga a poner en debate como nunca el terrorismo de estado, nos corresponde hoy construir y transformar los nuevos y viejos caminos hacia el país que nos merecemos: uno más justo y consciente de las páginas de su pasado.
Por todo eso, pienso que el legado de Navarro es grande. Como militante, supo ponerse del lado más noble de la balanza hasta el último minuto y denunciar esa sombra militar que no tardaría en caer sobre este suelo, y que lamentablemente lo volvería en su víctima. Nuestra deuda con él es igual de grande, porque con su vida y la de miles se levantó un símbolo con el que hasta siempre pararnos del lado que corresponde, que es el de la memoria por lo que no tiene que volver, la justicia por los horrores cometidos, y la verdad para ver siempre con claridad cómo es la historia que nos envuelve y nos permite decirnos argentinos. Los símbolos, además, no se matan; conviven entre nosotros recordándonos que pese a nuestra mortalidad natural hay cosas que perviven más allá de todo lo demás. Es así que la obra de Navarro hoy sigue calando entre todos nosotros, y es así que también va a seguir haciéndolo cuando nosotros ya no estemos.
Que su causa judicial se haya desarrollado bajo la nueva gestión de LLA (y que haya sido la primera en hacerlo, incluso) no tiene que limitarnos a una victoria inmediata; debe mostrarnos cuál es el camino a seguir en lo que nos queda de estos cuatro años. Tiene que hacernos saber que la única respuesta posible a la incompetencia, la ignorancia y la crueldad es levantar bien alto a nuestros símbolos y a nuestras banderas. Pero sobre todo tiene que recordarnos que no es la tibieza ni el silencio lo que va a llevarnos hasta el final, sino antes la permanente memoria y el trabajo de todos por dejar bien en claro cuál es nuestro legado e historia. Y aunque haga falta hacerlo de a pasos muy pequeños, o aunque haya que hacerlo con toda la resistencia negacionista en contra, la consigna es clara hoy y lo va a seguir siendo indeterminadamente: fueron 30.000, las Malvinas son argentinas, y al genocidio de estado le decimos, de la mano de Orlando Navarro por hoy y por siempre, Nunca Más.
Estudiante de letras y proyecto de escritor. Es parte del colectivo de escritores Letras&Poesía, integrante del comité editorial de la Revista Rabiosa y miembro del Centro de Estudios Teórico Literarios (CEDINTEL). A veces se olvida de respirar.
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