El Aprendizaje Basado en el Juego (ABJ) se sustenta en una concepción del aprendizaje en la que el juego no es únicamente un recurso motivador, sino una herramienta pedagógica central para el desarrollo integral del alumnado. Esta perspectiva encuentra respaldo en autores clave como Pepe Pedraz, Imma Marín y Johan Huizinga, quienes coinciden en situar el juego como elemento esencial en el desarrollo humano y educativo.
En primer lugar, desde la obra Aprender jugando, Pepe Pedraz defiende que el juego favorece un aprendizaje significativo al implicar al alumnado de manera activa, emocional y cognitiva. A través del juego, los estudiantes no solo adquieren contenidos, sino que desarrollan habilidades como la resolución de problemas, la toma de decisiones y el pensamiento estratégico. El juego genera un contexto seguro donde el error se percibe como parte natural del proceso, lo que incrementa la participación y reduce la ansiedad ante el aprendizaje.
Por su parte, Imma Marín, en ¿Jugamos?, enfatiza el valor del juego como experiencia vital que promueve el desarrollo de competencias clave. Marín destaca que jugar implica experimentar, explorar, cooperar y comunicarse, elementos fundamentales para el aprendizaje competencial que propone la LOMLOE. Además, subraya que el juego permite atender a la diversidad del aula, ya que ofrece múltiples formas de participación y facilita la inclusión, respetando los distintos ritmos y estilos de aprendizaje.
Finalmente, la obra Homo Ludens de Johan Huizinga aporta un fundamento antropológico al ABJ, al considerar el juego como una manifestación inherente a la cultura humana. Según Huizinga, el juego es anterior a la propia cultura y constituye una actividad libre, reglada y con sentido propio, en la que se desarrollan estructuras sociales, simbólicas y cognitivas. Desde esta perspectiva, integrar el juego en el aula no es una innovación superficial, sino una forma de alinear la enseñanza con la naturaleza lúdica del ser humano.
En conjunto, estas aportaciones justifican el ABJ como una metodología que:
Favorece la motivación intrínseca del alumnado.
Promueve aprendizajes significativos y duraderos.
Desarrolla competencias cognitivas, sociales y emocionales.
Genera entornos inclusivos y participativos.
Conecta la escuela con una dimensión esencial del desarrollo humano.
Por tanto, el uso del juego en el aula no debe entenderse como un elemento accesorio, sino como una estrategia didáctica fundamentada, coherente con los principios pedagógicos actuales y con el desarrollo integral del alumnado.