Aquí encontrarás relatos más grandes y otros más pequeños. Inspiraciones que tuve en el momento y otras creadas por resultar días mágicos para mí. Incluso cuando siento tristeza. ¡Entra y lee! Espero que disfrutes con ellos...
Volaste lejos de mí. Éramos jóvenes y aún teníamos la tarea pendiente de realizar nuestras vidas. Aunque te dejé marchar, en el fondo de mi alma, rogaba porque no te fueras. Pero, a pesar de todo, lo hiciste. Me abandonaste. Decidiste seguir con tu vida y estudiar en el extranjero. Y aquí me quedé yo: con una lágrima de tus ojos y la pequeña promesa de que volverías junto a mí. Al principio me aferré a ella con todas mis fuerzas. Teniendo, siempre presente en mi mente, la luz de un nuevo amanecer. Después, me acostumbré a vivir con ella. Como si fuéramos compañeros de vida. Y ya no pensé más en aquella promesa. Seguía saliendo con tu hermano y formando parte de su vida. Asistí a su boda con Melisa y fui el padrino de sus dos hijos. De vez en cuando, me contaba cómo te iba. Pero yo procuraba no hacer mucho caso. Estaba enfadado contigo. ¡Te habías ido y me habías abandonado! Él se dio cuenta y, poco a poco, comenzó a no hablar más de ti. ¿Cómo te ibas a acordar de mí? En mi interior no hacía más que plantearme esta pregunta. Tú: inteligente, sofisticada, atractiva y con dinero. Yo: un triste granjero que compartía la soledad con tu promesa y su excesivo trabajo con los animales y la tierra. Más de una vez maldecía pensando que, la única noche en que hicimos el amor, no significó nada para ti. De haber sido distinto, ¿por qué te habrías ido? Yo no estaba a tu altura pero, aún así, ¡te hubiera dado el mundo! A pesar de todo, seguí adelante. Trabajé duro y logré un gran rancho con buen ganado y extensas tierras. Pasaba el tiempo y tu hermano, aunque trataba de disimularlo, intentaba presentarme a mujeres para que intentara realizar mi vida. Bueno, más bien, ese lado de mi existencia que había quedado encerrado y congelado desde que decidiste marcharte. Pero yo no hacía caso de ninguna de ellas. Simplemente, no me atraían. Mis ojos no las miraban como lo hacían cuando te veían. En más de una ocasión, mientras ahogaba mi desdicha con una botella de licor, me lamentaba por ser tan patético. ¿Por qué no era capaz de volverme a enamorar? Porque seguía amándote. Esa afirmación me inundó rotunda. Y estaba dispuesto a morir en soledad. Y así pasé cinco años de mi mísera existencia. Trabajando, ahogando mis penas en alcohol y formando parte de la vida de tu hermano y su familia. En ningún momento sospeché que tú seguías manteniendo en pie tu promesa. Que, en tus cartas y llamadas, siempre había unas líneas o palabras dedicadas a mí. Para saber cómo me encontraba. Si me había vuelto a enamorar. ¿Por qué iba a seguir manteniendo la esperanza después de cinco años sin saber de ti? Claro que, yo tampoco quería saber. Sentía cómo cada palabra que había salido de la boca de tu hermano, me rasgaba las entrañas. ¡No quería sentir más dolor! Ni cómo la soledad se iba instaurando cada vez, más y más, en la triste historia que era mi vida. Pero los giros del destino me tuvieron en cuenta en aquella ocasión. ¡Yo fui el afortunado en aquel sorteo! Se iban aproximando las vacaciones de Navidad y tu hermano, como tantos años, me invitó a pasar la Nochebuena con Melisa y mis sobrinos postizos; a los que adoraba. Como siempre, yo rechacé amablemente la invitación. ¿Por qué iba a querer celebrar nada y estar feliz cuando, realmente, no lo sentía así? Es cierto que me iba bastante bien. Que no me podía quejar. Pero me encontraba solo. Me faltaba algo. Y ese algo eras tú. Se puso tan pesado e irritante, que tuve que aceptar. Aquella sonrisa que mostraron Melisa y él, y les llegaba de oreja a oreja, me dio qué pensar. Pero nunca imaginé que se trataba de ti. Llegó la Nochebuena y me presenté con una botella de un buen vino y unos regalos para los niños, que escondieron rápidamente. Tu hermano y yo charlábamos tranquilamente al lado de la chimenea cuando Melisa salió de la cocina, con unos buenos filetes sobre una bandeja. Pero mi estupor apareció cuando, detrás de ella, apareciste tú… Sonriente. Feliz. Encantadora. Tremendamente atractiva. Con aquellos ojos del color de la miel que parecían absorber todo cuanto encontraban a su paso. Sin poderlo evitar, te miré embobado. Como si otra vez tuviera veinte años. ¿Eras una fantasía, producto de mi imaginación, o eras real? Temía que fueras a volatilizarte. La copa cayó de mis manos. Manchando escandalosamente el suelo. Tu hermano me felicitó la Navidad mientras palmeaba mi hombro. Evidentemente, se había dado cuenta de mi reacción. Y tú, como si nada hubiera pasado, como si cinco años no nos hubieran alejado, te acercaste a mí y me abrazaste feliz. Dándome un beso muy especial en la mejilla. O a mí me lo pareció. Seguía consternado y, entre risas, me sentaste en la silla que estaba junto a la tuya. Aquel abrazo me llenó de calor y, aquella parte de mi alma, comenzó a caminar de nuevo. A ilusionarse. ¿Existiría esperanza para mí? ¿Podría volver a ver la luz de un nuevo amanecer? Las miradas furtivas se nos escapaban continuamente. Y algún roce, sin inocencia, de tus dedos al pasarme la comida. Mi cuerpo comenzó a calentarse. Y llegué a sentirme igual que cinco años antes. Enamorado. Te deseaba como un loco y no me atrevía a decírtelo. ¿Y si no te gustaba? ¿Y si tenías novio o estabas casada? ¡Yo te amé el primero y, estaba seguro, que más que ninguno! ¡Al diablo con las contemplaciones! Si me querías, aunque fuera por una sola noche, yo estaría contigo. Ya ves, mi demonio peleando con mi ángel. Aunque, te juro por Dios, que a punto estuve de tirar mi dignidad por esta última cuestión. El calor del hogar, junto con el vino y la buena comida, y las risas contagiosas de los niños, hicieron que me olvidara de mis temores. Y disfruté de la reunión. Aunque seguía evitándote. Ya habíamos recogido la cena y los niños se habían acostado cuando apareciste tú con dos copas de champan en la mano. Sonriente, me tendiste una, y brindaste por nosotros. Sonreí, aunque seguía distante. Me cogiste de la mano y me pusiste debajo de la puerta de la que colgaba aquel muérdago. Te pregunté qué hacías y me dijiste que teníamos que besarnos por estar bajo el muérdago. Y, sin esperar mi respuesta, me besaste. ¡Qué sensación tan cálida y deliciosa! ¡Tan excitante! ¡Tantos años esperándola! Fue la mecha que prendió en mi interior y revolucionó mis sentidos. Tu lengua me exploraba con avidez y yo no tardé en unirme a la experiencia. Cuando nos separamos, tus ojos brillaban de puro deseo. Me di cuenta de que venías a por mí. No recuerdo bien cómo terminamos la reunión con tu hermano y su familia. Si dimos una pobre excusa o si, por educación, aguantamos unos minutos. Lo que sí recuerdo es que deseaba sentirte a toda costa y me estaba costando un infierno el contener mis manos alejadas de ti. Fuimos en silencio en mi coche. La excitación, porque sabíamos lo que iba a suceder, se cortaba con cuchillo. En cuanto aparqué delante de la casa, sostuviste mi cara con tus manos y, admitiendo que me deseabas locamente, volviste a besarme apasionadamente. Transmitiéndome todo lo que prometías. Todo lo que podía suceder. Estábamos solos y ya no tenía que esconderme. Te puse a horcajadas sobre mí y desabroché tu blusa con manos torpes. Acaricié tus suaves y cálidos pechos y un gemido quedó estrangulado en tu garganta. Llevaba cinco años de abstinencia y ya no quería seguir con ella. ¡No tenía por qué hacerlo! ¡Estabas aquí: conmigo! Cuando recobré levemente el sentido, te saqué en brazos del coche y te llevé a mi habitación. Sin dejar de besarte. Te tumbé delicadamente y ahí se acabaron todas las cortesías. Recuerdo que, mientras reías, te quitaste las botas. Yo me eché sobre ti y comencé a acariciar tus piernas. Aquella falda larga de algodón me estaba volviendo loco. ¡Era tan sexy sentirte así! Tras besar, morder y lamer tus muslos, llegué al lugar más caliente que había entre ellos. Comencé a acariciarlo y a jugar con él. Aumentando más su humedad y, con ello, tus gemidos. Mientras tenía la mano ocupada, mi boca se ocupó de tus labios. Que torturé generosamente. Llegó el turno de tus pechos. Volví a adorar aquellas dos cumbres tan suaves y voluptuosas, mientras tratabas de quitarte la blusa a trompicones. La tempestad que se estaba desatando en mi interior ya no dejaba lugar a la cordura. Mi excitación se dejaba notar visiblemente y me apretaba contra ti para que notaras mi estado de locura. La respiración de ambos se había vuelto entrecortada, no sé en qué momento. Tus gemidos se habían vuelto más continuos y profundos. Tus caderas, frotándose una y otra vez contra las mías, me pedían más. Aunque mi primera intención era la de extender el momento, mi cuerpo me avisó de que no podría aguantar mucho más. Prácticamente me arrancaste el pantalón cuando quise quitármelo y, despojándome de la prenda interior, volví a torturarte y a disfrutar de las caricias, un poco más. O, quizá, a disfrutar de la propia tortura que tú generabas en mí. Justo antes de perder la poca cordura, entré dentro de ti. ¡Qué sensación tan maravillosa! ¡Qué calor tan especial! Nos fundimos el uno en el otro. Echaste tus manos alrededor de mi cuello mientras me besabas insaciable. Tus jadeos se volvieron continuos y mis acometidas más profundas. ¡Me sentía en el paraíso! ¡Lleno de amor! ¡Todo volvía a ser como aquella noche que vivimos tiempo atrás! La luz volvía a abrirse paso en mi triste corazón. Te dije que te amaba. Que estaba loco por ti. Tú sonreíste feliz y, enredando tus piernas con las mías, comenzaste a moverte. Aumentando el placer de los dos. No tardé mucho en sentir tus contracciones y la tensión en tu cuerpo. Lo que desató el final en el mío. Empapados en sudor y abrazados, volví a declararme. ¡Te adoraba! Y no sabía cómo expresarme para que lograras entenderme. Tú, sonriente, me dijiste: ¿cómo se te ocurre pensar que te había olvidado? Eres mi regalo de Navidad. Lo que le había pedido a Papá Noel. Y no pienso dejarte nunca más. Mi mundo cambió y se tiñó de color. Mi corazón volvió a latir y mi alma volvió a sonreír. Haciendo, de este granjero, un pobre feliz.
