Sitio oficial de Gustavo Masso, narrador y guionista mexicano. Descubre su trayectoria en la Onda, la contracultura y sus libros actuales.
Acerca de mí
Nací en la Ciudad de México y desde muy joven supe que quería contar historias.
En el taller de Punto de Partida aprendí que el cuento puede ser un acto de creación y resistencia. Una beca de Bellas Artes dio un impulso a mi escritura. El CCC me forjó como guionista. Ya tenía todas las herramientas
Mi obra ha sido clasificada dentro de la literatura de la Onda y la contracultura mexicana. Escribo sobre la Ciudad, sobre barrios soslayados, sobre gente que la sociedad no alcanza a ver. Humor, violencia, injusticia y redención conviven entre mis páginas.
"El Albañilito Rodríguez" fue una especie de bestseller en los años ochenta y se ha convertido en un clásico de la literatura mexicana de esos tiempos.
Desde entonces he publicado cuatro novelas, además de relatos y poesía. También ejerzo como guionista porque una buena historia merece ser contada de mil formas.
Sigo escribiendo. La ciudad, con los avatares de su historia, nunca deja de dar buen material.
PORTADAS
Mi libro más reciente
Novela, (El último mexicano 03), lectura inmersiva, YBook's Editorial, 2025.
Relatos, colectivo, Punto de Partida, 1978.
Escrito entre el taller Punto de Partida y la beca de Bellas Artes. Hoy es un clásico de su época.
Novela, lectura inmersiva, YBook's Editorial, 2022.
Novela, (El último mexicano 02), YBook's Editorial, 2024.
Poemas, Ediciones de autor, 2011, 2025.
Relatos, antología, After the Storm Editorial, El Paso, Texas, 2025.
Como diría José Emilio: Me acuerdo, no me acuerdo. Debe haber sido a principios de los años setenta. En el pasaje Zócalo-Pino Suárez. Andaba yo recorriendo los distintos stands de una de tantas ferias del libro que ahí se instalaban, consciente de que en el bolsillo traía menos de cincuenta pesos.
En un stand chiquito, sentado en una silla plegable y apoyado en una mesa ídem, estaba un cuate con anteojos, flaco y con greña. Tenía varios ejemplares de sus libros frente a sí.
Al parecer, no era muy conocido, pues yo era el único curioso en ese momento.
Me puse a ver los libros. Eran cuatro o cinco diferentes, con portadas llamativas.
—¿Tú los escribiste todos?—pregunté admirado.
—Sí, manito. ¿Quieres que te recomiende uno?
Me recomendó De perfil.
Y me escribió una dedicatoria muy chingona (que ahora lamento haber perdido el ejemplar en alguno de tantos cambios en mi vida).
Ese libro fue mi parteaguas personal, que me transformó de lector en escritor.
Años después, ya como becario de Bellas Artes y con algún libro publicado, tuve la suerte de convivir con el gran José Agustín.
Pero hasta la fecha, aquel chavo que anduvo por el pasaje Zócalo-Pino Suárez con cincuenta pesos en la bolsa, lo recuerda con gratitud y cariño.
LIBRO EN PROCESO... ¡Nuevo! Capítulo 4
Capítulo 1
Rufino el Pacificador
Aquella mañana estacioné mi potente (aunque nada conspicuo) auto frente el enorme edificio corporativo y me dirigí a la entrada donde había un arco detector.
—Por favor, coloque en la bandeja llaves, monedas y celulares —me ordenó un vigilante mal encarado.
Obedecí, pero al intentar pasar un fuerte zumbido me detuvo. El vigilante preguntó:
—¿Se olvida de algo?
—Ah sí, perdón.
Saqué el enorme Mágnum de la funda sobaquera y la pistola pequeña del cinturón a mi espalda y los deposité en la bandeja. Al intentar pasar otra vez, la alarma volvió a sonar. El vigilante me miró con suspicacia.
—Perdón otra vez. Me olvidaba de estos juguetitos.
