por Alejandro Kosak
publicado el 10/09/24
Inquisición
“Y entonces descubren por fin la esencia del Simurg
en sus propios rostros reflejada; ya no son ellas mismas,
sino mucho más de lo que pueden comprender.
El Simurg es su destino, ellas son Él y Él son ellas,
y saben que su viaje las ha transformado.”
Farid ud-Din Attar, siglo XII
En el marco de un coloquio y conversación abierta¹, Enrique Butti atribuye a Kafka un carácter antitético, indefinido por acción propia; dice al respecto que lo que se afirma se niega y lo que se niega se afirma y que la escritura deviene bifronte, inclausurable, indeterminada. Jorge Luis Borges, lector entre lectores, observa de Kafka lo laberíntico, es decir, la persistencia de un motivo y su inescapabilidad, bajo un orden además estructuralmente infinito. Para nosotros, meros seres terrenos, quizá sea representativo lo transformacional, lo cambiante, inevitable o inobjetable a los individuos y razón por la cual Gregor Samsa es casi un ídolo, un animal espiritual.
La circunstancia de las fechas nos conduce a hablar de Kafka de manera expresa, y el objetivo de este examen es llegar a él partiendo de él mismo, quizá como la única manera de abordar una escritura que difícilmente conoce la clausura. La verdadera indagación a la que deberíamos llegar, ante todo e inquiridos por la obligación, es la del por qué su nombre bien parece resultar inevitable a la cosmogonía social moderna. Sin caer, entonces, en la laxitud de lo vanamente kafkiano (que es más síntoma de un proceso de lectura a medio hacer que de un factible axioma de las sociedades), lo cierto es que la realidad no puede evitar sentirse algo laberíntica, y he ahí el legado de Kafka: el de haber contribuido al molde de nuevas epistemologías y nuevas aproximaciones a la fenomenología interpersonal.
Este honor, sabemos, está reservado a muy pocos nombres; pienso en la revolución teológica del infierno dantesco y en sus círculos de cárcel punitiva y de poesía; pienso en la indivisibilidad de los motivos genéricos de la distopía del nombre de George Orwell, vueltos casi sinónimos; pienso -por supuesto- en el tiempo absoluto de lo borgeano y en cómo un puñal se transfigura en las múltiples formas del homicidio, pero siempre cometiendo el mismo crimen. A Kafka le aguarda un destino similar; urdidor de trampas institucionales, redactor de diarios a veces felices y de cartas al pater más bien crudas, a la figura del escritor checo parecería configurársele otra sombra: la de reunir en símbolos y emociones la mitología de un mundo moderno que detrás de él comienza a tomar sus formas.
¿Qué nos pasa hoy, a 100 años de su fallecimiento y a 141 de su natalicio? Sería más acertado preguntarse lo contrario, qué es lo que no pasó o lo que no esté pasando. Básicamente, el bicho samsariano que es el globo no dejó de transformarse, aunque incompleto, resiliente a la verdadera anomalía del cambio que le había tipificado en principio; una auténtica metamorfía. Argentina, de entre todos, es un caso tan claro como el agua, con un libertarianismo que nos atrajo de nuevo a la política institucional de la dictadura o los noventas y su reciclado de viejos postulados en lo económico y en lo social. Continentalmente, por otro lado, es día a día más evidente la rispidez entre facciones políticas, a las que la renovación generacional no hizo sino aportar también la renovación de sus axiomas; tendencia a su vez acentuada por la matriz genérica: las juventudes masculinas son cada vez más conservadoras mientras que las femeninas tienden en mayor proporción a la radicalización y al progresismo. Por si fuera poco, se recicla también la tradicional costumbre humana de inaugurar las primeras mitades de un siglo con guerras y genocidios en masa a lo largo de Europa, acompañado de uno que otro golpe de estado y/o autocracia latinoamericana. De nuevo, lo que se niega afirmándose y se afirma negándose mediante un panorama complejo y líquido que vuelve constantemente sobre sí mismo, rechazando nuevas dinámicas políticas mientras éstas luchan por ocupar los territorios que les corresponden o reclaman que les correspondan.²
Es por estas motivaciones y muchas otras que, en Kafka, la tradición lectora y crítica encontró las grandes claves significantes del siglo XX, abiertas en un nuevo paradigma epistemológico -como decíamos- donde la subversión, las aperturas y las sobrevivencias de los sujetos son su constante. Sin embargo, para notar lo inequívocamente intrincado de la realidad, no faltan además quienes dicen que Kafka es un observador nato de esta fenomenología emergente de lo social, o que Kafka la predice, se le adelanta. Ahora bien, que su escritura logre sintetizar claves políticas desde las que hacerle frente a un mundo que se agiganta a costa de los individuos, en el que las fronteras entre objetivo y subjetivo se difuminan y en el que la burocracia o los aparatos legales comienzan a confundirse con Dios, no supone necesariamente ese carácter. Si así fuera, toda su escritura no tendría otra virtud que la de la purísima futurología, reduciendo toda su potencialidad y originalidad a un mero golpe de suerte, que es lo mismo que a nada. ¿Traduce la literatura las cosas que pasan, las cosas que nos rodean? Para nada. La literatura es una forma de discurso motivado por sí mismo, indiferente; no existe para ella el tiempo ni el espacio, mucho menos nosotros. Bien lo ordena Adorno ya en su Teoría estética (1970) al decir, en esencia, que el arte es social y a la vez no, que lo artístico adquiere su impronta de lo que constituye el germen social, mas se aleja de este, instituyéndose en una propia determinación. Pero lo que sí es cierto es que a Kafka razón no le faltó para interesarse por todos estos inconvenientes para nada circunstanciales, porque incluso metamorfoseado el problema de base sigue ahí, casi inmutable.
