HERMANDAD PEREGRINA DEL SEÑOR DE LOS MILAGROS EN COSTA RICA
Señor de los Milagros
Patrón jurado del Perú
Señor de los Milagros
Patrón jurado del Perú
Pocas imágenes religiosas pintadas durante el virreinato peruano tienen una historia tan rica y han inspirado mayor devoción, nacional e internacional, que el mural del Cristo de Pachacamilla. Según documentos oficiales del siglo XVII, en el año 1651 durante el pontificado de Inocencio X y el reinado de Felipe IV en España, siendo virrey del Perú don García Sarmiento de Sotomayor y arzobispo de Lima, don Pedro de Villagómez, un anónimo y humilde esclavo negro, de casta angola, pintó la imagen de un Cristo crucificado en la pared del galpón donde se reunía su “cofradía”. La zona había tomado el nombre de Pachacamilla porque, unos cien años antes que los esclavos negros ocuparan este barrio, el encomendero Hernán González había trasladado ahí a los indígenas que vivían en el antiguo santuario-oráculo prehispánico de Pachacamac, en la costa de Lima. El que otro grupo de indios del mismo santuario fuera trasladado también al Cercado de Lima explica por qué una de sus antiguas calles llevó el nombre de Pachacamilla.
Las cofradías integradas por negros cumplían diversas funciones religiosas, sociales y culturales. Estas eran confraternidades que se organizaban en torno a la devoción de un santo o advocación religiosa, una costumbre que caracterizó a la población negra desde inicios del virreinato: Lo primero que ellos hacen es unirse en Cofradías: estas los reúnen para el culto, y para la recepción de los Sacramentos, mantienen los enlaces sociales de sus respectivas comunidades, según su procedencia étnica en la lejana África y les proporcionan la participación en general de sus recreos. Estas agrupaciones de negros ya bautizados se agrupaban en las Iglesias de Lima para darle culto a sus imágenes devocionales bajo la supervisión eclesiástica.
¿Cómo se describía a las cofradías de ese entonces?
“Se ponen a bailar, y excitados a la vista de unas grotescas figuras que tienen en las paredes, y que representan a sus reyes originarios, sus batallas y regocijos, continúan de esta forma hasta las siete u ocho de la noche”. Otra fuente de época dice: “Cofradías se llaman las Casas en que se juntan los Negros a celebrar sus fiestas. En ellas fabrican una sala espaciosa, y regularmente pintan en uno de los testeros una Imagen”. En otras palabras, era frente a las pinturas murales que decoraban las casas de sus “cofradías” que los esclavos negros mantenían viva su memoria histórica y practicaban sus devociones religiosas. Aquí rememoraban a sus antiguos reyes y victorias militares tribales en la lejana África y perpetuaban sus costumbres o tradiciones ancestrales con cantos, oraciones y danzas rituales. El Cristo de Pachacamilla, pintado al temple sobre un muro de adobe por un esclavo sin escuela de dibujo ni pintura, formó parte de uno de estos “espacios comunales” llamados “corrales” donde se reunían los negros angolas, una de las diez “tribus” o “naciones” africanas que llegaron al Perú esclavizadas.
el 13 de noviembre de 1655 por la tarde un devastador terremoto causó muerte y desolación en Lima y el Callao. Cayeron iglesias y casas, se rajó la tierra y de las precarias viviendas de los angoleños en Pachacamilla quedó “solo en pie el pedazo de muro que ocupaba la Imagen del Señor”.
En 1671 que un hombre piadoso llamado Andrés de León, que vivía cerca de la parroquia de San Sebastián, vecina al mural abandonado de Pachacamilla, decidió construirle una modesta ermita. Para ese entonces, el antiguo corral había dejado de ser un lugar de reuniones. La reforzó con adobes, le levantó una precaria techumbre de “hojas de plátano de la misma huerta” con “mangles y cañas” y le construyó una peana para sus ofrendas de velas y flores. Gracias a su fe, devoción y oraciones la “Imagen Divina” lo sanó milagrosamente de una enfermedad incurable. Al verlo recuperado los vecinos –en su mayoría gente de color– difundieron la noticia del milagro por la ciudad y empezaron las largas romerías los viernes por la noche para rezarle plegarias.