Me levanté las mangas del pantalón y desprendí el enorme cuchillo y un fino estilete que traía sujetos a las pantorrillas. Los deposité muy ufano en la repleta bandeja y me sacudí las manos teatralmente.
—Ahora sí, ¡estoy limpio!
El vigilante me miró, asombrado, dio un paso atrás y murmuró, nervioso:
—Pase usted, caballero…
Me dirigí, muy campante, rumbo a los elevadores.
Hago este numerito muy seguido, en parte para divertirme y, por otro lado, porque sé que así se corre la voz de que siempre estoy listo para la acción.
Luego de una corta espera, cuando pienso que ya se enteraron del teatrito que armé abajo, me recibieron en la lujosa oficina que, como ya sabemos, encubría un negocio ilícito.
El intermediario me dio los datos necesarios para realizar el trabajito. Se trataba, como siempre, de un conflicto por el territorio. Dos jefes de zona en disputa por el mando estaban causando graves problemas con los consiguientes daños colaterales, llámense estos atentados o ejecuciones.
A los mandamases no les gustaba nadita que se estuviera afectando una plaza donde el turismo es fuente de muy buenos ingresos. Se me ha encargado poner orden en el asunto.
El Acapulco rock,
todos están bailando
el Acapulco rock. U - í
El Acapulco rock aquí.
O ahí o allí, no me acuerdo. Pero así iba más o menos una canción que sonaba mucho en mi adolescencia.
Todo esto viene al caso porque me acababan de dar una comisión en el soleado puerto turístico.
Soy un solucionador de problemas. Muchos dicen que no soy más que un pinche sicario. Pero yo me considero un pacificador. Así me gusta que me llamen: Rufino El Pacificador.
Ya comprenderán que Rufino no es mi nombre real. Pero en el ambiente interno de las familias que se disputan los diversos territorios, ese nombre es como mi marca registrada. Cuando se requiere que un encargo se lleve a cabo con pulcritud y eficiencia, yo soy su hombre.
Me dirigí entonces a mi casa de seguridad, cuyo domicilio sólo yo conozco, para recargar mi artillería antes de encaminarme al paradisíaco puerto en mi antiguo pero potente auto.
Les contaré algo sobre este coche:
En mis principios, cuando me iniciaba en este negocio, necesitaba un vehículo que no llamara mucho la atención, pero que estuviera a punto para cuando fuese necesaria la agilidad y la rapidez. Compré entonces una carcacha de los años cincuenta y la llevé con alguien de confianza para que la modificara con lo más actual y potente en sus partes internas, pero conservando su exterior anquilosado.
A veces, me doy el gusto, como una travesura cuando voy por carretera, de desafiar ostentosos autos deportivos. Los dejo que me adelanten haciéndome gestos burlones y entonces los rebaso como un relámpago, a ciento ochenta kilómetros por hora, dejándolos con la boca abierta.
La ondulada autopista, como siempre, tenía varios tramos en reparación, pero la recorrí, sin embargo, en un suspiro. Con mi fresca camisa sport y mis anteojos oscuros me encontraba muy en mi papel de turista adinerado.
¡Ay, Acapulquito lindo!, pensé mientras brincaba las últimas montañas y alcanzaba al fin a ver el mar. No se crean, a pesar de ser conocido como un frío ejecutor, yo también tengo mi corazoncito.
Recuerdo los paseos de la infancia en esos días tan luminosos con mamá y papá, viajando en una sofocante carcacha, y la alegría de la llegada a un hotelito barato de la playa de Caleta. De inmediato, me desvestía ante las sonrisas cómplices de mis padres, pues ya traía puesto el traje de baño desde México, y corría feliz sobre la arena hacia el cálido mar que, en esos tiempos, poblaba todos mis sueños.
Continuará...
Capítulo 2
Gabriel el escribidor
(una historia paralela)
El día de mi cumpleaños 40 amaneció frío y nublado, como nublada seguía mi mente.
Soy un hombre de ritos. Después de un ligero desayuno, con una buena taza de café cargado y el primer cigarro del día me dirigí a mi estudio, me acomodé frente a la computadora y, como de costumbre, me quedé mirando la pantalla en blanco.
