"El estudio del Carnaval de Tudela y su figura central, el Zipotero, se asienta sobre un corpus documental que transita desde la crónica de archivo hasta la recuperación etnográfica. La base histórica fundamental la proporciona Mariano Sainz en sus Apuntes Tudelanos, donde documenta la existencia de estas máscaras ya en el siglo XVIII (1783) y fija la grafía tradicional con 'Z'. Esta visión se complementa con el trabajo de José Yanguas y Miranda, cuyo artículo de 1845 (rescatado por la revista Príncipe de Viana en 1945) ofrece la descripción morfológica más precisa del traje y sus atributos, como la bota inflada y el zurrón.
Durante el siglo XX, ante el riesgo de desaparición de la fiesta, la labor de José María Iribarren desde la lexicografía y de Luis Gil Gómez desde la prensa local (La Voz de la Ribera) resultó providencial. Mientras Iribarren sistematizó el lenguaje y las coplas asociadas al personaje (el término 'malandraco'), Gil Gómez preservó la memoria sensorial y emocional de la tradición. Gracias a esta convergencia de fuentes —el dato de Sainz, la estética de Yanguas, la palabra de Iribarren y el sentimiento de Gil Gómez— fue posible la exitosa recuperación del carnaval en 1989, devolviendo a las calles una identidad que es, a la vez, histórica y viva.
Ilustración de zipotero antiguo
Para profundizar en la visión de Mariano Sainz y Pérez de Laborda (1849-1925) sobre el Carnaval de Tudela, es necesario acudir a sus "Apuntes Tudelanos", donde actúa como el gran "notario" de la historia local.
A diferencia de otros autores que ven al Zipotero como una figura pintoresca, Mariano Sainz lo documenta a través de los ojos de la autoridad y el archivo municipal.
La fecha clave: 1783. Sainz rescata bandos y actas de finales del siglo XVIII donde se prohibían o limitaban las correrías de los zipoteros. En esa época, la Ilustración intentaba erradicar las máscaras por considerarlas contrarias al orden y la decencia.
Comportamiento: Describe que los zipoteros no solo pedían dulces, sino que protagonizaban burlas punzantes contra las autoridades y vecinos, amparados en el anonimato de la máscara.
Este es quizás el aporte más relevante de Sainz para los historiadores actuales.
Mientras que la Real Academia y autores como Yanguas y Miranda tendían a la normalización con "C" (Cipotero), Mariano Sainz utilizó sistemáticamente la "Z".
Según los investigadores de la Peña Beterri y los Amigos de los Zipoteros, Sainz recogió la forma en que los tudelanos de su época escribían y pronunciaban el término, vinculándolo a la raíz más pura de la fonética local.
Sainz detalla elementos que hoy son parte esencial del desfile:
El instrumento de castigo: Menciona el uso del "zipote" o vara, pero también hace referencia a que los personajes portaban sacos con ceniza o arena para "limpiar" el camino, una acción que Sainz interpreta como una forma de marcar territorio durante los tres días de carnestolendas.
La indumentaria rústica: Refiere que los disfraces de los barrios altos eran extremadamente sencillos: sábanas viejas, ropas del revés y el uso de cualquier trapo para cubrir el rostro, enfatizando que el carnaval de Tudela era, ante todo, una fiesta de las clases humildes.
Para Mariano Sainz, el carnaval no era una "postal turística", sino una manifestación popular que a menudo chocaba con la ley. Su valor reside en habernos dado el anclaje legal (las prohibiciones de 1783) que demuestra que el Zipotero tiene, al menos, dos siglos y medio de historia documentada.
3. EL CARNAVAL DE TUDELA SEGÚN YANGUAS Y MIRANDA
Es fundamental analizar la figura de José Yanguas y Miranda (1782–1863). Como archivero e historiador, su descripción es la "fuente madre" que permitió la recuperación física del personaje en el siglo XX, ya que ofrece el detalle más preciso de cómo vestían y actuaban los cipoteros antes de que la tradición empezara a decaer.
Yanguas describe a los cipoteros como el alma de las tres tardes de Carnaval en Tudela. Para él, no eran simples disfrazados, sino una representación de la pureza de las tradiciones locales que se mantenía inalterable frente a la modernidad del siglo XIX. Destaca que su objetivo era el anonimato absoluto para poder bromear libremente.
