En casi todas las culturas del sur global, incluyendo las de nuestro américa, la memoria del pasado, es decir la historia, se hace por medio de la oralidad: narrando, cantando y contando, de generación en generación, modificando y adaptando el recuerdo del pasado a medida en que el mundo y las personas se transforman. Este es nuestro formato predilecto de pensar la historia de la música. Lo hacemos en las clases, en donde nos encanta dialogar, charlar y discutir por horas. Aquí lo recreamos en diferentes formatos para crear un ecosistema sonoro: radio, podcast y relatos, para escuchar cuando se pueda.
En esta breve lista nos dedicaremos a comentar algunas canciones de la música sefardí (o sefaradí), que es la que aún sigue presente en las comunidades de judíos descendientes de los que fueron expulsados de la Península Ibérica a fines del siglo XV, a quienes se llama sefarditas. Músicas que todavía rememoran una historia de destierro de más de 500 años.
Existe un debate en torno al momento en que surge el nombre, ya que si bien Sefarad es un término bíblico relativo a la época del cautiverio babilónico, los historiadores creen que se aplicó recién después de 1492 para referirse precisamente a los judíos que habían sido expulsados por los reyes católicos. De lo que sí no hay dudas es de que la música sefardí es mucho más antigua que eso. Hay pruebas arqueológicas de la existencia de comunidades paleo-hebraicas en España en el siglo VII A C o aún antes. Pero sobre todo la cultura sefardí se moldeó en base a la convergencia excepcional que tuvo lugar en la península ibérica durante el medioevo. Se sabe que las comunidades judías fueron perseguidas y hostigadas por los visigodos: hacia el siglo VI de nuestra era aparecen consecuentemente las primeras aljamas o juderías, barrios en los que se recluye y segrega a los judíos. Por eso, éstos apoyan y celebran la llegada de los musulmanes en el siglo VII, cuando se abre un tiempo en que los judíos prosperan y se especializan en el comercio y las finanzas. Actividades que continuarán durante el largo proceso de avance de los cristianos sobre los moros, hasta la toma de Granada. Así, tanto para los califas como para los reyes cristianos, los sefardíes son funcionarios de la corte, intelectuales, poetas o recaudadores de impuestos y contadores. Además de músicos. Del siglo IX al XIII, juglares y músicos judíos compartían ocasiones musicales junto con árabes y cristianos, mientras duraba la época en que tanto de un lado como del otro de la móvil frontera religiosa nadie hacía distinción alguna en cuanto a raza y religión.
Escuchemos “Sa’dawi”, una música sefardí anónima interpretada por la Capella de Ministrers bajo la dirección de Carles Magrener.
Como pudimos escuchar, en la música sefardí hay una confluencia muy llamativa de elementos provenientes de diversas y longevas culturas musicales: porque sintetiza toda la historia de la tímbrica, la rítmica y la escalística árabe, que como sabemos es deudora de la música histórica Persa y también de los cantos de los bereberes de Norte de África. Pero además, en la música sefardí aparece con mucha fuerza la poesía castellana. Así el Zéjel y la Moaxaja, las jarchas y los romances, se funden y mestizan en el canto sefardí. Aunque la temática predominante de las canciones es amorosa, en el carácter y la sonoridad hay una nostalgia que sólo la diáspora explica, ya que siempre el sentido es la referencia al hogar perdido, al destierro y el destino errante. La expulsión es un punto de no retorno: como dice Ruth Davie, critalizan en la referencia constante a la perdida de una mítica edad de oro andalusí. Así, si el sedentarismo progresivo que los bárbaros cristianos y los árabes musulmanes adquieren en la Edad Media se traduce en una música escrita, reglada e intelectual, la música sefardí, en tanto tradición histórica resistente, es oral, nomádica, caminante; como el pueblo que la canta. Y el rol de las mujeres en la transmisión de esa memoria histórica es central. Escuchemos otra canción muy antigua, “Tres Hermanicas”, por Emilio Villalba y Sara Marina.
La tradición sefardí transmitió multitud de canciones de forma oral y en ámbito hogareño: canciones de cuna, de boda, recetas de comidas… incluso podemos imaginarnos a una madre cantándole una nana a su recién nacido, nanas que todavía se conservan en la tradición de la música sefardí. Como señala Emilio Villalba, aquí podemos apreciar hasta que punto el rol de las mujeres fue fundamental en la difusión y preservación de la música sefardí, especialmente con el correr de la modernidad en la cual se produce firmemente el ámbito femenino, donde se recluye a las mujeres progresivamente en el interior, en las tareas de cuidado y el universo doméstico. Podemos leer en los sonidos memoriosos de la música sefardí las resistencias a una doble exclusión, un doble epistemicidio: la caída de la cultura judeoespañola de la península, con una pérdida cultural irremediable para la mismas coronas de España y Portugal; y el de los saberes femeninos ancestrales, que en Europa occidental crepitan al calor de las hogueras de brujas que enciende la inquisición. Tal vez esta crudeza es la que revela una hermosura desgarradora en las nanas o canciones de cuna, muy frecuentes en el repertorio Sefardí. Eso nos pasa al escuchar Nani Nani, en esta versión que cuenta con la voz de Mara Aranda, acompañada por la Capella de Ministrers.