El cigarro se consumió en el cenicero, el café se enfrió y yo no había escrito ni una sola palabra. El ritual, una vez más, no me funcionó.
Cierto, mis cuatro libros anteriores habían sido todo un éxito y el dinero seguía ingresando. Por ese lado no estaba el problema. Pero ya llevaba un par de años con la mente bloqueada, viviendo en el paraíso de los güevones y eso me estaba afectando. Me sentía boca bajeado. Traía la autoestima por los suelos.
Hay que llenar la maldita pantalla en blanco. Sólo escribir lo que me venga en mente. ¡Ese es el camino! Veamos:
No por mucho madrugar amanece más temprano, no por mucho madrugar amanece más temprano, no por mucho madrugar amanece más temprano… ¡así hasta cubrir la pinche pantalla blanca!
Jejeje. Me recuerda la escena de una película sobre un escritor chiflado. Ah, sí: del maestro Kubrick. ¿Así andaré ya de zafado?
De un manotazo apagué la computadora y me incorporé de golpe derribando la silla. Me puse a recorrer a grandes pasos el estudio, como dice el proverbial lugar común, hecho un manojo de nervios.
Me rescató, bendito sea, el sonido del teléfono que, al mismo tiempo, vibró dentro de mi bolsillo. Siempre me sobresalto cuando vibra cerca de mis huevos.
—¿Hola?¡Hola! — dije con la voz un tanto fuerte.
—¿Qué onda, cuate? —Era la voz de Lydia, mi editora —¿Ya andas otra vez de nervios?
Les contaré algo de Lydia: es la editora que tuvo confianza en un escritor novato y desconocido. Y tuvo el valor, y la visión, de publicar mi primer libro. Lydia es para mí como la conciencia de Pinocho: es mi Pepe Grillo. A pesar de ser una mujer ya cincuentona, su modo de ser es juvenil y entusiasta. A su edad, se mantiene atractiva y fuerte y siempre está a mi lado cuando la necesito.
—Pues sí —gimoteé—. Estoy fregado. Sigo con la mente en blanco. No me sale nada.
—Déjame ver qué se me ocurre, porque ya está por vencerse el plazo de entrega de tu novela. Tienes que salir y cambiar de aires. Voy a hacer algunos arreglos y te aviso.
Mi querida amiga… siempre dándome su apoyo. Ya no nacen las editoras como ella.
—A propósito —me dijo antes de colgar—, ¡feliz cumpleaños!
Los timbrazos de la puerta me sacaron de un sueño desapacible inducido por las brumas del alcohol. Como pude, me puse una bata y me dirigí a abrir con paso tambaleante. Era Lydia que, apenas al entrar, me hizo un gesto de desaprobación.
—Mira nada más cómo estás. Ve a darte un baño mientras yo te preparo un café bien cargado.
Bajo la regadera me puse a recordar la noche anterior. Estuve bebiendo mientras miraba programas bobos y simplones en la televisión. Después se me borró el caset y ya no recuerdo nada. Son los tristes avatares por los que atraviesa un escritor frustrado, pensé con resignación.
Lydia me esperaba en la mesa con dos humeantes tazas de café. Ocupé mi lugar con aire humilde a la espera de una reprimenda, pero ella una vez más me sorprendió.
—Lo estuve pensando y tengo un plan para ti. Tienes que cambiar de ambiente. Te hice una reservación en un hotelito cómodo y discreto en Acapulco. Es un lugar muy privado. Ahí podrás relajarte y empezar de nuevo. Aquí están tus boletos de avión.
—Pero es que no me siento con ánimos de viajar —me quejé.
—Descansa hoy todo el día y procura no beber. Tu vuelo sale mañana temprano.
Asentí resignado. Todo lo hace por tu bien, estúpido, pensé. La miré mientras daba un gran trago a mi café. Es una mujer estupenda, aunque con ciertos aires maternales. Muchas veces he pensado que quizás esté un poquito enamorada de mí, pero ella nunca ha tocado el tema. Tal vez, simplemente es una persona que me cuida y me quiere. En un arranque emotivo, me levanté para darle un abrazo.