Mary Red
Te busqué con un anhelo insaciable. No te conocía pero estabas metida en mi mente como si alguna vez te hubiera visto. Nunca decaí en mis intentos ni mi corazón se dio por vencido. Todos mis instintos me decían que estabas ahí, al alcance de mis ojos, y que sólo debía de seguir manteniendo la fe de que, algún día, nuestros destinos se cruzarían. Llegó el momento en que, aquello que debía pasar en su justo momento y lugar, sucediera. Y te encontré. Donde menos esperaba, de la forma más desafortunada, y en quien menos yo pensaba. Nunca se puede decir si la vida es justa o injusta. Tal vez, lo único que hace, es que nos pongamos a trabajar más duro aún por aquellas cosas que deseamos. Y, aunque mi objetivo no era fácil, no desistí. En apariencia la vida nos separaba por tantas cosas… Tú rica, yo un pobre trabajador. Tu familia y tú con creencias religiosas distintas de las mías. Y, aunque estabas postrada en una silla de ruedas, te celaban como al mayor de los tesoros. A pesar de tu enfermedad y de que, como ellos decían, eras media mujer porque nunca podrías engendrar, tu estatus te precedía, y siempre se podría arreglar un buen matrimonio. Pero, aquella noche, cuando entraste en la cocina y chocaste conmigo, quedé prendado de esos ojos vivaces y chispeantes. Tan verdes como las esmeraldas más bellas. Tan exótico como un día de primavera en pleno esplendor. Tú te reíste por la ocurrencia de mi respuesta y, tu sonrisa, iluminando toda la estancia, se llevó mi corazón. En ese instante, supe que eras tú.
Todas las noches, entrada la madrugada, me colaba por el balcón de tu habitación, y compartíamos largas charlas. No hay nada más bello y fuerte que unos sentimientos creciendo poco a poco. Con sonrisas y palabras, sin necesidad de contacto físico. Sólo acompañado de miradas. Y fue, en una de nuestras clandestinas reuniones, en que ambos confesamos que el amor es amor en cualquier país, familia y religión. Que, lo que lo hace puro y de verdad, es sentir que harías lo imposible por el otro. Por su felicidad y bienestar. Que su dolor es el tuyo y las lágrimas saladas se convierten en hiel en tu corazón. Y, con todo en contra, decidimos seguir adelante. Porque sólo nos importaba estar juntos y vivir, el uno al lado del otro, el tiempo que esta vida nos tuviera destinado. Porque ya era tarde y éramos incapaces de permanecer separados. De rodillas me acerqué a ti. Mi corazón latía desenfrenado, pero necesitaba sentir el calor de tus labios por primera vez. Tu cálido aliento. Creí que me abofetearías por tal atrevimiento pero, muy al contrario, entrelazaste tus manos alrededor de mi cuello, y dejaste que saboreara tu esencia, respondiendo con tímidos ataques inexpertos. Me separé lentamente y nuestros alientos se unieron para formar uno solo. Y lo que vi, me llenó de alegría. Tus pupilas dilatadas por el deseo y tus labios brillantes e hinchados por la pequeña tortura a la que acababan de ser sometidos. Inconsciente y, seductoramente, la punta de tu lengua pasó por el labio inferior, barriendo con deleite las huellas que te había dejado. Y aquello terminó por encender mi cuerpo.
Cobijados por la oscuridad, llegó la noche que habíamos señalado. No había luna, pero sí muchas estrellas fugaces. Las que llaman las Lágrimas de San Lorenzo. Guardando dos bolsas con nuestras pertenencias en el coche, te introduje con cuidado en él, y cerré muy despacio la puerta. Era vital no levantar sospechas y había que aprovechar el cambio de guardia. Empujé el coche durante unos metros y, cuando las vallas que delimitaban la propiedad de tu familia se comenzaron a ver más pequeñas, arranqué el motor y nos pusimos en marcha. Riéndonos sin parar, conduje sin descanso. ¡Éramos dos locos enamorados! Cada vez que veías un destello gritabas “¡Otra!” y yo sonreía feliz porque tú lo eras. Bien alejados de los que te querían como a un lingote de oro, decidimos parar, por unos momentos, al lado de la carretera. ¡Era un lugar idílico donde contemplar el maravilloso suceso! Te senté sobre mi regazo y, juntos, señalábamos todas las estrellas fugaces que se cruzaban en nuestra visión. Nunca te había tenido tan cerca, aspirando el aroma de tu pelo y de tu piel y, sin embargo, no era una sensación extraña para mí. ¡Era como si nunca hubiéramos estado separados! Y, como dicen las supersticiones, comencé a pedir deseos. Que se obrara un milagro para que lograses andar, para que pudieras ser capaz de engendrar. Que pudiéramos vivir nuestro amor en paz y en pura libertad. Que fuera yo siempre el culpable de despertarte esas bellas sonrisas y ser la causa del brillo de tus ojos cuando se clavaban en los míos. Que tus suspiros siempre se debieran a las caricias continuas de mis dedos sobre tu piel. Que nuestros dedos, ahora entrelazados, nunca llegaran a soltarse y separarse… Y, de repente me miraste y, sonriente, me dijiste: “¡Pide un deseo!”
Mary Red
¿Qué es más poderoso? ¿El amor? ¿La pasión? No lo sé. Lo único que sé, es lo que siento y he sentido cada vez que te he acariciado y besado. Cada vez que mis ojos se han perdido en los tuyos. Cada vez que hemos compartido nuestros cuerpos…
Ya no recuerdo cómo empezamos. Lo único que recuerdo es la forma en que lo hicimos. Aquella noche en que, embriagados de alcohol y de lujuria, nuestros cuerpos sudorosos, decidieron unirse para no separarse jamás. Tus ojos verdes me llamaron tremendamente la atención en aquel garito en penumbra. El aire, caliente y cargado de humo, era prácticamente insoportable. Pero yo no lo notaba. Sólo me dejaba llevar por la música y por aquellos ojos tan enigmáticos que me llamaban una y otra vez. Tú bailabas sensualmente en el centro de la pista. No sabía si habías llegado con alguien. No sabía si por allí estarían tus amigas. Pero, me encontraba en tal estado de excitación por aquel cuerpo y aquellos ojos, que no me importó. Me mirabas directamente. Sin tapujos. Acariciabas tu cuerpo mientras tus curvas serpenteaban al ritmo de la música. Te mordías suavemente el labio, de forma lasciva. Sabiendo que me provocabas. Que me llamabas. Tu pelo negro, convertido en una coleta prieta y estilizada, sólo hacía más mágico el candor que te envolvía. ¡El aura que desprendías! Llegué hasta donde te encontrabas apartando a la gente que se interponía entre tú y yo. Ignoré las voces de mis amigos que, de pronto, se preguntaban a dónde iba. Me puse frente a ti y me sonreíste con deseo mientras tu cuerpo se contorsionaba rozando el mío. Llamándole para unirse a esa lucha sin cuartel de constante movimiento. De constante provocación. Me situé tras de ti y puse mis manos a ambos lados de tu cintura. Siguiéndote en cada uno de tus movimientos. Pegándome más y más a ti. No quería que una sola brizna de aire nos separara. Noté tu cuerpo ardiente y palpitante. Ansioso. Me habías elegido. ¡De pronto, me volví codicioso! No tardaste mucho en alzar tus brazos y colgarte de mi cuello. Estabas de espaldas, pegada a mí, y me facilitaste la visión a un sexy escote. Tentador. Provocativo. Mi aliento rozaba constantemente tu cuello y tu oreja. Un cuello de cisne endiabladamente perfecto. Seductor. No me negué a probar ese trozo de piel. Y lo lamí lentamente con la punta de la lengua. Noté cómo tu piel se erizaba al notarse húmeda. Inclinaste el cuello lentamente. Al compás de los movimientos. Permitiéndome libre y total acceso a él. Lobo con piel de cordero, no tardé en enseñarte mis encantos. Recuerdo cómo pegué mis labios a tu oreja. Cómo jugaba mi lengua con el lóbulo. Te susurré: cuando se acabe la noche vas a ser adicta a mis caricias. Vas a experimentar tal pasión y deseo que no vas a permitir que ningún otro hombre, que no sea yo, te toque. Me desearás y gritarás mi nombre. Tus ojos sólo me mirarán a mí. Tus manos sólo me tocaran a mí. Tu cuerpo sólo bailará para mí. Sólo vibrará con el mío. Sé que te gustó lo que dije y quisiste girarte para mirarme de frente. Pero yo no te dejé. Aumentando el misterio y el deseo. No sé cuánto tiempo pasó en que nuestros cuerpos siguieron unidos, dejándose llevar por la música. Con cada movimiento de tus caderas mi excitación aumentaba. Con cada leve mordida mía en tu cuello, con cada respiración tibia sobre tu piel, la tuya se descontrolaba. Era el momento de atacar. Y lo hice. Sin darte tiempo a reaccionar, te cogí de la mano y te arrastré a una esquina que estaba a oscuras. La gente estaba tan absorta en la música, el movimiento y la bebida que no repararon en observarnos. Ahí pudiste verme totalmente la cara. Totalmente pegado a ti. La lujuria abrasaba mis pulmones y reclamaba, desesperada, el aire de los tuyos. Sin pensarlo, levanté tu rostro hacia el mío y devoré tus labios. Tú me respondiste con devoción. Ambos habíamos anhelado este contacto desde el primer momento en que tus ojos y los míos hubieron contactado. Nuestras lenguas se entrelazaban una y otra vez. Caprichosas. Explorando y memorizando cada recoveco. Mis manos viajaron, incitantes, por el contorno de tu pecho, tu nuca, tu esbelta espalda… Hasta llegar a tu trasero, que cogí sin pudor, tratando de que te pegaras más a mí y notaras mi excitación. En cambio tú, sabedora de la diosa que eras y del poder que ejercías sobre mí, sólo echaste tus brazos alrededor de mi cuello. Exponiendo tu pecho y frotándolo contra el mío. Logrando transmitirme lo que querías. Salimos del local y nos dirigimos a mi casa, que se encontraba dos calles más abajo. La anticipación de lo que se avecinaba nos hacía caminar deprisa. Abrí la puerta y la cerré rápidamente. Sin darnos tiempo para pensar. No quise dar la luz. Mejor a oscuras. Donde nuestros instintos se podían desarrollar perfectamente. Tan sólo la luz de la calle era la que entraba por las ventanas. Los dos estábamos sin respiración. Volvimos a fundirnos en un