Gracias a Yanguas, hoy conocemos los elementos exactos que componen el traje tradicional:
Vestimenta: Describe el uso de camisas de colores muy vivos y llamativos, fajas encarnadas (rojas) y pantalones blancos. También menciona que era común ver disfraces "de tipo", como marineros o aldeanos, pero siempre bajo una estética popular y no refinada.
La Máscara: El rostro debía ir cubierto por una careta de cartón o tela. Un detalle específico que menciona Yanguas es que estas caretas solían tener las mejillas muy encarnadas, dándoles un aspecto saludable y grotesco a la vez.
El Zurrón: Portaban una funda de almohada blanca atada por un extremo. En ella guardaban el "tesoro" del carnaval: peladillas, caramelos y castañas que arrojaban a los niños.
Yanguas y Miranda es quien mejor documenta el arma defensiva/ofensiva del personaje:
Consistía en un palo o garrote que llevaba colgada en su extremo una bota de cuero con pelo, inflada de aire.
Este objeto permitía al cipotero golpear a los transeúntes. Yanguas matiza que los golpes podían ser "amistosos" o algo más bruscos, dependiendo de la interacción, pero siempre formando parte del juego carnavalesco.
El valor de Yanguas y Miranda es doble:
Testigo de vista: Escribió sobre lo que veía en las calles de su Tudela natal en pleno siglo XIX.
Manual de reconstrucción: Cuando en 1989 la Peña Beterri y grupos de folclore decidieron recuperar el Carnaval (que se había perdido tras la Guerra Civil), utilizaron el texto de Yanguas como manual de instrucciones para confeccionar los trajes y las botas infladas.
4. EL CARNAVAL DE TUDELA SEGÚN JOSÉ MARÍA IRIBARREN
Iribarren es la fuente principal para entender la terminología que rodea a la fiesta. En su obra cumbre, el Vocabulario Navarro (1952), define y da contexto a conceptos clave:
Definición de Cipotero: Lo describe como un personaje disfrazado con ropa vieja y ridícula (andrajos) que corre tras los chicos para pegarles con un palo que lleva una bota inflada.
Etimología: Iribarren vincula el nombre al término "cipote", que en la Ribera se usa para designar a alguien bajo, fuerte y barrigudo, o bien hace referencia directa al garrote o "cipote" que porta el personaje.
El concepto de "Malandraco": Iribarren rescató esta palabra, definiéndola como un despectivo para alguien astuto, pillo o despreciable. Es gracias a él que conocemos la psicología del personaje como un ser marginal y burlón.
Iribarren tuvo la sensibilidad de recoger la tradición oral antes de que desapareciera. Documentó la copla que los niños gritaban a los cipoteros para provocarlos:
"¡Cipotero malandraco, que no tienes pa tabaco!"
Esta frase es fundamental porque revela la relación de "odio-cariño" y provocación constante entre el pueblo y la máscara, un elemento que Gil Gómez también mencionaría más tarde como el "temor festivo".
Mientras Yanguas habla de disfraces de valencianos o marineros, Iribarren pone el foco en la humildad de la fiesta en los barrios populares:
Menciona el uso de los "carasucias": aquellos que no tenían dinero para una careta de cartón y simplemente se tiznaban la cara con hollín o ceniza.
Describe el "capirote": no como un elemento de gala, sino como un gorro de cartón forrado de papeles de colores, reforzando la idea de un carnaval hecho con lo que había a mano.
En sus artículos de la revista Príncipe de Viana (especialmente en los números dedicados al folclore navarro), Iribarren analiza el Carnaval de Tudela como una válvula de escape social. Explica que, bajo la máscara, el tudelano perdía el respeto a las jerarquías, algo que conecta directamente con las prohibiciones de 1783 que encontró Mariano Sainz.
Para Iribarren, el Zipotero es el "rey de los andrajos". Su visión aporta el componente humano y verbal: sin sus estudios, hoy no sabríamos cómo se llamaban las piezas del traje ni qué gritaban los niños en las calles de Tudela hace un siglo.
5. EL CARNAVAL DE TUDELA SEGÚN LUIS GIL GÓMEZ
Para Gil Gómez, el Carnaval no era un evento histórico muerto, sino una parte esencial de la identidad tudelana. En sus escritos, solía lamentar la pérdida de estas tradiciones tras la Guerra Civil, describiendo al Zipotero como el "alma de la Tudela antigua". Su enfoque es menos académico y mucho más evocador.
