Sitio oficial de Gustavo Masso, narrador y guionista mexicano. Descubre su trayectoria en la Onda, la contracultura y sus libros actuales.
Acerca de mí
Nací en la Ciudad de México y desde muy joven supe que quería contar historias.
En el taller de Punto de Partida aprendí que el cuento puede ser un acto de creación y resistencia. Una beca de Bellas Artes dio un impulso a mi escritura. El CCC me forjó como guionista. Ya tenía todas las herramientas
Mi obra ha sido clasificada dentro de la literatura de la Onda y la contracultura mexicana. Escribo sobre la Ciudad, sobre barrios soslayados, sobre gente que la sociedad no alcanza a ver. Humor, violencia, injusticia y redención conviven entre mis páginas.
"El Albañilito Rodríguez" fue una especie de bestseller en los años ochenta y se ha convertido en un clásico de la literatura mexicana de esos tiempos.
Desde entonces he publicado cuatro novelas, además de relatos y poesía. También ejerzo como guionista porque una buena historia merece ser contada de mil formas.
Sigo escribiendo. La ciudad, con los avatares de su historia, nunca deja de dar buen material.
PORTADAS
Mi libro más reciente
Portada de la novela Universo de sueños
Novela, (El último mexicano 03), lectura inmersiva, YBook's Editorial, 2025.
Portada del libro de relatos Ahora las palabras
Relatos, colectivo, Punto de Partida, 1978.
Portada del libro de cuentos El Albañilito Rodríguez
Escrito entre el taller Punto de Partida y la beca de Bellas Artes. Hoy es un clásico de su época.
Portada de la novela El último mexicano
Novela, lectura inmersiva, YBook's Editorial, 2022.
Portada de la novela Horizonte de sucesos
Novela, (El último mexicano 02), YBook's Editorial, 2024.
Portada del Libro Poemasso´s
Poemas, Ediciones de autor, 2011, 2025.
Portada del libro de relatos Aquí nomás de hablador
Relatos, antología, After the Storm Editorial, El Paso, Texas, 2025.
Como diría José Emilio: Me acuerdo, no me acuerdo. Debe haber sido a principios de los años setenta. En el pasaje Zócalo-Pino Suárez. Andaba yo recorriendo los distintos stands de una de tantas ferias del libro que ahí se instalaban, consciente de que en el bolsillo traía menos de cincuenta pesos.
En un stand chiquito, sentado en una silla plegable y apoyado en una mesa ídem, estaba un cuate con anteojos, flaco y con greña. Tenía varios ejemplares de sus libros frente a sí.
Al parecer, no era muy conocido, pues yo era el único curioso en ese momento.
Me puse a ver los libros. Eran cuatro o cinco diferentes, con portadas llamativas.
—¿Tú los escribiste todos?—pregunté admirado.
—Sí, manito. ¿Quieres que te recomiende uno?
Me recomendó De perfil.
Y me escribió una dedicatoria muy chingona (que ahora lamento haber perdido el ejemplar en alguno de tantos cambios en mi vida).
Ese libro fue mi parteaguas personal, que me transformó de lector en escritor.
Años después, ya como becario de Bellas Artes y con algún libro publicado, tuve la suerte de convivir con el gran José Agustín.
Pero hasta la fecha, aquel chavo que anduvo por el pasaje Zócalo-Pino Suárez con cincuenta pesos en la bolsa, lo recuerda con gratitud y cariño.
De El Albañilito Rodríguez, Editorial Universo, 1980, 1983.
Ahí estábamos, matando el sábado, contándonos chistes y vacilando a las chamacas: adiós mamacita, a qué horas vas al pan, si como las mueves etcétera, que pasaban a cada rato para ir a la Guadalupana, la tienda de la esquina, a traer algún mandado, mientras nos gorreábamos unos a otros los cigarros y nos mentábamos la madre o nos golpeábamos amistosamente.
También los escuincles de la cuadra estaban, como de costumbre jugando fútbol a media calle, driblando de vez en cuando algún coche. Por eso teníamos que estarnos cuidando de los balonazos, bolita favor, que nos llegaban. Pero ahora, por más que les aventábamos la bola bien lejos, háganse para allá cabrones, los canijos ya nos habían agarrado de sus tarugos y se la pasaban chutando con todas sus ganas para acá. En una de esas le dieron un pelotazo en la mera jeta al Macuarro, que ese sí es reteenojón, y que se levanta hecho la madre a perseguirlos, aunque con esos guarachotes que usa cuándo los iba a alcanzar. De todos modos nos quedamos con el balón y los escuincles ya no se animaron a pedirlo. Nomás los veíamos parados en la esquina haciéndonos gestos y burlándose.
Entonces, como el Federico ya iba a empezar otra vez con su chistecito del cura, que es bien mamón, que nos ponemos de acuerdo para echar una cascarita de futbol y, pa luego es tarde, formamos los equipos, cuatro contra cuatro, de a las caguamas, van, pusimos las porterías, coladeritas de tres pasos, con dos piedrotas en medio de la calle, se vale rebotar en la banqueta y no hay ofsaid, sale, sacan pichones, y comenzamos a jugar con entusiasmo, pensando más que nada en las cervezas que estaban de por medio.
Los comerciantes de la cuadra, ya van a empezar esos vagos, bajaron luego luego sus cortinas, aunque de todos modos ya casi era hora de cerrar, y los chavitos, que ya nos habían perdido el miedo y se interesaron en el partido, se acomodaron en un zaguán y desde ahí soltaban la carcajada cada vez que atropellábamos a alguna señora, brutos, desconsiderados, que pasaba por allí con su chilpayate en brazos, o cuando nos metíamos algún faul más o menos aparatoso.
