Esta colección de muñecas reconstruidas —o no-esculturas, según la perspectiva— nace del choque entre la infancia domesticada y la tecnología del residuo, entre la ternura del plástico y la frialdad del metal. Son cuerpos reciclados, reapropiados y reimaginados; figuras mutantes que desobedecen su función original para reivindicar una nueva identidad.
Cada indumentaria ostenta una de joya. ¿Una ironía? Quizás. ¿Una corona para el juguete destronado? Tal vez. ¿Una reverencia al oficio meticuloso y a la mano del artesano? Sin duda. Porque en estos ensamblajes reside una observación profunda y, por encima de todo, un humor mordaz. En su interior laten preguntas incómodas sobre el género, la tecnología, el consumismo y lo que consideramos bello o valioso.
Son la progenie bastarda de las esculturas criselefantinas: aquellas opulentas precursoras que idealizaban una belleza vibrante, elitista y de una sofisticación difícilmente accesible. Estas, por el contrario, están configuradas mediante restos, alambres y capricho.
No evocan bailarinas estilizadas, sino criaturas surgidas del taller con estigmas visibles y una personalidad impositiva.
No estamos ante un ejército de muñecas rotas. Es un escuadrón de heroínas posthumanas, geeks orgullosas, supervivientes de la cultura pop y del páramo emocional. Representan una estética mutante: híbrida, resignificada, empoderada... y con un brillo que no proviene de la fabricación en serie, sino del gesto de autor que las reinventa.
Aquí, el oficio artístico aparece anclado, atornillado, reparado. Estas obras no son inocentes ni buscan complacer. Son hijas de la contemporaneidad. Y, como todo lo que merece la pena, resultan profundamente inquietantes, oscuramente divertidas y mucho más humanas de lo que su materia sugiere.
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Si has llegado hasta aquí, es porque eres una persona curiosa.
El texto de presentación de aquí arriba explica lo que son las Cyber_Divas, pero no explica por qué existen.
Lo cierto es que las Cyber_Divas no nacieron porque quisiera hacer una exposición.
Nacieron porque perdí el olfato.
Desde hace años quería abandonar la fabricación de objetos artísticos. Puede parecer raro, pero era un deseo consciente. Durante años he realizado esculturas, instalaciones, artefactos, piezas electrónicas... y también he llenado un almacén de objetos. No quería seguir acumulando cosas.
Cuando he hecho escenografías y vestuario para teatro, eso me ha permitido seguir construyendo objetos sin tener que quedármelos. Es una manera saludable de satisfacer esa necesidad casi física de fabricar. Pero los encargos no siempre llegan cuando uno los necesita.
Entonces apareció la perfumería.
La perfumería es una disciplina artística en toda regla. Trabajar con los olores es trabajar con la memoria, con las emociones y con un material que tiene una virtud extraordinaria: desaparece. No ocupa espacio. No se acumula. El resultado de tu trabajo acaba disolviéndose en el aire.
Eso era exactamente lo que buscaba: oficio, creatividad, inmaterialidad.
Desde entonces comencé a leer exclusivamente sobre olores: historia, química, materias primas, técnica... Todo giraba en torno al olfato. Empecé a formular mis propios perfumes, un proceso lento, paciente y lleno de frustraciones, pero también inmensamente satisfactorio.
Mi actividad artística había dado un giro hacia un sentido que me llenaba al completo... Hasta que en el 2023 empecé a perder el olfato.
No fue de repente. Poco a poco fui notando cómo las notas olfativas que antes distinguía con claridad, iban desapareciendo. Con el olfato también se marchó buena parte del gusto. El vino dejó de tener interés. La comida y la cocina también. Añadía grandes cantidades de picante buscando sensaciones que ya no encontraba.
No caí en una depresión pero sí en una tristeza persistente. Aquella pasión que me había acompañado durante años se iba apagando y yo seguía pensando que, de una u otra forma, el olfato acabaría volviendo. Pero el tiempo pasaba y los tratamientos no daban resultado.
Necesitaba ocupar la cabeza.
Desmonté el laboratorio de perfumería y lo convertí en un pequeño taller de robots. Hacía pequeñas figuras con objetos encontrados, chatarra, piezas electrónicas y materiales recuperados. Sin darme cuenta, esos robotillos empezaron a parecerse cada vez menos a robots y cada vez más a pequeños androides.
A comienzos del 2024 fui a visitar a mi madre y antes de marcharme me regaló una figura femenina de porcelana de estética Art Déco, una bailarina desnuda con dos jaguares. No era una criselefantina en toda regla, pero se acercaba lo suficiente para que yo viera reflejada la fascinación por estas figuras que me acompañaba desde los tiempos de la universidad.
Cuando volví a mi casa -recuerdo perfectamente el momento-, entré en mi taller, desempaqueté la figura y la dejé sobre la mesa junto a los androides que estaba construyendo.
Y en ese momento lo vi.
Durante muchos años he admirado las esculturas criselefantinas originales. Tuve la suerte de ver de cerca un par de ellas en Vic, en una casa particular. Recuerdo la delicadeza de los rostros, los dedos, la sensualidad de las posturas, la combinación de bronce y marfil... Eran objetos extraordinarios. Sabía que probablemente nunca tendría una de ellas. Hay pocas, forman parte de colecciones importantes y hoy tienen un valor económico fuera de mi alcance.
Ese día en mi taller entendí algo muy sencillo: para poder llegar a tener una criselefantina, tendría que fabricarla yo mismo.
Y no sería de bronce ni marfil.
Sería de desechos.
Y entonces aquellos androides se convirtieron en figuras femeninas, las posturas dejaron de ser cómicas para volverse elegantes, las piezas recicladas empezaron a convivir con joyas, cabellos imposibles y cierta actitud de diva.
Sin buscarlo, acababan de nacer las Cyber_Divas.
Lo demás ha sido trabajar, construir un pequeño universo coherente, dar forma a unas piezas que, sin saberlo, llevaban años esperando su momento.
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Mientras escribo este texto estamos en el 2026.
Después de varios tratamientos médicos he recuperado el olfato y poco a poco vuelvo a la perfumería. Vuelvo a estudiar, a formular, a equivocarme y a empezar de nuevo.
No sé si las Cyber_Divas tendrán continuidad.
Quizás sí.
Quizás no.
Nacieron de un momento muy concreto de mi vida, de una ausencia inesperada y de la necesidad de seguir creando cuando parecía que el camino que había encontrado se estaba esfumando.
Y precisamente por ello,
por mi pérdida del olfato,
es que las Cyber_Divas existen.