Don José Laureano Mena, párroco de la iglesia de San Marcelo, aledaña a la ermita del Cristo de Pachacamilla, denunció el desorden popular en torno a la imagen al virrey Conde de Lemos y a don Esteban de Ibarra, el provisor y vicario general en sede vacante del Arzobispado por la muerte de Villagómez. El 3 de septiembre Laureano Mena, acompañado del promotor fiscal del Arzobispado, hace la primera visita oficial al corral de Pachacamilla para dar fe que ingresaban al lugar más de doscientas personas, entre hombres y mujeres, para hacer canciones de alabanza acompañados de músicos. Para sorpresa suya, todo ocurría con el aval de Juan Robladillo, el sacristán mayor de San Marcelo.
Poco después, el 5 de septiembre de 1671 se emitió la orden para que se borrase la efigie del Jesucristo crucificado “y demás santos que hubiere” en el mural. Para cumplir con el mandato, el doctor José Lara y Galán, el notario público Tomás de Paredes y el Promotor y Fiscal del Arzobispo don Pedro Balcázar, quien era también capitán de la guardia del virrey, se apersonaron al lugar de los hechos junto con dos escuadras de soldados. Los acompañaba un pintor indígena de brocha gorda que procedió a colocar una escalera contra el muro para realizar su trabajo.
Al subir por esta y querer levantar el brazo, le dio tan gran temblor y desmayo que dicen cayo en tierra casi sin aliento y sin poder borrarla y se quedó inmóvil para proseguir y aunque los soldados le ayudaban, levantaban y suspendían atribuyéndolo a poco ánimo suyo, no pudo moverse. El promotor fiscal instó a otro hombre a que se subiese a borrarla.
El segundo y tercer intento por realizar la diligencia tuvieron las mismas sorprendentes consecuencias. Al ascender los primeros escalones, el enviado a borrar el mural exclamó al acercarse al crucificado: que “se le ponía la corona verde y que se ponía más lindo y que él no podía borrar la imagen de Jesucristo”. Eran las cuatro y cinco de una tarde soleada. Repentinamente el cielo se oscureció como la noche y cayó una violenta lluvia torrencial. Todos los presentes entendieron en aquel momento que estaban ante señales prodigiosas.
Se suspendió la improvisada ceremonia con fervor cristiano, suspiros, llantos y golpes de pecho. Los ministros ejecutores corrieron a la casa del virrey para referirle lo sucedido y, conmovido por el relato, el Conde de Lemos autorizó se diera culto a la imagen imborrable del Cristo crucificado.
El Conde de Lemos solicitó que el mural fuese reparado y se le diese mayor consistencia. Se convocó al fraile dominico Guzmán Diego Maroto, maestro mayor de Alarifes en Lima y al arquitecto Manuel Escobar. Una vez concluidos los trabajos de restauración, el 14 de septiembre de 1671 –el día de la exaltación de la cruz– se ofició la primera misa ante el Cristo de Pachacamilla con la presencia del virrey, su esposa, altos representantes del Arzobispado, la nobleza limeña y los vecinos de la zona.
En 1671, por disposición directa del Conde de Lemos, el célebre pintor José de la Parra insertó en la parte superior del mural el título de “INRI” y se añadió el “retrato” del Padre Eterno y la Paloma del Espíritu Santo. También se restauró el pie del Cristo crucificado, dañado por un feligrés cuando raspó la efigie para tomar una reliquia de la pintura aquel día prodigioso que el juez eclesiástico no pudo borrar el mural. Asimismo, las figuras de la Virgen y de María Magdalena a cada lado del Calvario –todas pintadas originalmente al temple– fueron reconstruidas y repintadas al óleo, aunque a una escala sobredimensionada con relación al tamaño original del Cristo crucificado.
SEBASTIÁN DE ANTUÑANO
Sebastián de Antuñano y Rivas nació en Vizcaya, España. Fue un capitán de navío y negociante,
que juntamente con Antonia Lucía del Espíritu Santo fueron los grandes impulsores de la devoción al Señor de los Milagros de Lima. Como la mayoría de los españoles que cruzaba el Atlántico, venía hacia América para labrarse un mejor porvenir, se embarcó rumbo al Perú en 1667.
