Muchos de los tatuajes esconden historias realmente impactantes desde lo más simple como rupturas amorosas hasta sucesos como muertes o abusos que realmente pudieron haber trastornado al sujeto.
Sin saberlo, al tatuar nuestra piel con cualquier símbolo o imagen que nos guste, estamos aliviando un malestar psicológico, recordándonos a nosotros mismos que tenemos el control de nuestra vida, nuestras elecciones y las decisiones que tomamos. Alguien que posee un tatuaje tiene una autoestima bastante saludable, sabe cómo superar los traumas de su vida y sobre todo, aprende de esas experiencias.
Entre los lugares más comunes para tatuarse están: la ·espalda· (sitio que normalmente se asocia con cargas emocionales y el miedo a tomar decisiones), los ·brazos· (que hacen referencia a objetivos o metas en la vida, hechos elementales a tomar en cuenta para la acción), el ·pecho· (tiene una relación directa con las emociones, funge como una insignia de quien se es, recordatorio de situaciones dolorosas) y las ·manos· (normalmente refleja deseos de auto control, dominio y poder). También hay zonas que no son tan usuales como el ·rostro o la cabeza·, que podrían estarnos hablando de alguien que realmente necesita definir su identidad, puede ser rebelde o ir en contra de la corriente, incluso puede llegar a cometer delitos.
Sin embargo, con el paso de los años, la expansión de nuestras ideas y de la cultura, este acto se contempla más como un Arte y una expresión de nuestra personalidad que es digno de apreciarse, sobre todo porque sabemos que detrás de ese grabado se oculta el dolor o la salvación de una persona.
Es una forma de las tantas formas que existen de identificarse con algo, pertenecer a ese grupo de personas que defienden su derecho a expresarse con su cuerpo y de este modo otorgarse a sí mismos una manifestación terapéutica saludable.