Gil Gómez es el autor que mejor describe la atmósfera de las calles:
El Estruendo: Hace hincapié en el sonido de las matracas, las castañuelas y, especialmente, la zambomba, que describe como el "bajo continuo" de las noches de febrero.
El Temor Festivo: Retrata al Zipotero como una figura que infundía un miedo "delicioso" en los niños. Describe cómo la aparición del enmascarado provocaba una mezcla de desbandada y risas, un rito de paso necesario para la infancia tudelana.
En sus artículos de "La Voz de la Ribera", Gil Gómez destaca elementos que refuerzan el origen popular de la fiesta:
La máscara rústica: Menciona el uso de pañuelos para tapar la cara o máscaras rudimentarias, enfatizando que cualquier trapo servía para "hacerse el zipotero".
El saco de ceniza: Además de los caramelos, Gil Gómez recuerda el uso de sacos con ceniza para asustar a los curiosos, un detalle que conecta con la visión de Mariano Sainz sobre el "desorden público".
A diferencia de las grandes crónicas históricas, Luis Gil Gómez rescató anécdotas de personajes populares de los barrios de Tudela que, de forma casi clandestina o muy discreta, seguían manteniendo gestos del carnaval en sus círculos familiares o vecinales, salvando la tradición del olvido absoluto.
6. CONCLUSIÓN
La reconstrucción del Carnaval de Tudela no es un fenómeno de invención moderna, sino el resultado de una convergencia documental excepcional entre cuatro cronistas que, desde siglos y enfoques distintos, protegieron la esencia de la fiesta.
A través de este análisis comparativo, podemos concluir que:
La legitimidad histórica reside en Mariano Sainz, quien otorgó al Zipotero un linaje que se remonta al menos a 1783, rescatando su nombre original con la grafía "Z" y sacándolo de la oscuridad de los archivos municipales para convertirlo en un sujeto de derecho histórico.
La fidelidad estética se la debemos a Yanguas y Miranda. Su descripción decimonónica del traje, la bota inflada y el zurrón ha servido como el "patrón de costura" que permitió a las generaciones actuales recuperar una máscara auténtica, evitando la contaminación de disfraces ajenos a la tradición ribereña.
La esencia antropológica fue salvada por José María Iribarren. Su labor filológica nos permitió recuperar no solo el nombre de las cosas, sino la forma en que el pueblo interactuaba con el personaje. Sin el concepto de "malandraco" o el grito ritual de los niños, el Zipotero sería hoy una figura muda.
La continuidad emocional fue garantizada por Luis Gil Gómez. Sus crónicas en La Voz de la Ribera impidieron que el hilo de la memoria se rompiera durante el silencio de la censura, recordando a los tudelanos que el estruendo de las matracas y el caos del carnaval eran el pulso vital de su propia identidad.
En definitiva, el Carnaval de Tudela actual es una obra colectiva de memoria. Es un espacio donde el dato de Sainz, la forma de Yanguas, la palabra de Iribarren y el sentimiento de Gil Gómez se unen cada año para que el Zipotero recorra las calles, recordándonos que una tradición solo muere si se olvida su origen, pero revive con fuerza cuando se apoya en la verdad de sus cronistas.
7.BIBLIOGRAFÍA
Gil Gómez, Luis. (1972). Tudela: Tradiciones y Costumbres. Pamplona: Diputación Foral de Navarra (Colección Temas de Cultura Popular).
Iribarren, José María (1952). Vocabulario Navarro. Pamplona: Institución Príncipe de Viana.
Sainz y Pérez de Laborda, Mariano (1925). Apuntes Tudelanos. Tudela: Editorial Castilla.
Yanguas y Miranda, José (1945). El Carnaval en Tudela: Los Cipoteros. Príncipe de Viana, 6(19), 348-350.
Iribarren, José María (1952). Retablo de curiosidades. Zambullida en el habla navarra. Pamplona: Editorial Moret, 1940. (Donde trata las expresiones populares del Carnaval).
Iribarren, José María (1952). "Notas sobre el folklore de Navarra". En: Revista Príncipe de Viana, nº 22, 1946.
GIL GÓMEZ, Luis. Escenas infantiles tudelanas. Pamplona: Diputación Foral de Navarra, 1974. (Donde describe los juegos y burlas en torno a los Zipoteros).
Hemeroteca: Artículos diversos en el semanario La Voz de la Ribera (disponibles en el Archivo Municipal de Tudela).