Necesito contar algunos aspectos sobre mi biografía para que se pueda entender el contenido y enfoque de las publicaciones y trabajos que se encuentran en esta página. Lo hago como un ejercicio de humildad. Mi visión de la reconciliación y la Justicia restaurativa viene teñida de mi experiencia personal y profesional. No es mejor ni peor que la de otros autores o facilitadores. Es, sencillamente, la experimentada por mí. Por tanto, lo que el lector va a encontrar en estos libros es una percepción subjetiva de la realidad. Y, por ello, necesito contextualizarla. Si en algo puede aportarle mi experiencia y reflexión, quedo agradecido por ello.
Ando en un tiempo de silencio. Tiempo de síntesis. Silencio como anhelo. Voy descubriendo en él un lugar interno privilegiado desde el que puedo observar la realidad y hacerme presente en ella. Desde la ausencia de palabras y de juicio mental, voy cayendo en la cuenta de que este es un espacio en el que el misterio se revela. Situado en él, aunque sea a ratos, intuyo la esencia de la vida allí donde se encuentra y la percibo como inabarcable e inagotable.
He intuido que no sólo en el silencio se manifiesta el misterio, sino también en el límite de lo humano; allí donde el fracaso personal y social pone los dos pies y enmudece a la razón. Quizás ahí, donde la mente racional ya no alcanza a encontrar explicación, el silencio y el misterio, primero se alcanzan y después se descubren. Lo he sentido con personas enfermas que afrontaron su muerte con entereza, con jóvenes que salieron del mundo de la droga y recuperaron sus vidas, también con los que quisieron y no pudieron y, así, continuaron arrastrando el sentido de su vida por los barrizales de los poblados donde comerciaban con aquella sustancia letal; con presos que, en condiciones extremas, supieron mantener su dignidad defendiendo sus derechos; lo he experimentado viendo el abrazo de una persona que asesinó y un familiar de la víctima; también cuando un inmigrante sin papeles, que se jugó la vida en la travesía por el mar, obtuvo después de años de clandestinidad su tarjeta de residencia. Lo he percibido en personas que piensan, luchan y se movilizan denunciando, no sólo la injusticia de las estructuras socioeconómicas que lanzan a la miseria a las tres cuartas partes de la humanidad, sino también la corrupción existente en una buena parte de las instituciones políticas nacionales e internacionales. Lo he sentido junto a quienes reflexionan con fundamento intelectual y compromiso social, en busca de formas de relación política, cultural y económica más justas e igualitarias, también, al lado de los acogen a otros, incondicional y de modo altruista, en sus casas físicas o emocionales. Lo he percibido en la gratuidad, en la bondad y al tiempo en la indignación, motivada, positiva y actuante.
Estos lugares vitales son los privilegiados, porque sus protagonistas, consciente o inconscientemente, son capaces de hacer movimientos internos de cambio profundo hacia la búsqueda de algo esencial que se manifiesta a través de ellos. Les permite descubrir la humanidad común más allá de una identificación única con las ideologías que, convertidas en un fin en sí mismas, separan, enfrentan, agreden y quedan sometidas a los intereses económicos que obligan a desmantelar la sanidad pública, la escuela pública y los servicios sociales. Se han reconciliado, aunque no enmudecido, ante la injusticia, la de su barrio o pueblo, pero también la que existe a nivel mundial. Así, no quedan atados por la vinculación a su identidad nacional, sino que abren sus fronteras a la humanidad entera. Siguen presentes en la realidad con ideas y acciones por el cambio ecuánime, por el comercio justo, por la denuncia del sinsentido y el horror de las guerras. Han tomado el camino de retorno al corazón. Por ello, quien es capaz de aproximarse y logra acercarse hasta ahí, percibe la realidad con una sutil y profunda diferencia; parece que ve más lejos y vislumbra más hondo. Pero esto no puede percibirse sólo desde el análisis mental, el pensamiento o el conocimiento, porque será enjuiciado, analizado y muy probablemente banalizado. Sólo puede intuirse desde la experiencia y la observación de esta apertura silenciosa a un misterio: el del corazón.
