Desde los tres años, edad en la que terminé la figura humana de un patrón de moda de los que hacía mi madre, han ido germinando en mí intermitencias artísticas que, según la época, podían manifestarse en evidencias gráficas o no y que por sí solas han ido evolucionando y madurando al son de mis años, sin entrenamiento específico. Algo así como que mis cualidades artísticas no se ejercitaban pintando sino por el entusiasmo que ponía en la resolución de lo que la vida iba deparando en cada momento. Cambiar un pañal, arreglar un grifo que gotea, el estucado de una pared antigua, unas tablas de multiplicar que no se aprenden… Alguna parte de mi cerebro se encargaba del resto. Así he ido aprendiendo a pintar y me he sorprendido por ello.