Deambular en una casa triste, entrar por una sala sin risas, pasar por la cocina fría, pasillos con grietas, manchaduras en la pared, mirarte en un espejo cuarteado y opaco antes de subir las escaleras; deambular más, cuartos vacíos, cuartos con restos de recuerdos, cuartos austeros, el baño con sarro, el espejo rallado, las camas vacías, la ropa tirada, closets vacíos, cajones con polvo, piso con polvo, la casa con polvo. Una casa enorme, enormemente vacía, desde que la muerte toco la puerta, ya nada ha sido igual. La casa de los juegos, de historias, de la navidad, de fiestas, de tradiciones, de vacaciones. Visitar “la casa” es una enorme nostalgia, y deambular por ella lo es aún más, subo las escales y las vuelvo a bajar, entro en los cuartos para saborear los recuerdos, el de mi abuela es mi favorito, pues ahí pasé la mayor parte de mi infancia, ahí surgían los relatos, ahí estaba la creatividad, ahí surgían las cosquillas, ahí siempre estaban las risas, ahí siempre estuve protegida. Moverme en un espacio de ausencia, donde solo quedan recuerdos, donde todo es blanco y negro.