profundo y excitante beso, que volvió a avivar las llamas del deseo. Levantaste los brazos lentamente animándome a que te quitara la camiseta ajustada. Y obedecí. Me obligaste a levantar los brazos para arrancarme, prácticamente, el polo. Te desabrochaste el sujetador con precisión y volviste a mí. Ahora tus pezones rozaban los míos con descaro. Los jadeos aparecieron para dar paso a la respiración entrecortada. Recuerdo cómo te tiraste graciosamente sobe la cama. De espaldas. Invitándome a unirme, una vez más, a tu juego. Levantaste una pierna para quitarte una bota. A continuación, la otra. Te pusiste de pie y el pantalón cayó al suelo en cuestión de segundos. Lo único que me separaba de ti eran aquellas braguitas de encaje rojo. ¡Ya eras mía! Mis pantalones a penas disimulaban mi excitación. Lancé los zapatos al aire, que terminaron por estrellarse en diferentes puntos de la pared. Mis pantalones siguieron el mismo camino. Recuerdo cómo me abalancé sobre ti, sediento de tus labios. De tu cuerpo. Tú reías castigándome. Provocadora. Pero pronto tu risa se vio sustituida por aquellos adorables gemidos. Me perdí en tu cuerpo y no quise olvidar ni un milímetro de él. Mis labios te saboreaban lentamente. Mis dientes te dejaban su marca, para que no olvidases que me pertenecías. Mis manos vagaron como mendigos explorando cada rincón. Adorando y acariciando cada poro de tu piel. Probé y acaricié tus pezones. Y aquel punto tan hinchado y caliente, que rezumada humedad. Una dulce humedad. Me invitaste alzando tus caderas. Diciéndome que no podías más. Pero quise hacer la espera un poco más larga. Verte suplicar… Cuando estabas a punto de alcanzar el éxtasis, paré. A pesar de tus protestas. Te prometí que no ibas a desear otro cuerpo que no fuera el mío, y no quería ser descortés con aquella promesa. No soy egoísta. Lentamente te quité la única ropa interior que te quedaba y, sin más preámbulos, entré en ti. Me recibió tu calor y tus contracciones. Y tus gemidos me abrazaron. Hundiéndome en la más agónica de las torturas. Una tortura que cumpliría una y otra vez, a pesar de saber que sucumbiría a la oscuridad que viene envuelta en puro deseo. Comencé a moverme y tú enredaste tus piernas con las mías. Querías sentir más. Querías profundizar más. Nuestros sonidos guturales se anteponían al otro o lo silenciaban. Nuestros cuerpos, bañados en sudor, bailaban a un solo ritmo. Insaciables. En el interior de la habitación sólo se oía la respiración entrecortada y los continuos gemidos. Era una dulce sinfonía que ni el mejor de los músicos podría igualar. Llegamos juntos al final. Besándonos. Abrazándonos. Tu sonrisa me lo dijo todo. Había cumplido con mi promesa. Seguía viendo deseo en tu mirada a pesar del ejercicio que acabábamos de practicar. ¿Qué más daba si te amaba toda la noche? Ya eras mía y eso no iba a cambiar. Sabía que no ibas a huir de mí. Volvimos a enredarnos en besos y caricias. A pesar de que la lujuria inicial había quedado medio saciada, no había desaparecido. Había sido templada igual que hace el herrero en el fuego, con el hierro de las espadas. Volvimos a unir nuestros cuerpos aunque, esta vez, más lentamente. Avivando así el deseo. Cuando nuestras pieles, sudorosas y calientes, quedaron satisfechas, te miré fijamente a los ojos. Al igual que tú te fijaste en los míos. A pesar de la penumbra, seguí distinguiendo el verdor de los tuyos. Te mostré sin reparos el color de los míos: negro. Como la noche. Como mi pobre corazón. Como la negrura que envuelve mi pobre alma. Nuestras pupilas se iluminaron hasta llegar al rojo. Tú me hechizaste y yo te hechicé. Nuestros colmillos crecieron al mismo tiempo y los mostramos sin pudor. Recuerdo que te dije sonriendo: ¿quién es ahora el cazador y quién es la presa? Rasgué lentamente tu cuello hasta llegar a la vena. ¡Y bebí de tu dulce sangre! Dejé mi cuello expuesto y permití que hicieras lo mismo que yo. Cerrando así el vínculo que nos uniría para siempre. Te demostré que podía someter a la reina siendo, yo, el rey sometido.
Mary Red
Promesa rota
Hacía un rato que había dejado de llover y, aún así, los ricos olores que despertaba el agua sobre el aire, la tierra y las plantas, flotaban en el ambiente. Las nubes se movían dejando paso a un brillante arcoíris, sin un final definido. Y, sentados en un banco, se encontraban ellos dos. Estaban frente a frente. Él entrelazó sus dedos con los de ella y, aunque buscaba su atención hablándola, sabía que no era suficiente con sus palabras. Porque ella, a pesar de que lo estaba escuchando, lo miraba con aire distraído. Como si no terminase de creer en lo que decía. Como si le diera miedo hacerlo. De repente, golpeado por un impulso, acarició su suave y sonrosada mejilla. Y, como si lo hubiera hecho por primera vez, comprendió lo hermosa que era. Sus ojos almendrados, lo absorbían todo. Mientras que su melena trigueña, la acariciaba con descaro. Logrando ensalzar, aún más, su bello rostro. Él la tenía por una mujer delicada, pero no era así. Era pura apariencia. Porque era de todo menos eso. Por su valentía era por lo que se veían en aquella situación. Porque ella le había demostrado que era todo o nada. Que había que aventurarse a correr el riesgo, porque, seguro, merecería la pena. Que no había lugar para los temores. Pero él había temido y ella lo había visto. Y, tan comprensiva como era, le había dejado dulcemente. Sin reproches. Aunque él era un ser egoísta que, estaba tan enamorado de ella, que no estaba dispuesto a dejarla escapar. El mes que había pasado sin ella, había sido tiempo más que suficiente, para comprobar lo vacío que se sentía. Añoraba sus besos, sus caricias, su risa, el candor que desprendían sus ojos cuando le miraba... Y quería que todo aquello fuera suyo y de nadie más. Para siempre. Por eso estaban allí, en aquel banco, sentados frente a frente. Porque tenía que decírselo. Pero él era torpe con las palabras y sentía que no terminaban de decir todo lo que quería. Rabioso y asustado a partes iguales, enmarcó su cara con las manos y, observando su gesto de sorpresa, se lanzó a demostrarle todo aquello que no era capaz de verbalizar. La besó con fuerza. Con furia. Y, quizás, con un poco de autoridad. Demandaba su atención y su total entrega. Se entregó a las sensaciones que ella despertaba en él y se emborrachó de su esencia. Bebió su dulce néctar como si fuera lo único que le podría mantener con vida. Exploró cada rincón de su boca y, con plena satisfacción, sonrió cuando ella se rindió, poniendo los brazos alrededor de su cuello. ¡Cómo la había echado de menos! Y ella sólo pudo dejarse hacer. Sentir cómo, una vez más, lograba alcanzar el cielo a través de él. Se separó lentamente. Con pereza. Orgulloso de poder contemplar aquellos labios hinchados y húmedos, que él había besado con devoción. Sonrió travieso al comprobar que ella aún tenía los ojos cerrados, quizás, perdida en el torbellino de emociones que, esperaba, hubiera despertado en su interior. Poco a poco los abrió y, cuando quiso hablar, él tapó sus labios con el dedo. Impidiéndole hacerlo.
- Sé que te hice la promesa de que no volvería a besarte, a menos que estuviera seguro de lo que sentía por ti. Y sé que la he roto.- se observaron en silencio.- Pero, tenía que hacerlo. Mis palabras no eran suficientes para llamar tu atención. Para decirte todo lo que quería decir. Me he dado cuenta de que, antes, existía. Vagaba por el mundo sin saber lo que era sentir de verdad. Pero, desde que te conozco, vivo. Soy un ser con esperanzas que, de no haberte encontrado, jamás hubiera deseado. Déjame decirte que te has convertido en mi otra mitad. Que, juntos, somos un todo. Que, en el tiempo que hemos compartido, me he sentido el hombre más afortunado por tenerte a mi lado. Por despertarnos en la misma cama. Ya no soy capaz de vivir sin tu sonrisa. Sin tus besos. Soy egoísta y me niego a hacerlo. No quiero volver a pasar ni un segundo más de mi triste existencia, sin ver cómo tus ojos se iluminan cuando me ven. Por todo esto, quiero que vuelvas conmigo, y que nos acompañemos en el camino, lleno de curvas y pendientes, que es la vida. Estás metida en mi sangre. Eres parte de mi corazón.- ya no sabía cómo decirle que la amaba como un loco desquiciado. Se había vaciado. Lo había dicho todo y, sin embargo, su silencio no hacía más que inquietarle. Nervioso, volvió a preguntar: ¿Qué me dices?
- La respuesta es, sí...
Con la voz tomada por la emoción, sus palabras salieron en un pequeño hilo de voz. Y, aún así, fue más que suficiente para que él entendiera todo lo que aquella simple respuesta implicaba.
Mary Red
Te amaré hasta mi último suspiro
No me gusta el mes de noviembre. Me hace sentir en la antesala del final del ciclo del año y todo parece alargarse eternamente. Es como si el tiempo se ralentizara y, con ello, lo que sucede a lo largo de los días. El trabajo diario, los problemas...
Soy un mercenario, y por eso te abandoné. Porque no podía darte la mejor de las vidas. A pesar del dolor en mi pecho y, de las lágrimas en tus ojos, te dejé con la esperanza de que pudieras encontrar al hombre que te mereciera de verdad. Pero el corazón me alertó de que me necesitabas. Algo sucedía. Y, después de cinco años sin vernos, te busqué. Llegué hasta el pueblo donde ambos nacimos y lo exploré incansablemente, hasta dar con tu hermano. Que, tras mostrarse furioso conmigo por haberme marchado de tu lado, terminó diciéndome que te habías ido a vivir a tres pueblos hacia el norte. En una pequeña aldea donde la vida era muy dura por carecer de casi todo. El pecho se me encogió y el alma se partió en mil pedazos. La culpabilidad me abordó. Y, aún así, seguí cabalgando en tu busca. Como me he dado cuenta que he hecho siempre, aunque no haya querido confesarlo en voz alta.