Las dimensiones desde las que pensar a Kafka y las formas en las que su escritura interviene el paradigma total de la cultura son múltiples, casi tantas, es seguro, como lectores hay de su trabajo. De entre quienes le sucedemos (es decir todxs, incluídxs predecesores³) hay dos que aportan posiciones particularmente interesantes. Hannah Arendt (2002), primero, descubre acaso que lo peculiar del escritor checo está en haberse dado cuenta de que hablar de futuro, tanto en términos de coordenada como de horizonte de posibilidades, era más bien arriesgado a la luz del panorama que ya a principios del siglo pasado comenzaba a hacerse visible. La clave de lectura que propone descansa en un ”todavía no” de lo kafkiano, que advierte sobre una serie de formas posibles pero no las precipita. La potencia del artificio, inferimos, habría que encontrarla entonces en esa indefinición simbólica y característica de la que también hablara Butti, acompañada siempre de una forma literaria llana pero increíblemente eficaz; la tribuna de El proceso no es sugerencia del sistema judicial, ES el sistema judicial en su entereza y en su configuración más elemental, posibilitada por el lenguaje. No menos inspirado, Roberto Bolaño pone su atención en la dimensión de lo inevitable dentro de Kafka, pero no en su sentido laberíntico, sino en el humano. “Los viajes, el sexo y los libros -dice- son caminos que no llevan a ninguna parte, y que sin embargo son caminos por los que hay que internarse y perderse para volverse a encontrar o para encontrar algo” (1950; pp 72). Superados por cosas que quizá no terminamos por comprender, en ellas está la clave que necesitamos para cerrar el círculo; he ahí, quizá, la raíz de la escritura kafkiana.
Podríamos seguir enumerando lectores y sólo concluiríamos en que las posibilidades no se nos terminarían en el corto plazo; algo hay, en Franz Kafka, que nos motiva a ser inevitablemente kafkianos y a seguir volviendo a él, así que quiero acercar ahora mi conjetura personal: la circunferencia o un conjunto de pájaros pueden constituir, si nos lo proponemos, una reflexión sobre la divinidad, igual que el ajedrez. El truco, hecho de cartón, busca en secreto la metafísica. Para llegar a Kafka no necesitamos otra cosa que un conjunto de símbolos aún más cotidianos: nosotros mismos. Si su escritura logra la transformación cultural que logra, no lo hace únicamente a base del mérito de un mundo día a día más revolucionado, sino en principio porque revolucionada está -antes que nada- la humanidad. Los laberintos de El castillo y las intrincadas pesadumbres de El proceso (entre todos los otros) no existen como fenómenos individuales, es decir, no son manifestación del azar; son, por desgracia, obra de individuos que se transformaron en los institutores de su propia pesadilla. Así, el sistema relacional y circundante que lleva a la gente a convertirse en cosas que, en principio, no son, debe primero su condición de posibilidad a esa misma gente, con sus particulares condiciones de posibilidad. No por nada Kundera determina en Kafka la realización del proyecto surrealista; el final del siglo XIX y el principio del XX acercan a Kafka, fundamentalmente, la revelación de que se operó un cambio irreversible y de que hasta las más circunstanciales anécdotas pueden devenir en tragedia, la revelación de que los campos de la creación estética no tienen por qué distanciarse de la verosimilitud.
