Una vez quedé segunda en un concurso de morcilla.
Compitiendo contra los embutidos artesanales más reputados de Cádiz — los de El Bosque, si sabes de lo que hablo, sabes lo que eso significa.
Y la mía no llevaba ni un gramo de carne.
Era completamente vegetal. Ecológica. Sin aditivos, sin conservantes, sin gluten, sin lactosa. Tomé uno de los productos más tradicionales y lo transformé desde dentro. Sin que nadie notara que era diferente. Mejor dicho: notando la diferencia para bien.
La marca se llamaba Charcuterr-a. Y funcionó. Demasiado bien.
Mientras el negocio crecía, yo me iba apagando. No tenía tiempo para nada más. Y "nada más" incluía lo que de verdad había venido a hacer en esta vida.
La vida tiene una forma particular de avisarte cuando te estás alejando de tu camino. Primero lo hace suave. Luego más fuerte. Y si sigues sin escuchar, te da el empujón que necesitas para moverte.
Llegó la ruina económica. El cierre. El duelo.
Porque cerrar un proyecto que has creado tú es exactamente eso — un duelo. No un fracaso. Nos han enseñado a llamar fracaso a todo lo que no sale como esperábamos. Al divorcio, al negocio que cierra, al camino que se tuerce.
Pero las cosas van bien hasta que no te dejan crecer más.
Y cuando eso pasa, la vida no te está castigando. Te está redirigiendo.
En medio de ese proceso de reconstrucción entendí algo que lo cambió todo: toda esa energía, toda esa entrega, todo ese "al 200%" — no era el problema. El problema era que lo estaba poniendo en el lugar equivocado.
Hoy hago lo que vine a hacer.
Acompaño a mujeres a ver su arquitectura interna. Lo que son de verdad, lo que vinieron a hacer, lo que les impide avanzar. Soy lo que me gusta llamar una decoradora de espacios interiores.
No añado cosas. Revelo lo que ya está ahí.
Igual que con la morcilla.