El aire se sentía cargado aquella mañana. Una mezcolanza extraña rondaba la casa, pero nadie le hacía caso, ya que todos estábamos contagiados de felicidad, solo yo sentí aquel viento. La niña cumplía su décimo quinto año, y para nosotros los latinos, es una fiesta que debe durar meses en planificación, para disfrutarse en un solo día.
Recuerdo como mi hija decía en cada cambio de vestido, o viendo la cristalería, me repetía envenenadamente: «quiero algo sencillo»; pero yo, quería que ella tuviera ese legado: la importancia de cumplir los quince, no es un acontecimiento sencillo, era un hecho de literalmente tirar la casa por la ventana. Debía pasarlo a sus hijas cuando las tuviera, como un legado familiar.
Me sacudí aquel recuerdo cercano y continúe con los preparativos. La mesa de los dulces, el bizcocho, todo estaba combinado al limoncillo y a rosa pálida. Esa hija mía buscaba aquello que le hiciera crecer, avanzar y aprender, y todo lo que era ella, se conjugaba hasta en los colores que elegía.
Tenía muchas manos familiares ayudándome. Por un lado, una prima se había llevado a la niña para arreglarle el pelo y maquillarla; la tía, colocaba los globos en un arco detrás del bizcocho. Sus primos, cargaban las bocinas, preparaban las mesas y la abuela, colocaba los adornos en ellas. Los más chiquitos veían desde el alto, la azul piscina que les esperaba si seguían con su buen comportamiento. El sol estaba cálido, y la brisa auguraba una mañana exentas de lluvias.
Habíamos terminado con todo a las 10:00 a.m., y como si se hubiese abierto un dique que retenía más agua de lo acostumbrado, llegaron los invitados a la fiesta. Uno que otro se quejaba como de costumbre de porqué era fuera de la ciudad, y otros de si ya podían disfrutar de la piscina. Todos se divertían, mientras, mi hija no llegaba.
Me había escapado de la multitud, para irme al baño trasero y ataviarme el vestido, y maquillaje. Mi esposo, ya estaba listo recibiendo a los invitados.
Comenzó de tanto en tanto la ansiedad a treparse en mi sien, y se anidó como un ruido extrañó en mi pensamiento que me erizó el corazón. Ellos me obligaron a ver aquel reloj que marcaba las 11:15 a.m. en el lugar, comencé a cuestionarme al salir de aquel baño: «¿dónde está mi hija?».
Preguntaba, pero nadie la había visto. Llamé rápidamente a aquella prima que se la llevó a maquillar y arreglar, pero no tomaba la llamada. La impaciencia me atragantaba. Mi esposo me observaba desde lejos, viendo las travesías que hacía con el teléfono, de la oreja al ojo. Mordió sus labios, y entró una de sus manos en los bolsillos para aparentar, y con la otra, me hacía señales que no respondí. No tuvo más remedio que acercarse, e infectarse de la misma ansiedad al escuchar las palabras que nuestra hija no ha llegado. Él, salió en el vehículo para buscarlos en el camino; yo, recordando el aire amargo que sentí en la mañana, me sentenciaba la frase que nada estaba bien. Observaba alrededor, todo parecía estar en su sitio: las mesas, la familia disfrutando del banquete, las fotos en las mesas o por las demás decoraciones; lo que no estaba bien, era quien no estaba allí, mi hija. Mis ojos se pincharon y me obligaron a huir de la fiesta al baño que muy bien conocía mi desnudo cuerpo minutos atrás. Seguí insistiendo en aquella infructuosa llamada. Me calmé con el sedante de los creyentes, aquella oración que se levanta en el corazón de una madre angustiada. Me tragué aquel amén haciendo la señal de la cruz, creyendo a donde había depositado todo lo que pedía, y reprendí aquel augurio que una vez me dijo mi madre que teníamos las mujeres, ese sexto sentido que no sirve para nada más que para punzar la médula. En eso, el teléfono comenzó a sonar, y con temor respondí a mi esposo. Dictaminó como encontró a la prima y a mi niña rodeado de ambulancias y policías. Ambas habían sido trasladadas al hospital. No pude salir de aquel baño. Sentía que había perdido algo, pero no era mi hija, ella estaba bien. Había perdido lo más importante. Su deseo era algo sencillo, y pudo más mi legado, que su aspiración.