—Todo va a estar bien —me dio un beso en la mejilla—. Ya me voy para que descanses.
Antes de salir, todavía me dijo:
—Y no te olvides de llevarte tu laptop.
Mi amiga, la editora, siempre pensando en el trabajo.
Continuará...
Capítulo 3
Rufino el Pacificador
Mi llegada al hotel me trajo de vuelta al presente. Era un lugar lujoso y reservado, propicio para el anonimato en mis actividades. Soy, aunque ustedes no lo crean, un pistolero refinado y con estilo. Un botones se apresuró para coger mi equipaje, pero yo me anticipé y cargué la pesada mochila donde traía mi armamento. Ya en mi cuarto, le di una discreta propina que no llamara mucho su atención y, en cuanto me hallé a solas, me tumbé en la amplísima cama para meditar a fondo mi plan de acción.
Sin embargo, mi mente rebelde se encargó de volverme de nuevo al pasado. Cómo olvidar aquellos tiempos cuando, al salir de alguna alocada fiesta o de una noche delirante recorriendo discotecas con una jauría de amigos, al grito de ¡echémonos un Acapulcazo! enfilábamos rumbo a la carretera.
Éramos tan jóvenes e irresponsables que el que manejaba era, a veces, el que estaba más borracho. De puro milagro no tuvimos nunca un accidente. Además, estaba el absurdo de esos paseos improvisados en caliente, sin hotel, sin equipaje, ni siquiera un triste traje de baño. Se trataba simplemente de darnos un remojón en el mar, echarnos una siesta en la playa y tomar el camino de regreso con la sal y la arena picándonos por todo el cuerpo. Pero esas escapadas eran ya de antología y ahora es un placer el recordarlas.
Comenzaba a oscurecer cuando entré al baño y me di una larga ducha. Acapulquito, Acapulquito, canturreaba. Y recordé, sonriente, cómo Carlos Monsiváis dijo alguna vez que ese era el nombre perfecto para una pulquería. De buen humor, salí a vestirme y escogí una blanca guayabera que disimulaba a la perfección la pequeña, pero letal, Derringer que ocultaba en la pretina de mi pantalón. Antes de salir, hice una breve llamada a uno de los números que tenía memorizados.
―Restaurante Locobombo ―respondió una voz femenina.
―Dígale a Don Quirino que su amigo Rufino pasará a platicar ―le dije y colgué sin darle oportunidad a responder.
La Costera lucía espléndida esa noche y me decidí a caminar rumbo a mi cita. El aire denso y cálido se refrescaba por momentos con la brisa salina que llegaba del mar. La bulla que salía de los establecimientos colmados no alcanzaba a cubrir el ritmo antiguo y constante del oleaje cercano.
Después de un agradable y relajante paseo, llegué al mentado Locobombo. Me recibió el sonido estridente de un cuarteto de músicos que aparentaban estar borrachos o drogados, vayan ustedes a saber. El grupo llamado Karisma interpretaba, a todo volumen, ¡qué casualidad!, El Acapulco Rock.
Continuará...
Capítulo 4
Gabriel el escribidor
El avión sobrevolaba unas lagunas. Al fondo, se destacaba el inmenso océano azul. Luego de realizar un amplio giro, donde se alcanzaba a vislumbrar la esplendorosa bahía, tuvimos un suave aterrizaje. Yo solté un suspiro contenido. Nunca me ha gustado volar y en el transcurso del viaje siempre estoy un poco tenso.
Al salir del refrigerado aeropuerto, el golpe del calor me tomó desprevenido. De inmediato sentí la ropa humedecida por el sudor. Iba cargado de equipaje y la cola para los taxis parecía interminable. Pero en eso distinguí a un hombre que portaba un cartelito con mi nombre. El tipo, muy amable, se ocupó de mis maletas y me condujo a una impresionante limusina que, bendito sea, tenía aire acondicionado. Mi querida Lydia pensó en todo.