Supongamos entonces que salís de la escalera y te recibe la extensión del pasillo, que se alarga. La altura de los muros a tus costados, en principio indefinible, es de ladrillo en su materia, y estos se disponen en su manera misteriosamente geométrica, conectados, apilados, oprimidos. En alguna sala, que no podés definir, sentís la vibración de las vocales y consonantes de tu nombre, perdiéndose como vos ya estás, es seguro, perdidx. Caminás una serie de pasos, para después caminar otros tantos, y así alcanzar una de muchas puertas. ¿Hay diferencia entre esa puerta y lo que las puertas de un espejo o un sueño aparentan? No, probablemente no; tampoco las distingue la aritmética de su repetición. Después de golpear otra vez, pasás y no te atiende una persona, sino un traje, un código de vestimenta, que recibe el papelerío que sabés que no te interesa ni entendés. En momentos como éste se naturaliza otra forma del lenguaje, uno basado en omisiones y presencias, en números y órdenes secretos tan instituidos que ya son carne. Con una de esas señales te sentís habilitadx para irte, así que te vas, pensando en ese esquema y ajenx a las despedidas, así como a los saludos, de las pocas caras que te cruzás. Te fuiste y quizá nunca estuviste adentro. Podrías haber sido cualquier otra cosa y la diferencia al final sería indiferente, igual que pasa con quienes te precedieron y quienes te van a suceder. ¿Es disímil todo eso de tu casa, de ese lugar que conoce todos los hemisferios de tu sombra? Habría que dudarlo. Las horas son una cosa puntual segundo a segundo y sabés que vas a comenzar a urdir una decisión de decisiones que no te hacen diferente a nadie, donde incluso el ritual de un almuerzo no te aleja de un algoritmo, de una planificación minuciosa de las causas y consecuencias, pero sobre todo y ante todo de las secuencias y de las repeticiones. Otra vez vas a mirar el muro blanco con especial énfasis en el punto en el que se encuentran todos los finitos, mientras tu cuerpo activa por terquedad esa convicción de que las cosas se mueven, de que algo está efectivamente cambiando, aunque vas a preferir poder saber qué, algo que no te va a pasar. Porque nunca vas a estar solx, porque en cualquier momento va a llegar la notificación que va a sacarte de tu espacio, porque sos una espera constante y en permanente apertura a todo lo que pueda venir, y eso sí lo sabés.
Fijémonos que apenas una página nos alcanza y nos sobra para cifrar un código que conduzca a Kafka; quizá, no haya jamás nada tan real como esto que nos deja: la certeza de que el mundo, que es monstruoso, nos rodea, pero que por serlo y llenarlo nosotrxs lo somos incluso más. Que finjamos el olvido no nos exime de la culpa de encontrar laberintos donde sólo habitan nuestras sombras, y menos aún de todavía hacerlo cien años después de muerto el hombre.
Notas
¹Refiero a un coloquio sobre Kafka realizado en la Universidad Nacional del Litoral con motivo del centenario del fallecimiento del escritor. Ese día, 03/06/24, Butti fue disertante y abordó algunos caracteres de la escritura kafkiana.
²Nótese que las cosas siguen cambiando mientras escribo. En Inglaterra, ganó el partido laborista, mientras que en Francia una coalición política conformada por múltiples espacios ideológicos se sobrepuso a la ultraderecha.
³ Conocida es la tesis de Borges postulada en Kafka y sus precursores (1952). También prefiero, igualmente de su autoría, la paradoja de Lussich; precedido por la tradición, Kafka es determinado por ella a la vez que la determina.
Bibliografía
Adorno, T (1970) Teoría estética. Madrid. Akal
Arendt, H (2002) Diario filosófico 1950-1973. Barcelona, Herder
Bolaño, R (2003) El gaucho insufrible. Edición digital. Disponible en: Haz clic para acceder a Bolaño,%20Roberto%20-%20El%20gaucho%20insufrible.pdf
Borges, J.L (1952) Otras inquisiciones. Buenos Aires. Sudamericana
Kafka, F (1927) “Prólogo” en América. Relatos breves. Buenos Aires. Hyspamerica
Kundera, M (1986) El arte de la novela. Barcelona. Tusquets.
Williams, R (1977) Marxismo y literatura. Barcelona Península.
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Estudiante de letras y proyecto de escritor. Es parte del colectivo de escritores Letras&Poesía, integrante del comité editorial de la Revista Rabiosa y miembro del Centro de Estudios Teórico Literarios (CEDINTEL). A veces se olvida de respirar.
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