Elena mordisquea su labio inferior cuando suele estar concentrada en cualquier cosa. En ese momento, revisaba el móvil con cautela. Debía saber cuáles fotos borrar o pasar al computador. Hace unos días, precisamente cuando estaba en el café con Marcos, se hicieron la foto de aniversario de los padres de él. Ese espacio con el fondo de flores que tanto le gustaba a su suegra, fue el escenario para captar el momento. Desde ese día el aparato le avisaba que estaba muy saturado. Así, que debía borrar algunas de las cosas que tenía, entre ellas, fotografías.
«Era un momento decisivo» pensaba. Porque no solo tenía fotos con Marcos, su novio, sino también todos los vídeos que le había hecho a su madre previo a su muerte.
Recordaba cómo estaban viajando juntas por última vez. Desde que le habían descubierto el linfoma etapa final, su madre no quería estar en un centro de atención a pacientes de cáncer, quería bañarse en las aguas de Thermisia. Un deseo que Elena le cumpliría.
Elena sabía que su madre como historiadora que era había estudiado toda su vida eso lugares de importancia para la civilización, y sabía, que ella lo había hecho con el énfasis de algún día visitarlos.
«Quiero asustarme con las carreteras zigzagueantes de la Grecia moderna», recuerda que su madre le repetía esa expresión. Entonces no, ninguno de los videos o fotos de ella debían ser borrados del móvil.
En eso, el ventanal frente a su cama donde se encontraba, se escuchaban unos picotazos. Observa con atención, y ve como un jilguero americano tocaba repetitivas veces el cristal. Olvidó por un instante el problema de su celular, así que lo toma y trata de hacerle una foto, mientras que el aparato recita el mensaje que la detuvo hace unos instantes atrás: no hay espacios.
Como diseñadora, una de sus grandes inspiraciones siempre ha sido la naturaleza. Había ganado la fama gracias a sus creaciones minimalistas, coloridas y llenas de vida. Por eso se lamentaba que no pudo tomar esa foto del ave en su ventana. Al mismo tiempo, esta interrupción le alerta de la hora. Solo faltan dos horas para la llegada de él, Marcos.
Se dispone a seleccionar su ropa. Luego, dejando la prenda en la cama, se orienta a tomar una ducha, y mientras se dirige al baño con el móvil en mano, verificando otra vez que fotos puede borrar. Allí ve la de su último cumpleaños. Era lo mismo, Marcos como de costumbre no le había hecho nada especial, solo reunirse en unos de los bares de Georgia, al cual no habían ido, y apiñarla con amigos de él, y pasar el rato. Allí vio varias fotos que borrar. Mientras pulsaba el delete, veía su rostro aparentando. Disimulando que a un mes de la partida de su madre, el mundo seguía girando y ella lo estaba recorriendo. Pero a pesar de todo, les hizo frente a los amigos de su novio con su máscara de joven fortalecida. Se había puesto su diminuto vestido plateado, que ese mismo día Marcos le había regalado, y se fueron. Así que no se le fue difícil borrar las quince fotos que se hizo esa noche con todos ellos.
Deja el celular encima del lavamanos y entra a ducharse. Allí, ve de nuevo al colorido y diminuto animal por la ventana del baño. Sale con mucho cuidado, toma el móvil y le hace solo dos fotos. No pudo tomar más. Siempre que hacía ese tipo de cosas, subía bastante la resolución de esta, porque quería ver cada ínfima parte del animal, en este caso, la del ave.
No se desanima, pues a pesar de todo, logró captarlo. Después, termina su aseado, y sale de la ducha. Se coloca el vestido que había comprado hace dos días.