Cuando experimento la percepción de la vida desde el silencio al que voy aprendiendo a llegar y, lo que es más difícil, a permanecer, se me presenta un impulso que no es mero instinto, a la acción adecuada, no a la reacción automatizada. Aparece la aceptación y comprensión por los errores, propios y ajenos, para dejar paso a otras oportunidades. Aunque en este tránsito la paz suele ser compañera de camino, ésta no provoca una autocomplacencia que lleva y conlleva a la inactividad. Aunque aparece la serenidad, ésta no conduce al aburguesamiento. Aunque me invita a evitar juicios sobre conductas ajenas, no implica la justificación de todas ellas, ni incluso la autojustificación. Me impulsa “a hacer” desde la no violencia, desde la búsqueda de la verdad entre los intereses que la ocultan; me insta a la incesante tarea, desde el respeto y la tolerancia al que piensa distinto; y me empuja a ser beligerante con las actuaciones de las instituciones y estructuras sociales, políticas y económicas que, en su normal y cotidiano funcionamiento, conculcan o niegan la libertad, el alimento, la igualdad y la dignidad de seres humanos. El silencio, incluso, me ha permitido sostener las situaciones de aparente fracaso. Digo aparente, porque detrás de cada fracaso puede descubrirse a una oportunidad ignota y impredecible de efectivo aprendizaje y auténtico crecimiento.
Desde este lugar interior que a mí, personalmente, se me revela como profundo, no soy capaz de apreciar una distancia que me separe o distinga del resto de seres humanos. Me siento unido, vinculado y próximo a ellos y, por tanto, su “suerte” no me es ajena. En ocasiones me es tan cercana que pareciera familiar. Desde esta horizontalidad interconectada he aprendido la sutileza e importancia de la gratuidad y el altruismo. Dar y regalar sin esperar nada a cambio, pero cuando lo ajeno viene como regalo, ser capaz de aceptarlo.
Es por ello, que después de 30 años de acompañar personas en situaciones humanas y sistémicas de conflicto he decidido compartir los libros y documentos que he ido escribiendo. Reflejan los aprendizajes que he experimentado, asi como mi evolución personal.
La reconciliación es, para mí, una experiencia de integración personal de mis contradicciones mentales y de mis impulsos naturales; de acogida de mis partes sanas y heridas, propias y ajenas –tolerancia–; de aceptación de mi realidad, que no es sinónimo de conformismo, sosteniendo desde el elocuente silencio lo que en cada momento aparece en mi mente interna y en la realidad externa del mundo que habito a diario; de desprendimiento no sólo de la imagen de mi personaje que tanto somete y esclaviza, sino también de las cosas materiales superfluas, que lo son en su mayoría de las que creo imprescindibles; de denuncia de las estructuras que generan sufrimiento; de cultivo del silencio y de la tierra. La propia y la de todos, sin fronteras.
La reconciliación necesita la despedida de mi pasado, que no equivale a olvido. Precisa cerrar la puerta a cada etapa vital, pero sin salir de cualquier modo, sino que, sólo después de agradecer e integrar el aprendizaje vital por lo experimentado, haya sido positivo, divertido, creativo, o doloroso, en todo caso duramente intenso. Exige abandonarme a la confianza de la vida, que no supone renunciar a planificar ni a soñar. Estoy aprendiendo a hacerlo desde la intuición que aparece en los momentos de conexión con lo más profundo, lejos de la mente analítica. Siempre fui acompañado, por no sé por qué, ni por quién, entre los barrancos y las llanuras, y de todas salí, más o menos herido, más o menos satisfecho. En todo caso, con el paso del tiempo, siempre agradecido.
Mi experiencia de estos años ha sido parcial y limitada. Ha partido del encuentro personal con la gente que sufre, con su parte más quebrada y destruida, con el lugar donde habita el miedo, la incertidumbre y la violencia, y ahí, justo ahí…. he encontrado la lealtad, la verdad, el cariño y el enorme potencial para la pacificación interna y externa. En ese lugar privilegiado, tanto social, como personal, descubrí algo profundo de mí: la capacidad de compasión. Lo percibo como un sentimiento que va más allá de la empatía, y que se vincula desde algo más profundo y común que nos une a todas las personas: la naturaleza humana. Y no han sido pocas las veces que ese sentimiento me ha revelado la existencia de Dios.
