Victorio Macho Rogado. Nació en Palencia en el seno de una familia modesta. Su infancia transcurrió en esta ciudad rodeado de magníficos ejemplos de la imaginería castellana que tanto le marcó en sus inicios.
A los diez años de edad se trasladó con su familia a Santander. En ella inició sus estudios en la Escuela de Artes y Oficios y coincidió con personas como Menéndez Pelayo, Benito Pérez Galdós o el también artista José Gutiérrez Solana.
Hacia 1915 y tras realizar una primera obra marcada por influencias simbolistas, seguidas de un rápido paso por el primer Renacimiento italiano, Victorio llevó a cabo su conocida serie de esculturas y dibujos de la raza, muy influidas por la mentalidad triunfante de los intelectuales de la denominada Generación del 98 y, sobre todo, por el buen hacer de su amigo Julio Antonio, el verdadero renovador de la escultura en estos primeros años del siglo XX.
Poco después empezó a realizar una obra mucho más personal que le llevó a renovar la imagen del monumento público en España, que es la gran aportación de Victorio al arte del siglo xx. La primera muestra de todo ello es el monumento a Galdós realizado en el retiro madrileño en 1918.
La muestra alcanzó un gran éxito y llegó a ser visitada por Alfonso XIII que pasó a convertirse en un fiel admirador de la obra del escultor. De toda la obra presentada destacó para la crítica la escultura yacente de su hermano Marcelo, que le sirvió para obtener su primer triunfo internacional en la XIV Bienal de Venecia celebrada en el año 1924.
A lo largo de estos años Victorio se situó en la vanguardia de la creación española y como tal fue uno de los promotores de la mítica exposición promovida por la Sociedad de Artistas Ibéricos y de la publicación de su manifiesto en el año 1925. A partir de este momento Victorio abandonó deliberadamente todo intento de renovación de la figuración e inició un camino de regresión a los presupuestos estéticos más tradicionales, que se puede constatar en esculturas como la del Cristo de Los Corrales de Buelna, que marcó otro hito en su carrera. También es en este año de 1926 cuando inauguró su monumento a Cajal en el Retiro madrileño que, con sus influencias cubistas, vuelve a servir para recordar la gran aportación de Victorio al arte español de la época.
Fruto de todos los éxitos cosechados hasta entonces es el encargo de realizar un colosal Sagrado Corazón de Jesús para su ciudad natal de Palencia, que culminó con la inauguración del conocido como Cristo del Otero en el año 1930.
En 1936 fue elegido académico de número de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, coincidiendo la lectura de su discurso con el inicio de la Guerra Civil. En los primeros meses del enfrentamiento Victorio pasó a ser uno de los artistas más identificados y mimados por el gobierno republicano, que organizó su evacuación a Valencia cuando se produjo el acercamiento del frente bélico a la capital. En esta ciudad realizó su busto a la Pasionaria, que marca un nuevo y último intento por buscar una modernidad que hacía años había abandonado.
Estando en la capital levantina recibió el encargo de trasladarse a París para organizar una gran exposición antológica patrocinada por el gobierno republicano que nunca llegó a celebrarse. A la espera de acontecimientos se estableció provisionalmente en esta ciudad y empezó a trabajar en las grandes esculturas de Sebastián de Belalcázar y el conjunto central de la Fuente de Uribe que le habían sido encargadas desde Colombia.
En 1939 tras finalizar la guerra en España y darse los primeros síntomas de los problemas que iban a convertir a Europa en un campo de batalla, decidió establecerse en Colombia en respuesta a la invitación del presidente Eduardo Santos. El 10 de agosto de ese año inauguró en la Biblioteca Nacional de Bogotá la que iba a ser su primera exposición en el nuevo continente. Su éxito no consiguió que pudiera darse a la muestra un carácter permanente, lo que unido a ciertos problemas generados con la colocación de sus encargos en este país, motivaron su marcha hacia Lima, ciudad en la que fijó su residencia durante doce años. A su llegada en 1940 inició el monumento al almirante Grau, que iba a ser la obra más colosal de las que hiciera Victorio en su larga carrera.
En 1953, fue readmitido en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Poco después y en sus nuevos talleres de Toledo recibió el encargo de su último gran monumento que fue el sepulcro de Menéndez Pelayo para la catedral de Santander. Con posterioridad sólo cabe destacar el monumento a Berruguete en la Plaza Mayor de Palencia, que fue el último reflejo de una obra que había ido quedando al margen de las corrientes artísticas de su tiempo.
El 6 de junio de 1966 donó la mayor parte de su obra al Estado mediante la creación de la Fundación Victorio Macho. Poco después, el 13 de julio de ese mismo año, murió en su casa de Toledo, y fue enterrado en la capilla del Cristo del Otero, a los pies de la monumental escultura que hizo en su ciudad natal de Palencia.