Al tomar la carretera escénica comencé, por fin, a sentirme relajado. El coche tenía un bar bien surtido. Abrí una cerveza, deliciosamente fría, y disfruté del trayecto. Una suave música instrumental brotaba de los altavoces. La pesada coraza de tensión iba cayendo en pedazos.
El hotel, enclavado en la montaña con vistas a la gran bahía, parecía surgido de un encantamiento. De inmediato, fui asignado a una lujosa suite que encontré llena de flores y en la mesa, dentro de un cubo con hielo, me aguardaba una espléndida botella de champán. Tomé un par de copas en la terraza mientras disfrutaba del hermoso panorama y el clima cálido me resultó entonces delicioso. Me estaba aclimatando con rapidez. Decidí ponerme un traje de baño y bajar a la zona de albercas. En el espejo noté cómo sobresalían mis costillas. He enflacado bastante en esta crisis.
Con el sol cayendo a plomo, las albercas estaban poco concurridas. Unos cuantos niños chapoteaban en el agua. En el bar, bajo una palapa, un par de viejos con la piel enrojecida tomaban algún trago exótico servido en una piña.
Acomodé la sombrilla para protegerme la cabeza y me tumbé en un camastro. Un camarero me trajo una fresca bebida tropical de ron con jugo de frutas. Esto sí es vida, pensé.
Estaba tan a gusto y sosegado que incluso me arrepentí de no haber bajado la laptop para intentar escribir un poco.
En eso, un niño de unos cinco años, salido de no sé dónde, a toda carrera, tropezó con mi camastro e hizo que la bebida se me derramara encima.
Entonces apareció una sirena (no puedo describirla de otro modo), tomó al niño del brazo y le ordenó meterse en la alberca.
—Perdónelo, señor —dijo avergonzada—Es que mi hermanito es muy atrabancado.
Era una muchacha preciosa con un bikini diminuto.
Yo no lo sabía, pero en ese momento mi vida acababa de entrar en un torbellino.
—Déjeme traerle otro trago —dijo la sirena apenada mientras yo trataba de limpiarme con una toalla.
—Bueno, pero si te tomas uno conmigo.
No sé de dónde me salió la espontaneidad.
La chica sonrió, se dirigió al bar y volvió con dos bebidas.
Bajé las piernas del camastro y le hice espacio para que se sentara a mi lado.
—Salud —chocó mi vaso —. Y perdón por tanto estropicio.
—No te apures —traté de mostrarme encantador—. Son sólo cosas de los niños.
—Es que usted no sabe cómo es mi hermanito. Es un verdadero demonio.
En ese momento el demonio salió de la alberca y preguntó con impertinencia:
—¿Y este cuate quién chingados es?
—¡Daniel! —se sonrojó la muchacha—¡Ya te he dicho que no digas groserías!
—No hay cuidado —quise mostrar serenidad—. Él y yo vamos a ser amigos, ¿verdad Dany?
—¡Yo no me llamo Dany! —dijo el escuincle y se aventó al agua.
No era una buena manera de empezar una amistad, así que intenté sonreír, tendí mi mano a la chica y me presenté:
—Soy Gabriel. Vine aquí en busca de descanso y tranquilidad. Son mis primeras vacaciones en muchos años.
—Y mire nada más el chamaco maldoso con el que llega a encontrarse —estrechó mi mano—Yo soy Camila. Vivo aquí con mis padres y ese muchachito latoso que acaba de conocer. Mi papá es el gerente del hotel.
Era un placer observar a Camila. Tenía un rostro precioso con unos luminosos ojos que parecían ser de color violeta. Ojos de Liz Taylor, pensé. En su cuerpo esbelto y juvenil, realzado por el bikini, no podrías hallar ninguna imperfección. Le calculé, a lo sumo, unos dieciocho años.
—¿Qué te parece —pregunté—si nos tomamos otro trago en el bar?
—No puedo —se levantó con agilidad—. Tengo que cuidar a ese diablillo. A lo mejor más tarde.