En este camino vital me siento profundamente agradecido por haber tenido la intuición y la fuerza interior para iniciar todo tipo de acciones destinadas a intentar aminorar sufrimientos y violencias, las propias y las de otros, dentro de mi parcela profesional: el estudio académico y la práctica profesional y vital en el sistema penal y penitenciario. No me considero protagonista de los objetivos que se hayan podido alcanzar; únicamente puedo afirmar que he sido, al menos hasta hoy, un instrumento de una causa, de un milagro, más grande que yo, posiblemente inabarcable. Y, cuando he aparecido, “yo”, con un personaje construido desde los aplausos o, por el contrario desde el repudio social o la incomprensión institucional –admirado por unos y repudiado por otros– apareció el orgullo, tantas veces envoltorio del miedo. Con ellos, todo dejó de fluir, como un río que se seca. Para retomar el caudal he tenido que aprender a desasirme de forma continua de una imagen construida, para que la vida, Dios, o el nombre que cada uno tenemos asignado, continúen acompañándome.
Y así, aparecieron, se hicieron presentes, los amigos, como verdaderos dones y tesoros que, en cada momento, necesité. Ellos me sostuvieron. Me acompañaron como compañeros de fatigas. Aparecieron los maestros en vivir, que no en conocer, que me ayudaron a interpretar el siguiente paso. Pero no sólo. He aprendido de la necesidad del trabajo compartido y colectivo. He repudiado la imagen del autosuficiente y aún del autodidacta. Lo cual no ha sido contrario a mi tendencia a ser individualista, aunque siempre acompañado. Con su presencia cercana aprendí que, con los otros, la fecundidad es siempre mayor. La vulnerabilidad física y emocional, por un lado, y la humildad de ver cómo existen amigos que pueden enriquecer, enriquecerme y enriquecerse de las tareas compartidas, me han llevado a ver, y comprobar, la necesidad del concurso de los demás. Así, mis últimos proyectos, siempre se han proyectado y ejecutado como colectivos. Y alcanzada esta convicción tengo para mí, que no hay ya vuelta atrás. Uno y uno no son dos, sino más, aún diría que muchos más.
He aprendido no sólo a respetar, sino a enriquecerme de lo valioso que cada persona aporta en función de su carácter y el tiempo vital en que se encuentra. Cada uno somos distintos y cada sutil o abrupta diferencia permite desempeñar una tarea u otra; pero incluso, en cada momento vital, las opciones cambian. Esta pluralidad y dinamismo permite dar respuesta a este “mundo” cambiante y polifacético. Lo único necesario, en mi opinión, es que las decisiones que individualmente se tomen, tengan su origen en un periodo no de reflexión mental, sino de silencio. Es frecuente que una parte de la mente haga el juego al ego y su necesidad de supervivencia y reconocimiento social. En cambio, el silencio, al menos a mí, me conecta con mi identidad más profunda. Voy aprendiendo que la prueba de que una decisión está bien tomada aparece cuando me enfrento a la soledad; cuando me expongo al desierto en el que desaparecen no sólo los aplausos ajenos o propios que me convierten en personaje, sino también las críticas que en ocasiones me revalorizan porque pareciera que me dan una imagen de autenticidad. Y en este desierto, cuando aparece una sensación de tranquilidad, es cuando intuyo que la tarea que tengo por delante es la que tengo que hacer. Desde este espacio, cualquier decisión será innovadora, pacífica, transformadora, creadora de espacios de reconciliación y diálogo, humana y respetuosa con los otros.