Atravesé tupidos bosques que, con sus ramas afiladas, arañaban mi rostro sin piedad. Esquivé a lobos hambrientos que nos querían a mi caballo y a mí de cena y, bordeé el sinuoso río, hasta llegar a la aldea. Apreté las mandíbulas con fuerza al ver su estampa. Olía a muerte. Las personas con las que me cruzaba en el camino eran viejos que tiraban de sus cuerpos por un día más de vida. No había casi niños. Los perros estaban en los huesos y, sus miradas sigilosas, te observaban con demasiado interés. Paré en la posada y pregunté por ti. Me dirigí a la última casa que tenía un pequeño corral de gallinas. Allí es donde me dijeron que estabas. Y, al abrir la puerta, me golpeó la enfermedad. Tú estabas tumbada en un pobre camastro, cerca de la lumbre. Una joven mujer que intentaba calmar tu fiebre con un paño húmedo, me contó que te había alojado en su casa y que os habíais hecho amigas. Que no tenías esposo ni hijos. Y, nuevamente, la culpabilidad me embargó. Yo hubiera muerto por ti pero, no queriendo ser egoísta, traté de proporcionarte mejor final que casarte con un mercenario. Y, sin embargo, tú no quisiste unirte a ningún otro hombre. Preferiste la soledad. Volví a la realidad cuando me dijo que te morías. Que la fiebre se empeñaba en no soltarte. Que, el único remedio posible, era una pequeña flor que crecía en las cumbres de las montañas que bordeaban la aldea. Pero que no había nadie con la energía suficiente como para subir hasta allí por lo lejos que se encontraba. Sin dudarlo, dije que yo lo conseguiría. Y, besándote brevemente en tus labios calientes, partí.
Con paso decidido y, sabiendo que el tiempo apremiaba, espoleé a mi caballo y le hice dar el máximo posible. No me costó demasiado llegar a los pies de las montañas, lo que sí sabía que me iba a llevar más tiempo, eran sus cumbres. Comenzaba a nevar y, el viento helado, era un vil traidor que se clavaba en mi cuerpo con violencia. Yo, con mi objetivo fijado en mente, continué el ascenso. Escalé, tropecé, resbalé, salté por encima de troncos que me obstaculizaban el paso, y caminé lo más rápido que me permitían mis cansadas piernas y, el fuerte viento, hasta que, por fin, logré alcanzar la cima. No importaba la constante pared de aire que me encontraba ni el frío. Tampoco si mis fuerzas seguían ahí o no. Lo único importante eras tú y salvar tu vida. Y debía conseguirlo costara lo que costase. Busqué a los pies de los árboles y en seguida la encontré. Mis ojos se llenaron de lágrimas ante su belleza. Era tal y como me la había descrito la mujer que te secaba el sudor del rostro: cinco pétalos de un azul profundo y, en su centro, en su corazón, amarillo salpicado de motas naranjas. Debía cortar con cuidado, pues su tallo era frágil y era muy importante que la flor no se rompiera. No me dijo cuántas debía coger, así que, decidí llenar una pequeña bolsa de piel. A pesar de que mis manos estaban enguantadas, el frío lograba penetrar. Cuando logré terminar, me apresuré a descender. La tormenta no arreciaba y todo estaba empeorando. Y, aunque pareciese que ahora sería más fácil por tratarse cuesta abajo, no fue así. La nieve comenzaba a cubrirlo todo y el viento me empujaba por la espalda. Tuve que usar mi espada a modo de guía para no tropezar. Pero, el camino, por fin llegó a su final. Y, nuevamente, mi caballo se lanzó a la carrera para lograr llegar cuanto antes. Agotado y empapado, abrí la puerta de la casa y dejé la pequeña bolsa sobre la mesa. Te miré una última vez y, me marché, a pesar de la insistencia de la joven mujer porque me quedara. No quería quedarme para saber si morías o vivías. No quería ver el odio reflejado en tus ojos si me encontrabas allí. Nunca he sido creyente y, aún así, recé al dios que tanto has rezado tú para decirle que, si había alguien digno de salvar de las garras de la muerte, esa eras tú.
Decidí hospedarme en la posada. Pagué por una pobre habitación, por una cena escasa y por alojamiento para mi caballo. Y, al día siguiente, con el cielo tan gris como cuando llegué, me marché sin mirar atrás.
He mandado entregarte esta carta porque sé que estás bien. Que lograste sobrevivir y quería que supieras lo que el amor me hizo hacer por ti. Tu hermano, en mi último paso por el pueblo, me habló de tu mejoría milagrosa. A pesar de lo necio que siempre fui, llevé tu corazón conmigo. Y, antes de que las fiebres me lleven a mí, quería decirte que te amé como un loco. Que nunca te lo dije las suficientes veces ni te lo demostré. Y, por eso, siempre me consideraste peor que a un perro. Pero, quería que supieras, que siempre deseé una vida junto a ti. Hijos. Pero, sólo sabía ganarme la vida como mercenario. Y no quería eso para ti. No te lo merecías. Y, a pesar de que te abandoné, no volví a tocar otras manos, ni otros labios. No deseé otros cuerpos. Ni otros ojos ni otra sonrisa. Solamente exististe tú. Te amo y te amaré hasta mi último suspiro.
Mary Red
Rebeca
¿Rebeca? No sé si eres una aparición, o si eres real. Pero me alegro de verte. Me quedan unos minutos y quería despedirme. Contarte lo que nunca te he dicho.
Rebeca, coge mi mano entre las tuyas, y ayúdame a pasar este trance. A dar mi último aliento.
¿Recuerdas lo bien que encajan nuestros cuerpos juntos? Nunca he sido capaz de olvidar lo que sentía estando junto a ti.
¡Háblame! Háblame otra vez de nuestros sueños. De nuestras promesas. De aquello que nos juramos haríamos realidad.
Rebeca, sonríeme por última vez. Quiero llevarme ese rayo de luz conmigo. Ver mi imagen, como en un espejo, en tus ojos.
Rebeca, perdóname por lo que hice. Por dejarte marchar. Fui un estúpido y lo he pagado durante toda mi vida. Pero ahora sé que eres feliz, y con eso me basta.
Rebeca, estoy cansado. Tengo sueño… No llores. Sonríe para mí. Mi equipaje va a ser liviano y, cuando el viento me lleve, quiero tener memorizados el color de tus ojos y la forma en que me mirabas. El tacto de tu piel y tus besos. Tu hermosa sonrisa.
Rebeca… te quiero…
Mary Red
Recomponiendo mi corazón
Hoy la mañana llora. Sentada sobre el gran poyete del ventanal de mi casa, llora mi corazón. Acaricio distraída las gotas que escurren de los cristales, que simbolizan las lágrimas de mi alma. Hace frío fuera y las ventanas están medio empañadas, mostrándome a medias, la realidad que se vive al otro lado. En el mundo real.
Llegaste con la primavera y, con tu sonrisa, me engañaste. Durante el verano, me hiciste vivir la pasión. Me hiciste creer en el amor. Sabías que soy desconfiada, que me cuesta abrir el corazón. Pero, con tus dulces palabras, me robaste la razón. Y, ahora que ha llegado el otoño, te has ido sin decir adiós. Sin dar ningún tipo de explicación. Y aquí me quedo yo, recomponiendo los trozos de mi roto corazón.
Lo conseguiré. Saldré de ésta. Porque, muy a tu pesar y, aunque te creías el rey del mundo, de todo se sale. Quizás con dolor y esfuerzo. Con lágrimas. Pero lograré avanzar sin ti. Aunque crea que me estoy volviendo loca y añore tus caricias por la noche. A pesar de que escuche tu sonrisa en todas partes…
El constante sonido del péndulo del reloj no lo arregla. Hace que, en el silencio de la estancia, me concentre más en mis destructivos pensamientos. Me imagino mil formas de vengarme. Puede que hasta de matarte. Y seco mis lágrimas con rabia. Pero, al mismo tiempo, recuerdo la forma en que me mirabas, y sé que hubo un poso que caló en tu corazón. Y, a pesar de ello, ¿se puede curar la cobardía? Tuviste mi corazón en tus manos y no supiste valorarlo…
Desvío la vista de lo que veo a través de los cristales. Mi gata, Perla, maúlla y me mira fijamente con esos dos ojos brillantes. Tan inteligentes que, en ocasiones, me parecen irritantes. Sobre todo, cuando creo que me miran de forma solemne diciendo “te lo dije”. La acaricio sabiendo que lleva razón. Que está en lo cierto. Pero, aún con tristeza, sonrío. Porque sé que yo quedé en tu corazón y, sin embargo tú, caerás en el olvido.
Mary Red
Las olas llegaban para morir, lentas y constantes, a la orilla de la playa. La luna, perfectamente redonda, iluminaba con aquel particular naranja, el agua del mar. Todo se conjuraba para formar un aura relajante y excitante… Y todo ocurrió aquella maravillosa y perfecta noche. Allí, tumbados sobre la posesiva arena que, se empeñaba en no separarse de ti, nos encontrábamos los dos. La brisa acariciaba, constante, tu ondulada melena. Y aquello me volvió loco. Y, aunque pareciendo una insensatez, comencé a tener celos del viento, de la arena y de las olas del mar; que, con tenacidad, acariciaban tu suave piel. Exploré tus labios y cada curva de tu cuerpo. Me los grabé a fuego. En el alma. No quería dejar ni un centímetro sin conocer. Ardía de pasión. El anhelo iba impreso en mi sangre. ¡Te quería de tantas maneras…! Pero, lo que en realidad más deseaba, era llegar a poseer tu alma. Secuestrar para siempre tu corazón y tenerlo conmigo, para que nadie nunca te pudiera ayudar a escapar. Mis manos te acariciaron con devoción mientras mis ojos bebían de la adorable visión que eras tú, en todo tu esplendor, entregándote a mí con pasión. Hablándome con cada beso. Con cada gemido. Con cada curva cadenciosa que formaban tus caderas, animándome a tomarlas. Enredé mis piernas con las tuyas, al tiempo que entrelacé nuestros dedos. Mis ojos decían todo aquello que nunca fui capaz de verbalizarte. Ver cómo temblabas bajo mis caricias, fue el mayor de los premios. Sentía cómo la sangre ardía en mis venas. Mi cuerpo clamaba por ti con desesperación, a cada segundo que pasaba. Eras la luz que había llegado para quedarse junto a mí. Para iluminarme en los inviernos más fríos y largos de mi mísera existencia. Tú eras la vida y yo la oscuridad. Y estaba tan desesperado por abandonar las sombras que, cuando te conocí, no era capaz de creer que me estuvieras sonriendo a mí. Desde entonces, nunca me he saciado de ti. Cuanto más te conocía, más te quería. Eras una total adicción. Fresca, potente… Mi pensamiento, mi respiración, cada latido de mi corazón, iban junto a ti. Sé que he nacido para esto. Para ser tu esclavo. Para entregarte mi alma. Para ser lo mejor de mí, para ti.
