El consenso de criterios, objetivos, y acciones es clave en el equipo de acogida y acompañamiento, pues no podemos estar lanzando distintos mensajes que confundan o desorienten, tanto a la persona a la que acompañamos como entre los propios miembros del equipo.
En el equipo optaremos por la opción de un trabajo que prime la calidad: será mejor acompañar a personas en procesos de desarrollo integral, que repartir ayudas puntuales de manera generalizada e indiscriminada. Cuando haya que consensuar ayudas para cubrir necesidades básicas, nos puede facilitar la tarea preguntarnos qué tipo de acción dignifica más a la persona, aquella que facilite recuperar autoestima; esto nos lleva a decidirnos siempre por lo mejor. Y cuando sea posible priorizaremos el economato antes que la bolsa de alimentos, el vale antes que el economato, la ayuda en metálico antes que el vale.
Para aquellas Cáritas Parroquiales donde se está concentrando la pobreza en sus barrios y están compaginando cantidad con calidad, o donde los equipos en este momento no tienen la posibilidad de desarrollar estos procesos de acompañamiento, aunque nos limitemos a “repartir ayuda”, el tipo de relación que se establece es diferente cuando lo hacemos con criterios claros: el cómo y desde dónde lo hacemos. Esto nos lleva a un cambio de mirada, a una conversión personal.
Cuando la persona tiene la intención de iniciar cambios en su vida o al menos expresa cierta motivación para ello, debería tener la oportunidad de un acompañamiento. Los equipos de trabajo son los encargados de analizar qué personas son las más adecuadas para hacer esta labor. Es importante asegurar la compatibilidad en la relación, que pueda basarse en una aceptación y confianza mutua. Un acompañante no se impone.
Es el voluntario referente quien invita a la persona o familia a replantearse su camino y a descubrir juntas nuevos objetivos. Para ello organiza su plan de trabajo estableciendo diferentes días y horarios en turno de mañana y/o tarde, en función de sus posibilidades y con el objetivo de facilitar la atención de las personas. Además, contempla un tiempo para la gestión de la información y coordinación con el equipo y otras entidades con quienes estamos colaborando.
El conocimiento en profundidad de cada situación nos exige ir adecuándonos de manera creativa y flexible. En ocasiones, con una figura acompañante principal será suficiente, en otras serán necesario figuras de acompañamiento secundario o de apoyo, con tareas puntuales que refuercen estos procesos. En este contexto, las personas voluntarias y las Cáritas parroquiales tienen un papel fundamental, como redes proveedoras de apoyo.
Podemos definir la función de la persona acompañante como lo haría la persona acompañada: “es una persona que me entiende, sabe ponerse en mi lugar, puedo recurrir a ella cuando la requiero, me ayuda a descubrir qué necesito realmente, me facilita el camino hacia recursos de mi entorno, le preocupa mi futuro, debatimos, analizamos juntas y tenemos acuerdos, pactos, compromisos a desarrollar”.
Serían tareas del acompañante:
Orientar la toma de decisiones, animar a la realización de pequeños pasos, proponer ideas y ser el hilo conductor.
Proporcionar seguridad a la persona para afrontar con energía la situación que vive. Es hacerle sentir que “ella puede” sin generarle falsas expectativas.
Fortalecer aquellos aspectos positivos devolviendo a la persona una visión de sí misma que ponga en valor sus capacidades y haciéndole ver las posibilidades internas para afrontar su realidad. La relación humana tiene ese secreto, puede crear valor y esperanza allí donde no la había
Ayudar a cambiar de actitud frente al problema, dando alternativas y oportunidades, apostando por salidas para disminuir el sufrimiento.
Saber reforzar, motivar, transmitir confianza.
Ser asertivo y evitar el contagio emocional. Es importante saber poner límites en los momentos que se necesite.
Saber consensuar y pactar. Negociar, llegar a acuerdos para avanzar en el proceso de acompañamiento.
Acompañar supone el arte de estar cerca de la otra persona y de sentir que solo cuando nos reconocemos en nuestra vulnerabilidad tenemos la oportunidad de encontrarnos con el corazón, de salir al encuentro de ser a ser, único, sagrado. Porque se produce un movimiento de doble dirección, damos y recibimos, acogemos y nos acogen. Y para ello hemos de transitar por la experiencia de cada relación, con la conciencia de aproximarnos “al desnudo”, sin juicios previos, sin estereotipos que idealizan y desvirtúan la realidad.