A continuación, describo las tareas a las que me he dedicado estos años y que me han servido como guía de aprendizaje:
He convivido en mi casa con más de un centenar de personas con dificultades de drogadicción, marginación, enfermedad, pobreza, inmigración irregular; las sostuve y me he sentido, sin retórica, sostenido por ellos. Desde ahí he sentido lo que es la vida en los límites de lo humano. Compartir codo a codo la impotencia de las recaídas en la droga y el fracaso que conllevan, y a pesar de ello seguir confiando; la apuesta incondicional por quienes marcharon de casa huyendo del futuro en paz y de sus propios miedos y heridas, para intentarlo nuevamente; los ingresos en la cárcel y su dolor; el intento de inserción en la sociedad de estas gentes y los enormes obstáculos personales y sociales que lo dificultan; la escucha y el trabajo personal con quienes necesitaban dialogar con su propio pasado y el reencuentro inevitable con las experiencias de abandono y maltrato; el acompañamiento en las fases últimas de la vida de tantos enfermos amigos; el intento de aliviar la culpa de quienes fueron capaces de asumir la responsabilidad personal por el daño causado por los delitos cometidos; la alegría de la fiesta por celebrar cumpleaños, salidas de la cárcel, reencuentros…
Y entre estos mimbres aprendí que, al menos en mí, preferentemente la humildad, la gratuidad –el sueldo de profesor siempre me ha permitido compartir la vida de esta forma; sin subvenciones, también una de las casas en las que vivimos nos la dejó la compañía de Jesús durante más de diez años–, la horizontalidad y la incondicionalidad, permiten entender el significado profundo del servicio.
Relaté mis primeras experiencias en tres libros que publicó la editorial Salterrae. Vientos de libertad y Quince historias ocultadas y Arando entre piedras.
He estudiado e intentado profundizar en el inabarcable campo del Derecho Penal y lo utilicé como instrumento para defender, en justicia, a muchas personas en los juzgados y tribunales, así como en los centros penitenciarios. Este Derecho delicado y complejo, que penetra en las fibras íntimas del ser humano y trata de enjuiciar y reprimir sus conductas reprobables, ha sido la principal herramienta en mi dedicación; ella me ha permitido acercarme a la gente, y moldearlo, estudiarlo, reflexionarlo, llevarlo más allá de sus propios límites interpretativos para que quienes lo aplican sean capaces de ver la humanidad en los destinatarios. Años de asistencias a juicios y de visitas semanales a cárceles para asesorar a presos.
Escribí algunos libros y artículos sobre Derecho Penal. Todo lo he hecho o, al menos, intentado hacer, con vocación de servicio. Mi tesis doctoral (1992) intentó ser una reflexión sobre la no incriminación penal de los menores infractores. En 1993 comencé la escritura de un libro: Manual de ejecución penitenciaria: defenderse de la cárcel –edit. Colex– que hoy se encuentra en la sexta edición –enriquecida con las aportaciones de compañeros amigos (Txabi, Esther, Eduardo, Pedro, Pepe, Josito, Manolo) y se ha distribuido en estos diecisiete años en que ha visto la luz entre la mayoría de las personas encerradas para que pudieran aprender sus derechos y supieran defenderse.
En otras ocasiones, el trabajo fue de investigación con otros compañeros –Pedro Cabrera, Manolo Gallego, Josito– encaminado a descubrir y hacer visible las condiciones de vida de los presos para que fueran en alguna medida transformadas: en esta línea, Mil voces presas en 1998, Mirando el abismo: la vida en los departamentos cerrados , en 2003, o la más reciente: Andar un kilómetro en línea recta: la cárcel del siglo XXI que vive el preso (los tres publicados por la editorial de la Universidad Pontificia Comillas).
En 2000 apareció una inquietud y una apuesta. La inquietud vino provocada porque después de estudiar y trabajar en el sistema penal desde la perspectiva descrita, había conflictos que no eran superados por este sistema que, aun siendo necesario, era y sigue siendo intensamente violento. En la mayoría de los casos, ni a quienes defendía les responsabilizaba y, en cambio, los arrojaba a una experiencia de dolor, la mayor parte de las veces, innecesaria e ineficaz. Y a las víctimas, las dejaba abandonadas en sus miedos, impotencia, incomprensión y dolor. La apuesta fue intentar incorporar algunas claves propias de estrategias no violentas.