Mary Red
"Abandoné mi pueblo. Mi casa. A mi familia. Lo dejé todo atrás por ti. Por tus brillantes ojos. Por tu dulce sonrisa… Sabes que el polvo del camino nunca me asustó. Como tampoco lo hacía dormir bajo el manto de estrellas. Me convertí en el hombre más pobre y, sin embargo, era el más rico de todos. Te tenía a ti. Y eso bastaba.
Todos me advirtieron sobre ti. Pero yo no les quise escuchar. Los ignoré a todos. Mientras que pudiera tenerte, verme en tus brillantes ojos, y saborear tu dulce sonrisa, nada importaba. Y una noche sin luna, el destino jugó sus cartas. Me dijiste adiós. Sentías que debías ser libre como el viento y, compadeciéndome con una triste sonrisa, me besaste para poder marcharte.
Bailaré con los lobos y gritaré a la luna llena.
Ya no puedo volver con mi pueblo. No puedo regresar a casa, con mi familia. Perdí ese derecho por ir tras de ti. Como buen guerrero, asumo las consecuencias de mis decisiones, y sigo adelante. Ahora, el cielo estrellado me cobija, y la tierra sigue proveyéndome sustento. Y sigo adelante. Recorriendo estas duras y áridas tierras. Aunque, a veces, pienso tanto en ti, que pierdo la noción del tiempo. Otras noches, borracho con una botella de whisky, sonrío entre lágrimas. Pero, aún así, sé que mereció la pena. Fui el hombre más feliz de la tierra.
Bailaré con los lobos y gritaré a la luna llena."
Mary Red
Nos reunimos alrededor de la hoguera al caer la noche. Es el momento del año en que las sombras nocturnas son más cortas. Donde se abre paso lo sobrenatural y, renovando las energías y la esperanza, se pide un deseo… Y, mi objetivo, eres tú…
Tú estás a un lado de las llamas y yo al otro. Y, aunque ríes y bailas al son de la música, también me miras. En esta otra orilla tus ojos negros parecen destellar llamas del propio fuego. Yo trato de ocultarme entre las luces rojas y amarillas de la gran lumbre, pero no dejo de observarte. Y de hacerlo con el más puro y primitivo deseo. Te quiero a ti y sé que esta noche serás mía.
Ya ha bajado la intensidad del momento y, aunque hay gente que sigue cantando y bailando, muchos se han sentado en el suelo para disfrutar de una buena conversación. Decido atravesar las ascuas, de lo que antes había tenido forma, y llegar hasta ti. Todos me observan sorprendidos porque mis pies no se queman. Los tatuajes de mi cuerpo cobran un color rojizo, parecido al del fuego. Pero, mi alma y mi cuerpo claman tan fuerte por ti, que no les presto atención y continúo. Mis ojos están fijos en los tuyos, enseñándote que eres tú lo que de verdad ansío. Y, de alguna forma, te llegas a sentir cohibida, porque apartas la mirada. Logro alcanzarte, con más hambre si cabe, y ya no sé qué hacer. Todo mi valor, toda mi resolución, han desaparecido. Controlando mi pulso errante, te acaricio la mejilla con delicadeza. No quisiera romper tu piel perfecta. Y, en ese instante, aquel en el que clavas tu profunda mirada en mí, sé que no huirás. Que no te escaparás. Entrelazo tus dedos con los míos y, a tan sólo un aliento de distancia, unimos nuestros destinos.
A oscuras, en el silencio de mi cabaña, enredamos nuestros labios. Nuestros brazos y piernas. Nuestros cuerpos. Ahora quemamos la pasión entre caricias, besos y sonrisas. Me pierdo entre tu piel y tus curvas. El aroma de tu pelo me vuelve loco. Y no paro de luchar hasta encontrar nuestro anhelado final. Me sonríes con dulzura y yo te miro con adoración. Te beso con pasión una última vez. Memorizando cada uno de tus rincones. Eres el regalo por el que tanto recé a los dioses que me concedieran en esta mágica noche del año.
Mary Red
Se desató una tormenta atroz. Tan fuerte y violenta, que ella comenzó a temer por su vida. El agua anegaba el suelo con rapidez, mientras que el viento, con sus tenebrosos aullidos, arrancaba sin piedad cuanto se encontraba a su paso. Los rayos caían majestuosos. Los truenos removían el suelo, haciéndola pensar que el mundo se partiría en dos. Por más que corría, no encontraba refugio alguno. Tal empezaba a ser su angustia, que las lágrimas rodaban sin cesar por su precioso rostro. Iba a morir. Cada segundo que pasaba lo tenía más claro. Y, aún así, no quería darse por vencida. Decidió hacer caso a su instinto primario y luchó. ¡Quería sobrevivir! Siguió corriendo lo más deprisa que podía, a pesar de que sus pulmones ardían y de que el viento hacía de pared invisible contra ella. De pronto y, siendo imposible el haberlo visto, su cuerpo se tambaleó y cayó estrepitosamente contra el suelo. Había metido el pie en un agujero que la obligó a tropezar. Cuando abrió los ojos, se dio cuenta de que había estado inconsciente durante unos minutos. ¿Dos? ¿Cinco? El resultado lo ignoraba. Pero lo que sí tenía claro es que la tormenta comenzaba a desaparecer. Lo peor había pasado. El viento había desaparecido al igual que los truenos. Tan sólo adornaba el dantesco lugar, la fina lluvia que seguía desplomándose del oscuro cielo, y algún relámpago que se empeñaba en iluminar la oscuridad con que estaba envuelto todo. Dolorida, suspiró aliviada. Un escalofrío recorrió su cuerpo, dándose cuenta de que estaba calada hasta los huesos. Las nubes se abrieron momentáneamente y, un tímido rayo de luna, salió. Al enfocar la vista, a unos centímetros de donde se encontraba, descubrió a una campanilla de invierno. La flor de la esperanza.
Mary Red
Me siento sobre el acantilado para escuchar el estruendo que hacen las olas del mar al impactar contra la pared. Curiosamente, su ruido incesante, me relaja hasta el punto en el que soy capaz de pensar. Las vibraciones lejanas que llegan hasta mí por la fuerza de los golpes, logran que coja aire y lo suelte lentamente. La naturaleza me demuestra, una vez más, que soy pequeño. Que, a todo lo que he dado importancia, finalmente, ha resultado ser nimio. Levanto la vista al cielo y me doy cuenta de que no hay luna. Sólo un cielo infinito lleno de estrellas… Y, embargado de esa oscuridad, llena de infinitos puntos luminiscentes, caigo en profundas reflexiones. ¿Cómo llegamos a esto? ¿Fuiste tú o… fui yo? ¿Cómo he sido capaz de perderte? ¿Cuándo empezó todo? Quizás no supe valorarte como te merecías. O quizás se tratara de la rutina que, sin darte cuenta, te va atrapando y engullendo lentamente en su profunda espiral. Puede que yo no lograra nunca entenderte y, por más que lo intentase, fuera torpe y no llegase jamás a alcanzar tu corazón. O es posible que viviéramos en universos paralelos y nunca conseguíamos ver las cosas al mismo nivel. Lo que para ti era negro para mí era el mejor de los grises. Ni bueno ni malo. Fueron pocas las veces que te vi sonreír de verdad junto a mí. Soy un hombre sencillo y las palabras no son mi fuerte. Quizás no te dije “te quiero” las veces suficientes… Incluso es probable que te dejase sola en incontables ocasiones. El trabajo en el campo es muy duro y me exige demasiado. Y ahora entiendo porqué, cuando llegaba, tú estabas dormida, y la cena fría. Aunque no me daba cuenta, no te ponía por encima de las demás cosas de mi vida. La imagen en que te escapaste de entre mis brazos como algo volátil, rebota por toda mi mente, con agresividad y molesta constancia. Se ha grabado a fuego en mi memoria. Yo… no supe qué decir y, en cambio tú, con el rostro bañado en lágrimas, balbuceaste un “adiós”. En esos momentos no quise entender el porqué de tu marcha. Pero, una vocecilla en mi interior, me decía que lo sabía muy bien. Una flor no es capaz de sobrevivir si no la cuidas y mimas con constancia. Y, aunque entiendo bien tus motivos, en silencio te digo, que te amé desde el primer momento en que te vi. Que siempre te amaré como un loco desquiciado. Quizás con el amor más simple, pero también el más puro. Te conquisté contra todo pronóstico y sin galanterías. Mi corazón siempre se revelaba ante tu presencia, porque, ignorante, pensaba que nunca te marcharías. Que sabrías ver debajo de esta apariencia despistada, bruta y hosca. Pero también es cierto que yo di por ciertas muchas cosas… Perdí lo más preciado y hermoso que tenía. Mi compañera. Tu bella sonrisa al verme aparecer. Y ahora pagaré con la más absoluta soledad por mi egoísmo. Pero, antes de levantarme y seguir adelante, encerrado en la negrura que es mi vida, me gustaría que leyeras este mensaje en las estrellas. Puede que te dijera pocas veces lo que sentía estando contigo, pero trataba de demostrártelo con cada gesto. Quizás no te dije que estaba loco por ti, pero yo te veneraba. En la oscuridad de nuestra alcoba, y con la luna como testigo, siempre te entregaba mi alma. Con cada beso. Con cada suspiro. Mis dedos recorrían tu piel para enseñarte lo afortunado que me sentía. Pero, quizás, no fue suficiente. Probablemente, mis mensajes eran pobres en palabras, pero no en significado. Deseo que encuentres lo que fuiste a buscar allá donde estés. Porque, quizás, lo que yo encontré, se fue con el viento y una triste palabra. Quizás mis lágrimas te las haga llegar el viento. Quizá veas mi lamento en el cielo. Quizás…
Mary Red
Ya siento la venida de la primavera y, según se aproxima, así presiento que te acercas. Eres la druida de la belleza y la energía. De la felicidad y la risa. A tu paso, todo florece. Hasta mi corazón vuelve a latir cuando te ve nuevamente. Y eres mía. Tú debes partir a otros lugares, donde es necesaria, cuando la estación comienza a retirarse. Y yo me quedo aquí, esperándote, una vez más. No podemos estar juntos. Tú no puedes quedarte y yo no puedo ir contigo. Pero, cuando regresas, vivo esos tres meses en inmensa plenitud. Tus ojos, de un verde brillante, como los prados en pleno fulgor, chisporrotean divertidos, cuando me ven acercarse. Sonríes feliz ante mi presencia y noto cómo tus mejillas adquieren un tono parecido al de los melocotones. Aún te sonrojas cuando te toco. Cuando mi deseo es tan palpable, que mis ojos lo expresan a gritos. Retiro la capa que cubre tu angelical rostro y, adorándote durante unos breves instantes, acaricio tu ondulada melena del color del fuego. Su fragancia a flores tempranas, me hipnotiza. Pero luego no puedo evitar clavar mi mirada en tus labios, del color de las cerezas, que, se han separado, esperándome ansiosos. Con mis manos callosas enmarco tu rostro y, diciéndote, “te he echado de menos” me acerco para devorarlos con verdadero frenesí. Y, como siempre, siento una verdadera exaltación de mis sentidos. Mi cuerpo se rebela y mi excitación se hace evidente. Sabes a vida, a amor y pasión, a juventud. A la promesa eterna de la felicidad. Tu cuerpo, como pieza de un puzzle precioso, se acopla al mío, y, rodeándome el cuello con tus suaves brazos, me das la bienvenida con verdadera pasión. Los árboles, las estrellas y la noche, nos cobijan para que podamos compartir nuestro amor, las risas y la complicidad, en completa intimidad. Alejados del mundo banal. Una pequeña casita de madera, cubierta por enredaderas y, oculta en lo más profundo del bosque, es nuestro pequeño paraíso. Pierdo la noción del tiempo. En los días tan maravillosos que comparto a tu lado, me olvido hasta de mí mismo. Deseo atesorar cada beso, cada risa, cada mirada, cada caricia robada… Tu cálido aliento, los suspiros llenos de pasión y satisfacción, se quedan grabados en mi alma. Son el fuego que calienta mi sangre para que te aguarde, como llevamos haciendo desde hace años, hasta el año siguiente.