Para acompañar somos necesarias personas con un talante adecuado y el trabajo de todo un equipo, al que debemos cuidar en nuestras actitudes y en desarrollar capacidades como:
Auto-observarnos: cómo estamos mirando, escuchando, acogiendo.
Saber reconocer nuestros límites y aceptarlos evitando desplazar mis dificultades en el acompañamiento. Saber cuándo podemos “estar al lado de” y cuando no.
Tener una suficiente madurez emocional.
Tener disposición a la formación permanente.
Intentar silenciar juicios, pensamientos que nos alejan de la otra persona, o al menos ser conscientes de que pasan por nuestra cabeza.
Generar las condiciones de confianza y honestidad para poner el acento en el contraste y la revisión en el equipo, para consensuar criterios, etc.
Saber trabajar en equipo.
Disfrutar de tiempos para el cuidado entre los miembros del equipo tomando una infusión, dando un paseo,... Buscarnos espacios verdes donde oxigenarnos, hablar de otras cosas, celebrar, reírnos.
LAS ACTITUDES Y HABILIDADES DEL ACOMPAÑANTE
Es deseable que las personas que acompañamos contemos con una adecuada combinación de las siguientes actitudes y capacidades que nos hacen especialmente idóneos:
Disposición para adentrarnos en un proceso de auto-conocimiento, saber aquello que tengo y también en lo que me atasco, en dónde veo que surgen dificultades, y, por tanto, que necesitamos trabajar y profundizar. Es una invitación a estar en un proceso de revisión personal y de formación permanente.
El valor de la escucha y de sentirse escuchado. Acoger lo que la persona expresa. Hay quien se refiere al acto de la escucha como un sacramento “yo me retiro para que entres tú”. Aprendemos a escuchar a otra persona a partir de la propia escucha, de poner oído a nuestros procesos vitales, a los estados emocionales por los que pasamos. Y desde aquí, aprendemos a escuchar el dolor físico y emocional del otro. Una escucha desde el corazón, sin juicios, que nos permita observar con atención y respeto su lenguaje verbal y su expresión corporal, que nos lleve a discernir conjuntamente cuál es la demanda real, que puede coincidir o no con lo expresado. Se trata de una escucha profunda y respetuosa que permite que la otra persona, en el silencio y sin interrupciones, se escuche. Así, se nos abrirá una vía para facilitar esta apertura de conciencia, de saber qué le está pasando, cómo se siente y cuáles son sus posibilidades para superar la situación que le causa dolor. Para ello necesitamos tiempo para recrear un espacio afectivo de intercambio, de relación.
Lenguaje respetuoso centrado en el ser y en sus “dones”. Queremos estar en clave de búsqueda, explorando términos que supriman calificativos que pueden cosificar a la persona, o que la coloquen en una situación de mayor vulnerabilidad, de inferioridad, poniendo el acento en la carencia, la enfermedad, el problema (caso, usuario, beneficiaria, prostituta, sin techo, sin hogar, exdrogadicta, enfermo mental, discapacitado…). Nuestra propuesta pasa por deshacernos de la etiqueta, ir más allá del “ropaje” para permitirnos descubrir el misterio del ser. Puede que nos facilite este tránsito conceptos como: personas en situación de desempleo, de exclusión social, personas vulneradas en sus derechos…
Ser conscientes del pensamiento estereotipado. Queremos ser conscientes de la imagen que tenemos de las personas, de determinados colectivos o situaciones que nos son ajenas, a veces condicionada por los medios de comunicación, la cultura. Todos tenemos estereotipos, lo importante es descubrir cuáles son los nuestros, reconocerlos y desde esta visibilidad, aprender a trabajarlos.
Partimos de las capacidades y potencialidades de las personas. Conocer las situaciones de vulnerabilidad, pobreza y/o exclusión que viven las personas, analizar las causas para poder trabajar desde lo que somos y tenemos, incluye que partamos de las capacidades y potencialidades, no solo del análisis de las necesidades y problemas. Esta mirada requiere ser reeducada, necesitamos poner el foco en las posibilidades, presentes y aquellas que están por desarrollar, y poner en valor la capacidad de resiliencia, de superación, que surge de los conflictos, de las vivencias en los tiempos difíciles. Debemos creer en la posibilidad de avance y de cambio en cada persona.
