Pequeña Negra Estrella
por: Kaat Vicious
Pequeña Negra Estrella
por: Kaat Vicious
Eran finales de octubre, en una de esas tardes que parecen ya más noches, en donde el cielo era de un azul oscuro y el aire era frío y seco, las pocas hojas de los árboles se balanceaban produciendo una lluvia de hojarasca, avisando quizá que la noche estaba ya a muy pocos pasos de caer…
Fuera del atrio de la gran iglesia, recargado sobre su brazo izquierdo a la antigua reja negra que aparentaba estar cerrada, se encontraba un hombre apoyado, fingiendo terriblemente mal una supuesta demencia, mientras echaba de reojo cada tanto una mirada nerviosa hacia todos los lados, con su tan particular apariencia conservadora, ropa de vestir formal y encima de su camisa, su clásico y distintivo chaleco de la lana color vino, sus zapatos café oscuro siempre bien lustrados y su gran bigote, mismo que delataba su amor por las ya extintas épocas de la Rusia comunista.
Entonces se escuchó el lento frenar de las llantas de un auto, de esas naves antiguas, grandes, pesadas, cuadradas, se detuvo bajo la sombra que le proporcionaba una pequeña arboleda y después de un breve silencio, emergió de las penumbras una chica joven, de tez claramente blanca y un semblante amable y cariñoso, aunque envuelta también en un misterioso nerviosismo, miró a su alrededor y tan pronto distinguió al hombre, caminó a pasos apresurados y procurando acercarse sin tomarle despistado, se acercó con cautela y le tocó suavemente el hombro.
Chica: Doctor ya he llegado!!!
Quién aun con el suave gesto, se sacudió de sobresalto, cómo si fuese un maleante a quien le han descubierto con las manos en el crimen.
Doctor: Vaya que susto el que me has metido maestra Lilia!!!
Maestra Lilia: Disculpeme doctor, no era mi intención….
Doctor: Entonces pasemos pronto que ya nos esperan….
El doctor puso su propio peso en el costado de si y empujó rápidamente la reja que tenía a sus espaldas haciendo obvio por un momento que siempre estuvo disimuladamente entre abierta, misma que cerró rápidamente una vez ambos entraron de lleno al atrio, el doctor entonces dio unos pasos y se sentó sobre el pretil de una jardinera con poca luz adyacente al portón principal de madera, mientras con señas le indicó a la mujer una pequeña puerta entreabierta de dónde salía luz.
Doctor: Yo espero aquí afuera, pero si requieres de mi ayuda puedes pedirmela en cualquier momento.
Tras asentir con la cabeza la joven mujer tragó saliva y empujó la pesada puerta para poder concretar finalmente a la misteriosa reunión que le suscitaba en aquella ocasión. Al entrar lo primero que destacaba a la vista era un extraño hombre alto, parado a la mitad de la capilla, casi calvo excepto por los laterales de dónde aun le quedaban mechones de cabello de un canoso color gris cenizo, una clara expresión mal encarada, enmarcada con su overol sumamente descuidado y roto, un par de botas de lo que parecía haber sido algún día piel color café claro ahora sumamente viejas y deslavadas.
Maestra Lilia: Disculpe vengo por lo del asunto de…
Sin dejarla terminar el malencarado hombre frunció el ceño y con voz ronca rezongo…
Hombre: Yo sé a qué viene, sígame y caminé sin tocar nada, me daré cuenta enseguida si osa robar algo…
La chica se encogió en brazos y apresuró el paso para poder seguirle, mientras que el hombre caminaba con gran rapidez a pesar de que por momentos parecía cojear ligeramente de un pie.
Después de llevarle por un oscuro y largo pasillo que parecía recorrer todo el largo de la parte trasera de la capilla, pararon de golpe frente a un pequeño cuarto vacío y claramente olvidado, lleno de objetos empolvados, un antiguo y sucio escritorio de madera que se encontraba arrumbado en una esquina de este mismo.
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