Elena tenía una piel besada naturalmente con el bronceado de los genes, le daba el lujo de saber cuáles colores vivos le asentaban, y ese vestido color sol tostado, le quedaba. Fue por eso, que el atuendo escotado se le ceñía con especial aforo. Sus curvas de ascendencia caribeña, le permitía transformar cualquier pieza a su antojo y sus 5´6´´, más unos tacos de dos centímetros más, le hacían lucir como una de las Victoria Secret del lugar al cual llegaba.
Estaba lista. Un escaso maquillaje, bandolera y tacones puestos. Solo debía esperar por él, Marcos. Se dirige a la sala y permanece allí mirando de vez en cuando hacia fuera de la ventana. En ese trance de espera, decide seguir viendo que borrará.
Tenía que decidirse hacerlo esa misma tarde, porque saldría con su novio como de costumbre sábado por la noche al Pub Irish The Honest Pint. Sabía que, a pesar de tener tantas fotos en ese lugar, ese día era diferente. Se reunirían con su amiga de la secundaria. A la cual no veía desde hace dos años que se fue a España para su especialidad, así que era seguro que habría fotos y videos que quisiera conservar.
Fue cuando observó detenidamente la foto de hace dos semanas previo a su aniversario. Estaban en la oficina y le habían dado un ascenso a Marcos, Elena fue a recogerlo para celebrar. Así que fue fácil pensar en el móvil para inmortalizar el momento. Se tomaron unas fotos, pero una llamó severamente su atención. Estaban uno al lado del otro, sin ningún tipo de afecto. Allí tuvo la extraña sensación de no seguir con él. Estaba feliz por él, aun así, parecían dos extraños en esa captura.
Recordaba que, por su ascenso, Marcos, tuvo que hacer un viaje de negocios, y esos días se pasaron normales, no hubo un intercambio de llamadas o mensajes de textos preguntándose ¿cómo estaba? Elena, hizo su rutina como si él estuviera en casa. Hizo sus ejercicios, fue al trabajo, al finalizar los días se reunía con sus amigas, como si ya no existiera un ´nosotros´. Nadie le preguntaba por él, y era normal, todos sabían que era porque estaba de viajes. A pesar de todo se sentía que ya él no estaba en su vida. Hasta cierto punto, libre.
Al él regresar, no hubo reclamos de ninguna de las dos partes por la ausencia de llamadas o mensajes. Todo se había puesto en pausa, y volvió al mismo punto donde se habían quedado. Desde ese día, Elena se preguntaba: «¿Se enterará si no celebramos el aniversario número ocho este fin de año?».
Por eso fue muy cómodo que, en su regreso, le llevara al café que acostumbraban, invitar algunos amigos, para que el hueco entre ambos se sintiera menos, pero aun así, cumplir con el compromiso de recibirlo. Él no se molestaba. Amaba compartir con ellos, así que la idea fue tan natural, como encender el motor de su auto. «Estamos cómodamente alejados, estando tan cerca», meditaba, mientras al mismo tiempo muerde una uña, no con fuerza de romperla, solo de sujetar con ella, algunos pensamientos al aire.
Así que sí, borró esa foto de su ascenso, esa en donde se veían como dos extraños, y doce más de las que había hecho ese día. No tenía importancia. Fue entonces como Elena fue descubriendo un camino de fotos y videos conectados en sí. El amor que había o lo que sentían entre ellos, tenía el sabor sutil a un rompimiento.
Tenía la evidente sorpresa de ver, que estaban amarrados uno al otro, por la simple sensación de acompañamiento, pero la chispa que en algún momento hubo, se había esfumado a través de los años. Se coló en algún momento, y Elena, no se había dado cuenta. Simplemente, ese día, seguía con sigilo ese pensamiento que se entrelazaba en cada fotografía que borraba.
