Culpables.-
Hace unos días por cuestiones de trabajo tuve que trasladarme hacia la ciudad de Guayaquil, de antemano tuve la sensación de que algo malo ocurriría. Quizás por el bombardeo diario de “malas” noticias y los altos niveles de inseguridad que se vive actualmente en el país sobre todo en el sector costero.
Con ese pensamiento de mal agüero y contra todo pronóstico realice mis actividades en esa ciudad sin mayores contratiempos… al menos el primer día. Obviamente me mantuve alerta, no descuide mis pertenencias ni un segundo, miraba hacia todo lado en búsqueda de actividades sospechosas, no conversé con nadie que no fuera absolutamente necesario, caminaba siempre regresando a ver y por supuesto no exhibí mi teléfono móvil para nada.
Ya al finalizar el día me sentí más relajado, no presencie y tampoco fui parte de ningún delito de los que todos los días la prensa presenta como si se tratara de una comida que no debe faltar. Empecé a creer que los noticieros son de tan mala suerte que siempre se topan con algún hecho sangriento, o por lo menos con algún delito contra la propiedad y que son ellos quizás los que no deberían salir de sus casas.
Todo era tan maravilloso para ser real, al trasladarme al hotel tome un taxi amarillo “seguro”, en el cual por descuido al bajarme se quedó la cartera de mi esposa, me tomó 10 segundos reaccionar y en señas decirle al taxista que pare pues ya había avanzado unos 15 metros desde el punto en el que nos bajamos. Estoy totalmente seguro que me vio y entendió el mensaje sin embargo no le importó y continuó. Enseguida tomé mi teléfono y marque al teléfono móvil que se quedó en la cartera y dentro del taxi, inicialmente solo timbro en dos oportunidades que marque, posterior a ello al marcar se rechaza la llamada, seguí intentando pero como a la décima llamada apagaron el teléfono móvil.
No hice nada más, procedí a registrarme en el hotel y continúe como que esto no paso.
Aquí estimado lector, tomate unos dos minutos para que pienses y digas todo lo que TÚ si hubieras hecho, es típico de nosotros saber que hacer en situaciones ajenas.
Continuemos…
Ya cuando regresaba de Guayaquil, pensé en la culpabilidad la extendí como una sombra colectiva a tal grado que era mía, del taxista, de mi esposa, de las calles, del gobierno y hasta de Dios
Mi experiencia, aunque personal, se convirtió en un hecho que me llevó a cuestionar de manera más amplia:
¿De quién es la responsabilidad de mantener la integridad personal?
En lugar de señalar con el dedo al individuo que ostenta el poder, deberíamos examinar la disonancia que ocurre cuando reclamamos por seguridad y no somos capaces de devolver lo que no es nuestro.
¿Acaso son los gobiernos los que empujan y se colan delante de ti en la fila en el “supermaxi” solo porque su tiempo es aparentemente más valioso que el tuyo?
¿Acaso son los gobiernos los que sentados detrás de un volante miran el semáforo en naranja y en lugar de frenar aceleran sin respeto a nada y a nadie?
¿Acaso son los gobiernos los que al comprar el pan, y te dan el vuelto de más se lo mete al bolsillo con rapidez de prestidigitador, porque toca ser “sabido”?
¿Acaso son los gobiernos los que hacen conexiones clandestinas de energía y agua potable hacia su “mediagua”, porque “el vecino tiene plata”?.
¿Acaso son los gobiernos quienes te quieren dejar sin indemnización después de años de trabajo?
¿Acaso son los gobiernos los que te redondean el precio porque no tienen centavos para darte el cambio correcto, en los locales comerciales?
Ya este último mes del 2025, y ojalá para los próximos años nos demos cuenta que cada uno de nosotros como individuos somos quienes decidimos ser o no ser íntegros, quizá sea por ahi en lo personal, el gran cambio que se viene en nuestra sociedad.
Ab. Darwin J. Copara