El cuidado de la creación forma parte de la Doctrina Social de la Iglesia (DSI). Esta constituye un conjunto de enseñanzas morales sobre la relación del ser humano con el mundo, con Dios y con los demás. Se fundamenta en documentos del magisterio eclesial (encíclicas, sínodos, exhortaciones, conferencias episcopales) y busca orientar el discernimiento entre el bien y el mal en la búsqueda de la justicia social y ambiental.
Además, la DSI es dinámica, pues se actualiza para responder a los “signos de los tiempos” y a los nuevos desafíos, como la cuestión socioambiental. Su dimensión activa se expresa en la denuncia de injusticias y violencias que afectan especialmente a los más vulnerables, y en la defensa de sus derechos fundamentales. En síntesis, el cuidado de la creación se considera tanto un imperativo moral como una categoría teológica que invita a la Iglesia a ser voz profética frente a las injusticias sociales y ambientales.
La pastoral social, como acción evangelizadora, busca transformar las estructuras sociales basándose en los principios morales cristianos: la dignidad humana, el bien común, el acceso universal a los bienes, la solidaridad, la subsidiariedad y el cuidado del medioambiente. Se subraya la importancia de reconocer la dignidad inalienable de cada persona, así como de promover la justicia social y la protección del entorno natural. A su vez, el bien común se presenta como objetivo fundamental, entendido como el conjunto de condiciones que permite a cada individuo alcanzar su realización plena.
Finalmente, se hace hincapié en la responsabilidad compartida de todos los miembros de la sociedad en la búsqueda de este bien común y en la urgencia de proteger el clima y la biodiversidad. La “deuda ecológica” de los países que más han contaminado y la vulnerabilidad de quienes menos han contribuido al deterioro ambiental resaltan la necesidad de una solidaridad global e intergeneracional.
Se analiza la evolución de la relación entre el ser humano y el medioambiente en la tradición moral cristiana. Durante siglos la teología moral se centró en la ética individual, con un enfoque antropocéntrico basado en Aristóteles y Santo Tomás de Aquino. Esta visión clásica consideraba que la creación tenía un orden y propósito divino, y que los seres humanos, como seres racionales, eran los únicos sujetos morales con derechos. Con la modernidad, el pensamiento cartesiano reforzó una visión mecanicista del mundo, donde los animales y la naturaleza eran vistos como objetos de uso humano. Esto llevó a interpretaciones erróneas de textos bíblicos, como Génesis 1,28, justificando el dominio indiscriminado sobre la naturaleza. En el siglo XX, la crisis ecológica y críticas como las de Lynn White Jr. señalaron al judeocristianismo como responsable del abuso medioambiental. Sin embargo, la doctrina católica siempre ha promovido un humanismo teocéntrico, donde el dominio del ser humano sobre la creación implica responsabilidad y respeto, no explotación.
A finales del siglo XIX y durante el siglo XX, la reflexión moral de la Iglesia católica se amplió desde una perspectiva centrada principalmente en la moral individual hacia una preocupación por las cuestiones sociales y estructurales de injusticia. La encíclica Rerum Novarum (1891) de León XIII marcó un hito al abordar los derechos de los trabajadores y los efectos de la revolución industrial. Con el paso del tiempo, el impacto de las guerras mundiales, la industrialización y la brecha creciente entre países ricos y pobres acentuó la necesidad de abordar la justicia social de manera más amplia.
El Concilio Vaticano II y documentos posteriores (como las encíclicas de Juan Pablo II) consolidaron la idea de que la misión de la Iglesia incluye la promoción de la justicia y la paz a escala global. Nacieron así organismos como la Comisión Pontificia de Justicia y Paz (posteriormente Pontificio Consejo), que impulsaron la incorporación de principios como el destino universal de los bienes y la denuncia de las “estructuras de pecado”. Este proceso llevó a una visión más integral de la moral cristiana, preocupada no solo por la salvación individual, sino también por las condiciones sociales y políticas que afectan la dignidad humana y la posibilidad de una vida digna para todos.