Liberó un poco más su celular, tenía espacio para nuevas fotos y videos. Elena, era muy propicia. No era de las mujeres que tardan una hora frente al espejo, y saca todo lo que está en su closet, para al final decir que no tiene nada que ponerse. Era muy segura de sí, libre que pudieran verle un vestido repetido. Tenía el estilo marcado en su personalidad, era difícil no voltear a verla o siquiera dejar de decirle lo guapa que estaba ese día. Era por eso que hacía más de una hora que estaba lista, solo esperando a que Marcos la recogiera.
Con una llamada en el celular, su amiga de secundaria confirma que ya está en el pub esperando por ellos y en ese instante, ve cómo por la ventana de la sala, el vehículo de Marcos se aproxima. Cuelga el móvil y sale de su apartamento. Baja los escalones tratando de tatuarse una sonrisa agradable antes de acercarse al automóvil. Se sube en el lado del copiloto, y con el habitual beso en la boca de haberse visto, el silencio se pronuncia como habitual compañero de ambos.
— ¿Cómo te fue hoy, Elena? — Expresa Marcos mientras avanza en el vehículo.
Un mar de pensamientos la embargan, y comienza a buscar en el baúl de sus pensamientos, cuando fue el justo momento en que: «amorcito», «pajarita» o «amor», ya no formaban parte de su vocabulario de saludos. Se habían acostumbrado uno al otro, y al mismo tiempo se habían ignorado por mucho más tiempo de que Elena recordaba.
— ¡¡Elena!!¿Estás bien? —Exclama Marcos tocando el inicio de la rodilla de Elena con su mano derecha.
— ¡Sí! ¡Sí! Perdona, me quedé en blanco. ¿Qué me decías? — Espeta Elena.
— Bueno, te preguntaba cómo te había ido hoy.
No se había percatado que el saludo que le ofreció fue tan frío, que ni siquiera había escuchado aquella pregunta lanzada al aire. La esquivó sin darse cuenta.
— Bien…bien, todo bien. —Replica sin analizar el día.
«¿Bien, bien? ¿Cuándo este adverbio de modo se había vuelto la verdadera respuesta?» Allí terminó de comprender Elena, que sencillamente ya no había nada. Luego volteó a verlo con especial ahínco, y vio aquel Marcos, su novio, complacido con aquel bien, recurrente y repetitivo que solía decirle. Observó un poco más de reojo, como complacidamente él no esperó nada más. Si quiera una explicación detallada a qué Elena le estaba llamando bien. Vio cómo se colgaba entre ellos la monotonía de la indiferencia, y se guardó el pensamiento en el baúl de su corazón. Solía poner otras cosas allí, pero ese día había decidido guardar algo más que afecto, en ese baúl se estaba enraizando una decisión que no sospechó en ningún momento asomarse, en definitiva, sino más bien a lo lejos.
— ¿Y a ti, cómo te fue? — Expresa Elena con total reconocimiento, que solo repite el modo automático de la decencia y el respeto. «Él me preguntó, yo respondí, por consiguiente, debo tener el mismo gesto». Piensa mientras no espera sinceramente la respuesta.
— ¡Muy bien! Hoy cerré otro trato…
Continúa hablando, pero ya Elena no escucha. Esa situación le había hecho darse cuenta, que sencillamente estaba viviendo una mentira y que no sabía el punto exacto del quiebre. Se sintió engañada más por ella misma que por él. Él se había mantenido fiel a lo que él era, caballero, amable, repetía todo como un buen amaestrado robot. El quiebre estaba en ella, la decisión se le asomaba por la orilla de sus ojos, entró de nuevo en ella y cabalgaba sus cuerdas vocales como un gran jinete entrenado.
Sus pensamientos son interrumpidos con la llegada al pub. Allí, estos se estacionan y entran. Marcos y Elena, seguían viéndose como la pareja perfecta que todos conocían. Jóvenes atractivos, que experimentaban unas carreras en prospero avance y una relación, que ciertamente se veía bien como estaba. Todos estaban confabulados con los ojos con Marcos, ella no sabía de qué se trataba. Observaba el lugar y veía como sus rosas favoritas hacían un decorado con sus pétalos en el piso. Allí Elena no pudo saludar a ninguno de ellos, todos esperaban algo, y ese algo, no era a ella. Entonces fue en ese momento, delante de todos sus amigos, cuando Marcos se arrodilla y le pide matrimonio. Todos inyectados de emoción del momento esperaban en un pulcro silencio, pero Elena sabía, que, en ese momento, debía romper.