Démonos la oportunidad de aprender, de practicar la autonomía. Nos situamos en el camino de la corresponsabilidad, de la participación, cada persona es la protagonista de su vida. Esto es fácil de mencionar, pero es difícil colocarnos en el lugar que nos corresponde. Si queremos que sean participantes, han de tener la oportunidad de ir decidiendo los pasos a dar y la manera de hacerlo. Necesitamos ofrecer el tiempo y las herramientas necesarias para que se produzcan los aprendizajes dirigidos hacia el crecimiento, la madurez, la autonomía. Aprendizajes diferentes y propios de cada uno, donde nos encontraremos dificultades, avances, retrocesos, recaídas, posibilidades. Todo ello forma parte de la vida, como un acontecer de pasos hacia delante y alguno hacia atrás, a veces, para comprobar o reforzar lo aprendido. No hay recetas, pero la autonomía de la persona en su proceso requiere dos aspectos clave de nuestra parte: aceptación incondicional y paciencia.
Apertura y flexibilidad. Acompañar un proceso personal es recorrer un camino desconocido o, más bien, crear camino en ese acompañarnos. Por ello debemos ser flexibles, saber adaptarnos a los cambios según las necesidades o situaciones que se van presentando en la vida de las personas a las que acompañamos. También será necesaria la tolerancia, sobre todo a la frustración, pues su ritmo no es el mío, ni los objetivos ni los pasos, y habré de adaptar mis expectativas a la realidad de un proceso que no decido yo.
Con un estilo de relación horizontal y de aprendizajes compartidos. Todo encuentro, toda relación es bidireccional, se produce un intercambio, aprendemos y enseñamos, ofrecemos y recibimos. ¿Qué podemos aprender del otro ser, por muy joven que sea o por muy deteriorado que se encuentre? Una persona que ha pasado por relaciones complicadas, que se ha visto expuesta a la desprotección emocional y que sigue luchando e intentando salir, es una experta en resiliencia y, por ejemplo, me puede ayudar a observar cómo me sitúo ante las condiciones adversas que me tocan vivir. Seguro que tenemos varios ejemplos cercanos. En palabras de Benedicto XVI en su encíclica Deus cáritas est “…la íntima participación personal en las necesidades y sufrimientos del otro se convierte así en un darme a mí mismo: para que el don no humille al otro, no solamente debo darle algo mío, sino a mí mismo; he de ser parte del don como persona. Éste es un modo de servir que hace humilde al que sirve. No adopta una posición de superioridad ante el otro, por miserable que sea momentáneamente su situación…”. No olvidemos que todas las personas estamos en búsqueda de sentido, de pertenencia, de libertad, de bienestar y felicidad. Una relación horizontal nos va a invitar a un caminar compartido, de mutuos aprendizajes, desde donde nos vamos a ir descubriendo, reconociendo.
Desde una comunidad acogedora. Cuando los mecanismos de integración social se han debilitado (políticas activas de empleo, garantía de derechos, protección social, acceso a la salud, la educación…) puede producirse también la ruptura de los procesos de arraigo, que tienen que ver con las relaciones de proximidad, con la solidaridad primaria, y a la vez con la pérdida del sentimiento de pertenencia, de participación, de sentido vital. Este es uno de nuestros retos: crear, vivir comunidad, recuperar el sentido de la sociedad desde su dimensión “comunitaria” y el consecuente sentimiento que permite “saberse parte de”, que somos necesarios en la construcción del Reino. Para ello hemos de invitar y acompañar a la comunidad a que se abra a su entorno, a integrar lo diferente en un diálogo compartido en la construcción de lo común.
Según el momento por el que vamos pasando, puede darse la necesidad de un cambio de persona de referencia. Hay diferentes situaciones que pueden motivarlo:
Cuando la persona participante pide directamente el cambio, con motivos argumentados.
Cuando se ha finalizado el proceso de la persona en nuestra Cáritas Parroquial.
La existencia de una relación inadecuada que no está facilitando los objetivos que teníamos planteados, dificultades como la falta de respeto, no saber poner límites, identificaciones excesivas, etc.
Cuando se muestra una clara incompatibilidad de caracteres entre la persona acompañada y acompañante. Esto es algo que debe detectarse pronto.
El desgaste de la persona que acompaña ante la vivencia continuada de dificultades que no se logran resolver, o el cansancio en el acompañamiento de una persona concreta, por pasar por un momento vital complejo….
