El óleo ha sido mi gran reto siempre. Un gran lienzo blanco me suponía una gran pelea conmigo mismo. Tras el esfuerzo del inicio, superando la inercia paralizante de la inmensidad blanca, armado con pinceles, comenzaba el duelo tratando de ganar contactos en el cuerpo de mi adversario… Comenzaba a sentir la batalla ganada conforme los colores me iban protegiendo de esa fría pared pálida… Siempre era lo mismo. La euforia se iba desatando cuando el combate dejaba formas pigmentadas que prometían una victoria que se insinuaba a lo lejos… Y aquí llegaba la parálisis de la última lucha. Las manos esperaban ansiosas las órdenes precisas: el batimiento de pinceles, ligamentos de pinceladas, la presión acertada de los pelos ejecutores… Pero no había órdenes… Otro cuadro a medias que guardar en la oscuridad de ese armario que difumina las derrotas como proyectos sin acabar en espera de… la nada.
No salen todas