LITERATURA
hace 18 horas
El grito de una sociedad es evidente en lo que escribe, en lo que ve, en lo que baila y hasta, a lo que aspira. La violencia literaria, su carácter no es distinto de cualquier otro, busca visibilizarse. Abrirse paso entre las ideas de las personas y crearse opiniones que, provoquen un pensamiento, que nos mueva a la acción.
Mostrar la crudeza de las batallas; un hombre que golpea a su mujer embarazada; la muerte que pertrecha sus dientes contra inocentes en una frontera; otras que buscando un sueño sucumben al estómago del mar; la mujer que se levanta temprano a vender en una banca y es asaltada camino a ello; un joven que compartía con amigos, es masacrado por balas entre bandas; una bala perdida que encuentra su lecho en el pecho de un niño; esta, y muchas más, son realidades que ciertamente pueden ser comunes en cualquier esquina latinoamericana, y para otros, un escándalo que acaban de descubrir. Ellas al igual que la cultura, forman parte de la ramificación de venas de cualquier sociedad, y cuartarlas, no hace que dejen de existir. Por eso es que, hablar de ello, visibiliza; escribir sobre ello, nos lleva a meditar.
Desde el inicio de la literatura, con la escritura cuneiforme, vemos el reflejo de como relatos épicos, describen cotidianidades en donde el énfasis es la violencia. Esto una vez más evidencia que, incluirla es natural. En nuestro país, no es diferente. Las novelas, relatos, cuentos o poemas son megáfonos de las vivencias en su entorno, para otros que pueden o no estar también viviéndolas, y el fin es el mismo, mover a empatizar, revolver y cambiar.
Esta es una literatura donde el sustantivo es el dolor, es ese daño. Los personajes rondan alrededor de esto, coexistiendo con aquello que les drena la vida. Lo vemos por ejemplo con La mañosa de Juan Bosch, allí el énfasis no es el animal, sino como las guerras afectan a don Pepe, al pueblo e incluso, a la misma mula. O con Over de Ramón Manrrero Aristy, donde el punto no es el hombre, sino como se les pagaba con «hambre» a los braseros de los bateyes. Allí, como A la deriva de Horacio Quiroga, el protagonista es la selva, y como afecta a esos personajes.
La afección del dolor es la prosopopeya por excelencia. No se busca solo ver el culpable, sino describir ese dolor insondable que pueden sentir los personajes que se pasean alrededor de este, sufriendo las penurias. Cuando vemos en la violencia doméstica, como en La mujer de Juan Bosch, no solo vemos el dolor que causa a la infligida, sino como aquellos que alrededor quisieran evitarlo, como el niño o Quico. Nos deja ver una sicología no solo del que da los golpes, sino, además, de ella que los recibe, y del que pasaba que trató de evitarlos. Por eso, la exclamación aquí es esa violencia doméstica, que afectó a más de un personaje, siendo ella la relevante, y como sus tentáculos dañan la moral del que ayuda, y de la que recibe la ayuda.
Esta literatura se vale mucho de simbolismos, recursos retóricos o líricos, para lograr llevar al espectador a que participe, mueva las entrañas de la consciencia y se logren nuevos paradigmas, debates en la palestra pública que lleve a su sociedad a tomar políticas públicas a favor de los que sufren.
La violencia en la literatura debe no solo ser aplaudida como una osadía de los que se reinventan con ella, sino además cuidada y alentada, puesto que esto presupone un trabajo profundo de la psicología del que sufre, como de aquel que ejerce el horror. Ambos, necesitan ser contemplados con el lente neutro de la literatura, que puede exponerlos a ambos, e inspeccionarlos de una manera más objetiva.