Mary Red
Equinoccio de otoño, momento del año en que la luz y la oscuridad tienen la misma duración. Donde el tiempo parece volverse más lento y la temperatura es cálida. Todo parece cobrar un justo equilibrio. Y en ese instante, lleno de hechizo y magia, aparecemos tú y yo. Malditos, sólo podemos estar juntos en ese letargo que provoca el tiempo. De la nada, vuelvo a aparecer, caminando descalzo, sobre alguna hoja muerta caída de algún árbol. Una ráfaga de viento choca contra mí y aspiro profundo. Huele a ti. Alzo la vista y te busco impaciente. Mi corazón vuelve a latir con brusquedad cuando mis ojos te encuentran. ¡Ahí estás! Cual diosa del amor, sales de entre una arboleda de arces del amor. Tan sosegada y elegante en el caminar… Sonríes dichosa al percatarte de mi presencia. Tus ojos del color del ámbar, se iluminan de felicidad, porque has logrado encontrarme pronto. En esta ocasión, disfrutaremos más tiempo juntos. Riendo, corres hacia mí, con los brazos abiertos. Y yo, con un nudo en la garganta, te abrazo con fuerza, y te doy vueltas en el aire. A pesar de todo, vivimos durante un corto espacio de tiempo. Y sé que, hasta el próximo equinoccio otoñal, no podré verte. Sin pensarlo, nuestros labios se abalanzan el uno contra el otro. Hay pasión desmedida en nuestros gestos. Nos observamos en silencio, quizás para mantener esos recuerdos en la memoria. Una pareja de enamorados nos atraviesa y sonreímos cómplices. Nuestra presencia pasa totalmente desapercibida a los humanos. Somos invisibles para ellos. Cogidos de la mano, corremos hacia el interior del bosque. ¡Es hora de disfrutar de nuestro momento! Te regalo una flor y, tu deslumbrante sonrisa, ilumina tu rostro. Pero es el trinar de los pájaros lo que los demás escuchan. Nos sentamos bajo un viejo árbol y, mirándote con adoración, recojo uno de tus mechones dorados, que se ha escapado de tu hermoso recogido. Lo acaricio y, perdido en mil sensaciones y sentimientos, vuelvo a besarte. Me recibes con ardor y, te rindes, voluntariosa. Sé que eres consciente, al igual que yo, del poco tiempo que nos queda, y me instas a que te ame, por primera y última vez, este año. Tus suaves y cálidas manos se pierden en mi pecho y, sabedora de tu poder sobre mí, enciendes mi sangre. Suspiro, lleno de alivio, porque, sólo tus caricias, son el alimento que necesito para aguantar, nuevamente. Con una lentitud muy meditada, entrelazas tus dedos con los míos, hasta formar una unión perfecta. Vuelves a entregarte a mí y me pides que te posea. Que deje marcas debajo de tu piel, en tu alma, invisibles a todo lo demás. Y yo pierdo el control. Enamorados y, perdidos entre besos y caricias, rodamos por el suelo. Las hojas secas nos sirven de manto. Pero, lo que percibe el resto de personas, es la brisa del otoño. Con las piernas enredadas, entro en ti. Me abrazas con fuerza y te inclinas hacia mí. Cierras los ojos y soy consciente de la pasión que nos está embargando, tan difícil de contener. ¡Ahora sí somos uno! Nos movemos, el uno contra el otro, en busca de esa magia que creamos. Nuestros alientos se entremezclan y es como si fuera la esencia de la vida, porque, cerca de nosotros, comienzan a florecer rosas silvestres. Pero, lo que se puede apreciar es, las copas de los árboles, meciéndose gentiles. Descansas feliz sobre mi hombro. Y, a pesar de ello, te noto turbada. Nuestro final está a punto de llegar y ambos lo presentimos. Mi mano entrelazada a la tuya y, con la otra, acaricio repetidamente tu hermoso pelo. Los dos esperamos el momento en que somos llamados y desaparecemos. ¡Maldito brujo que, por celos, nos hechizó! Ya llega. Sé que empiezo a perder mi forma y, para no ponerte triste, te susurro al oído: “recuerda, mi amor, el trinar de los pájaros y la suave brisa. Las hojas que nos sirven de manto y el movimiento cadencioso de las copas de los árboles. Las flores que nacen en el otoño… Todo eso, somos tú y yo.”
Mary Red
"TE VEO"
Así debería ser siempre. Poner la mano sobre tu corazón, y conocer quién eres de verdad. Amarte lentamente, sin nada que nos pueda interrumpir y, que nos saque de nuestra burbuja de pasión y verdad, para conocer cada detalle de tu cuerpo. De tu alma. No detenerme en la superficie, como hace la espuma de las olas del mar en la orilla. Acariciar tu piel con la delicadeza con que lo haría una pluma que va descendiendo con parsimonia, y, conectar contigo para, convertirnos en un solo ser, eternamente. Para lograr la unión perfecta. Sumergirme en tu profunda mirada y llegar a tu epicentro. Entender el porqué de tus rasgos y tu forma de ser. Entrelazar nuestros dedos en busca de esa fusión para conseguir que el aire no nos separe y nuestro aliento se enrede. Besarte y conquistar tu esencia única. Conectar contigo hasta un punto inimaginable. Que cada suspiro se convirtiera en mío. Cada latido de tu corazón, en el mío; hasta escuchar un solo ritmo. Provocar tu sonrisa y, como la mejor puesta de sol, reconocerte en todos los sentidos. Emborracharme con el aroma que desprendes para llevarte muy lejos, dentro de mí. Abrir mi corazón y, dejarlo en tus manos, para que entiendas que te recibo tal cual eres. Y, cada mañana, acariciar tus mejillas arreboladas, en señal de saludo, para decirte que siempre te honraré. Que eres el regalo más preciado, en forma de ser, que el destino puso en mi camino. Y, al verme reflejado en tu mirar, adquiero el compromiso de saber en todo momento quién eres. Lo que hace que seas tú. Lo que guardas dentro de ti, y que hace que conectemos de mil y una formas diferentes. Te sostendré si te caes y te abrigaré si sientes frío. Pero también reiré contigo y tu dicha será la mía. ¿Compartimos corazones, amor mío?
Mary Red
Pregúntate, ahora que lo ves marcharse bajo la fría lluvia, el motivo de su marcha. Si es posible que hayas machacado el corazón de ese hombre que te amó sin condición. Mira hacia tu interior y piensa si tu egoísmo y frialdad tuvieron algo que hacer. Quizás, cuando sientas el hielo en las sábanas de tu cama, o, cuando veas que ya no está el hombro sobre el que te desahogabas, te des cuenta de lo que perdiste. Puede, incluso, que reconozcas su valor. Aunque ya sea demasiado tarde. Él se cansó de aguantarte. Se hastió de esperarte. Sus sonrisas y cariñosas palabras nunca fueron suficiente para ti. Ni tampoco sus dulces caricias, que lograron despertar pasiones en tu piel. No supiste apreciar el brillo en su mirada cuando te veía aparecer, ni las veces en que te amó de tantas formas diferentes. Siempre creíste que él nunca estaría a tu altura y que, servía de mero entretenimiento, hasta encontrar el adecuado. Pero, ahora que te ves tan sola, que tu corazón ha sido pellizcado de alguna manera por su actuación… Ahora que lloras su marcha arrodillada en el suelo, mientras sus huellas las borra la lluvia, pregúntate por tu frío corazón. Te limpias con rabia el rímel corrido y, muy en el fondo, sabes que has sido cruel y que no habrá, nunca, nadie como él.
Mary Red
Ni se te ocurra pensar que todo iría mejor si tú no existieras. Si te quitaras del medio. Ponte a pensar, por un solo instante, qué sería de los que te rodean, sin ti. No dejes nunca que esos pensamientos negativos ronden tu mente. Es toxicidad. Todos tenemos un por qué en este mundo. Y ahora te lo voy a explicar, tal y como yo lo veo, a través de mis ojos.