Él se dirigió a la ermita en 1684 y al contemplar la imagen, sintió una voz interior que -según cuenta el propio benefactor- le susurraba: “Sebastián, ven a hacerme compañía y a cuidar del esplendor de mi culto”. Desde allí y arrodillado ante las palabras que escuchó, le ofreció un servicio incondicional hasta su muerte al Señor de los Milagros.
Como primera iniciativa fue el mejorar la capilla y para ello decidió adquirir los terrenos que ésta se alzaba. La transacción fue tremendamente compleja debido a que el propietario, Diego Manrique de Lara, dio marcha atrás en el curso de la negociación. Realmente, este último pretendió obtener más dinero del que en principio solicitó. Finalmente, Antuñano debió ceder a los requerimientos del dueño y acabó pagando 8000 pesos por los solares y 1000 pesos más por el terreno que ocupaba la capilla, firmándose la escritura el 16 de junio de 1686.
Luego de superar los inconvenientes de 1696, y ya habiendo entablado amistad con Antonia Lucía del Espíritu Santo y con sus discípulas del entonces Beaterio de Monserrate, y enterado de las dificultades de las religiosas en la conservación del terreno por falta de licencia real y por decisión del Consejo de Indias fue demolido y sus ocupantes dispersadas, decidió ante notario hizo Antuñano y Rivas generosa y total donación a las Beatas Nazarenas, del Santuario del Señor de los Milagros, de las construcciones levantadas de la huerta y todos los solares adquiridos el 12 de octubre de 1700. No es hasta 1702 cuando recién las beatas pudieron mudarse a su nuevo local, hoy en día Monasterio de Nazarenas Carmelitas Descalzas.
El 20 de octubre de 1687, ocurrió un sismo de grandes proporciones que ocasionó ruina en la ciudad. Debido al celo de Antuñano se realizó la primera procesión, la que fue repetida todos los siguientes años en memoria de aquel destructivo terremoto. Para ello contaba por entonces con una copia de la pintura original hecha sobre lienzo
Otras imágenes provenientes de las diversas cofradías en los templos de la ciudad salieron a las calles para aplacar lo que se tomaba como la ira de Dios. Así, entre las más populares del momento se tuvo la procesión de Nuestra Señora del Aviso o de las Lágrimas y la del Cristo de los Milagros que, con Antuñano a la cabeza, seguido por una gran multitud de fi eles, llegó por primera vez a la Plaza Mayor. De esta manera, no solo se contaban sus milagros bajo la forma de sanación de enfermos y otros hechos inexplicables, ahora se le comenzó a invocar también contra los sismos. No se sabe cuántos días duró esta primera procesión ni cuál fue su recorrido. Lo cierto es que desde esa fecha, 20 de octubre de 1687, se hizo costumbre sacar al Señor de los Milagros por las calles de Lima en recuerdo del movimiento de tierra que trajo tanta destrucción y muerte. Al año siguiente, en 1688, Sebastián de Antuñano hace una invitación a la procesión, indicando la hora y el recorrido de esta, en la plaza mayor a las 8, en el convento de Santa Ana a las 11 y en el de San Juan de Dios a las 4. Además, fija como fecha de las futuras procesiones el 18 de octubre.
el 28 de octubre de 1746, otro fuerte sismo trajo como consecuencias no solo la ruina del Callao y buena parte de Lima, sino que amenazó con destruir la organización del Estado y convertirse en un problema político.25 Casas particulares, locales institucionales, edificios del gobierno, iglesias, capillas, conventos y otras construcciones se desplomaron o quedaron estructuralmente dañadas. De acuerdo a las estimaciones de la época, se pensaba que la reconstrucción total de la ciudad tomaría unos cincuenta años en completarse.