Trata de la evolución de la preocupación ecológica dentro de la Iglesia en el contexto de la justicia y la paz. Tras el Concilio Vaticano II, la Iglesia se centró en la cuestión social, especialmente en la defensa de los pobres, pero fue el Papa Pablo VI, en 1970, quien introdujo por primera vez la dimensión ecológica, advirtiendo sobre una posible "hecatombe ecológica" debido al avance técnico y la explotación desmedida de la naturaleza. A partir de ese momento, la conciencia ecológica se fue articulando con la justicia social, especialmente en regiones como Latinoamérica, donde la degradación ambiental y la pobreza coexisten. El fortalecimiento del conocimiento científico sobre los límites del planeta y eventos globales (como la Conferencia de Río en 1992) impulsaron el debate, y procesos ecuménicos posteriores popularizaron la noción de "integridad de la creación". Durante el periodo que transcurrió hasta la llegada de Laudato Si’ (2015), los escritos de Juan Pablo II y Benedicto XVI enfatizaron la necesidad de una solidaridad global que garantizara una distribución equitativa de los recursos y un uso responsable de la naturaleza, aunque en ocasiones se mostraban demasiado optimistas frente a la magnitud del deterioro ambiental.
El método teológico-moral “ver, juzgar y actuar”, desarrollado a partir del Concilio Vaticano II (especialmente en Gaudium et Spes) y vinculado al método trascendental de Bernard Lonergan, puede y debe ajustarse ante la actual crisis ecológica. Tradicionalmente, la teología se basaba en discernir los “signos de los tiempos” —los grandes acontecimientos sociales, culturales, políticos y económicos— para, a la luz del Evangelio, ofrecer respuestas pastorales y morales. Sin embargo, dada la magnitud de la degradación ambiental y el peligro que representa para la vida en el planeta, hoy es necesario incorporar también los “signos del lugar”, es decir, la realidad ecológica concreta de cada región y la evidencia científica que muestra la transgresión de varios límites planetarios.
De este modo, la naturaleza deja de ser un mero escenario inmutable y se convierte en un “lugar teológico”: sin ella, la vida humana y toda forma de existencia carecen de sustento. El Papa Francisco, en la encíclica Laudato Si', ejemplifica esta apertura a la ciencia y al diálogo interdisciplinar, reconociendo que solo a través de datos científicos podemos comprender la escala global de la crisis. En definitiva, la reflexión moral y teológica contemporánea debe partir no solo de los acontecimientos históricos, sino también de la realidad ecológica concreta, para orientar la acción transformadora con mayor urgencia y responsabilidad.
Se propone una lectura ecológica de Génesis, destacando la relación intrínseca entre humanidad y creación. En Génesis 1 se muestra una armonía original donde Dios crea la diversidad con alegría, base de la ecología integral. En contraste, Génesis 2 presenta una tierra árida que requiere del trabajo humano para florecer, resaltando el mandato de cuidar el jardín divino. La ruptura de este equilibrio, fruto del deseo de dominio y codicia, se vincula al pecado original y a la crisis ecológica. Se invita a reconocer la interdependencia entre el hombre y la naturaleza, asumiendo una responsabilidad moral y espiritual profundamente.
Se explora la evolución del concepto “Madre Tierra” desde la reivindicación indígena hasta la formación de una conciencia ambiental y el desarrollo de la Ciencia del Sistema Tierra. Inicialmente, los pueblos indígenas emplearon la metáfora de la Madre Tierra para defender sus territorios y fortalecer su identidad cultural frente a la colonización. Más tarde, en la década de 1970, los movimientos ambientalistas, inspirados en estas tradiciones, adoptaron este símbolo. Paralelamente, avances científicos—como las imágenes satelitales de la Tierra y la hipótesis Gaia de James Lovelock—destacaron la capacidad autorreguladora del planeta, impulsando un enfoque integrado que reconoce la interconexión de sus componentes y la importancia de preservar el equilibrio planetario.