En una entrevista Mara Aranda no puede dejar de relacionar, en un anacronismo emocional, el dolor de estas nanas con el de las madres migrantes de nuestro tiempo, que nuevamente en las orillas del mediterráneo ven pasar el destino frente a sus ojos. Es en esas costas en donde los judíoespañoles expulsados por el edicto de la Alhambra, en 1492, buscan nuevos hogares: primero en el norte de África, entre los restos también en el exilio de la cultura Andalusí. Pero no son bien recibidos, ni siquiera por las mismas comunidades judías ya asentadas en los actuales Marruecos y Argelia. Tampoco en la orilla cristiana tuvieron demasiada suerte, aunque algunos terminaron en Inglaterra o los Países Bajos. Pero sí fueron bien recibidos en el Imperio Otomano, que en aquel entonces abarcaba buena parte de Europa del Este, incluyendo los Balcanes y Grecia. Allí los sefardíes preservaron estas canciones en el idioma ladino, su particular forma del castellano. Por eso una definición de música sefardí incluye también a todas las músicas, especialmente las populares, que sonaban en la península ibérica hacia el siglo XV: las de moros, cristianos, sefardíes e incluso los gitanos, quienes traían como herencia los sonidos del este, de tiempos bizantinos ya extintos.
Precisamente de la legendaria isla griega de Rodas es la muy hermosa canción “La rosa enflorece”,, en donde suenan todas las herencias musicales hispánicas junto a las encontradas en la diáspora. Escuchemos la versión del conjunto internacional Me la amargates tú.
“Los que los echan pierden, yo gano”. Éstas se dice son las palabras del sultán Bayaceto II del imperio otomano, es decir del jefe de los que habían derrotado y disuelto el Imperio Bizantino. Bayaceto además descalificó al rey de España Fernando de Aragón, de quien no podía creer cómo lo llamaban rey cuando había expulsado de su reino la riqueza y la sabiduría de los sefardíes, a los que Bayaceto ahora abría sus puertas. Todo esto es muy paradójico: primero porque había sido la presión de los turcos la que motivara la migración de los judíos de Bagadad a la Córdoba andalusí en el siglo IX; y también porque había una rama judía entre los ancestros del rey Fernando.
Por toda Europa del este existe una presencia sostenida de la memoria sefardí, que hace comprensible encontrar tantas canciones en español del otro lado del continente. Pero no es solo un asunto del idioma. El lenguaje musical también preserva el sonido andalusí: utilizan el maqam y las estructuras melódico rítmicas andalusíes. También se usan el laúd, la guitarra morisca, la zorna, axabebas, panderos, sonajas y atabales. Todos elementos presentes en la Hispania medieval.
Por eso no sorprende que la siguiente canción le remita al investigador Julio Rabadán Bujalance a la forma de canto del flamenco y otras canciones españolas, aunque fue grabada en Alejandría, Egipto, a principios del siglo XX, cuando todavía existía el imperio otomano que 500 años antes había conducido Bayaceto. La voz es del notable Haim Effendi, un cantor judío nacido en Adranópolis, en la región de Tracia, la actual Turquía, La canción se llama “a la una nasí yo”.
Es realmente muy impresionante encontrar una identidad y cercanía tan presentes entre el modo de cantar “a la una nasi yo”, que acabamos de escuchar, y el de muchas de las músicas que asociamos con España y, claro está, con la proyección de su música en Latinoamérica. La sonoridad diaspórica de la música sefardí es entonces mucho más que la supervivencia de una tradición de un pueblo o una religión. Es la memoria resistente de un canto popular, que nos ofrece un vector histórico para comprender siglos de configuraciones de un musicar transcultural que comparten las músicas latinoamericanas, las españolas y las de medio oriente.
Como dice Carles Magraner, “Nos queda la leyenda de que algunos judíos sefardíes de la diáspora han guardado generación tras generación las llaves de lo que un día fue su hogar”. Para comprender esto, escuchemos “la yave de españa”, una canción sefardí de Sarajevo, en los Balcanes, interpretada por la famosa cantante y guitarrista de origen Bosnio, Flory Jagoda. Un musicar cuyos sonidos confirman ser parte viva de la diáspora y de su memoria histórica.