Esta herramienta siempre ha existido, y se usa de maneras indistintas a través de la genialidad de las plumas latinas. Por eso vemos a un Gabriel García Márquez con Crónica de una muerte anunciada, o con su novela también, La increíble y triste historia de Cándida Eréndira y su abuela desalmada. Porque algo claro debe quedar establecido, toda literatura tiene violencia, pero cuando hablamos de literatura de violencia, no nos referimos a eso, sino más bien, cuando el personaje central es el dolor, y ese dolor toca a uno o varios personajes, con el fin de mostrarse, dejarse ver y ser visible.
Finalizo con esta expresión, «¡No se trata ahora de política! ¡Se trata de que antes eran hombres como usté y yo, con hijos a quienes querer, y con mujeres; se trata de que eran hombres y ahora no son nada, porque usté ordenó que los volvieran nada, nada…!1 », que esta nos ayude a ver, pero no de soslayo, sino de frente, el dolor que revuelve y que, siempre es injusto, pero real, cercano, y que ciertamente, siempre habrá algo más que hacer al respeto para mejorarlo.
1.Frase del libro La mañosa de Juan Bosch.
Con los ojos avispados esperaba en la ventana. Ella, estaba de pie frente al desnudo de cortinas de aquella lumbrera transparente, mientras, observaba con sigilo todo lo que pasaba fuera, no quería perder ni un ápice de cuando él apareciera. Todo se veía diferente, podía asegurarlo, los pájaros parecían hacer algún tipo de fiesta natural. El sol se hacía parte de la danza, mientras la brisa fresca que no sentía, besaba con ternura cada árbol por el cual se posaba su mirada.
Todos estaban felices ese día, hasta el perro, Odie. Un labrador de ocho años, al cual ella miraba de soslayo que, se lanzaba así mismo una pelota con la que jugaba con él; podía augurar que sentía que pronto él la tomaría, y se la lanzaría, y mientras, tenía que practicar.
El desayuno menguó en la mesa. Ese día la rutina se había sujetado a todas las anomalías; yo por mi parte, las galletas de hace varios días horneadas, fueron las que abrazaron mis instintos naturales de hambre a las dos horas de estar allí esperando. Mi madre, pretendía no estar muy pendiente de que el automatismo que había vivido con nosotros durante esos ocho años en que él no estaba, lo habíamos barrido al desagüe sin querer esa mañana; mientras ella, sus rápidos movimientos en la cocina pertenecían a esa íntima espera a la que aguardaba para estar lista, no lo decía, pero lo veía. Ese día no me recriminó el porqué no desayunaba, pues ella misma tampoco lo había hecho, solo un café besó sus entrañas mientras alistaba todo que veía mal ubicado en la estancia.
Entre tanto, yo, con un grito sórdido, y detenido en el aire, vi como un taxi llegaba a la entrada de la casa. Al correr a ella, vislumbre con desaforo y desilusión que eran mis
abuelos, los cuales habían llegado. Dejé la puerta abierta, y volví a instalarme en el mismo lugar, porque mis atenciones estaban ese día resguardadas solo para él.
Así que al ellos entrar, les propiné un beso en el aire sin despegarme de mi aliada: la ventana; no reprocharon el que no haya ido abrazarlos, y besarlos, como sus mejillas estaban acostumbradas, así que se acomodaron en la sala después de saludar con armoniosa familiaridad a mi madre.
Todos estábamos distraídos, contaminados de felicidad ese día. No hacíamos pensamientos a detalles que rompieran el hechizo, queríamos estar así, hasta que logremos completarlo con su llegada.
Nadie más que yo ansiaba ese día, aunque debo de admitir que mi madre lo disimulaba muy bien, pero lo veía en sus ojos, aquellos que eran ocultos a través de unos lentes de sol que se probaba delante de los abuelos ese día, pero sus ojos lo decían, ella también lo esperaba; no tenía puesto su mejor vestido, para no estar por encima de la situación, pero estaba hermosa, incluso creí ya no verle algunas pequeñas arrugas que se avecinaban en la orilla de sus ojos, esas que crecieron estos últimos años.