En las últimas dos décadas, se ha formulado el modelo de los nueve límites planetarios, que definen los umbrales seguros para que la humanidad opere sin dañar los sistemas que sostienen la vida en la Tierra. Actualmente, se han cruzado seis de estos límites—como el del clima, la biodiversidad, y la contaminación—lo que demuestra que estamos operando fuera de un margen seguro. Además, se destaca la interconexión entre estos límites, ya que, por ejemplo, el cambio climático agrava la pérdida de biodiversidad y otros problemas ambientales. Respetar estos límites es esencial para la sostenibilidad y el bienestar global, exigiendo acciones coordinadas a nivel mundial para revertir estos desequilibrios.
Se analiza la imagen profética de la tierra como una mujer-madre que llora, utilizada para expresar el dolor y la desolación causados por la ruptura de la relación entre Dios y su pueblo. Aunque la teología bíblica resalta la trascendencia del Creador, los profetas muestran a la tierra afligida, reflejo del sufrimiento de los pobres y oprimidos. A través de pasajes en Jeremías, Oseas, Isaías y Amós, se vincula la degradación ecológica con el pecado humano, la injusticia social y el juicio divino. Esta metáfora poderosa ilustra cómo el luto de la tierra es, a su vez, una llamada a la esperanza y la restauración mediante el arrepentimiento y la misericordia de Dios.
La imaginación profética consiste en la audacia de imaginar un futuro esperanzador mientras se enfrenta y abraza el dolor. Según Brueggemann, expresarse en el luto y la agonía genera novedades que permiten cuestionar el status quo y desafiar sistemas opresivos. Esta capacidad implica ver en el sufrimiento—tanto divino como humano—una fuente de transformación, conectando profundamente a la comunidad y permitiendo una renovación social y espiritual. Así, el ministerio profético invita a reconocer y solidarizarse con el dolor de los pobres y de la tierra, usando la empatía como puente para romper con la inercia de la cultura dominante y construir un camino hacia la justicia integral y el cambio socioambiental.
Se expone la metáfora del apóstol Pablo en la que toda la creación se asemeja a una mujer en trabajo de parto, "gimiendo" y sufriendo mientras espera la redención futura (Romanos 8, 19-23). Se destaca que, al participar en el sufrimiento redentor del Hijo, la creación comparte la esperanza de la resurrección, inaugurada por Cristo. En Colosenses 1, 15-20 se amplía esta idea, aludiendo a la redención universal que abarca todas las cosas, mostrando la interconexión entre el sufrimiento humano y ecológico. Esta visión eco-teológica invita a asumir una responsabilidad ética hacia la naturaleza, promoviendo una vida solidaria y en armonía con todas las criaturas, siguiendo el ejemplo del sacrificio y la entrega de Jesucristo.
Se expone la innovación de Laudato Si’ al reinterpretar la relación entre la humanidad y la Tierra. Inspirado en la teología paulina, el legado de los profetas bíblicos y el “Cántico de las criaturas” de San Francisco de Asís, el Papa Francisco presenta a la Tierra como una “hermana” y “madre” que sufre a causa del daño infligido por los seres humanos. Esta imagen resalta la interdependencia entre la humanidad y la creación: la Tierra no es simplemente una casa común o un recurso pasivo, sino un ser sintiente y vital del que dependemos para nuestra supervivencia. El texto destaca tres matices en esta nueva visión: uno empírico (la dependencia de los bienes naturales), uno profético-bíblico (la Tierra gime y clama por el daño sufrido) y otro de solidaridad, especialmente en diálogo con los pueblos indígenas, quienes son custodios de una relación armónica con la creación.
Se expone el paradigma de la "ecología integral" propuesto en Laudato Si’, que articula una nueva categoría eco-teológica para pensar la justicia, la paz y la integridad de la creación. Este concepto surge al combinar el término "ecología"—entendida como la ciencia que estudia el equilibrio entre el medio físico y la vida en sus múltiples formas—con el adjetivo "integral", que amplía este concepto al incorporar la interconexión de todos los elementos, según lo evidenciado por la teoría de sistemas. Además, el Papa Francisco invita a trascender las leyes físicas y matemáticas para incluir la dimensión espiritual, destacando el vínculo sagrado entre el Divino Creador y la creación. Así, la ecología integral se presenta como un enfoque que une la justicia social y ambiental, enfatizando que el bienestar humano y el equilibrio ecológico son interdependientes. Este paradigma también subraya la responsabilidad intergeneracional de cuidar y transmitir una Tierra habitable, reconociendo la importancia del bien común y la opción preferencial por los pobres en la gestión equitativa de los recursos naturales.