Aquel destructor terremoto quedó descrito en más de una crónica. Una de las más importantes por la minuciosidad de su relato es la de Eusebio Llano Zapata, quien menciona que al reverso de la pintura del Cristo Moreno que se cargaba, copia del original, se tenía ya la imagen de la Virgen de la Nube, figura que apareció en el cielo de Quito a fines del siglo XVII durante una procesión por la salud del obispo Sancho de Andrade y Figueroa. Dice asimismo que, al año del sismo, la imagen del Señor de los Milagros salió en procesión “visitando las calles, ramadas, templos y monasterios” y que aquella procesión duró cinco días, lo que hace suponer al padre Vargas Ugarte que los daños sufridos por su capilla no fueron de consideración. Sin embargo, el cronista Felipe Colmenares Fernández de Córdova dice que “El grande terremoto…redujo el monasterio a necesidad…derribó gran parte de sus cercas y ofi cinas…y puso en total ruina su iglesia…”. Más adelante agrega: “así se mantuvo hasta el año 1766…”. Es decir, la iglesia de las Nazarenas permaneció destruida por espacio de veinte años, hasta que el virrey Amat se interesó en la imagen del Señor de los Milagros y en las leyendas que se contaban de él.
Mientras tanto, la devoción popular alrededor del Cristo de los Milagros crecía y la complejidad del culto profesado a la imagen por el número de devotos que asistía regularmente a la salida del Cristo planteó la necesidad de organizar a las personas que participaban en los preparativos de esta. Dado que las monjas
eran de clausura, su participación en los actos externos de la procesión era coordinados por un mayordomo nombrado por el capellán, el síndico y por las propias monjas, refrendado por el poder civil y eclesiástico. Se sabe que hasta el año 1760 la salida de las andas era costeada por el mayordomo de turno, con ayuda de las limosnas que para tal fi n se recogían. Después de ese año, la idea de contar con un grupo permanente que asistiera a tales obligaciones comenzó a tomar forma. A mediados del siglo XVIII Grimanesa Josefa de Santo Toribio priora del monasterio durante los años 1738 - 1778, anota la existencia de una cofradía en formación integrada por un grupo de devotos que ayudan a recaudar las limosnas y acompañar la procesión.
Sor Antonia Lucía del Espíritu Santo
Antonia Lucía Maldonado Verdugo, (Guayaquil, 12 de junio de 1646 - Lima, 17 de agosto de 1709), fue la fundadora del Instituto Nazareno, actual sede del Monasterio de Religiosas Nazarenas Carmelitas Descalzas, fieles guardianas del Señor de los Milagros, patrón Jurado de la Ciudad de Lima.
Fundó un beaterio el 15 de octubre de 1681 en el Callao, siendo ella la superiora y tomando el nombre de Sor Antonia Lucía del Espíritu Santo, teniendo bajo su tutela a niñas y ancianas, siendo su madre una sus primeras discípulas. Lamentablemente su madre fallecía poco tiempo después. Las dificultades fue la expropiación del beaterio, obligándose a trasladarse la Madre Antonia a Lima siendo acogida en el Beaterio de Santa Rosa de Viterbo.
Tiempo después la Madre Antonia Lucía fundo un segundo Beaterio en Monserrate en un terreno donado que estaba ubicado al lado de la Parroquia de dicha jurisdicción. La licencia estuvo a cargo del entonces Arzobispo de Lima Melchor Liñán y Cisneros. Empezando a funcionar el 1 de enero de 1684. Usando oficialmente la túnica Morada, que actualmente visten los devotos.
Cabe destacar el nombre de sus hermanas que la acompañaron en la fundación de dicho Beaterio: Sor Josefa de la Providencia, Ana de Jesús Nazareno, Juana del Niño Jesús y Tomasa de la Soledad.
El 20 de octubre de 1687 un pavoroso terremoto destruyó Lima y aquí aparece en ésta bella historia don Sebastián de Antuñano, natural de Balmaseda, Vizcaya, quien hizo donación de un terreno en la zona de Pachacamilla, ya que había que ampliar el Beaterio y es así que se mudan en el año de 1702.
Aquí resalta que en dicha donación estaba la bendita efigie del Santo Cristo de los Milagros pintado en 1651 por un negro esclavo angoleño. Es así que ese año bendito pasan a ser La Madre Antonia con sus beatas las Fieles Guardianas y Cuidadoras, como lo son actualmente sus sucesoras las Madres Nazarenas Carmelitas Descalzas.