Ellos, se entretenían con el comentario del día, y los afanes pendientes, yo, con la chispa de verle descender de uno de los tantos autos que seguía con la vista que, pasaban sin detenerse. Entonces fue así, como una pregunta me halo la mirada de atención por un instante.
— Mi amor, ven siéntate con tus abuelos, ya tienes mucho tiempo allí parada ¿no te duelen los pies? — Me decía la abuela con cierta dulzura.
— No abuela, más me ha dolido la espera durante ocho años, que los pies que sostienen mi esperanza de verle ahora. — Repliqué volviendo a ver por la lumbrera.
Segundos después, me sorprendió ese auto negro con banderines del gobierno, pensé que llegaría en taxi, pero por fin había llegado. El auto, hizo eterno el momento de detenerse y comprobar que estaba en la dirección correcta, fue entonces cuando me apuré con recelo a la entrada, y corrí a su encuentro, todos en casa se alarmaron, hicieron un eco de gozo y algarabía: «¡¡Por fin había llegado!!»
Todos, hasta Odie, iban detrás de mí, mientras veíamos claramente en ese solsticio de verano los rostros de extraños que salían del vehículo. Entre tanto con enigma, busqué entre los tres que salían a quien esperaba, pero no, no estaba allí, ni entre ellos, ni en el auto que minuciosamente me había entrado para buscarlo. Mientras volteaba para deshacer a aquellas personas con preguntas, vi como mi madre se desplomaba en un piso que no le daba buena bienvenida a sus rodillas, las cuales chocaron crujiendo en un piso que las laceraba. Ella se encontraba en una conjugación de pequeñas manchas de sangre que salían de sus piernas en el suelo, y lágrimas que hurtaban su escaso maquillaje. Mis abuelos se abrazaban, mientras los militares caminaban delante de ellos con una bandera alisada en un triángulo, extendiéndola con respeto, y devoción, como si entregaran el último hálito de vida de mi padre; yo entre tanto, sabía que ya no le veríamos, que ese día, la espera, había terminado.
Un texto inspirado en el Velo de la Reina Mab de Rubén Darío y En el atrio de Fabio Fiallo
Mauricio, caminaba como de costumbre, de manera trémula hurgaba sus narices en libros que nunca entendía. Que detonaban canciones de insomnios de días y noches, semanas y meses, para poder comprender lo que se componía en cada idea maquillada con finas palabras. Sabía que el don de entenderlo no se debía a un instante, sino a una persona. Quien daba a cada uno como quería.
Estaba empeñado en castigar su ciega ignorancia, y disfrutar de una dádiva que no sabía si tenía. Allí en el atrio, mirando a lo lejos, la musa platónica se paseaba presumida como siempre delante de él. Mientras él entonaba en sus adentros que naciera el poeta o el narrador por un solo momento.
Se hacía el desinteresado, mientras auguraba aprender los mejores sonetos para recitarle al oído. Pero se contradecía. No eran cualquiera, quería que fueran suyos, ideados de la aventura imaginaria de tenerla en sus brazos y poderle recitar beso a beso, cada endecasílabado verso.
Y cabalgando en sus acostumbrados coleópteros, se avecinaba la reina al escuchar como silbidos apacibles los murmullos de aquel hombre. Y con una tela cristalina, depositada en la sien de Mauricio, comenzó a entender y reconocer el obsequio del arte en todas sus manifestaciones.
Allí alrededor de ella, la presumida musa, ostentaba sus racimos a todos los que la cortejaban. Algunos comprendían la profundidad del amor no correspondido, y otros entendían el amor. Otros gustaban de contemplarla, derramar en páginas completas una historia en donde el eje era ella, la coqueta del jardín... menos él. Otros se apasionaban con acercársele o verle a lo lejos era suficiente. Todos quedaban calmos y satisfechos al ella marcharse, ¡oh! menos él.
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