Si tus padres no hubieran sido bendecidos con tu nacimiento, sus vidas no hubieran sido completas. Tú eres dulce y cariñosa. Atenta. Y tu hermano es nervioso y alocado.
Si no hubieses venido al mundo en el día, mes y año en que lo hiciste, tu colegio e instituto no hubiera sido el del barrio en el que vivías. Tus amigas nunca habrían llegado a conocerte y, por tanto, no habrías sido para ellas la gran consejera y amiga que eres. Y, de ahí se deduce que, si yo no hubiera corrido tras mi perro aquella tarde tormentosa por la acera del instituto, tú no me habrías sonreído mientras le engatusabas con tu voz melodiosa. Yo nunca me habría sentido lleno de calor a pesar de lo empapado que estaba por el aguacero. Mi corazón nunca se hubiera detenido para, un segundo más tarde, volver a latir con un nuevo ritmo; al compás del tuyo. Tus ojos no me habrían embrujado por completo y yo nunca me hubiera convencido de que el amor existe de verdad. Junto a ti. A través de tu corazón y de tu risa. Con nuestros corazones formando uno solo, por siempre y para siempre…
Mary Red
Enmarcar tu rostro con mis manos y perderme en tus bellos ojos. Descubrir a través de ellos la felicidad y sentirme querido. Descender la mirada hasta tus labios, rosados, generosos, invitadores… y sentir cómo me falta el aire. Acariciarlos levemente con el pulgar para robar una insignificante caricia a tu piel. Ver cómo se abren, cómo se ofrecen a mí, y notar tu cálido aliento dándome la bienvenida. Incitando a que el mío se enrede con el tuyo. Descubriendo así, un universo exótico, lleno de pasión, anhelo y frenesí. Saborear el dulce néctar de tu boca y luchar por memorizar cada rincón de ella. Decirte, en esta silenciosa caricia, lo que siento. Que estoy loco por ti. Que deseo dejar mi impronta sobre tu piel. Que nuestras almas han luchado a través del tiempo por encontrarse y que, ahora, se pertenecen la una a la otra.
Mary Red
"Y, de repente, se enderezó. Y enjugó sus lágrimas. Y se prometió que, ese hombre, jamás volvería a romperle el corazón. Cuadró los hombros y levantó la vista. Llenó el pecho de aire y comenzó a pisar el suelo con paso firme y decidido. Y, gracias al corazón vacío de aquella persona, evitó tomar una serie de malas decisiones. Pero, lo que ya nunca pudo reparar, fue su roto corazón. Ella, nunca más, volvió a confiar en los hombres que le prometían amor eterno. Prefiriendo su tranquila soledad a los brillantes pedazos deteriorados de su interior más puro."
Mary Red
Sentir cómo la rabia bulle en mi interior porque, teniéndote delante de mí y, sabiendo que entre mis dedos se escurre la oportunidad de retenerte para siempre a mi lado, no soy capaz de hablar. Los sentimientos y las palabras se atascan en mi garganta. Mueren en silencio y agonizantes. A tus ojos acude la tristeza y la decepción. Y las lágrimas comienzan a bañarlos. Y todo es como si sucediera a cámara lenta. Cierras los ojos y giras la cara porque, al abrirlos, ya miras hacia otro lado. Como queriendo acabar con este capítulo. Hemos llegado, por culpa mía, al borde del abismo. Estamos ante el “todo o nada”. Tu rostro se quiebra y yo siento cómo tu corazón comienza a resquebrajarse. Cierro los puños con fuerza ante mi total inutilidad.
- Entonces, esto es un adiós…- me respondes. Y, con el semblante compungido, te marchas.
Y ahí me quedo yo, observando, con los pies pegados al suelo, cómo te marchas. Cómo desaparece lo mejor que me ha pasado en la vida. Aprieto las mandíbulas con fuerza y observo los nudillos de mis puños. Ahora son blancos. Me sonrío con desprecio. Soy completamente incapaz de reaccionar. De gritarla ente el gentío, que no se marche. Que adoro abrazarla cuando dormimos, y sentir su calor. Que no seré capaz de perderme en otros ojos tan profundos. Tan llenos de misterio. Pero mis pequeñas palabras, desaparecen en el interior de mi mente. No tienen la fuerza suficiente como para atravesar la barrera que es mi cuerpo, y salir al exterior. Compruebo que casi no la distingo en la distancia y mi corazón se acelera aún más. Algo en mi interior se encoge y el frío comienza a helar mi alma. Saber que la perderé se me antoja el peor de los infiernos. De repente surge esa pequeña vocecita que guardamos todos y que, unas veces actúa sabiamente y, otras, con rebeldía, y me habló: “Si no vas tras ella, serás un mendigo el resto de tu vida. Una triste sombra solitaria caminando sin rumbo. ¡Habla! Atrévete a decirla que es tu joya más preciada. La que hace que te sumerjas en esta lucha, que es la vida, una vez más. Dile que es tu sol y tu luna. Tus buenos días y tus dulces noches. El mejor día de primavera y la sonrisa más hermosa. Arrodíllate ante ella y reconoce que la necesitas. Que precisas de ella y sus caricias. Que necesitas recuperar tu corazón, del cual, es la dueña. Y que, sin su eterna compañía, serás un pobre desgraciado”. Y, entonces, reaccioné. Comprendí muchas cosas y casi ninguna. Lo que sí tuve claro ante aquella revelación, es que la necesitaba con un anhelo aplastante. Con una fuerza arrolladora que no dejaba margen al no. Corrí, esquivando torpemente a todo el que se interponía en mi camino. Hasta que la alcancé. Por poco, pero lo logré. E hice lo que sí me salió del corazón. La agarré del brazo y, ante su desconcierto, tiré de ella para envolverla entre mis brazos. Le dije:
- No. No es un adiós. Es el comienzo de todo. Te necesito. Necesito todo de ti…
Enmarqué su rostro con mis manos y, limpiando sus lágrimas con mis pulgares, la besé con pasión. Con ternura. Saboreando el contacto de su piel y la calidez de su aliento. Reafirmando que es a sí y con ella con quién quiero estar. Queriéndola decir, en un solo beso, que muero por ella. Que, si se marcha, agonizaré hasta morir...
Mary Red
Recibirte entre mis brazos, sonriente, y dejar que te recuestes sobre mí… Acariciar tu espalda mientras nos arropas a ambos con una pequeña manta que has traído… Aspirar el dulce aroma de dos tazas de chocolate recién hecho que dejamos que se enfríen lentamente… El viento aúlla y golpea con violencia los cristales del salón. Fuera nieva y hace mucho frío. Sé a ciencia cierta que los duendes de la escarcha y la reina de las nieves están jugando, alegres. Te observo y caigo en el embrujo de tus ojos. Suspiro y, al verte sonreírme, comienzo a leerte mi última obra reflejada en un cuaderno desgastado frente a un buen fuego… Eso, para mí, es la plena felicidad.
Mary Red
En estos momentos no estás presente. Pero siempre te llevo en mi corazón. En mi mente... Veo esos ojos claros en todas partes. Cómo son capaces de atravesar la oscuridad más profunda. Muestran fortaleza, decisión... Y yo lucho por llegar hasta ti, pase lo que pase. Dos polos opuestos que se atraen irremediablemente. ¡Eso es lo que somos! El resultado de dos piezas destinadas a estar unidas. Complementándose. Y sé que, una vez más, vendrás a mí por Navidad. Como siempre haces. Lo sé porque he escuchado tu susurro en el frío viento. Porque tu calor me ha envuelto con los tímidos rayos del sol. Y tu risa se ha posado graciosa en los labios de otras mujeres, hasta llegar a mis oídos. Mi corazón cabalga desbocado, y es porque presiente al tuyo, que a mí ha sido destinado. Quizás esta Navidad sea la última en que deje de esperarte. Quizás, esta Navidad, logre convencerte, y me dejes compensarte...
Mary Red
"Quiero volver a verme reflejado en tus ojos. Quiero sentir el tacto de tu piel. Beber del dulce néctar de tu boca. Grabarte a fuego, en el alma, todo aquello que con palabras no he sabido decir. Vuelve conmigo y te prometo un mundo lleno de locuras, donde las horas serán el mudo testigo del desenfreno que provocas en mí. Sonríeme con dulzura y dime que sí. Sin mirar atrás. Atrévete a dar ese salto y no te arrepentirás. Quiero ser lo primero que te haga reír cada mañana y lo último que te provoque delirio al anochecer..."
Mary Red
Desde que te fuiste sólo la noche me acompaña. Camuflado, camino por las calles. Ahora, la soledad es mi refugio. Y, la oscuridad, se ha convertido en mi amante. Recorro la ciudad con las manos metidas en los bolsillos, dando la bienvenida al frío helador. El único que es capaz de calmar mi mente. De serenarme. Aposté. Lo aposté todo por ti. Y perdí… Te entregué mi corazón, te ofrecí mi alma. Pero, con los años, no fui suficiente. Te marchaste aliviada por dejarme atrás, y yo me quedé con el peso de no saber cómo deshacerme de ti. De tu recuerdo, tus caricias y besos. De tu aroma. Aún me sigues volviendo loco. Me obsesionas. Todavía soy capaz de recordar la suavidad de tu piel o el peso de tu cuerpo. Tu sonrisa… Has volado lejos y, en contra de todo, sigo aquí. Durante el día soy uno más. Nadie me mira tan profundamente como para adivinar mi sufrimiento. Pero, la noche, se ha convertido en mi hogar. Me pertenece. En las horas nocturnas donde todo el mundo se encierra en sus casas, yo necesito vagar por ese otro mundo. Desatar todos mis demonios en el placentero silencio. Ese que es tan seductor y me llama sin cesar, puntualmente. Mis ojos se han cansado de llorar. De cargar con las lágrimas. Pero mi alma aún sigue penando y, lo único que me da paz, es envolverme en la negrura. Lo he aceptado. Todos mis esfuerzos por hacerte feliz, ya no servían. A mis detalles y acciones diarias, respondías con enfado. Te asfixiaba. Y, porque te amo como un loco, te dejé ir. Mejor un herido que dos en esta guerra sin sentido, ¿no crees? Pero se te olvidó devolverme mi corazón y, por eso, mi único deleite, es perderme entre las sombras que ofrece la noche. Confundirme con esa embriagadora y engañosa tranquilidad con la vana esperanza de que, quizás, el alma se extravíe en cualquier sitio. Y, al llegar a lo que antes consideraba mi hogar, ya no sienta más dolor.
