El refugio, la red y la conciencia: Notas al margen de un despido
Hay golpes de la realidad que no solo te noquean, te obligan a mirar la estructura. Cuando el 3 de enero de 2025 recibí el telegrama de despido tras quince años en un canal de televisión, no fue solo una notificación administrativa; fue la brutal materialidad del sistema recordándome mi lugar, la de un trabajador sin trabajo. Un golpe seco al mentón.
Quedé en estado de shock, navegando los pensamientos más oscuros que genera la incertidumbre. Pero el trauma tiene memoria histórica: mi viejo había sido expulsado por la misma maquinaria durante el neoliberalismo de los 90 en Argentina. La historia, cíclica y cruel, volvía a repetirse conmigo. El mercado te descarta. Conseguir trabajo pasado los 50 es una misión imposible; a los 40, ya sos un desecho. Las excusas del capital van desde la cruel "sobrecapacitación" hasta la brutal búsqueda de "sangre joven y barata".
Entre la terapia psicológica y la introspección, entendí algo fundamental: en tiempos de tormenta estructural, mi trinchera siempre ha sido la lectura. Y vaya si estamos atravesando una tormenta histórica mi familia y yo. Así, la lectura se convirtió en mi refugio y resistencia. Internet, mi biblioteca infinita; los PDFs, mi materia prima para la emancipación cognitiva.
Lo político y la política siempre me interpelaron, pero me negué a caer en la trampa del "contenido" superficial, en el análisis frívolo de la coyuntura. Buscaba algo más: herramientas conceptuales para entender la realidad desde sus raíces, apoyándome en aquellos que vieron venir la catástrofe antes de que ocurriera.
Y el camino se abrió solo. Literatura distópica, filosofía, sociología. Lo que hoy debemos llamar, inexorablemente, pensamiento crítico. La necesidad de romper la línea única, de cuestionar la hegemonía, de no encerrarnos en una sola trinchera ideológica. Ese es el ADN de @jcdenken, presente en la red digital que prefieras habitar.
Y entonces, la praxis colectiva. La red respondió. Empezamos a tejer una comunidad, a armar carpetas compartidas, a socializar el conocimiento que el mercado intenta cercar. Los PDFs empezaron a fluir como actos de solidaridad digital, y me llegaron textos que creía imposibles de conseguir.
Pero la verdadera victoria, el momento de claridad absoluta, no ocurrió en la pantalla, sino en la cocina.
Le comentaba a mi esposa, Natalia, sobre la expulsión de los tianguis en el Parque Rojo de Guadalajara, un dato que me había pasado un contacto local. Ahí se acercó José, mi hijo de 13 años, y sin mediar teoría académica, soltó: "Eso es ocultar la cultura local".
Me dejó mudo. Ahí estaba, encarnada en un adolescente, la síntesis del pensamiento decolonial de Aníbal Quijano; la ruptura con el eurocentrismo que tanto hemos debatido desde la filosofía de Enrique Dussel. Mi hijo, a quien yo intentaba "proteger" de mis lecturas para no arruinarle la inocencia de su edad (un craso error paternalista, sin duda), estaba leyendo la realidad de una ciudad mexicana con una lucidez asombrosa.
La juventud, con sus contradicciones y sus aciertos, me llena el alma de esperanza. Me obliga a continuar con esta tarea de divulgación, porque el pensamiento crítico no es un adorno intelectual, es la herramienta que debe llevarnos, ineludiblemente, a ser mejores.
Esto no es un currículum, ni una biografía cerrada. Es apenas un documento vivo, un fragmento en constante dialéctica que iré modificando según la vida marque.
Un abrazo fraterno a todos los que llegaron hasta esta línea.