El acompañamiento requiere energía, atención, contrastes. Por eso trabajamos en el contexto del equipo al que pertenecemos; para poder analizar, conocer diferentes visiones y las formas de trabajo que se planteen. El equipo es el espacio donde a su vez sentirse acompañado en la tarea, al tiempo que nos ayuda a resituar las responsabilidades compartidas y a limitar las pretensiones. La persona que acompaña es el puente entre la persona y el resto del equipo de acogida, pero la responsabilidad última del proceso de acompañamiento descansa en el equipo. Se trata de un compromiso colectivo y compartido más que una responsabilidad individual. Por este motivo, las decisiones relevantes sobre el proceso de acompañamiento de la persona se toman con ella y con el resto del equipo
No obstante, con el objetivo de respetar y proteger la intimidad, sabiendo que disponemos de mucha información y muy delicada, la persona acompañante compartirá en el equipo solo aquella que sea estrictamente necesaria para alcanzar nuevos objetivos y acciones, valorar situaciones complejas, etc. Pero si es imprescindible que la persona acompañante muestre al equipo lo que recibe de la persona que acompaña, cómo la relación les hace cambiar a ambos, qué le aporta el acompañado. Toda esta rica experiencia de acompañar solo puede llegar al equipo de esta manera, nutrirlo y ratificarla en su necesidad y sentido.
Cada equipo de Cáritas parroquial ha de ser consciente de sus capacidades, fuerzas y tiempos para saber hasta dónde puede incidir en los acompañamientos. En este proceso, también debemos tener en cuenta a otros recursos que ofrece la comunidad en la que vive la persona a la que acompañamos, y que son una herramienta indispensable tanto para su proceso de crecimiento como para poner en marcha acciones de trabajo conjunto por nuestra parte. Ni somos ni debemos ser los únicos agentes que pueden apoyar y acompañar. Por ello, es importante no solamente informar o “derivar” a la persona a algún recurso (servicios sociales, asistencia sanitaria, centros sociales, proyectos de empleo, residenciales, de mujeres o de vivienda de servicios diocesanos, …) si no también establecer con ellos una relación de trabajo común, que va a reforzar y mejorar nuestro acompañamiento.
Eso es un equipo de Cáritas: personas compasivas que saben ponerse en el lugar del otro ser humano y de aquello que trae; que entiende que el acompañamiento es un arte más que una técnica; que cree en la persona y en sus posibilidades; que ofrece una presencia discreta y respetuosa, que con ella devuelve la esperanza en la vida, porque en la relación “se da”, no da. Es importante reconocernos con humildad y saber que, aún con formación y experiencia, podemos encontrarnos con situaciones “que nos superan”, o puede que estemos atravesando por un momento personal difícil, donde no estemos con la capacidad para estar disponibles a la relación. Debemos discernir en dónde podemos estar, hasta dónde podemos llegar y, cuándo nos tenemos que retirar, aunque sea por un tiempo.
Como nos recuerda Benedicto XVI, en la Encíclica Deus Cáritas est, “…a veces, el exceso de necesidades y lo limitado de sus propias actuaciones le harán sentir la tentación del desaliento. Pero, precisamente entonces, le aliviará saber que, en definitiva, él no es más que un instrumento en manos del Señor; se liberará así de la presunción de tener que mejorar el mundo - algo siempre necesario- en primera persona y por sí solo. Hará con humildad lo que le es posible y, con humildad, confiará el resto al Señor. Quien gobierna el mundo es Dios, no nosotros. Nosotros le ofrecemos nuestro servicio sólo en lo que podemos y hasta que Él nos dé fuerzas”.
Tiempos difíciles que nos invitan a mantener la LUZ encendida, a alimentar nuestra mirada trascendente, donde recuperar el sentido, la fuerza interna. Cuidarnos para poder cuidar, querernos para querer. En palabras del Papa Francisco, “si bien esta misión nos reclama una entrega generosa, sería un error entenderla como una heroica tarea personal, ya que la obra es ante todo de Él, (…) el primado es siempre de Dios, que quiso llamarnos a colaborar con Él. (…) Esta convicción nos permite conservar la alegría en medio de una tarea tan exigente y desafiante que toma nuestra vida por entero. Nos pide todo, pero al mismo tiempo nos ofrece todo”.
De lo visto en este tema se deriva una forma de ser y de hacer determinada. Tal vez te ayude a mirar en tu realidad personal y de tu equipo de Cáritas cómo concretarlo desde las siguientes cuestiones:
1. Señala aquellas ideas que más te han llamado la atención. ¿En que te ves reflejado? ¿Qué actitudes tienes que potenciar o modificar?
2. En tu grupo de Cáritas: ¿qué aspectos crees que tenéis que fortalecer en orden a una acción que prime el acompañamiento desde las claves que hemos analizado?
Por favor, conteste a las siguientes preguntas antes de avanzar al siguiente Tema: