Mis ojos no podían dar crédito a lo que estaban viendo, y por primera vez en mi vida, no quería mirar hacia otro lado.
En el centro de aquella penumbra rojiza, una mujer permanecía atada a una cruz de madera oscura. Un hombre, vestido con una camiseta negra que se ajustaba a sus hombros y unos pantalones de cuero, la azotaba con una cadencia hipnótica. Cada golpe seco en el aire era seguido por un gemido de ella; un sonido que no nacía del dolor, sino de una entrega absoluta, casi como si estuviera alcanzando un clímax prohibido. Era una imagen perturbadora y, a la vez, embriagadora. Sentí un nudo en la garganta y un calor desconocido recorriéndome la columna. Por un instante, me descubrí deseando ocupar su lugar.
—¿Te gusta? —La voz de Khaled vibró contra mi oído, su aliento cálido rozando mi piel en medio del frescor de la noche tangerina—. Porque algún día, Olivia, te lo haré a ti.
Solté un suspiro entrecortado, incapaz de articular palabra. Le había conocido apenas unas horas antes y ya me llevaba de la mano por aquel laberinto clandestino, prometiéndome sensaciones que mi mente racional no alcanzaba a comprender, pero que mi cuerpo reclamaba a gritos.
Khaled era un hombre magnético. Tenía esa elegancia innata de quien pertenece a una estirpe antigua, un saber estar que imponía respeto incluso en un lugar como aquel. Desde el primer minuto en que nuestras miradas se cruzaron bajo la luz ámbar de la barra, me sentí desarmada.
Había sido Tarik, mi compañero en el Colegio Español, quien me había arrastrado hasta allí con esa sonrisa pícara que siempre lucía entre clase y clase.
—Ya verás —me había dicho mientras bajábamos las escaleras hacia la trastienda—. Te voy a presentar a uno de mis mejores amigos. Estoy seguro de que vais a congeniar desde el minuto cero. Diría que estáis hechos el uno para el otro.
En ese momento pensé que exageraba, pero al ver a Khaled, supe que Tarik había leído algo en mi interior que yo misma ignoraba. La atracción fue inmediata, física y violenta. Allí, de pie frente a la cruz y rodeada de extraños ocultos en las sombras, la excitación me golpeó con la misma fuerza que el viento de Poniente golpeaba los muros de la Kasbah.
Realmente deseaba que me hiciera lo mismo que estaba viendo; que me azotara, que me dominara y me hiciera gemir de esa manera tan descarnada. Sentí su mano adentrarse bajo mi ropa, una intrusión que en cualquier otro contexto me habría alarmado, pero que allí, bajo su mirada, se sentía como una reclamación legítima. Cerré los ojos, entregándome a la sensación, deseando que avanzara hasta ese punto que ya vibraba desesperado por él. Suspiré, dejando caer mi cabeza sobre su hombro, inhalando su aroma a sándalo y a algo metálico, masculino.
Sin previo aviso, me dio la vuelta con un movimiento firme para que quedara frente a él. Me atrapó entre la pared de piedra fría y el calor abrasador de su cuerpo. Su mano continuó su camino hacia mi entrepierna, y un gemido ronco escapó de mi garganta antes de que pudiera evitarlo. Sus ojos, oscuros y cargados de una autoridad absoluta, estaban fijos en los míos, devorándome.
—Quiero que seas mi sumisa —susurró contra mi oído, justo cuando sus dedos empezaron a rozar, con una lentitud tortuosa, mi clítoris.
Jadeé, arqueando la espalda. Sentía mi sexo palpitando, empapado en un deseo que me resultaba ajeno y familiar a la vez. Quería más. Quería que me invadiera.
—Sí... sí —dije, embriagada por aquella lujuria que me estaba haciendo perder la cabeza y olvidar quién era yo fuera de esos muros.
Deslizó su dedo más allá, introduciéndolo en mí de golpe. Todo mi cuerpo se estremeció, una descarga eléctrica que me recorrió hasta la punta de los dedos de los pies. Sus labios se posaron en mi cuello con una urgencia controlada. Mientras movía sus dedos con un ritmo implacable —dentro y fuera, una y otra vez—, sus labios succionaban mi piel con fuerza. Esa combinación de estímulos fue devastadora; en apenas unos segundos, mi cuerpo estalló en el primero de los orgasmos que Khaled me provocaría, un espasmo que me dejó temblando y sin aliento en sus brazos.
—Eres perfecta —murmuró contra mi piel, saboreando mi reacción—. ¿Qué te parece si vamos a un lugar más privado?
—Yo... no sé. Apenas te conozco —me justifiqué, aunque la frase sonó vacía y absurda incluso para mis propios oídos, después de haber permitido que aquel extraño me llevara al éxtasis en un local bdsm clandestino de Tánger.
Él me observó durante un segundo, como si estuviera memorizando mi reacción, y volvió a besarme de forma larga y apasionada, reclamando mis labios con una seguridad que me dejó sin aliento.
—¿Después de lo que acabo de hacer aún dudas?
—¿Qué? ¿Te la vas a llevar ya? — La voz de Tarik nos sorprendió a ambos, ninguno de los dos nos habíamos dado cuenta de que se acercaba —Sabía que os ibais a entender a la primera.
Khaled se separó de mí lo justo para mirarle, manteniendo todavía una mano posesiva sobre mi cintura.
—No sé, creo que esta preciosidad todavía no acaba de tenerlo claro —respondió él, con esa voz grave que me hacía vibrar.
—Es que las asustas, Khaled. Con ese misterio que te traes y esa mirada de castigador, cualquiera se lo piensa —bromeó Tarik, dándole un pequeño golpe en el hombro.
Khaled le devolvió una sonrisa ladeada y le dió una palmadita en el hombro a su amigo con una confianza casi infantil, un gesto que contrastaba con la seriedad de su mirada de hacia un momento. Se notaba en la complicidad de sus gestos que aquello era parte de su código personal, una broma interna entre dos hombres que se conocían a la perfección.
—Voy a por la llave de la habitación privada —sentenció Khaled—. Cuídamela mientras tanto.
Se alejó hacia la barra con paso firme, dejando un vacío frío donde antes estaba su cuerpo. Me quedé allí, de pie junto a Tarik, sintiendo mis mejillas encendidas.
—Le gustas, Olivia. Y mucho, te lo digo yo —susurró Tarik, bajando un poco el tono—. Ya te dije que érais tal para cual.
Sonreí, recordando cómo me había insistido horas antes en el Colegio.
—Sí, es… no sé. Me gusta —confesé en voz baja, casi asustada de mis propias palabras.
Me había gustado desde el primer momento en que le había visto. Me había sentido atraída por él, por su magnetismo, su forma de mirarme, que parecía que quisiera devorarme. Era algo diferente a cuanto había sentido anteriormente con cualquier otro hombre.
—Vamos, princesa —la voz de Khaled interrumpió mis pensamientos. Había vuelto y me tendía la mano como una invitación al abismo.
—Nos vemos luego. Que disfrutéis —nos deseó Tarik con un guiño antes de perderse entre la multitud.
Caminamos hacia la zona de las habitaciones privadas, un pasillo donde la luz era aún más escasa y el sonido de la música llegaba amortiguado. Mi corazón golpeaba contra mis costillas.
—¿Qué… qué vamos a hacer? —le pregunté, intentando que mi voz no temblara.
Él se detuvo frente a una de las puertas y me miró profundamente antes de introducir la llave.
—Nada que tú no quieras, Olivia —sentenció con una suavidad peligrosa—. Pero los dos sabemos que tú lo deseas tanto como yo.
¿Realmente lo deseaba? Sentía una sensación de vértigo puro, una mezcla de pánico y un hambre voraz que me nacía en el bajo vientre. Y sí, en realidad, lo deseaba con cada fibra de mi ser. De algún modo, él me había embrujado.
Cuando Khaled abrió la puerta de la habitación privada, sentí como si el mundo exterior —el colegio, mis alumnos, la propia Tánger— se desvaneciera por completo. Aquello era un santuario de sombras y promesas. Me quedé inmóvil, absorta en la geometría de los muebles que nunca antes había visto fuera de una pantalla. Había una cama amplia con un cabecero de pesados barrotes de hierro; a un lado, la silueta oscura de un potro de castigo y, al otro, la imponente estructura de una cruz de San Andrés. En una de las paredes, alineados con una precisión casi quirúrgica, colgaban un sinfín de látigos, paletas y floggers de cuero negro. Sobre una mesa auxiliar, los juguetes de silicona y metal brillaban bajo la luz tenue, perfectamente ordenados.
—¿Te gusta? —preguntó Khaled tras de mí. Su voz sonaba más profunda en aquel espacio cerrado.
—Me abruma —respondí con total honestidad—. Nunca había visto una habitación así. Nunca había tenido tan cerca una cruz de San Andrés o el peso de un látigo.
—Entiendo —dijo él, acercándose hasta que su calor me envolvió de nuevo—. Entonces iremos despacio, Olivia. Sin prisas. ¿De acuerdo?
Afirmé con la cabeza. El se sentó en el borde de la cama y, con un movimiento firme, me atrajo hacia él hasta que quedé a horcajadas sobre sus piernas. Me besó con una urgencia que me hizo olvidar mis miedos.
—Tienes unos labios increíblemente suaves —murmuró entre besos—. Y no voy a mentirte: te deseo desde el primer segundo en que te vi entrar en este local.
—Yo también te deseo —confesé, dejando que mis manos exploraran su nuca.
Sus manos calientes se deslizaron bajo mi ropa, recorriendo mi espalda con una caricia que me erizó la piel. Bajó lentamente hasta apretar mis nalgas con posesividad, antes de descender hacia mi sexo, que ya palpitaba, completamente húmedo y rendido a él.
Guiada por un instinto que no sabía que poseía, busqué su cinturón. Con las manos temblorosas, pero decididas, lo desabroché, liberando el botón y la cremallera de su pantalón. Cuando mi mano encontró su erección, firme y caliente, perdí el último gramo de autocontrol.
—Lo quiero... fóllame, Khaled —le supliqué, mirándolo a los ojos.
No se hizo de rogar. Con una destreza que denotaba experiencia, sacó un preservativo del bolsillo y se lo colocó sin apartar su vista de la mía. Después, apartó la fina seda de mis bragas y, con una sola estocada decidida, me penetró.
—Dios... —musitó contra mi oído, su voz rota por la urgencia—. Eres perfecta.
Nos fundimos en un nuevo beso, hambrientos el uno del otro. Sus manos descendieron hasta mi cintura, dictando el ritmo con una urgencia que no admitía réplica. Obedecí, ascendiendo y descendiendo sobre él en una danza lenta y profunda, sintiendo cómo me poseía por completo en cada embestida. El roce continuo era una chispa eléctrica que me hacía perder el sentido. Con una posesividad absoluta, Khaled bajó sus manos hasta mis nalgas, marcando el compás con golpes secos y empujones firmes que me obligaron a acelerar. En ese instante, unidos y extrañamente libres, el placer dejó de ser un acto para convertirse en nuestra única verdad. Cabalgué sobre él hasta que sentí cómo el orgasmo me alcanzaba y, unos segundos después, también lo alcanzaba a él. Khaled soltó un gruñido ronco, un sonido que mezclaba el triunfo con la entrega, mientras sus manos se cerraban en mis nalgas con una fuerza final antes de relajarse. Me desplomé sobre su pecho, agotada y temblorosa, sintiendo su corazón martillear contra el mío.
Poco a poco, el ritmo de nuestras respiraciones fueron volviendo a la calma, aunque permanecimos abrazados, dejando que el sudor se enfriara sobre nuestra piel.
—No creas que esto lo hago con cualquiera —le advertí, sintiendo, de repente, la necesidad de marcar una frontera emocional.
—Yo tampoco —respondió él, y su tono fue tan serio que me obligó a creerle.
Sonreí levemente, mientras me apartaba de él. Me senté al borde de la cama, observando cómo se despojaba del preservativo, lo retiró con un gesto discreto y lo dejó a un lado, sin apartar la vista de mí. Había algo extrañamente íntimo en ver sus movimientos cotidianos después de tanta intensidad.
—¿Quieres descansar un poco? —me preguntó, suavizando la mirada.
Asentí en silencio, agotada física y emocionalmente. Nos tumbamos uno junto al otro y Khaled tiró de la sábana para cubrirnos, protegiéndonos del aire viciado de la habitación.
—Hablaba muy en serio cuando te he dicho que quiero que seas mi sumisa, Olivia —dijo de repente, rompiendo la calma.
—Y yo también hablaba en serio cuando te he dicho que sí —respondí, mirándolo a los ojos.
Un silencio demoledor, cargado de promesas y de peligros que aún no alcanzaba a vislumbrar, llenó la habitación. Sentí que los párpados me pesaban como el plomo. Antes de que el mundo se fundiera a negro y el sueño me venciera, sentí el roce de sus labios en mi mejilla, un beso suave que se sintió como una marca de propiedad mucho más profunda que cualquier latigazo.
Cuando desperté, apenas una hora más tarde, Khaled estaba de pie junto a la ventana, observando la oscuridad cerrada de la noche. Estaba absorto, perdido en su propio mundo, y me pregunté qué pensamientos cruzarían su mente en ese instante. La realidad me golpeó de pronto: apenas lo conocía. Aparte de las vagas referencias de Tarik, no sabía casi nada del hombre con el que acababa de compartir una entrega tan absoluta. Me desperecé con un bostezo contenido y, al oírme, Khaled se giró hacia mí.
—Hola, bella durmiente. Espero que hayas descansado —dijo con una media sonrisa que no llegaba a revelar del todo sus pensamientos.
—Uhm, sí... —respondí, sintiéndome extrañamente vulnerable bajo su mirada.
—Hay un baño tras esa puerta —me indicó, señalando una hoja de madera de pino junto a la cruz de San Andrés—. Por si quieres ducharte.
—No, prefiero hacerlo cuando llegue a casa. ¿Me llevas?
—Por supuesto.
Nos vestimos en un silencio denso, roto solo por el sonido de las cremalleras y el roce de la ropa. Salimos de la habitación y Khaled devolvió la llave al barman con un gesto seco, casi profesional. Antes de marcharnos, buscamos a Tarik entre la multitud que aún llenaba el local.
—Nos vamos. La llevaré a su casa y después me iré a dormir; estoy agotado —anunció Khaled, cuando lo encontramos.
—Muy bien. A ti te veo mañana en el colegio —se despidió Tarik, dedicándome una mirada cómplice—. Y a ti, te veo mañana por la tarde —le dijo a Khaled con un tono que sugería asuntos pendientes.
—Sí. Buenas noches.
Al salir del local, el aire húmedo y fresco de la madrugada tangerina me erizó la piel de inmediato. Al notar mi escalofrío, Khaled se quitó su americana y me la echó sobre los hombros. Fue un gesto de caballerosidad clásica que contrastaba violentamente con el hombre que me había tenido sometida contra la pared hacía apenas una hora.
Subimos a su coche, un imponente BMW M8 Competition de color oscuro que rugió suavemente al arrancar. El interior olía a cuero nuevo y a su perfume caro.
—¿Dónde vives? —preguntó mientras salíamos de la zona del puerto.
—En la Rue de la Kasbah, cerca del café Hafa —le indiqué, mirando por la ventanilla cómo las luces de Tánger se difuminaban.
—Bien.
Khaled condujo con una precisión casi agresiva, sorteando las curvas que subían hacia el Marshán. El silencio en el habitáculo era absoluto, cargado de una tensión que me oprimía el pecho. Cuando finalmente detuvo el motor frente a mi portal, el silencio se volvió aún más pesado. Antes de bajar, reuní el valor necesario para mirarle y preguntarle:
—¿Nos veremos mañana?