Se abordan los desafíos internos – "ad intra" de la Iglesia – de la ecología integral, resaltando la necesidad de una conversión ecológica en las comunidades de fe. Inspirada en la enseñanza de Laudato Si’ y en la visión de san Juan Pablo II, esta conversión implica un cambio profundo en el interior del ser humano, que va más allá del mero conocimiento intelectual sobre el problema ambiental. Se trata de una transformación del corazón basada en la espiritualidad de la ecología, en la que los valores del Evangelio – como la gratitud, la empatía y la sobriedad – se convierten en motores que impulsan comportamientos y actitudes coherentes con el cuidado de la creación. Se enfatiza que para lograr cambios duraderos en la realidad personal y comunitaria es indispensable que estos valores sean vividos con pasión y que se combatan actitudes de burla y pasividad frente a la crisis ambiental.
El texto aborda el gran desafío de la ecología integral, instando a una conversión ecológica comunitaria y cambios en nuestros estilos de vida. Advierte que la actividad humana ha transgredido cinco límites planetarios—especialmente en cambio climático y pérdida de biodiversidad—lo que amenaza la habitabilidad de la Tierra. Se destacan dos cumbres de la ONU, la COP30 sobre clima y la COP16 sobre biodiversidad, como espacios para abordar estos retos. Además, se subraya cómo la encíclica Laudato Si’ ha incorporado estas preocupaciones en la doctrina social de la Iglesia, enfatizando la urgente necesidad de reducir drásticamente las emisiones de gases contaminantes y promover fuentes de energía renovable, sobre todo por parte de los países que más contaminan.
El respeto a los derechos humanos exige preservar condiciones socioambientales dignas, fundamentales para la vida y el desarrollo humano. Cuidar el ambiente, o "casa común", es inherente a la dignidad humana y se fundamenta en el mandato bíblico de "cultivar y cuidar" el Edén. La Iglesia enfatiza que el acceso a recursos esenciales—como agua potable y un clima estable—es un derecho básico, puesto que ambos son vitales para la supervivencia y la realización de otros derechos. Frente a la crisis climática, que afecta salud, empleo, vivienda y genera migraciones forzadas, es imperativo reemplazar los combustibles fósiles y avanzar hacia una transición ecológica basada en eficiencia energética, energías renovables y educación para estilos de vida sostenibles, asegurando así el bien común y la dignidad de todos.
Se aborda la física del sistema climático para explicar el origen humano del calentamiento global y el consecuente cambio climático planetario.
Se aborda los errores o equívocos comunes en las argumentaciones principales para negar la física del sistema climático que explica el origen humano del calentamiento global y el consecuente cambio climático planetario.
Se explora la conexión entre la espiritualidad cristiana y la ecología integral, basándose en la encíclica Laudato Si' del Papa Francisco. La ecología integral combina el entendimiento de las relaciones entre el entorno físico y la vida, con la dimensión espiritual de la creación, reconociendo todo como obra del amor de Dios.
La espiritualidad cristiana, definida como vivir guiados por el Espíritu de Dios, motiva a las personas a adoptar valores y creencias fundamentales, influyendo en su comportamiento y promoviendo cambios duraderos en la mentalidad. Hay conexión inseparable entre ecología integral y justicia social,.
A través de la contemplación y la sanación interior, se busca un equilibrio interior y una conexión más profunda con Dios y la creación. Este proceso implica reconocer y aceptar los deseos humanos, orientándolos hacia valores trascendentales que guían la vida en armonía con la creación.
Valores fundamentales: creativos, vivenciales y actitudinales. La propuesta final sugiere que la espiritualidad no solo puede ser una propuesta ecológica, sino también un itinerario personal hacia una transformación sanadora, basada en la experiencia de Dios y el cuidado de la creación.