En el principio el Río de Consciencia dio vida a este mundo. Se sumergió en el sueño profundo de la roca y la animó por mucho tiempo, y avanzó. Un día despertó hecho semilla, flor y fruto en el mundo vegetal; perfumó y alimentó, dio color y sabor a la vida, y fluyó. También despertó de ese sueño: voló, nadó, corrió libre con plumas, patas y alas, y fluyó por mucho tiempo. Despertó nuevamente, se elevó, caminó danzando y celebrando esta vida, y amó.
Sé como el Río de Consciencia que fluye simplemente. Si encuentra en su camino un peñasco, no lucha: lo abraza y sigue. Si encuentra a su paso un escalón, se adapta y se transforma en cascada. Si atraviesa un desierto, se hace ancho y se expande; si va entre las piedras, se angosta y se torna caudaloso. Va dando vida a su paso sin preocuparse por lo que viene; su confianza en la existencia es infinita, hasta que llega ese gran día en que se encuentra con el océano infinito de consciencia y el río se funde en él, en un abrazo eterno de luz y amor.