Baffi no fue un perro que simplemente “llegó” a nuestra vida.
Fue un sueño que yo pedí.
Cuando nos cambiamos de casa, mis papis me prometieron que tendríamos otro perrito. Íbamos a tener más espacio. Yo estaba ilusionada. Emocionada. Ese perrito iba a ser mío. Y esta vez no lo tendría que compartir con mi ñaña (típico de hermanos). Osito, nuestro french poodle blanco, era su hijo.
Ahora era mi turno de tener el mío.
¿Y por qué no seguir el manual no oficial de reglas hermanales y escoger un perrito totalmente opuesto?
Era buena idea, así contrastaban como ying y yang.
Decidido: un Scottish Terrier negro sería.
Y al que se opusiera… igual no se le haría caso.
Porque lo testarudo también lo heredó de su mamá.
Y su nombre, obvio, lo elegí yo: BAFFI
Bueno… ese no era su nombre completo.
Como buena madre latina, su nombre tenía que parecer una lista de compras del super para ser digno y aprobado. Así que respiren hondo antes de leerlo (y sí, obligué a toda mi familia a aprendérselo de memoria):
Baffi Coccolato Pichilingo Junior Mustafá Velocirraptor Gus Gus Denisovich Sehenswürdigkeit Unabhängigkeitserklärung
Se preguntarán qué son tantas palabras sin sentido y bueno... la mitad de ellas me las inventé y la otra mitad ni yo lo sé.
Pero bueno, la más importante sí:
Baffi
Bigotes en italiano
Mi señor Bigotes
Y le quedaba perfecto.
Tenía unos bigotes rojizos que resaltaban entre el color negro de su pelaje, como si Dios los hubiera pintado con cuidado.
Y el día 11 de marzo de 2015, Dios lo envió a la Tierra y me permitió conocer y tener el honor de ser madre de una de sus mejores almas peludas por 10 años.
Durante 10 años fue parte de cada rutina, cada celebración y también de los momentos más difíciles que atravesamos como familia.
Era feliz.
Alegre.
Juguetón.
Caminaba con saltitos, con su colita parada como un lápiz orgulloso, moviéndola como si el mundo fuera un lugar seguro.
No le gustaba bañarse.
Y cada vez que lo bañábamos, no esperaba ni un segundo para revolcarse en el piso y ensuciarse de nuevo.
Decíamos que le gustaba “oler a chivo”.
Pero como buena madre yo decía que olía a rosas.
Y mi ñaña añadía: “pero podridas”.
Dormía chueco, todo torcido, en posiciones imposibles que parecían desafiar la anatomía.
Se sentaba en el sofá como humano, erguido, serio, como si necesitara un descanso tras un día agotador en el trabajo.
Le encantaba perseguir catzos voladores y se los comía como si fueran premios gourmet.
Robaba la comida de Osito esperando estratégicamente a que se le cayera algo, porque siempre fue glotón y al igual que su madre, para él siempre había espacio para el postre.
También heredó de mí el gen de la impaciencia, así que cuando sonaba el teléfono y su familia no contestaba rápido, procedía a aullar en notas que ni Mariah Carey lograría alcanzar.
Demandaba, como buen rey de patas cortas y personalidad exigente, ser levantado para reposar en su trono (osea nuestra cama).
No le gustaban las muestras excesivas de cariño. Se quedaba petrificado cuando lo abrazábamos. No había duda de que ese era mi hijo.
Baffi era un perro fuerte e independiente
pero su AMOR se notaba
en las acciones y detalles sutiles de la vida
Esperaba a su abuelita en la cocina hasta que terminara de comer o lavar los platos.
Alegraba los días de trabajo de su abuelito, acompañándolo en el estudio y una que otra vez interviniendo en sus reuniones.
Demandaba con insistencia y voz potente que su tía compartiera con él su desayuno.
Cuidaba y dormía junto a Osito cuando ya estaba viejito.
Saludaba con alegría a todos: familia, conocidos y desconocidos.
Tía, Osito, Abuelita, Abuelito, Mami y Baffi
Durante 10 años nos enseñó lo que es la lealtad sin condiciones.
Su mirada transmitía algo difícil de explicar:
Una mezcla de alegría, ternura, pureza y paz que nos hacía recordar que todavía existen almas buenas en este mundo.
Porque él era una de ellas.
Una que fue arrebatada de este mundo de una forma cruel.
Una que todavía tenía mucho más amor por dar, más juguetes con los que jugar, más lugares por conocer, más lecciones de vida que impartir y más almas que tocar.
Una que, el día 26 de diciembre de 2025, tuvo que despedirse de este mundo y dejar a su familia sin un último beso ni abrazo.