Para ello organicé con numerosos compañeros de colectivos sociales una primera experiencia. Se trató de un trabajo de investigación en los departamentos de aislamiento de las cárceles para ver si la disminución de la respuesta violenta del preso encerrado y aislado veintiuna horas en estos lugares, podría dar lugar a una progresión en el régimen de vida que les diese más libertad y les reconociese más derechos. En este sentido, después de contactar con los responsables de la administración penitenciaria se nos autorizó a visitar a todos estos presos (en ese momento alrededor de 200 en más 15 cárceles) para aportarles algunas informaciones sobre claves de estrategias de no violencia: la verdad, el reconocimiento del “otro” como ser humano, el autocontrol y el valor de la dignidad.
Después de tres años de trabajo, los resultados de esta campaña -que denominamos “no violencia y libertad”- obtuvo sus frutos y cumplió sus objetivos que fueron publicados en el libro anteriormente reseñado: Mirando el abismo.
El descubrimiento del valor esencial de la escucha, el dialogo y el perdón, me dio pie para dar iniciar otra experiencia en el sistema penitenciario. Consistía en crear un escenario que permitiese el diálogo entre presos que habían tenido disputas violentas y que habían generado sanciones graves. Redacté un proyecto (junto a Esther y Alfonso), lo presentamos a la Directora General de Instituciones Penitenciarias y organizamos un equipo de trabajo para iniciar en la cárcel de Valdemoro la experiencia de mediación penitenciaria. Comenzamos en los patios de los módulos, y hoy, ocho años después esta historia, continúa dando sus frutos en una decena de cárceles. Escribí –junto a Esther y Alfonso, al que luego se incorporaron Josito, Paqui y Txabi)– un libro publicado por la editorial Colex: La mediación penitenciaria (1996). Paralelamente comencé junto a otros compañeros otro proyecto sobre mediación entre víctima e infractor en los juzgados penales. Con el apoyo del Consejo General del Poder Judicial y gracias a la participación de numerosos profesionales de la mediación y de asociaciones se ha logrado que este sistema de gestión de conflictos se instaure en más de 120 juzgados en toda España. Una vez sentadas las primeras experiencias y realizadas las reflexiones jurídicas pertinentes, sólo queda que esta institución se incorpore a la legislación procesal en el futuro. Toda esta experiencia quedó redactada en el libro La mediación penal y penitenciaria editorial Colex 2009.
Desde 2011, he facilitado con otros compañeros mediadores, procesos de justicia restaurativa entre personas que habían pertenecido a ETA y víctimas de sus atentados. En el año 2021/2022 retomé estos encuentros en delitos de terrorismo en el centro penitenciario de Logroño y, en la actualidad, en prisiones del País Vasco. También he facilitado encuentros en víctimas y agresores del GAL y de los atentados del 11.M.
A su vez desde 2019, facilito encuentros restaurativos entre víctimas y agresores de delitos de abuso sexual cometidos en el seno de la Iglesia Católica. En este tema, formo parte de la Comisión asesora en el encargo que el parlamento ha hecho al Defensor del Pueblo para la elaboración de un informe sobre el estado de la cuestión.
Parte de esta experiencia y sus aprendizajes se encuentran en los libros Biografía de la reconciliación. Palabras y silencios para sanar la memoria. Comares. 2021. Y Relatos de reconciliación entre víctimas y agresores en procesos de justicia restaurativa. Comares, 2021.
Con la experiencia vital de las labores expuesta me he enfrentado al reto, cada día renovado, de impartir clases de Derecho penal en la Universidad, desde 1994. Mis clases se hacían tributarias y estaban imbuidas de toda esa rica experiencia personal y profesional. Ello ha permitido devolver a la Universidad, a través de sus alumnos, la experiencia aprendida fuera de ella. También he impartido numerosos cursos a Jueces, Fiscales, Abogados y Asociaciones en lo que he pretendido transmitir las claves de todo aquello que he ido descubriendo e intentado transformar. Tengo que agradecer a la Universidad Pontificia Comillas la confianza que depositada, permitiéndome, y fomentándome, realizar la tarea investigadora descrita.