El arte de sanar desde la suavidad
El Digitomasaje tiene sus raíces en una historia familiar que comenzó mucho antes de tener nombre.
A fines del siglo XIX, Margareta Tardivo, llegada desde el Piamonte italiano a las colonias del centro santafesino, practicaba una forma de masaje doméstico transmitida de madres a hijas: un contacto suave, rítmico, casi intuitivo, destinado a aliviar dolores cotidianos y a reconfortar.
Aquella costumbre europea de “curar con las manos” se integró naturalmente en la vida rural argentina, entre cosechas, telares y reuniones familiares, como un gesto de cuidado más que como una técnica.
Décadas después, su nieto —mi abuelo— retomó esa práctica con una mirada más observadora y sistemática.
Sin hablar de anatomía ni fisiología, comprendía que el cuerpo no siempre responde a la fuerza, sino a la escucha.
Su manera de tocar era distinta: pausada, atenta, respetuosa.
No buscaba “romper” contracturas, sino acompañar el cuerpo hasta que soltara solo lo que ya no necesitaba sostener.
Esa manera de mirar y tocar el cuerpo me fue transmitida como parte del patrimonio familiar.
Con el tiempo, y ya dentro de un marco profesional, comencé a estudiar anatomía, neurofisiología y las bases científicas del tacto, descubriendo que detrás de aquella sabiduría popular había fundamentos sólidos:
los receptores sensoriales del cuerpo responden con mayor eficacia a los estímulos suaves, y el sistema nervioso activa sus mecanismos naturales de relajación cuando se siente en confianza.
Así nació el Digitomasaje, fruto de una herencia que hoy lleva cinco generaciones en Argentina, y que he continuado desde enero de 2006, cuando comencé a desarrollarla profesionalmente.
Mi labor ha consistido en perfeccionar, organizar y documentar aquella práctica ancestral, sin alterar su esencia: la convicción de que el cuerpo sabe volver a su equilibrio cuando es tratado con respeto.
El Digitomasaje se define como una técnica manual no invasiva y no terapéutica, enfocada en el bienestar corporal.
Su principio rector es el mínimo estímulo:
a menor presión, mayor respuesta del cuerpo;
a mayor respeto, mayor equilibrio interno.
Cada encuentro es un diálogo silencioso entre quien ofrece el contacto y quien lo recibe.
El profesional no impone ni corrige: acompaña.
El cuerpo, en un ambiente de confianza, activa su propia capacidad de reorganización.
En memoria de Eleuterio Abbá, abuelo y maestro
Desde el Piamonte hasta Santa Fe, esta tradición ha atravesado generaciones y contextos sin perder su espíritu original: la creencia en la inteligencia del cuerpo y la sensibilidad del tacto.
Hoy el Digitomasaje se sostiene sobre tres pilares:
la base científica, la ética profesional y la filosofía del cuerpo como totalidad viva.
Más que una técnica, es una manera de estar presente:
una forma de cuidado nacida de las manos, la historia y la escucha.
Porque a veces, para sanar, basta con ser tocado con verdadera presencia.