El juego estaba reñido y ya íbamos dos dos cuando un coche, un gálaxi negro grandote, se soltó tocando el claxon para que lo dejáramos pasar. Nosotros ni lo pelamos, así qué siguió pite y pite hasta que el Macuarro se encabronó y le tiró adrede un balonazo que le dio en el frente y le abolló toda la parrilla. Entonces, como ya se habían juntado cuatro o cinco coches más atrás de él, el cuate este del gálaxi, qué se han creído, se sintió de pronto valiente y se bajó a echar bronca. Los de los otros carros también se bajaron a ver qué pasaba, los niños salieron del zaguán y se acercaron, y en las ventanas de las casas los vecinos, quién le pegó a quién, se asomaban a preguntar a los de afuera. Pronto se hizo una bolita de gente que no sabía ni qué pedo pero ai estaban de chismosos.
El del gálaxi discutía, ustedes no saben con quién se están poniendo, sacaba credenciales y quería quitar las piedras, y nosotros agarrábamos al Macuarro, déjenme partirle su madre a este pinche viejo, que se le quería ir encima, mientras en medio de la discusión el Toño, que se da aires de galán, aprovechaba para llegarle, por qué tan sola mamacita, a una chava de un volksvaguen que no sabía ya ni donde meterse.
El caso es que nosotros no aflojamos, y lo bueno es que los vecinos, no se dejen muchachos, comenzaron a apoyarnos, mientras desde las azoteas de las casas les aventaban basura y porquería y media a los coches. Pero el colmo fue cuando al carnicero que vive en la esquina se le ocurrió salir a afilar sus cuchillos en la banqueta, a la vista de todos. Ahí empezó la desbandada. Y como los coches de atrás se estaban echando en reversa para salir por un callejoncito lateral, al del gálaxi, mejor ai muere, se le quitó lo valiente, se subió a su carro y se echó también en reversa seguido de todos los chavitos, pinche viejo maricón, que iban golpeándole los cristales y burlándose.
Total que acabamos el partido, hicimos coperacha para tomar una cerveza, y ya de nochecita, cuando de las casas salía un olor a frijoles recién hechecitos y a café con leche, nos metimos a cenar, pero nadie quitó las piedras de la calle. Esa noche, a pesar de ser sábado, no nos emborrachamos.
Una etapa más que acaba.
Un libro que al final
se cierra
(y después la nostalgia).
Ahora sólo puedo
reafirmar mi amor.
Tu cuerpo, tu mente
hace tiempo
que dejaron de ser míos.
Hoy retorno
a los afanes de la vida.
Tus besos tienen
el sabor de los adioses.
De: El Albañilito Rodríguez, Editorial Universo, 1980, 1983.
¿Se imaginan lo que es estarse un domingo encerrado toda la tarde? Con el televisor descompuesto, el tocadiscos empeñado y sin tener siquiera un pinche quinto, ya de perdida para invitar a Conchita la del dos a ver la que pasan en el Mariscala. Porque claro, como de costumbre la quincena nada más me duró una semana y parecía que faltaban siglos para el día de pago. Pero ustedes ya han de haber pasado por todo esto, ¿verdad?, así que para qué les voy a amargar el rato.
Pos ya saben, así andaba yo, como león enjaulado, parriba y pabajo y ya se me hacía chiquito el cuarto, pero lo que más me desesperaba era lo silencioso que estaba el edificio. Carajo, ni siquiera se oían gritar los escuincles de la portera que son bien chillones. Por eso mejor agarré mi chamarra y que me salgo para la calle.
Y ai me tienen, camine y camine como pinche loco, parándome de repente a ver las carteleras de los cines que pasan puras películas de esas pornográficas, ¿así se dice?, o para mirar, con ganas de llegarles, a las chamacas que pasaban meneándolas mucho, aunque ya sabía que sin dinero nomás no hay de piña.
Bueno, el caso es que me aventé, así a pata, desde las calles del Carmen, que ahí tienen su casa, hasta el Caballito que es donde empezó a llover. Uta madre eso sí fue el colmo. Ya era de noche y de pronto se quedaron las calles vacías. Y yo allí, en pleno Reforma, con el humorcito que me cargaba, chorreando agua como un imbécil y parado debajo de una cornisa que ni me tapaba nada, esperando que se quitara la lluvia o quién sabe qué cosa.
Pero no se aburran que aquí viene lo bueno. En esas estaba cuando ai tienen que salió un coche derrapándose por la glorieta y zas pum ¡mocos!, que llega y se estrella contra un poste a un lado de donde estaba yo. Me escapé apenas por un pelito, y todavía no me reponía del susto cuando oí que alguien se quejaba. Me acerqué y vi a un hombre que salía arrastrándose de entre los restos del coche, que no había quedado ya ni pa chatarra.
Estaba fregado el cuate este, todo lleno de sangre y con un fierro del coche enterrado en la barriga. Se quejaba muy quedito, pero cuando vio que me acercaba comenzó a dar tremendos gritotes el pinche maricón, quién sabe qué me notaría en la cara. Yo entonces voltié pa todos lados, para asegurarme de que no viniera nadie, y agarrando el fierro que traía clavado, se lo hundí más en la panza hasta que dejó de gritar y se quedó quieto. Luego fui corriendo a llamar una ambulancia y me estuve ahí bajo la lluvia hasta que llegaron a recoger el cadáver. “Ha de haber andado borracho”, le dije a unos de los camilleros y me fui para mi casa en el momento en que dejaba de llover. Esa noche dormí muy a gusto.
CONTACTO Y REDES SOCIALES
VISITA MIS REDES SOCIALES