He leído hace unos días, de Marta Sanz, El frío. Al parecer es su primera novela. Y, aunque me ha gustado mucho, no es de ésta de la que quiero hablar, sino de La lección de anatomía, que fue la primera que leí de ella, y con la que me convertí en adicto vitalicio a lo que ella escriba. El título hace referencia al célebre cuadro de Rembrandt La lección de anatomía del Dr. Nicolaes Tulp, y está justificado porque el relato constituye una disección inquietantemente lúcida de la vida de su autora. La verdad es que, a ratos, su lucidez roza la crueldad, y me parecería más en consonancia con otro cuadro de Rembrandt, El buey desollado. El relato está considerado como autobiográfico, pero yo diría que los sucesos narrados son solo el pretexto para otra operación mucho más arriesgada y compleja: el desmontaje despiadado, pieza a pieza, paso a paso, de cualquier infancia, de toda adolescencia, dentro de las coordenadas culturales (¿occidentales?) en las que se mueve la autora, y sus lectores, nosotros. La operación actúa por contagio, suavemente, sin ruido, sin estridencias. Cuando te quieres dar cuenta, los huecos calculados que la narradora deja diseminados por el flujo de la historia, los estás llenando tú, con tus vivencias y emociones recordadas. Y entonces comprendes que, en realidad, el artefacto explosivo que está entre tus manos (¿el cable rojo, o el cable azul?) es tu infancia, tu pasado, un zócalo que creías cristalizado, bien asentado, pero que las artes de Marta Sanz están licuando, recolocando, reconsiderando.
A medida que avanzas en el libro, aprendes a jugar dentro de él. Llega un momento en que sabes que no te ofrecen la vida de alguien, sino unos artilugios construidos con fragmentos de personajes, trabados mediante impulsos emocionales. Máquinas deseantes, lo llamarían más allá de los Pirineos. Sabes que no te espera algo así como “el verdadero rostro de Marta Sanz” porque, en el fondo, comprendes que debajo de la máscara no está el rostro sino otra máscara, y otra, y otra... El rostro es ese juego de máscaras, ese fraseo. Y entonces te entregas, y colaboras con el juego, y disfrutas, y te enganchas. Y cambias.
Puedo asegurar que no soy el mismo, tras leer La lección de anatomía de Marta Sanz. Algo cambió en mi relación con mi infancia y mi adolescencia. Su lectura es un desafío. Si te atreves, léelo.
Álvaro García-Miguel