Fue a sentarse al borde de la alberca, con las piernas dentro del agua. El chamaco de inmediato se acercó y se puso a salpicarla.
Y ahí me quedé observando su espalda muy bien formada.
Continuará...
De El Albañilito Rodríguez, Editorial Universo, 1980, 1983.
Ahí estábamos, matando el sábado, contándonos chistes y vacilando a las chamacas: adiós mamacita, a qué horas vas al pan, si como las mueves etcétera, que pasaban a cada rato para ir a la Guadalupana, la tienda de la esquina, a traer algún mandado, mientras nos gorreábamos unos a otros los cigarros y nos mentábamos la madre o nos golpeábamos amistosamente.
También los escuincles de la cuadra estaban, como de costumbre jugando fútbol a media calle, driblando de vez en cuando algún coche. Por eso teníamos que estarnos cuidando de los balonazos, bolita favor, que nos llegaban. Pero ahora, por más que les aventábamos la bola bien lejos, háganse para allá cabrones, los canijos ya nos habían agarrado de sus tarugos y se la pasaban chutando con todas sus ganas para acá. En una de esas le dieron un pelotazo en la mera jeta al Macuarro, que ese sí es reteenojón, y que se levanta hecho la madre a perseguirlos, aunque con esos guarachotes que usa cuándo los iba a alcanzar. De todos modos nos quedamos con el balón y los escuincles ya no se animaron a pedirlo. Nomás los veíamos parados en la esquina haciéndonos gestos y burlándose.
Entonces, como el Federico ya iba a empezar otra vez con su chistecito del cura, que es bien mamón, que nos ponemos de acuerdo para echar una cascarita de futbol y, pa luego es tarde, formamos los equipos, cuatro contra cuatro, de a las caguamas, van, pusimos las porterías, coladeritas de tres pasos, con dos piedrotas en medio de la calle, se vale rebotar en la banqueta y no hay ofsaid, sale, sacan pichones, y comenzamos a jugar con entusiasmo, pensando más que nada en las cervezas que estaban de por medio.
Los comerciantes de la cuadra, ya van a empezar esos vagos, bajaron luego luego sus cortinas, aunque de todos modos ya casi era hora de cerrar, y los chavitos, que ya nos habían perdido el miedo y se interesaron en el partido, se acomodaron en un zaguán y desde ahí soltaban la carcajada cada vez que atropellábamos a alguna señora, brutos, desconsiderados, que pasaba por allí con su chilpayate en brazos, o cuando nos metíamos algún faul más o menos aparatoso.
El juego estaba reñido y ya íbamos dos dos cuando un coche, un gálaxi negro grandote, se soltó tocando el claxon para que lo dejáramos pasar. Nosotros ni lo pelamos, así qué siguió pite y pite hasta que el Macuarro se encabronó y le tiró adrede un balonazo que le dio en el frente y le abolló toda la parrilla. Entonces, como ya se habían juntado cuatro o cinco coches más atrás de él, el cuate este del gálaxi, qué se han creído, se sintió de pronto valiente y se bajó a echar bronca. Los de los otros carros también se bajaron a ver qué pasaba, los niños salieron del zaguán y se acercaron, y en las ventanas de las casas los vecinos, quién le pegó a quién, se asomaban a preguntar a los de afuera. Pronto se hizo una bolita de gente que no sabía ni qué pedo pero ai estaban de chismosos.
El del gálaxi discutía, ustedes no saben con quién se están poniendo, sacaba credenciales y quería quitar las piedras, y nosotros agarrábamos al Macuarro, déjenme partirle su madre a este pinche viejo, que se le quería ir encima, mientras en medio de la discusión el Toño, que se da aires de galán, aprovechaba para llegarle, por qué tan sola mamacita, a una chava de un volksvaguen que no sabía ya ni donde meterse.
