Uno podría decir que me he pasado media vida estudiando la materia… y la otra mitad intentando explicarla. Me llamo Manuel Macías Montero y soy físico, aunque eso no dice gran cosa, porque la física no es un título, sino una forma de mirar el universo: con curiosidad irreprimible, paciencia de relojero y gusto por la precisión.
En mi caso, esa mirada me ha llevado a explorar un rincón muy particular del cosmos: los nanomateriales. Ese mundo diminuto donde los átomos se ordenan con una elegancia que ni los arquitectos del Renacimiento habrían imaginado, y donde basta una capa del grosor de un virus para cambiar la forma en que la luz se refleja, se absorbe o se convierte en electricidad.
Como todo científico en ciernes, empecé por el principio: una Licenciatura en Física en la Universidad de Sevilla. Luego seguí el camino natural de quienes no tenemos remedio: hice un máster, otro máster más (por si el primero no bastaba) y acabé con un Doctorado en Ciencia y Tecnología de Nuevos Materiales, investigando cómo crear estructuras nanoscópicas usando plasmas, que no son otra cosa que gases excitados —como niños con demasiado azúcar— que hacen cosas maravillosas con los átomos.
Mi tesis, dicho sea de paso, versó sobre nuevas técnicas de síntesis para nanohilos y sus aplicaciones. La escribí, la defendí, sobreviví. Fue un triunfo de la voluntad y del café.
Desde entonces he trabajado en varios centros de investigación, como el Instituto de Ciencia de Materiales de Sevilla (ICMS) o el Instituto de Óptica del CSIC, así como en universidades extranjeras (University of Cambridge, Ulster University, por ejemplo), donde el clima me hizo valorar aún más el sol de Andalucía. He publicado más de 40 artículos científicos —la mayoría en revistas de alto impacto— y he hablado sobre mis trabajos en congresos por medio mundo, desde Tsukuba a Belfast, de Boston a Belgrado.
¿Y qué investigamos? Materiales que responden a la luz, nanocables que transportan información, superficies que se limpian solas, películas delgadas que actúan como sensores o como células solares. Si suena a ciencia ficción, tanto mejor.
He tenido el placer de enseñar en la universidad, dando clases de Ingeniería Ambiental y tutorizando a estudiantes que, con suerte, sabrán más que yo dentro de unos años. También he participado en actividades de divulgación científica, porque creo sinceramente que no hay conocimiento completo si no puede compartirse con otros. Si Asimov nos enseñó algo es que se puede explicar la entropía a tu tía del pueblo… si encuentras las palabras adecuadas.
Desde 2021, he dado un giro a mi trayectoria: me dedico por completo a la enseñanza en Educación Secundaria, impartiendo Física y Química a estudiantes de ESO y Bachillerato.
Podría parecer un cambio radical, pero no lo es tanto. Cambié el laboratorio por el aula, el reactor de plasma por la pizarra, y los artículos científicos por las explicaciones improvisadas con tiza (o rotulador). Y, sinceramente, no podría estar más convencido: pocas cosas hay más estimulantes que ver cómo un alumno que odiaba los números un día comprende, casi sin darse cuenta, por qué el cielo es azul o cómo funciona una batería.
Sigo creyendo que la ciencia es una forma de mirar el mundo con asombro y método. Y ahora me dedico a enseñar a otros a mirar así.