Mary Red
Corría sin parar. Con una angustia tal en su interior, que estaba logrando congelar su corazón. Las piernas le pesaban como yunques. Los pulmones le ardían. A pesar de tratar de atrapar el aire con la boca abierta, tampoco era suficiente para el ritmo que estaba imprimiendo sobre su cuerpo. El peligro existía. Estaba tras ella. Y sabía que debía tratar de escapar para conservar la vida. Intentaba avanzar todo lo ágil y rápido que podía. El camino era tortuoso y lleno de impedimentos. Piedras, desniveles, las ramas fantasmagóricas de los árboles que se juntaban de un lado a otro del camino, la densa niebla… A pesar de la gran luna llena que se exhibía orgullosa desde lo alto, la luz apenas llegaba a iluminar el tramo donde se encontraba. Las constantes nubes amenazadoras, que anunciaban tormenta, se empeñaban en ocultarla. Tropezó con una piedra, supuso, y cayó con fuerza. Las palmas de las manos le escocían, al igual que las rodillas. Sus ojos no aguantaron más y comenzaron a dar salida a todas las lágrimas que estaban reteniendo desde hacía rato. De repente, escuchó un aullido que le heló hasta el alma. El frío hizo acto de presencia de forma repentina y su cuerpo quedó agarrotado. Agudizando el oído, percibió el crujido de ramas al ser pisadas por algo. Lo que le perseguía estaba empezando a ganarle el terreno. Se asustó al ver cómo, una bandada de murciélagos, volaban despavoridos. Con torpeza se incorporó y, cojeando, comenzó a correr nuevamente. Su cuerpo se quejaba. Las magulladuras hechas en la caída y el frío, se empeñaban en frenar su huida. Pero, a pesar de todo, ella persistió en la tarea. El instinto de supervivencia se imponía a todo. Una imagen fugaz surcó su mente. Mandíbula cuadrada, pelo castaño, ojos negros como la noche… Era él. Su llanto se hizo más fuerte al preguntarse si habría sobrevivido cuando le dijo que corriera sin mirar atrás. Que la encontraría. Llevaba mucho tiempo corriendo… No sabía cuánto. Y él no le había alcanzado. Su voz interior habló pesarosa. Diciéndole que era muy probable que se encontrara sola. Trató de tranquilizarse al darse cuenta de que las lágrimas la ahogaban y entorpecían su visión. Frenó en seco y a tiempo para darse cuenta de que aquel maldito camino desaparecía en un barranco. Sus piernas se negaban a sostenerla un segundo más y se arrodilló. Mirando el paisaje tan bello y oscuro al mismo tiempo, se llegó a cuestionar porqué temblaba. ¿Por haber estado a punto de perder la vida en aquel precipicio, que mostraba cómo la vida continuaba cientos de metros más abajo? ¿O por lo que sabía que continuaba tras ella con inexorable determinación? Volvió a escuchar el crujir de ramas tras ella y, viendo que no había escapatoria, cerró los ojos y, encogió los hombros, esperando su final… Notó cómo algo se clavaba en su hombro y gritó de dolor.
- Melody, cariño, todo es un sueño… Melody, despierta…
Ella abrió los ojos, sintiendo cómo el aire no llegaba a sus pulmones. Tenía el rostro bañado en lágrimas y la neblina comenzaba a desaparecer de su mente. Temblaba.
- Eres tú…- susurró mientras las yemas de sus dedos recorrían su rostro.
- Claro que soy yo, mi amor-. Sonrió. - Has tenido una pesadilla. Relájate.
Guiada por las caricias de sus manos, se recostó sobre su pecho. El corazón aún latía desbocado y trató de controlar el temblor de su cuerpo y su agitada respiración. Unos minutos después, logró cerrar los ojos, y volvió a caer en los brazos de Morfeo, sin saber que unos ojos rojos le observaban desde la oscuridad del exterior…
Ya sé que estás herida. Llena de miedos. Que, hasta ahora, no has tenido suerte en el amor… Pero te pido que me des esa oportunidad. Yo no soy como el resto y no es justo que me juzgues igual. Haz un esfuerzo y no permitas que las sombras te atormenten. Déjame decirte que me gustaría curar cada cicatriz de tu alma con mis besos. Que, al tropezar contigo en la calle, me pareció ver a un ángel. Que, tu sonrisa, es igual que el primer rayo de luz que rompe cada mañana el horizonte más negro. Hay que ser un necio para no ver que estás llena de vida y de pureza. Tan sólo debes encontrar el hombre que sepa arrancar carcajadas de tu corazón. Uno que te haga ver y sentir que eres tan bella y valiosa como el mejor diamante. Y yo quiero ser ese. Soy ambicioso y, por eso, deseo ser yo quien te enseñe a sonreír nuevamente. Quiero que recuperes la fe y la esperanza conmigo de la mano. Ver cómo tus ojos se encienden cada vez que me vean. Me muero por enseñarte que existe un mundo totalmente diferente donde no hay lugar para el dolor y la soledad. Para la desconfianza. Hacerte feliz será mi única y máxima meta. Por eso, con este ramo de rosas en la mano, te pregunto: ¿quieres ser mi Valentín?
Mary Red
No existe un día especial para decirte "te amo" porque ya lo hago todos los días. Con cada beso. Con cada sonrisa. Con cada caricia... Te amo de todas las manera imaginables y, también, de las que están por inventarse. Y sabes que mis labios te lo demuestran, muy especialmente, cuando, cada noche, me embaucas desde la cama con esa sonrisa hechicera. Cuando me observas altiva, como una diosa, esperando la rendición de mi alma. De mi cuerpo. Y cada noche me envuelvo con tu adorada piel y tus suaves gemidos. Te poseo. Pero no sólo porque me sepa el dueño de tu corazón, si no porque tú me lo demandas. Y yo, que soy tu humilde siervo, me entrego diligente a la tarea de enamorarte, noche tras noche, en cuerpo y alma.
Mary Red
Porque la vida es sólo un momento, ven y siéntate a mi lado. Compartamos cada uno de los amaneceres y anocheceres que podamos disfrutar juntos. Que cada aliento se transforme en un gemido placentero, y, cada una de las caricias que estemos dispuestos a darnos, arranquen risas al corazón. Porque el tiempo se escapa de entre los dedos como el agua más limpia que lucha por buscar su camino, disfrutemos de nuestras silenciosas miradas, que dicen todo y más, sin utilizar las palabras. No perdamos el tiempo en pensar y en dudar. Actuemos. El momento es aquí y ahora. Escucha a tu corazón y únete a mí con sonrisa cómplice. Que la noche y el cielo estrellado sean nuestras barreras y se conviertan en partícipes de nuestra pasión desmedida, donde, con brazos y piernas enredados, nos convertimos en uno al unir las almas. Al unir los cuerpos… Hagamos de cada nuevo día una explosión de color y alegría, donde nada se nos pondrá por delante, porque tenemos un secreto: seguimos constantes. Yo te engalanaré los días. Adornaré con bellas flores tu cabello. Envidiaré al aire y al sol por tocar tu cuerpo. Y, por las noches, tú me enseñarás lo más hermoso del universo. Te entregarás a mí en cuerpo y alma. Sonreirás y me contagiaré de ello, porque sin palabras me dirás que, de tu amor, soy el dueño.
Mary Red
"Correré tras de ti a través de los fuertes vientos y de la fría lluvia. A pesar de la distancia y de los obstáculos que nos ponen a prueba con frecuencia, caminaré incansable hasta alcanzar tu mano. Entrelazaré mis dedos con los tuyos y, sonriendo, empezaremos una nueva vida. Adoraré acariciar la curva de tu cuello con mi nariz, mientras inhalo y me emborracho de tu seductora esencia. Aquella que es absolutamente perceptible por y para mí, y que logra elevarme a cotas de locura insospechada. Te abrazaré por la cintura para no dejarte escapar, porque no serás capaz de soportar lo que mi tacto produce en tu cuerpo. Y con una sonrisa me hablarás de todo. De amor, de esperanza, de ilusión… Contemplaremos nuevos amaneceres con la firme certeza de que, a partir de ese instante, todo será hermoso para nosotros."
Mary Red
Cuanto más haces porque me aleje, menos lo consigues. A pesar de que corres y resultas esquiva, sabes que mi aliento, mi corazón, te persiguen. Porque no hay nada más claro como el agua pura, o una noche de luna llena, reconoces que eres mía. Aquella noche, bajo las estrellas, mis caricias arrancaron gemidos a tu piel, y tu corazón volvió a la vida.
Mary Red
"Te buscaré más allá de donde se esconde el sol en cada atardecer. En el último suspiro de cada día. En el trinar de los pájaros y en el aroma de las rosas. Cuando el viento acaricie mi rostro, te buscaré entre las hojas de los árboles, que vuelan juguetonas. En el mirar profundo, en la sonrisa femenina, te buscaré a toda costa"
Mary Red
"Un bello amanecer es la pura poesía.
Cómo los tenues rayos del sol logran romper las oscuras sombras de la noche, día tras día.
Tu mirada encendida cuando te toco, tus labios entreabiertos cuando logro despertar tu locura, tu cuerpo despertando poco a poco... es la belleza de la lírica.
Ese sutil pestañeo coqueto que utilizas para seducirme, el movimiento de tus caderas al acercarte a mí... son los versos que necesito para vivir. Para poder sentir.
La esencia de la inspiración reside en ti. En la suavidad de tu piel. En tu sonrisa, que me mantiene cautivo. En tus besos, que emborrachan mis sentidos, y saben a pura ambrosía.
Todo esto es para mí, mi amor, la poesía."
Mary Red
"Y llegó la noche y, con ella, sus sombras. Cobijados en la penumbra, te tomé entre mis brazos y fui enseñándote, lentamente, lo que mis dedos y mis labios podían despertar en tu piel. Aquella noche de primavera, donde los olores más ricos de las flores se entremezclaban, te hice agonizar entre las llamas del más puro deseo. Lenguas, brazos y piernas enredados, formando un todo."
Mary Red
"Una noche sin luna me entregué en cuerpo y alma. Luché hasta el final por conquistar tu corazón. Por alcanzar tu alma. Acaricié tus curvas y saboreé tu piel. Bebí del dulce néctar de tus labios y creí alcanzar el cielo cuando, entre suspiros de placer, dijiste mi nombre. Tu cuerpo, perlado por gotas de sudor, era la mejor recompensa que un pobre hombre podía obtener"
Mary Red