El caso es que nosotros no aflojamos, y lo bueno es que los vecinos, no se dejen muchachos, comenzaron a apoyarnos, mientras desde las azoteas de las casas les aventaban basura y porquería y media a los coches. Pero el colmo fue cuando al carnicero que vive en la esquina se le ocurrió salir a afilar sus cuchillos en la banqueta, a la vista de todos. Ahí empezó la desbandada. Y como los coches de atrás se estaban echando en reversa para salir por un callejoncito lateral, al del gálaxi, mejor ai muere, se le quitó lo valiente, se subió a su carro y se echó también en reversa seguido de todos los chavitos, pinche viejo maricón, que iban golpeándole los cristales y burlándose.
Total que acabamos el partido, hicimos coperacha para tomar una cerveza, y ya de nochecita, cuando de las casas salía un olor a frijoles recién hechecitos y a café con leche, nos metimos a cenar, pero nadie quitó las piedras de la calle. Esa noche, a pesar de ser sábado, no nos emborrachamos.
Una etapa más que acaba.
Un libro que al final
se cierra
(y después la nostalgia).
Ahora sólo puedo
reafirmar mi amor.
Tu cuerpo, tu mente
hace tiempo
que dejaron de ser míos.
Hoy retorno
a los afanes de la vida.
Tus besos tienen
el sabor de los adioses.
De: El Albañilito Rodríguez, Editorial Universo, 1980, 1983.
¿Se imaginan lo que es estarse un domingo encerrado toda la tarde? Con el televisor descompuesto, el tocadiscos empeñado y sin tener siquiera un pinche quinto, ya de perdida para invitar a Conchita la del dos a ver la que pasan en el Mariscala. Porque claro, como de costumbre la quincena nada más me duró una semana y parecía que faltaban siglos para el día de pago. Pero ustedes ya han de haber pasado por todo esto, ¿verdad?, así que para qué les voy a amargar el rato.
Pos ya saben, así andaba yo, como león enjaulado, parriba y pabajo y ya se me hacía chiquito el cuarto, pero lo que más me desesperaba era lo silencioso que estaba el edificio. Carajo, ni siquiera se oían gritar los escuincles de la portera que son bien chillones. Por eso mejor agarré mi chamarra y que me salgo para la calle.
Y ai me tienen, camine y camine como pinche loco, parándome de repente a ver las carteleras de los cines que pasan puras películas de esas pornográficas, ¿así se dice?, o para mirar, con ganas de llegarles, a las chamacas que pasaban meneándolas mucho, aunque ya sabía que sin dinero nomás no hay de piña.
Bueno, el caso es que me aventé, así a pata, desde las calles del Carmen, que ahí tienen su casa, hasta el Caballito que es donde empezó a llover. Uta madre eso sí fue el colmo. Ya era de noche y de pronto se quedaron las calles vacías. Y yo allí, en pleno Reforma, con el humorcito que me cargaba, chorreando agua como un imbécil y parado debajo de una cornisa que ni me tapaba nada, esperando que se quitara la lluvia o quién sabe qué cosa.
Pero no se aburran que aquí viene lo bueno. En esas estaba cuando ai tienen que salió un coche derrapándose por la glorieta y zas pum ¡mocos!, que llega y se estrella contra un poste a un lado de donde estaba yo. Me escapé apenas por un pelito, y todavía no me reponía del susto cuando oí que alguien se quejaba. Me acerqué y vi a un hombre que salía arrastrándose de entre los restos del coche, que no había quedado ya ni pa chatarra.
Estaba fregado el cuate este, todo lleno de sangre y con un fierro del coche enterrado en la barriga. Se quejaba muy quedito, pero cuando vio que me acercaba comenzó a dar tremendos gritotes el pinche maricón, quién sabe qué me notaría en la cara. Yo entonces voltié pa todos lados, para asegurarme de que no viniera nadie, y agarrando el fierro que traía clavado, se lo hundí más en la panza hasta que dejó de gritar y se quedó quieto. Luego fui corriendo a llamar una ambulancia y me estuve ahí bajo la lluvia hasta que llegaron a recoger el cadáver. “Ha de haber andado borracho”, le dije a unos de los camilleros y me fui para mi casa en el momento en que dejaba de llover. Esa noche dormí muy a gusto.
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